En plena época dorada del capitalismo, Lefebvre ya denunciaba que el camino irremediable era lo que luego se llamaría neoliberalismo. Sin tener aún la denominación, supo hacer un mapa de situación con sus consecuencias y reconoció al poder inmobiliario como el enemigo de ese futuro inminente. En esa comprensión, la fase de la realización sublime del plan era lo que hoy conocemos como gentrificación, porque la única forma posible de perpetuar la concentración de riqueza es la precarización de la vida humana a todo nivel, en todas sus capas, pero también de la muerte. Y a medida que esa concentración de riqueza sea mayor y fortalecida, lo que deberán comprender los sectores que por lo general supieron estar a salvo del radar exterminador —en términos nacionales podemos hablar de clases medias blancas, ilustradas— es que ellas irán quedando en primera línea. Todos esos sacrificios que por años les pidieron a otros que hagan en nombre de lo peor que estaba por ocurrir, aunque a esos otros lo peor ya estaba ocurriéndoles (quizás desde siempre, tal vez desde hace largo tiempo), empezará a estar cada vez más cerca de esas clases que lo veían lejos, tal vez descansando en cierto imaginario de ser intocables.

Lo que el común de la sociedad no termina de dimensionar es que la vida puede precarizarse porque la muerte se jerarquiza y la muerte de las mayorías se desvaloriza. La vida precaria nos habla de la forma en la que morimos y dejamos morir, del trato ordinario que le damos a la muerte extraordinaria, es decir, a la muerte por razones que no son naturales, por edad o enfermedad. Aunque también hay jerarquización en esas muertes, en cómo los otros deben cuidar, o pueden cuidar a los suyos, y cómo deben vivir sus duelos sobre esos muertos por razones naturales. Yendo más a fondo, la vida se precariza por las formas en las que dejamos que todo lo vivo muera, y no solo hablo de vidas humanas.

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Entre la anotación y el diario, la autora –artista, diseñadora, testigo– discurre sobre un presente que carga un pasado doble: el de la historia y el de un arte que oficia con dolor e ironía.

No todas las vidas importan porque no todas las muertes importan. No todos los desaparecidos ni todas las personas perdidas importan. No a todos se los busca. No a todos se los cuida, respeta, no a todos se les garantizan derechos en su ausencia, en su falta, en la manera en la que se los presentan a la sociedad. Una sociedad que no recibe las búsquedas ni los reclamos de justicia frente a actos de violencia con interés y solidaridad, sino que se sienta a ver las noticias y a elegir a cuáles les presta más atención, a quienes creer, querer, despreciar. Esas reacciones también marcan el destino de cuánta pantalla se le da y los tonos. Tal vez haya alguna pista de este morbo reaccionario en esto que dice con agudeza Gabriela Urrutibehety: “Cubrir una noticia. Cubrir también quiere decir tapar”. Una sociedad espectadora de la tragedia social, que la toma solo como ajena y que se relaciona con la desaparición y las muertes de los otros de igual manera que con los personajes de una serie o de Gran Hermano.

No de todos se piensa la manera en la que desaparecen, se pierden y/o se violentan personas sin que nadie se entere. Ni siquiera importan esas maneras la gran mayoría de las veces. No hay equidad ni tratamientos justos en cómo se leen, tratan, piensan, recuerdan las muertes y todas esas otras caras de la muerte, ni a los que no llegan a morir pero igual algo muere en ellos por haber pasado experiencias de violencia extrema, donde el deseo de esa violencia era el exterminio de esa vida y desaparición de ese cuerpo.

Esto último es sustancial: dónde no hay una muerte física pero hay torturas que te marcan para toda la vida, que te ponen a vivir deseando la muerte, dónde no hubo asesinato pero igual algo ya murió. Hay vidas que se arrebatan sin necesidad de quedar bajo tierra. Y hay vidas que terminan bajo tierra igual porque no pudo haber un más allá, una reparación, reinserción, sanidad, una (otra) vida después de lo vivido. Los suicidios posteriores a vivencias violentas no solo importan, sino que también cuentan lo previo y hacen a la historia social.

¿Cómo se proyecta un futuro en las familias que se despiertan y se acuestan respirando preguntas abiertas — dónde están, volverá, qué pasó, cómo estará—?

En Argentina la única forma visible y palpable de federalismo se manifiesta en todas esas paredes a lo largo y ancho del país, principalmente en los barrios, que se preguntan dónde están los que faltan, sin importar sexo, clase, raza, y lo más conmovedor: sin importar de dónde eran (barrio, ciudad, provincia) ni la razón de esa falta. En el federalismo de las paredes que acusan historia no existen el “algo habrá hecho” ni “la pollerita muy corta”. Un país en el que el federalismo existe solo en la pregunta “dónde están” multiplicada de pared en pared: dónde están los treinta mil, dónde están los nietos robados en la dictadura. Las paredes de los barrios de toda nuestra patria se preguntan dónde están los desaparecidos en democracia, sin distinción, por las mil y una razones que cualquiera pueda imaginarse. Quizás porque en los barrios saben que la desaparición está ahí nomás de ellos. A un lapsus en un mal día que pueda tener un policía cuando un pibe se niega a laburar para él, cuando todo el sistema habilita que se robe un bebe, que le puedan hacer lo que quieran a una mujer, un niño, una niña, a adolescentes. Alguien que duerme en la calle puede aparecer quemado, en un contenedor de basura pueden aparecer partes de cuerpos. Esas muertes nadie las reclama, nadie reconoce los nombres de esas vidas, y la ciudad no se detiene, nada cambia en la caminata, en la mirada, en la lectura de una ciudad.

El federalismo argentino se escribe en muros con la pregunta que narra el karma nacional a partir de esa figura: la desaparición. En Argentina todo desaparece, alimentada a puro tabú desde su concepción de nación con la desaparición de los negros y negras, pueblos originarios, aborígenes, indígenas. Todo desaparece aún apareciendo, aún cuando las voces que quedan, que sobreviven a esa desaparición enuncian su estar acá, un estar cien por ciento político, porque su destino era el de la desaparición (pero la sobrevivieron). Lo que los libros de historia borran, lo que las conversaciones públicas borran, lo que las voces predominantes (por desprecio, rechazo, por condescendencia o paternalismo, por falsa solidaridad) borran, callan, salen a ocupar su lugar: eso también es hacer desaparecer aún lo que está aparecido.

Entonces, la desvalorización de la vida y de la muerte no termina ahí. La muerte abre otra cosa, otra puesta en relación. La desaparición transforma la geografía de una nación, la muerte transforma el espíritu de esa nación. El desprecio a ciertos sectores, a esas grandes mayorías anónimas, se extiende en cómo se permiten u obstaculizan, cuestionan, conceptualizan las búsquedas y/o los duelos, y cómo se mira y transitan los territorios posibles que contuvieron o llevaron a que hoy nos falten tantos. Es en esos trazados que la iniquidad estructural se revela cruda y todo lenguaje bienintencionado pierde su sentido, muestra su impotencia. Y lo que queda revelado es la impiedad total de la deshumanización. Ya no solo del sistema estatal y político, sino social: la pregunta “dónde están” es un disparador urgente e indispensable de pensar qué es ser argentino, quiénes somos, qué es la Argentina, qué es un país en el que no se puede cerrar nunca esa pregunta que acusa historia y alumbra las memorias de las ciudades.

 

La impotencia del victimismo

Cuando el sujeto —en cuanto sujeto político, social y cultural— se vuelve producto y consumo al unísono, no solo deviene en capital y mano de obra en un mismo cuerpo, sino que consolida la mercantilización de esos cuerpos, y esto impone un desafío en la lectura de los últimos cincuenta años y hacia el futuro porque se revierte el estudio de toda la historia: como bien atiende Sayak Valencia en su libro Capitalismo Gore, si hasta acá la historia nos la contaban los sobrevivientes, ahora nos la cuentan los números de muertos y las condiciones de esas muertes.

A la idea de Valencia me resulta imprescindible agregar dos cuestiones. En primer lugar, la historia contada por los sobrevivientes siempre fue el medio para llegar donde las historias oficiales no llegaban, no querían llegar, o llegaban pero mentían, siempre dando el calce justo para todo un arco hegemónico discursivo. Arco y/o hegemonía que no es exclusividad de la derecha. Las clases medias blancas progresistas, intelectuales, entre otros actores culturales, incluso independientes, también construyen hegemonía; Lefebvre iba incluso un poco más lejos: no solo reconocía en esas clases una forma de hegemonía en sí mismas, sino que las reconocía como un “canal activo de las hegemonías”.

Esta reversión en cuanto a la lectura histórica es todo un desafío: ¿Cómo se funda y defiende el contradiscurso, la contracultura, la independencia del margen, el aullido intruso en el corazón de las corrientes principales si contamos muertos en vez de sobrevivientes porque cada vez son menos los que sobreviven? Y es un desafío mayor, porque es un tiempo que no solo institucionaliza toda expresión cultural que el mercado y Estado necesiten, sino que también se enarbola en el victimismo, que refiere a lo opuesto al horizonte constructor y renacentista que implica partir desde el ímpetu sobreviviente. Resultado: un tiempo sin ideas (sin salida), previsible.

El sobreviviente es sobreviviente, la redundancia no es caprichosa: es eso que es porque escapó o venció a la posibilidad de ser víctima, justo lo que la época adora producir y consumir, victimismo. En esa perpetuidad del horror —porque eso es producir victimismo donde no lo hay o perpetuarlo hasta vaciarlo de sentido si lo hay—, el decir y el escuchar se agotan rápido. Más cuando esa producción y consumo de victimismo se subyace en el scrolleo infinito (de nuevo, “clase virtual”, clase sin territorio ni raíz: ¿cómo se puede entonces salir de ese victimismo si en el scrolleo eso es lo que vende?).

Pienso en una de las proclamas más profundas de Joseph Brodsky, volcánica: «Intentar por todos los medios no caer en el victimismo”. Sigo, porque apunta fuego: “Un dedo que señala es el símbolo de la víctima, opuesto al signo de la victoria y equivalente al de derrota”. Y sigo un poco más, no solo porque podrían ser leídos como versículos de un salmo de David, sino porque esa potencia del que dice sabiendo se desata en toda su magnitud cuando alguien nos invita a salir de lo que él ya reconoce como una cultura oficialmente creada “que abarca desde consejeros privados a préstamos internacionales”; ahí, dice: “En cuanto adjudicamos la culpa a algo o a alguien, socavamos nuestra resolución para cambiar las cosas; podría afirmarse incluso que ese dedo ansioso de señalar culpables oscila tanto porque su resolución nunca fue demasiado firme. Después de todo, la condición de víctima tiene su encanto. Despierta piedad, confiere distinción, y naciones y continentes enteros disfrutan de rebajas mentales justificadas por su condición de víctimas”. Brodsky concluye alertando a una sociedad alejada de lo divino, que da vueltas alrededor de su yo: “Pensad al menos que considerándonos víctimas no haceis sino aumentar el vacío de irresponsabilidad que a los demonios y a los demagogos les encanta llenar, pues una voluntad paralizada no interesa a los ángeles”.

En segundo lugar, agregar que las muertes extraordinarias y las desapariciones hay que cargarlas en la columna del Estado, sin excepción. El Estado es responsable no solo cuando está ocupado por el gobierno que no me gusta, también cuando me gusta, o si no se trata de gustar, cuando lo voté. Ni la simpatía eventual, ni la lealtad incondicional, ni el voto personal por determinados gobiernos y partidos políticos hacen inocente al Estado. Esta manera de hacer “planilla” también habilitará lecturas urgentes e integrales sobre las violencias, las que son sistemáticamente leídas de forma aislada y/o sectorizadas, lo que estimula posicionamientos que nunca no terminan en un sinfín de efectos colaterales que consolidan las estructuras y profundizan el terror. Dios nos libre de esos posicionamientos hiteros con los que se humedecen voluntaristas, intelectuales, puristas, moralistas, todo el activismo biempensante, causista y emocional de los que tienen la vida resuelta y adoran el sensacionalismo de las causas nobles, justas, buenas. En otras palabras: adoran trabajar de buenos (otra forma, a su vez, de hacer victimismo).

 

Sobre el autor:

Acerca de Bárbara Pistoia

Interesada en la no ficción, la crítica y los estudios culturales, su campo de trabajo e investigación se configura entre la edición y la escritura, la comunicación y la producción cultural. Siempre dispuesta a la conversación política y atenta al pulso de la conversación pública, entre sus principales temas de interés se encuentran las músicas […]

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