“Soy abogado pero cambié a la antropología”, dice Diego Viegas. No fue un simple interés por otra carrera, sino lo que define como una transformación mediada por una experiencia con ayahuasca. Cuando cursó Etnografía del conocimiento, en cuarto año, Viegas encontró la materia que respondía a sus inquietudes y ahora es titular de la cátedra en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario como licenciado y doctorando. Los estados ampliados de conciencia son su objeto de investigación y el tema de una notable bibliografía personal a la que se agrega Aguarapire. Ave-espíritu en piel de zorro, un libro que al cabo de quince años de estudios y de amistad expone la historia, las prácticas y el saber del chamán tupí-guaraní Aguarapire Seacandirú.
“Mi especialidad sería la antropología del conocimiento, a lo que agregué una disciplina no desarrollada en América Latina pero sí en el norte, la antropología de la conciencia”, cuenta Viegas (Rosario, 1969). Además de la actividad en la cátedra dirige el Centro de Estudios en Antropología del Conocimiento y la Conciencia e integra la Fundación Mesa Verde, donde estudió e hizo experiencias sobre medicina tradicional amazónica. En ese marco se inscribió en 1999 la visita a Rosario de Don Antonio Muñoz Díaz, chamán de la etnia shipibo-konibo, en Perú.
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La investigación inicial llevó a Viegas a las comunidades indígenas en Argentina. En 2010 conoció a Aguarapire Seacandirú (Basilio Soria) a través del antropólogo Carlos Martínez Sarasola y dos años después viajó por primera vez a su comunidad de origen, Yacuy, ubicada a 17 kilómetros al norte de Tartagal, en la provincia de Salta. Fue el inicio de una serie de entrevistas y de estudios que se concretan en el libro publicado por La Flor Azul y presentado en la Facultad de Humanidades, con la presencia del protagonista.

Un poder ancestral
Aguarapire es un sanador itinerante. Como tal recorrió el país, participó en la Cumbre para la Tierra organizada por las Naciones Unidas (Río de Janeiro, 1992) y viajó a Europa. La casa de Viegas fue su consultorio en Rosario, y el antropólogo ofició de secretario: “Así pude hacer observaciones participantes que hubieran sido difíciles en otros entornos. Tuvo muchos pacientes y pude ver cómo trataba las enfermedades; en general eran lo que llamamos psicosomáticas, más o menos graves, de personas que habían fracasado con médicos alopáticos”.
La práctica de Aguarapire integra el canto ceremonial, el sonido ritual del palo de lluvia y las hierbas medicinales para llevar al paciente hacia su memoria de infancia. “Estás relajado en un sillón, cerrados los ojos –cuenta Viegas, que también se hace tratar sus cataratas con el chamán –. Te pregunta si tus padres te dan un seudónimo o un apodo o cómo te llamaban en la infancia. Y empieza el canto en guaraní, una invocación a los poderes del sol y la luna para que ayuden a ese niño, porque el alma siempre es niña. La sanación de la enfermedad tiene que empezar por el origen, donde él te lleva metafóricamente; con el palo de lluvia y la relajación, hay gente que visiona cosas o siente una cierta elevación”.
Aguarapire fuma a continuación un tabaco mapacho –no el industrial sino el de la selva, al que está habituado desde los cinco años –, expone el diagnóstico e indica el tratamiento con hierbas y los preparados que son necesarios; en su visión, ciertas dolencias y en particular las adicciones se explican por falta de afectividad en la infancia. El chamán está al tanto de las propiedades de la ayahuasca o yagé –“poder que conecta con la mano de los ancestros”, en guaraní – y del cactus de San Pedro, pero rara vez acude a lo que llama “brebaje mágico”. El tabaco es en cambio la planta sagrada de la comunidad tupí-guaraní, y como tal un elemento central en la práctica médica y en las ceremonias.
“Los médicos de las culturas amazónicas, andinas, qom, guaraníes, coinciden en que la enfermedad empieza por lo espiritual y por supuesto encarna en lo corporal y se traslada a lo psicológico –explica Viegas –. Lo espiritual, una dimensión que no existe en nuestra cultura, es el mundo invisible al que ellos nunca dejaron de acceder. No hablamos de estados alterados, porque esa expresión es de la psiquiatría y remite a una patología, y los chamanes son cualquier cosa menos locos, no están enfermos”.
El poder no viene de las plantas en sí sino por transmisión oral y también onírica de los antepasados; son necesarios también “la mirada fija entre el alumno y el maestro” y los cantos rituales. “Mis ancestros son de raza tupí-guaraní, sanadores, guerreros, con pensamiento comunitario, una filosofía comunitaria”, se presenta Aguarapire. Asentada en el sur de Bolivia, esta cultura se expandió hacia el oeste de Paraguay y el noroeste de la Argentina. Según la historia que reconstruye Viegas, el cacique Tîarôpara, abuelo materno de Basilio Soria, condujo a su familia y a sus seguidores hacia Yacuy después de la Guerra del Chaco (1932-1935).
Basilio Soria fue llevado al monte y aislado del mundo poco después de su nacimiento, en 1952. Los abuelos maternos lo instruyeron en plantas medicinales, técnicas de caza y pesca, “contacto íntimo con las fuerzas sobrenaturales” y usos del tabaco. Recién a los 13 años supo que existía la comunidad de Yacuy, conoció a sus padres biológicos y recibió el mandato de “hablar con el papel blanco”, es decir alfabetizarse en la escuela. Su nombre indígena significa “gran pájaro del Impenetrable con poder espiritual envuelto en piel de zorro”, donde lo primero identifica la subjetividad del sanador espiritual y lo segundo (“zorro”) la exterioridad como jefe comunitario y político.
A diferencia de otros chamanes, que permanecen dentro de su entorno, Aguarapire recorre el mundo desde joven y al mismo tiempo que reivindica su identidad de origen no desdeña la política. En la ciudad de Salta cursó estudios terciarios de enfermería, comenzó a trabajar como sanador e ingresó a la Juventud Peronista; igual que cualquier otra de sus decisiones, explica ese paso como un mandato de sus mayores. Empleado en su momento en la Casa de Gobierno de Salta, recuerda con orgullo que fue el primer diputado originario en la provincia y también asesor de la Organización Internacional del Trabajo.
“Participa en política porque estaba destinado a ser el guía de su comunidad y el puente con la cultura hegemónica, no solamente sanador –afirma Viegas –, y lo reivindica como una apropiación contra hegemónica, es decir, como un uso a favor de los marginados, de los explotados, como son los pueblos originarios en la cultura occidental pero también las mujeres, la comunidad LGBTIQ+ y los trabajadores”.
Entre los guaraníes el varón puede usar el nombre de la mujer. Tîarôpara, el nombre del abuelo, significa “vieja mujer pintada guerrera” y se llamaba así, según Basilio, “porque era poderoso”. Por más que se reivindiquen como “hombres-tigres” y guerreros, al igual que los wichís son matrilocales, “o sea en la esencia del proyecto tiene más voz la mujer”, según el chamán. “Los chiriguanos ava guaraníes tienen una cosmovisión de equilibrio entre opuestos donde es preponderante el papel de la mujer”, agrega Viegas.

Cambios y permanencias
El etnolinguista Wolf Dietrich consideró a Aguarapire, ya en 1981, “el mejor informante que se pueda imaginar”; Tristán Bauer lo entrevistó para su cortometraje Ni tan blancos ni tan indios (1985), donde testimonia sobre los usos de la antropofagia en su cultura. “En ese sentido dice que ya no lo necesitan, pero que conservan ese poder –dice Viegas –. Muchas costumbres han desaparecido; en la comunidad hoy son mayoritariamente evangélicos o católicos y sus integrantes se casan al modo occidental”.
En cambio persiste el Pim Pim, “la danza grande” que toma su nombre del sonido de un tambor fabricado con madera ahuecada y cuero de corzuela, con agua en su interior, y en particular el Arete Guasú, una fiesta que se prolonga durante noventa días como un llamado a los antepasados y una celebración de la cosecha del maíz donde la renovación del ciclo de la siembra se asocia a la formación de nuevas parejas.
Aguarapire será sucedido por una de sus hijas, pero la iniciación en el monte ya no se practica. Viegas: “El pasaje es similar al de los wichís, que por su parte hablan de la palabra póstuma: cuando un chamán se siente morir transmite una última palabra al primogénito. Ellos creen que la palabra es potente, que tiene un espíritu, penetra en el cuerpo, y el hijo carga entonces con una responsabilidad. Nadie quiere ser chaman porque implica sacrificios y una enorme responsabilidad; el chaman de la new age no existe en el mundo indígena”.
En las entrevistas, Aguarapire se manifiesta contra el concepto de propiedad privada, contra el afán de lucro, contra la depredación ambiental. La región en la que su abuelo estableció a la comunidad contiene yacimientos de gas y petróleo, y hoy padece el extractivismo. La cosmovisión guaraní hace eje en la experiencia comunitaria, la relación con lo sagrado, la integración del mundo humano y del mundo natural, los valores opuestos al neoliberalismo.
“Lamentablemente el chamanismo está desapareciendo con la depredación del ambiente –dice Viegas–. Pero en momentos en que se postula el individualismo extremo es importante fomentar el diálogo con las cosmovisiones originarias, volver a esos valores y recordar que Occidente también tiene un linaje no hegemónico, siempre marginado por el paradigma del positivismo y del materialismo”.
Viegas hizo trabajos de campo en comunidades indígenas de México y en la selva amazónica; entrevistó a monjes budistas en Nepal, Bután y Tibet; tiene un nombre guaraní (Yaguaru Misi, Pequeño Jaguar), otro chorote y otro tibetano. En correlación con la experiencia publicó libros como Antropología Transpersonal (2016), Los Espíritus del Aire (2018) y, este año y en España, el primer volumen de Abraxas: Poéticas de la Conciencia en los Orígenes de la Cultura. También impulsó en 2014 el Posgrado en Medicina Tradicional Indoamericana, que salió adelante frente a los prejuicios y la extrañeza académica en la Facultad de Medicina de la UNR.
“Es urgente entablar ese diálogo horizontal con los últimos representantes de los pueblos originarios, como Aguarapire, y dar la disputa ontológica y política a través de experiencias transformadoras”, dice Viegas. Él mismo se considera un ejemplo: “Soy re gringo, no tengo nada que ver con pueblos originarios en mis orígenes”.

