La cámara mira desde un lugar íntimo y amoroso. Desde dónde Manuel Besedovsky elige captar: es lo que nos deja pensando. Su retina define su ideología, ya que observa y enuncia desde las vértebras de los protagonistas. Carga la cámara sobre el hombro de ellos y elige también los perfiles de Luciano. Mira al ras y recrea un retrato luminoso, vital. Tan solar como nocturno. Tan triste como prístino y parsimonioso.
Luciano, el documental está situado en Rosario. Se retratan una ciudad y una provincia en las que las políticas públicas de salud, educación y deporte envuelven y cuidan a Luciano y a su gente. Evidenciando un Estado súper presente, definiendo un lugar en el que todos confluimos. Pero también, en simultáneo, retrata un Estado ausente en infraestructura, donde la corrupción y el desastre de la obra pública hacen visible la desigualdad.
En Barrio Tablada hay poca agua corriente, no hay gas, el servicio de luz es irregular, hay problemas con la vivienda, y las fuerzas de seguridad abusan de manera sistemática sobre las personas mas pobres, agudizando la deshumanización en sus prácticas. En esta película, la injusticia social está ahí: narrada, documentada, explorada y vivida.
Hay tiempo de vida en los espacios narrados en la película Luciano. Hay biografías abrazadas entre Manuel y Luciano. Anticipando un dato que surge de la biografía del director, la juventud que detentaba al iniciar este trabajo (18 años, siendo alumno de la educación pública en la Escuela Gurruchaga, cursando la orientación de Diseño y Comunicación Multimedial en el 2017) vuelve a la película, una obra muy compleja y hermosa. Su director se construye director, se foguea en los sets de la realidad y cuenta la vida de Luciano mientras Luciano camina, goza, sufre, comparte y proyecta en la ciudad.
Contada con belleza de color, de luz y de sonido, se vuelve una obra maestra. Sus recursos plásticos se materializan con notable destreza gracias a las decisiones de producción y ejecución. Aparecen las texturas de una ciudad, que se vuelve muchas ciudades, con topografías diversas, cuya paleta cromática y lumínica ofrece distintos timbres de voz. La luz de la calle de noche, la luz de los pasillos de día, la luz de los efectores de salud, las texturas de los bailes, las voces de los amigos, de las enfermeras, de su hermanita. Un universo poliédrico en el que Luciano avanza y explora con intensidad vital.
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Luciano es un joven trans que vive con su madre y su hermana pequeña en una casa humilde de la zona sur de Rosario. Hace changas de albañilería y sueña con terminar la escuela secundaria y conseguir un trabajo estable.
Manuel siguió a Luciano durante varios años. Ese registro orgánico, que es propio del formato documental, acá adquiere una manera más fluida y natural que de costumbre. La amistad que se construyó entre los dos permitió seguir al protagonista, registrar sus cambios corporales, ser parte de conversaciones y situaciones de su vida cotidiana que escapan a la rigidez de un guión encorsetado. El protagonista se deja ver de una forma auténtica y sin estridencias y Manuel tiene la capacidad para retratarlo de manera sutil.
A diferencia de otros documentales, acá no hay puesta en escena. Tampoco una bajada de línea o lo que podría confundirse con un panfleto en favor de la diversidad. Los acontecimientos de la realidad discurren, serpentean fluidamente como lo hacen los géneros en la vida de Luciano. Nada en él escapa a las preguntas y a las contradicciones. La fantasía de tener un hijo hace fricción con la transformación de su cuerpo hormonizado con testosterona y una rutina intensa de horas y horas de gimnasio. El noviazgo con una chica trans, que decidió no alterar sus genitales, se enrieda con la curiosidad de Luciano por una posible implantación de pene en un futuro no tan lejano.

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Manuel mira con ellos, sobre los hombros de ellos, sobre sus cabezas, desde sus rostros. Narra los perfiles de Luciano y emerge una situación muy cándida: Luciano, mientras sucedía la filmación iba pidiendo su película. La han construido juntos. Con una belleza y un amor tan singulares como agudos.

Ficha técnica:
La película contó con la supervisión y producción de Pablo Romano y el sonido de Fernando Romero de Toma y Jimena Chávez.
Guión y dirección: Manuel Besedovsky
Producción: Nicolás Capola, José Salvia, Guillermo Berman, Juan Diego Kantor, Pablo Romano
Dirección de fotografía y cámara: Tomás Pasini
Música: Guillermo Pesoa
Montaje: Marina Sain (EDA)