La participación de las mujeres en el negocio narco territorial en la ciudad de Rosario suele analizarse como si se tratara de meras actrices de reparto en un libreto escrito por hombres. Pero no todos los casos son iguales. Las dueñas de bandas existieron siempre, algunas con perfiles bajos, otras no tanto, todas encontraron en esta actividad una forma de hacer dinero. Las dueñas, aun siendo pocas en relación con los hombres, dan órdenes, juntan plata, paren hijos, van presas, se enamoran y hacen la comida. Desde siempre ha habido mujeres al mando de distintos negocios.

Dos de las dueñas más famosas de Rosario: una es veterana, fue condenada y estuvo presa, la otra es más joven, reincidente y sigue detenida. Ninguna de las dos heredó un negocio. Fueron las creadoras. Son hombres los que obedecen a sus órdenes, siendo ellas menos violentas en sus liderazgos en relación con los grupos a cargo de varones.

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Dinero que fluye con sangre

El asesinato por error de tres jóvenes en 2012 dio inicio a un espiral de muertes que sumó en julio pasado la del pastor Eduardo Trasante –padre de uno de aquellos pibes de Villa Moreno.

La mayor es una de las principales importadoras de pasta base, luego ella derivaba el material para que alguien lo cocinara en Rosario. También se le adjudica contrabandear clorhidrato de cocaína de máxima pureza para que otros actores del mercado lo estiraran.

La menor regentea hoy un puñado de bunkers –viviendas usurpadas y fortificadas donde se venden dosis mínimas de droga–, un negocio en el que disputa territorio y la mano de obra para esa pelea la consigue en su familia. Dos de sus hijos están muertos, otro preso, pero el negocio sigue.

También existen otras mujeres que no están subordinadas a bandas de varones: Marcela, familiar de un efectivo de la Policía Federal, solía estirar cocaína de la mejor calidad, junto a integrantes de su familia.

 

Ellas

Se despertó sobresaltada. Se asustó. No encontraba los lentes que estaban en la mesa de luz, tanteaba con la mano pero no lograba alcanzarlos. Los ruidos que habían empezado en la puerta de entrada siguieron por la escalera. Cuando se dio cuenta, la luz estaba prendida y varios hombres le apuntaban. Aguantó las ganas de orinar y sólo atinó a decir: “¿Me ayuda? Necesito ir al baño”. Lo buscaban a Pablo, su hijo. El pibe, por entonces de 25 años, consumía y traficaba algo para pagar el consumo. Igual no le alcanzaba. Porque la casa ya estaba devastada desde antes: el pibe le fue vendiendo todo. Electrodomésticos, muebles. Todo. Hasta la ropa. El resto, lo que estaba roto era culpa del perro, el Airon, que durante meses desquitó su furia contra las patas de la mesa, masticó los zapatos, pero ni siquiera fue capaz de ladrarle a los policías.

“Perro botón”, pensó Alba y lo contó a quien quisiera escucharla: tanto romper las bolas todo el tiempo para quedarse como una estatua apenas vio a los canas.

El relato en fragmentos entre la angustia y la culpa, ocurrió hace 30 años. O quizás más. Alba encontró en las ruinas de su casa la Talasa, el Rohypnol, el jarabe y las pastillas que su hijo vendía. Y le pidió ayuda a los pibes. Ellos vendieron y con esa plata ella pagó algunas deudas. Y abrió otras: primero había que pagar las cuotas atrasadas de la empresa de emergencias médicas y de su futuro sepelio. Y siguió vendiendo porque había que pagar a los abogados, ya que con la pensión no alcanzaba. Nunca la agarraron ni fue presa.

Los años que su hijo estuvo a la sombra los aprovechó. La primera semana, mientras traficaba sin saberlo, le abrió la puerta al Airon y nunca lo volvió a ver. Después, de a poco, fue armando de vuelta su casa. La historia de Alba es mucho más larga: vendió drogas hasta su muerte. Esta modalidad se daba en un contexto en el que el tráfico de drogas era una actividad marginal, en términos económicos, sociales y políticos, pero explica de alguna manera lo que podía pasar en una familia sin plata a la hora de imaginar cómo parar la olla.

A Marcela le gusta estar tranquila. Incluso cuando vendía: “A mí no me gustan los quilombos”. Y pudo esquivarlos durante los años que duró su trabajo en el barrio gracias a las mujeres. Valeria primero, Blanca después. “A las mujeres nos importa la plata. Yo creo que una puede hacer plata sin molestar a nadie, porque la maldad es el problema. Yo nunca usé la plata para hacerle mal a nadie. Dios conoce mi corazón, por eso me ayudó”, dice. Y también asegura que se podría trabajar sin problemas si los hombres no buscaran hacerse los guapos.

“Para mí los tiros traen a la yuta, y ahí están 500 años presos. Yo creo que en algún momento de la vida se deben sentar a recapacitar y no lo deben poder creer. Yo acá me siento y recapacito. No me interesa tirar tiros, todo eso yo estoy a otro nivel que estos negros. Estos se arman una película, agarran unos pesos y creen que son no sé qué de la mafia”, describe.

Nunca trabajó con varones ni con bandas. Ella terminó transando sólo con Blanca porque ella no le traía problemas. Miraba con desprecio a los tiratiros y leía las noticias, cuando caían presas, las venganzas que no entendía, en un negocio que no era mucho más que un pasamanos que le permitía a una familia hacer plata.

 

Consortes y herederas

Después están las herederas. Son mujeres que se ponen al frente de una banda porque sus parejas caen detenidas. O sus familiares. Hay una estructura debajo de ellas, pero no son quienes dan las órdenes, sino que obedecen lo que les mandan a hacer desde los penales.

Si bien no todas están conformes con ese rol, no les queda otra. Por ejemplo, en la segunda década de este siglo, hay algunas causas judiciales que comienzan cuando mujeres, hartas de sufrir violencia de género, denuncian a su parejas para terminar con esa situación, ya que con determinados personajes es poco efectiva la denuncia por golpes o maltratos. Cuando los hombres estaban afuera, en la calle, el manejo del negocio era de ellos.

Muchas de estas mujeres ocupan las cárceles, cuyas plazas tuvieron un crecimiento exponencial con la figura penal de la asociación ilícita, la respuesta de la Justicia provincial especialmente en contextos de alta criminalidad, para contener la violencia. Las penas se agravan y ellas pasan a ser responsables de bandas a las que entraron por la ventana sin opciones.

Otras mujeres, que crecieron en familias dedicadas al negocio narco, buscan continuar como manera de supervivencia o en otro tipo de violencias. Son las familias que lo entienden como una suerte de imposición para que ellas continúen con el tráfico. También están las que desde las sombras, o por ser más rápidas con los números o más ordenadas, buscaron a los codazos quedarse en la punta de la pirámide.

Una de ellas es parte de una familia vinculada al negocio, y en un momento debió asumir un rol preponderante, explica el lugar de las mujeres en las bandas: “Ellos impusieron cosas que fueron una regla para todas nosotras. Cualquier varón de la familia, cuando estaba con otros hombres en la casa, nosotros no podíamos estar. Jamás. No le gustaba porque él (su marido) siempre me dijo que los hombres tienen picardía, y que la mujer tenía que estar sólo cuando él estaba. Al él no le gustaba que le miraran la mujer y tampoco dejaba que los amigos estuvieran con la mujer cuando ellos hablaban. Nosotras no teníamos que saber sobre lo que ellos hablaban”.

“Además, los hombres son bastante atrevidos. Y él (su pareja, luego asesinada) era un pibito que tenía calle y sabía. Cuando se juntaban, ellos estaban en el patio y nosotras adelante con mi suegra, tomando mate. Y si ellos querían tomar mate se lo preparábamos, lo llevábamos y nos veníamos. Salvo que fuera un cumpleaños, ahí yo me quedaba sentada al lado de él. Yo estando con él no bailaba y a mí me gustaba bailar. Yo lo respetaba a él, pero a mí me gustaba que él me respetara, por eso cuando empezaron todos estos temas, que yo me enteraba de mujeres y cosas, empezó la discordia entre nosotros. Porque el único problema de discordia entre nosotros fue que él me gorreó”, graficó.

 

Sacrificables

Cuando Matilde Bruera era defensora en los Tribunales Federales, impulsó que las mujeres que trabajaban en bunkers, que estaban encerradas y representaban el último eslabón de la cadena, fuesen tratadas como víctimas de trata, al igual que los niños. Estos eslabones no ganan grandes cantidades, ni mucho menos, y están expuestas a la muerte.

Estas mujeres son las consideradas descartables, accesorias, prescindibles y sacrificables. En algún punto, para la sociedad son las “malas víctimas”, las expuestas a las balas y a la muerte. Nadie reclama por ellas. Pero también son las primeras que marchan presas y las que menos ganan en la larga y desigual cadena del narcomenudeo.

Un búnker es una casa cerrada. Tiene una ventanita que sirve para dispensar droga y recibir el dinero a cambio. La imagen de la casa precaria y reforzada fue la imagen de Rosario durante mucho tiempo. El búnker significa muchas cosas. Una de ellas es que las fuerzas policiales no podían ignorar su existencia y que algo tenían que ver en esta proliferación en los barrios.

Si bien en algunos momentos el territorio de los bunkers estuvo bajo una relativa calma, por acuerdos armados entre bandas, fueron escenario de múltiples balaceras y asesinatos. Así algunos barrios padecieron la violencia más que otros. Y esa fortificación se volvió todo un símbolo, fue el lugar preferido para derrumbar. De esta manera alguna gestión en seguridad pública quiso demostrar estándares de eficiencia. . Pero una y otra vez –después de fugaces cambios de modalidad, como la del delivery, que se impuso un poco antes del año 2020, profundizándose a partir de la pandemia de Covid19– volvieron a aparecer, como si nada hubiese pasado.

 

Las soldaditas

Estos lugares están custodiados por los llamados soldaditos, un nombre que deviene del hecho de trabajar o hacer para otros, de estar a las órdenes de quienes verdaderamente mandan. Son pibes armados que cuidan el territorio. No de una irrupción policial, pero sí de otras bandas.

El nombre que se usa para los pibes también sirve para identificar a esas mujeres que venden dentro del búnker: las expendedoras. Esta figura es el último eslabón, el más débil de la cadena. Es justamente esa precarización lo que hace que al rol lo cumplan niñas, niños, adolescentes y mujeres como variable de ajuste. Son las mujeres, los pibes y las pibas, quienes se vuelven mano de obra disponible en los barrios aún más en contextos de crisis y extrema pobreza.

Actualmente quienes ocupan esta categoría no son las que están en el búnker. Muchas de ellas están presas en complejas causas judiciales que no contemplan que en determinadas circunstancias no se puede decir no, ni denunciar, ni acudir a la Fiscalía buscando una solución: “Estos dos dientes que me faltan me los bajó la primera vez que me negué a vender”.

También están las que se negaron y que hoy están muertas. Como el caso de una joven que llevaba a su bebé en brazos. Un sicario le asestó seis balas y una más al bebé, que sobrevivió de milagro. El motivo: ella se había negado a vender mientras él estaba preso.

La ciudad se mueve con un recambio de estructuras y modalidades que lideran el comercio ilegal. Hoy en los barrios de Rosario funcionan los llamados “casinitos”, muchos de ellos manejados en línea con mujeres que funcionan como cajeras. Son ellas las que cobran y pagan, y no la aplicación y ocupan un espacio como los viejos capitalistas de juego. El procedimiento es así: la intermediaria te da un usuario y una contraseña por un tiempo limitado para habilitarte al juego a través de una página web precaria, no oficial, que habilita al jugador por única vez.

El dinero se sube a quién banca el proceso y las cajeras se quedan con un porcentaje. Cuando se gastan el dinero, aparecen los problemas y al menos dos mujeres ya fueron asesinadas por quedarse con esa plata.

Los conflictos por falta de pago desatan guerras cotidianas en todas las direcciones. La muerte o la cárcel se convierten en el único destino posible. A veces pasan por el encierro y después de un tiempo regresan al viejo trabajo en un territorio que sigue plagado de balas y fuego.

 

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