En un cumpleaños, al lado de la mesa de tragos y con los pies en el pasto, la escuché a Lila Gianelloni decir: “a mí me gusta que un poema me cuente cosas”. En los sesenta, José Gorostiza se lamentaba porque la poesía había abandonado buena parte del territorio que alguna vez había sido suyo: “el diálogo, la descripción, el relato –decía– se fueron a engrosar los recursos de la novela”.
Lila nos trae, en Claro palafito (Editorial Biblioteca Vigil) todo eso que parecía perdido. El relato en el verso, esa voz que al principio de un poema dice: “Ocurre así, / en medio de una fiesta, / de una celebración / o de un aniversario. / Sucedió así / la vez que yo recuerdo”. Nos trae cada descripción, ya sea de una mesa servida, de un jardín o de un lugar que ya no existe, construidas con la paciencia necesaria —como decía Flannery O’Connor— para convencer mediante los sentidos. Nos trae el diálogo fallido entre un muchacho y una planta, la pregunta por las trenzas tan prolijas de una nena, el secreto susurrado en un asado, las respuestas que acerca un desconocido una noche de verano.
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El epígrafe de Marina Tsvietáieva nos da una clave de lectura: estos poemas fueron escritos gracias a una preocupación. Prestar oído, oír bien.
Lila presta el oído para el detalle. Escucha y sopesa cada palabra, elige las de mayor textura: tijeretazo, bejuco, estambre, vergel; dice de una discusión que “se hicieron visibles el orillo y las costuras”; de un nido vacío que es “un cilindro pequeño que conserva la forma de la rama”; que un secreto “es como una brasa en la mano”. Y Lila también presta el oído para escuchar el centro verdadero de una historia, así como la voz le dice al muchacho que poda “que busque la raíz del problema / más allá de la hojarasca”. Es esa búsqueda la que le permite terminar cada poema-escena en el momento justo, antes de que nos diga demasiado.
Todos los que leímos algún cuento de Lila, o ese relato magnífico que es Llueve en el Tambopata, conocemos la enorme carga de poesía que tienen sus frases, los recortes y trazos de este mundo que decide narrar. Escritora híbrida e inquieta, esta vez nos ofrece una variante nueva. Tomando a su favor la pausa y los silencios que le dan el corte de verso y la concisión del poema, Lila nos dice: tengo esta historia, este cachito de sentido y misterio, pero no te quiero robar tiempo, así que voy a decirte a media voz, sobre el oído, unos retazos, como un brillo visto de reojo que se quedó grabado en mí y necesito compartir.
Lila cumple el sueño del que escribe: crea eso mismo que le gusta leer. Porque Claro palafito, como dijo con los pies en el pasto, nos cuenta cosas, nos canta y nos invita a quedarnos con el oído atento, a la belleza y al peligro, como quien busca escuchar, en el claro de una selva, a la pava de monte o las pisadas de un yaguareté.
***

La poda del jazmín estrella
El muchacho
es pura voluntad y fuerza.
Da tijeretazos al montón de guías
brotes
zarcillos,
sin mirar
como si temiera quedar ciego
o enfrentar a la Gorgona.
Los tallos del jazmín derraman por la herida
la savia blanca que cae en lunares.
El muchacho
deja las tijeras en el suelo y agarra el machete.
No quiero ver el filo
cayendo sobre las ramas
débiles que se cortarían suaves
con el movimiento preciso de unas tijeras pequeñas.
No es así como se hace
—la que habla es la planta, puedo oírla—.
Le digo que busque la raíz del problema
más allá de la hojarasca,
es ahí donde hay que dar el golpe justo,
y todo lo demás va a caer.
El muchacho
deja el machete en el suelo,
se pasa la mano por la frente,
mira alrededor,
—el cielo tiene el color de la nieve—,
creo que va a decir algo,
se detiene.
No he dicho nada
—es la planta la que habla—.
Como iluminado por un rayo
encuentra el principio:
es una rama larga
una liana
un bejuco.
Da un golpe corto y tira,
arrastra sin esfuerzo un ramillete oloroso
y otros detrás.
Pareciera que ahora mismo
lo embarga la curiosidad,
porque hurga en la enramada,
encuentra la raíz del problema, arranca
ramilletes del tamaño de arbustos,
arbustos alrededor del tronco
que queda descubierto, que está desnudo
abrazándose a un lazo del jazmín,
fundido con el tronco hasta hundirse en él.
—Ahorcado —dice el muchacho.
A veces, ciertas plantas que crecen
enredadas en otras,
asfixian a sus tutores
—dice la planta—.
Está transpirando el muchacho,
es invierno,
entra la luz sobre la mesa de disección,
la luz sobre los lunares que salpican el suelo,
la luz sobre las ramas moribundas, las hojas
como papel picado,
las gotas de savia blanca,
las flores sin pétalos, sin corola, sin estambres,
los zarcillos mutilados.
Recojo lo que puedo, no quiero perder nada,
me muevo ágil entre los despojos,
las tijeras chiquitas cortan rápido,
armo ramos con los tallos
de los jazmines aún vivos,
latiendo, aromando.
Estoy sola.
Apenas llegó el muchacho
los gatos huyeron,
los pájaros se alejaron.
¿Y las hormigas que anidan entre las hojas duras?
¿Y el caracol de tierra?
¿Y el muchacho?
—escucho decir a la planta—.
El muchacho
—el filo del machete, la luminosidad,
las manos pegajosas, la leche enjazminada—
va juntando en silencio las ramas.
El jardín
quedó sembrado de estrellas,
desprendidas de su universo, sueltas
como si se hubiese cortado
el collar que las ataba.
Está oscureciendo,
el cielo tiene el color de la nieve.
¿Lloverá?
Espero la lluvia
para que lave, para que nutra o repare.
Pongo las ramas floridas en un vaso,
esta noche
voy a ver el cielo a través de la ventana.
Desnudo. Despejado. Limpio.
***
El nido
Trae un nido vacío,
es un nido hecho de hojas, restos de tela
plumas de loro,
esponjoso,
un cilindro pequeño que conserva la forma de la rama
que lo sostenía,
un nido de colibrí
abandonado.
Lo trae con cuidado y me pide
que lo ponga alto
en la enramada
para que venga un pájaro,
un colibrí
y anide
otra vez.
Estoy por decirle
que eso no ocurrirá
pero la mirada insiste,
el nido en la mano
el brazo extendido
la espera
la reparación el reparo el cobijo,
que vuelva
que ajuste el estado de cosas
que deje intacto el hogar
que restituya.
Ella —una nena a la que quiero— no ignora,
sabe cosas,
conoce la naturaleza,
los pájaros no regresan,
pero señala la enramada
con el nido en alto.
Lo agarro
lo subo,
ruego
al cielo de los pájaros
que el resto el deshecho el recuerdo
sea otra vez nido.
