qué extraño es
el celular, los lentes del tipo a la moda
el cráneo del investigador inclinado sobre nuestros
genes, todo este ejército que va y viene en zigzag
por el calendario
qué extraño es
este banco de hielo a la deriva
el color del agua,
el precio del bebé
dame un cerillo
—Nicole Brossard (“Es extraño”, Festival Filba, 2011)
…embriones seleccionados desde el origen, a fin de detectar una desviación eventual: genes de la maldad, de la envidia, de la celosía, de la estupidez, definitivamente descartados.
—Anne Dufourmantelle (En caso de amor. Psicopatología de la vida amorosa, 2018)
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Si hablar sobre prostitución nos obliga a recorrer años de historia y luchas y mutaciones en los sistemas económicos y sociales, es muy otra la situación cuando hablamos de gestación subrogada. Porque si la prostitución se presenta como el oficio más viejo del mundo, la maternidad subrogada es el oficio más nuevo del mundo: “trafica con el órgano femenino de la procreación, hace del útero un capital productivo y del hacer un hijo un modo de ganarse el pan”, escribe Laura Klein.
El 15 de julio de 2020 se cumplieron 10 años de la Ley de Matrimonio Igualitario. Ese mismo día, la diputada cordobesa Gabriela Estévez (FdT) anunció la presentación de un proyecto de ley de Reforma del Código Civil y Comercial para incorporar los procedimientos de Gestación por sustitución, afirmado que “el proyecto busca garantizar un acceso igualitario a los procedimientos de gestación por sustitución y proteger los derechos de todas las partes que intervienen en el proceso, especialmente de las personas gestantes”, subrayando que se trata de una ley que garantiza el derecho a que todos podamos formar una familia, independientemente de la orientación sexual, sexo, género, identidad, estado civil.
La potencia del matrimonio igualitario radica en el cuestionamiento de los viejos códigos culturales heterosexistas, promoviendo un cambio en el estado de situación anterior a la Ley a partir del paradigma del reconocimiento: siguiendo a Nancy Fraser, “aquí el objetivo es un mundo que acepte la diferencia, en el que la integración en la mayoría o la asimilación de las normas culturales dominantes no sea el precio que hay que pagar por un respeto igual”. En este sentido, interrogaría por qué la gestación por sustitución es presentada en línea con esta conquista, de qué modo este proyecto podría conducir a una ampliación de derechos, cuáles concepciones de igualdad y de libertad están en juego.
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Los avances de la ciencia y la tecnología han facilitado, en el ámbito de la reproducción, una cantidad de actividades remuneradas que pretenden resolver las dificultades o imposibilidades a la hora de procrear. A la ya habitual compra y venta de ovocitos —lo que implica que mujeres se sometan a invasivos tratamientos hormonales para aumentar la producción mensual de ovocitos que luego serán explantados quirúrgicamente para su comercialización a través de páginas web y clínicas privadas—, se suma la posibilidad de llevar adelante un embarazo para otras personas mediante un arreglo contractual que estipula la entrega del niño/a al momento del nacimiento. Es un modo de ser padres a través del involucramiento de una mujer que cumple el rol de gestante, una opción para crear descendencia sin mediación de relación sexual.
La subrogación ocurre cuando una mujer aloja un embarazo para otras personas. El objetivo es que la subrogante no tenga relación biológica con el bebé, “separar la genética de la gestación, y así tranquilizar a la pareja de clientes y evitar crear un vínculo entre la madre sustituta y la niña o niño que dará a luz, del cual tendrá que separarse de inmediato”, como afirma la socióloga feminista Laura Corradi en su libro En el vientre de otra, un mapeo completísimo sobre las discusiones en torno a la subrogación.
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En nuestro país, aún cuando algunas figuras del espectáculo (hombres y mujeres situados en una posición económica bastante holgada) exhiben con orgullo sus hijos producto de la subrogación de vientres, y en las antípodas de lo que sucede en torno al trabajo sexual, el debate acerca de esta práctica es incipiente. En este contexto, el estreno de la tira Pequeña Victoria visibilizó esta discusión poco explorada en la escena local. El diario Página 12 celebró en su momento el estreno de dicha producción, que abordaba la temática “desde una óptica femenina”, proponiéndose “repensar el concepto de familia, cuestionar su institucionalidad conservadora y discutir las relaciones intrafamiliares”. El diario destacaba como un aspecto progresista el rol apenas secundario que cumplían los hombres en esta ficción.
Prefiero no detenerme en el esencialismo que supone como “bueno” todo aquello que provenga del universo femenino —como si hubiera tal cosa y como si tal cosa en sí misma fuera digna de ser celebrada, por el simple hecho de disputar espacios de visibilidad a los varones—. Sí me interesa proponer que, si el alquiler de vientres es un tema espinoso, no lo es tanto porque desafíe a la familia tradicional, dado que este modelo conservador viene siendo objetado hace ya mucho tiempo imponiéndose un sinnúmero de formas disidentes. Lo es en la medida en que plantea la ficción de que la capacidad reproductiva de algunas mujeres y su producto son objetos alienables. Asimismo, si bien es cierto que puede reforzar el destino reproductor de la mujer (la consigna “No somos vasijas” da cuenta de la resistencia de ciertos feminismos a la naturalización de la subrogación), creo que excede lo que pueda decirse sobre el patriarcado, en la medida en que compete a lo que hace el capitalismo con nuestros cuerpos atravesados por el género, la clase, la raza. La experiencia indica que no cualquiera puede acceder a un vientre ajeno —en este sentido, cabe preguntarse si se trata de una ampliación de derechos, o más aún cabe preguntarse si el deseo de tener un hijo con material genético propio debe traducirse en un derecho—. La experiencia internacional indica también que, en términos generales y exceptuando casos de franco altruismo, no cualquier mujer pone el cuerpo en este proceso.
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Delineemos algunas cuestiones sobre los actores en juego. En primer lugar, las mujeres que aceptan alquilar sus vientres —obreras de la reproducción que asumen este rol en la división del trabajo que ha generado el mercado— son, en su mayoría, mujeres pobres y racializadas, y no suelen hacerlo por fines altruistas, como insisten en presentarlas los defensores de la práctica, sino que son movidas por los altos “reembolsos” que esta actividad les garantiza. Porque es claro que, de mínima, deberán estar cubiertos los gastos que todo el proceso de gestación imprime en la economía de la gestante. Estos “reembolsos” terminan disfrazando en un enorme número de casos la mercantilización de la práctica. El nudo: el útero, que aún la ciencia no ha podido suplir, se torna mercancía.
Luego, los clientes: parejas heterosexuales que quieren tener hijos y no pueden, o no quieren afrontar los problemas personales que implica un embarazo, mujeres u hombres solteros y parejas homosexuales que no pueden procrear, pero que, en cualquier caso, pueden pagarlo. Tal como expresa Laura Corradi, el debate dentro del feminismo “se asienta en el contraste entre el derecho a la reproducción por un lado y la perpetuación de los privilegios de las mujeres occidentales por el otro. Lo que, por un lado, puede parecer una libertad de elección, en gran parte reservada para mujeres blancas y acomodadas, parece traducirse en una mayor mercantilización del cuerpo de mujeres económicamente desfavorecidas o de color”.
La ciencia y la tecnología juegan su rol fundamental en tanto intervienen permitiendo segmentar el proceso de la reproducción. Las capacidades generativas del cuerpo femenino se han convertido en un nuevo “sector de inversión” y beneficio para científicos, expertos en ingeniería médica y empresarios. Mientras los defensores de la práctica evidencian una “exaltación pro científica” a la hora de argumentar a favor de las diversas tecnologías de reproducción asistida, Corradi nos recuerda, desde una perspectiva gramsciana, que ciencia y tecnología están siempre subordinadas a los intereses de la clase dominante. La ciencia es un producto del capital, incorpora su dominio y lo reproduce. Ciencia y tecnología nunca son neutrales: son relaciones sociales inscritas en estructuras de género, clase, poder racial.
Como afirmó Jacques Lacan, la ciencia no se limita a conocer el mundo, sino que implica la introducción de cosas en el mundo que no existían previamente. La técnica desafía los límites de lo posible en un movimiento continuo y acelerado. Hoy las tecnologías reproductivas pueden prescindir del acto sexual para generar vida humana. Parece que la voluntad de la técnica ha ganado terreno frente a los símbolos carnales, el erotismo queda disociado del parentesco, la maternidad fabricada es una opción frente a los modos tradicionales, “artesanales” de dar vida, la madre gestante se distingue de la madre genética. Hay ahí una disyunción artificial, impuesta por un contrato que garantiza la ausencia de lazo afectivo entre la primera y el hijo resultante del proceso. Todo en orden.
En la temática que nos ocupa, el movimiento ecofeminista, posicionado en contra de la práctica, revela la carencia de estudios que proporcionen información suficiente respecto a los riesgos que la subrogación implica para la salud de la mujer gestante y de los/as niños/as. Este asunto no es en absoluto menor.
Finalmente, el rol del Estado que debe posicionarse frente a este novedoso “contrato” que atañe cuestiones tan sensibles como la vida del niño o niña y la posibilidad de comercializar una parte del cuerpo de la mujer: ¿debe establecerse una ley restrictiva o debe promoverse el liberalismo médico y farmacológico en cuestiones reproductivas?
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Dentro y fuera del feminismo, ciertos argumentos esgrimidos por corrientes libertarias, inspiradas en la teoría política de Robert Nozick —aunque muchas veces degradando su innegable potencia argumentativa—, defienden la práctica atrincherándose, por un lado, en un sujeto autónomo, “dueño de sí mismo”, libre de consentir ciertas condiciones mediante contratos entre partes, y por otro, en los perjuicios que acarrea la interferencia del Estado en la vida de los individuos. Conocemos estos argumentos, los escuchamos a diario despotricar contra la presencia del Estado en los diversos órdenes de la vida. No se trata solo de achicar el gasto público, el ideal que sostiene esta corriente erige al mercado con su mano invisible como el nuevo regulador de las relaciones sociales. Se trata entonces de reemplazar un Amo por otro.
En el caso de la subrogación de vientres, un libertario afirmaría que la mujer que carece de recursos materiales, y que en ese contexto acepta alquilar su capacidad reproductiva, goza de una autonomía plena aun cuando se ve forzada a aceptar las condiciones que el mercado le ofrezca. Las condiciones que suponen los contratos de subrogación van desde la vigilancia estricta y la medicalización del cuerpo de la gestante hasta la obligación de renunciar al bebé que se gestará durante nueve meses en su vientre, incluyendo la posibilidad de tener que abortar en caso de malformaciones (de nuevo, el capitalismo, dice Lacan, forcluye las cosas del amor). Los libertarios pasan por alto el hecho de que la autonomía formal —“ser dueña de sí misma”— no impide que sus circunstancias económicas y su condición de mujer la fuercen a “elegir” acuerdos sumamente desfavorables. Estas mujeres pasan a ser medios para los demás, quedando a merced del lugar que el mercado esté dispuesto a otorgarle —el de simple recurso—, a merced de las condiciones del otro, de su buena voluntad.
Cuando hablamos de subrogación no podemos soslayar que el acceso a la posibilidad de contratar un vientre de alquiler siempre queda del lado de una elite privilegiada que puede pagar los oceánicos costos que establece el contrato, mientras que las mujeres que aceptan gestar para otros pertenecen, en su enorme mayoría, a clases desfavorecidas. Si el Estado permite que estas situaciones se repitan considerando que son “acuerdos entre individuos” está reforzando que un colectivo de mujeres pobres y racializadas (no es casual que las feministas de color sean parte de la militancia contra esta práctica), mujeres que toman sus decisiones en un estrecho espectro de posibilidades, ingrese al mercado como ejército de reserva para satisfacer los intereses de una clase privilegiada. Hacer un hijo es un nuevo modo de “ganarse la vida”.
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Son curiosos los modos en que los poderes dominantes se representan y se apropian de la experiencia de la maternidad cuando se trata, sobre todo, de ciertas mujeres. Angela Davis relata el modo en que la fertilidad de las mujeres negras fue en una época considerada como un valor ligado a garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo esclava: las mujeres “eran consideradas ‘paridoras’ (…) sus criaturas podían ser vendidas y arrancadas de ellas con entera libertad, como se hacía con los terneros de las vacas”. Esta situación cambia durante el siglo XX, cuando la capacidad reproductiva de las mujeres afrodescendientes deja de estar ligada a su monetarización y, en cambio, al igual que con latinas y migrantes, se revela como un peligro que hay que controlar, acotar, limitar. Así, las campañas de control sobre la natalidad han recaído, históricamente, sobre algunos cuerpos, tomando incluso la forma de esterilizaciones forzadas y sin aviso. Ningún lugar para el deseo.
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En Más acá del bien y del mal, la filósofa Laura Klein historiza las luchas feministas en torno a la libertad sexual, deteniéndose en la reivindicación que apuntaba a liberar al sexo del yugo reproductivo. La autora ubica las “ironías de la historia” que llevaron a que la consigna que exigía la separación del sexo y la reproducción —consigna que buscaba legitimar la decisión de no tener un hijo— se hiciera literalmente posible en la oferta de hijos que permiten las nuevas tecnologías reproductivas. La consigna retorna a sus propulsoras, ¡ellas buscaban el placer sin embarazo, no hijos sin sexo! “La consigna se ha cumplido, el anhelo no ha sido satisfecho”, sentencia Klein.
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Ahora bien, veamos: subrogación y prostitución, el vientre se alquila y el sexo se vende. Pero el alquiler involucra un tiempo enorme, nueve meses irrenunciables, ininterrumpidos. El proceso es inacotable. Aún así, la mujer ahí se supone libre, en la medida en que tiene derecho a su propio cuerpo. Klein introduce la siguiente diferencia: “ser libre es no ser un cuerpo sino tenerlo, disponer de él para trabajar —esta es la condición jurídica del capitalismo—. Se supone, entonces, esta situación: la ‘propietaria’ de un lado y su ‘bien jurídicamente protegido’ por otro, de modo que la mujer y su vientre andarían por el mundo como un hombre y su azada, un rentista y su inmueble, etcétera. Con la sutil diferencia de que la mujer además de tener un cuerpo (y cada una de sus partes), es ese cuerpo, lo necesita para existir. Quien le paga por lo que tiene, la aliena de lo que es”.
La autora sitúa el modo en que, en la subrogación, el mito de la mujer-madre se refuerza, y la aceptación de la práctica —así como la ausencia del estigma— se juega a partir de ese mismo refuerzo: porque el hijo excusa a la mujer del hecho maldito de lucrar con su cuerpo ahí donde no hay sexo de por medio. Las enormes resistencias que el aborto ha sembrado en sectores conservadores y religiosos autodenominados “pro-vida” parten de la premisa de que el embrión reside en ese vientre-casa. El aborto es un atentado contra esa vida. La potencia de generar vida que la anatomía imprime en el cuerpo de la mujer es sacralizada y es quizás por ese motivo que la posibilidad de que subrogue su vientre para dar vida no genere dilemas morales. El poder de decir no a esa vida que se engendra en el cuerpo (im)propio constituye el sacrilegio.
En el ensayo Maternidad y libertad, Francesca Izzo se interroga acerca de los problemas que entraña la consigna que reivindica la propiedad sobre nuestros cuerpos. “Mi cuerpo, mi decisión” es postulada de manera indistinta para exigir la legalización de la práctica del aborto —que implica (según reglas precisas en relación al tiempo de gestación del feto) la autodeterminación de la mujer para decidir si aceptar una nueva vida o abortar— como para convertir a las mujeres en objetos, “no de un patriarca, sino del mercado, y que las niñas y niños estén concebidos para un intercambio”. Sostengamos la interrogación.
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Clínicas fantasma que estafan a sus clientes en función del deseo de ser padres, mujeres engañadas que creen llevar adelante embarazos para parejas infértiles pero terminan gestando para redes de tráfico de niños y niñas, falta de información vinculada al innegable impulso comercial, abandono de niños con síndrome de Down por parte de “clientes”, costos que oscilan entre quince y treinta mil dólares en India, pero ascienden a ciento veinte mil en Estados Unidos. Examen genético del embrión, selección de género del feto. Marketing que maquilla el servicio ofrecido por las empresas a partir del énfasis en el trato justo y el respeto por los niños y niñas, pero que sostienen sus exigentes requisitos de elegibilidad para madres sustitutas. “En nuestro programa, las sustitutas potenciales se seleccionan para asegurarse de que sean adecuadas física, psicológica y socialmente para la subrogación”, reza un anuncio que asegura la posibilidad de elegir la raza, el color de pelo, el color de ojos, la contextura física de la subrogante. Mujeres subrogantes que son consideradas meros “vectores”, que son objeto de monitoreos constantes y controles estrictos sobre sus cuerpos y sus formas de vida, que en muchos casos redundan en restricciones a las libertades personales.
Las propuestas tendientes a aprovechar los avances de la ciencia para cumplir el deseo de formar una familia se enuncian siempre partiendo de buenas intenciones, porque suelen afirmarse en el reconocimiento de un supuesto deseo natural (vaya oxímoron) de ser padres que la ciencia podría realizar. No solo se trata de fabricar un hijo, sino de hacerlo —según nuestras más insondables fantasías— con garantías. La anatomía ya no es el destino, la contingencia del encuentro carnal tampoco. Pero, como afirma Klein, el problema no es la tecnología sino su alianza con las lógicas mercantiles. Y, agrego, el modo en que esta alianza impacta y profundiza la desigualdad, permitiendo cierta mostración de este poder que detentan algunos de torcer las posibilidades “naturales” y elevar el deseo a un derecho a ser satisfecho.
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No se trata de negar el deseo genuino que motoriza a hombres y mujeres a tener un hijo con sus genes (el deseo humano, ya afirmamos, se burla de la norma); no se trata tampoco de augurar un destino trágico a esos niños concebidos a partir de una lógica mercantil (el relato de una niña concebida a partir de la gestación subrogada ha conmovido al mundo entero y no obstante es imposible generalizar esa experiencia), tampoco se trata de aplicar la categoría del “trauma” a la experiencia de gestar para otros, porque el trauma siempre es retroactivo: no podemos anticipar los efectos traumáticos de ninguna experiencia, a priori. En otras palabras, no podemos estandarizar el trauma si seguimos la orientación freudiana. Si una experiencia se configura o no como traumática para un sujeto, eso solo lo podemos leer a partir de sus efectos. Y en este punto me detengo, porque un argumento similar ha sido bandera para militar contra la legalización del aborto, a saber, aquel que versa en torno a los efectos traumáticos que dicha práctica necesariamente tendría sobre todas las mujeres. Ahora bien, cuando la estrategia argumentativa a favor de su legalización niega dichos efectos traumáticos, barre con esa potencia, no solo cae en una dialéctica puramente especular y carente de matices, sino que sostiene la ilusión de un saber que, por estructura, resulta imposible. No tenemos forma de anticipar los efectos de un aborto, sea legal o clandestino. No tenemos forma de anticipar los efectos de la experiencia de la maternidad, de hecho. Que un aborto devenga traumático para una mujer tampoco dependerá de la legalidad o la clandestinidad de la práctica, sino de las coordenadas estrictamente subjetivas. Y aun así, exigimos su legalización. En el caso de la prostitución, en el caso de la subrogación, sostener el argumento del trauma para luchar contra esas prácticas implicaría sostener correlativamente un modelo de sujeto programable, predecible —una utopía a la que el empirismo no ha renunciado, por otro lado—. La contingencia que se anuda a nuestro carácter sexuado, parlante y mortal objeta no obstante dichas ilusiones.
El proyecto presentado en nuestro país, aquel al que me refería al comienzo, buscaría introducir la figura de la gestación por sustitución dentro del orden legal: afirmaría la seguridad y protección de todas las personas en un mismo plano de igualdad, dándoles la oportunidad de formar una familia ejerciendo libremente la opción de utilizar los avances de la ciencia para tal fin. Se inaugura un derecho, pero habilitándose en ese mismo gesto en apariencia igualitario una práctica que demuestra, a nivel global, su íntima copulación con las lógicas del mercado y con la afirmación y el sostenimiento de las inequidades sociales. Aún cuando la legislación apuntara a evitar la explotación de mujeres, advirtiendo que solo podrían constituirse en gestantes aquellas cuyo vínculo con los padres biológicos sea afectivo, promoviendo explícitamente los fines netamente altruistas, es necesario preguntarse qué regulación podría proporcionar a nuestra sociedad, signada por la desigualdad, una prevención adecuada de la mercantilización de embriones y del cuerpo de ciertas mujeres. Porque, tal como sostiene Laura Klein, “si la samaritana que se presta a embarazarse por otra puede sentirse digna de una misión, la que lo cobra difícilmente pueda sentirse honrada por ser una desposeída obligada a poner(se) en venta (por) su capacidad reproductiva”.
La discusión se sostiene, nuevamente, en los modos de concebir la libertad; en las formas en las que el yo propietario se impone frente a la posibilidad de debatir cuestiones vinculadas a lo común; finalmente, en el modo en que el capitalismo intenta, parafraseando a Jorge Alemán, consumar su crimen perfecto.

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