Acá estamos ella y yo, paradas en calle Italia debajo de un cartel luminoso que dice “E”. Años sin vernos, a pesar de que vuelvo a Rosario todos los meses. Ella carga una bolsa de cotillón y me explica que el gordo cumple tres años y que con la gorda de nueve meses no tiene tiempo para nada. Lleva puesta una blusa sin mangas color blanco, un jean y en los pies, chatitas. Mira la hora en su celular, sus hijos de fondo de pantalla. Tiene el esmalte saltado, una alianza de oro, una cadenita con dos muñequitos, aros de perla y ojeras.

—¡Estás igual!— dice. Traigo puesto un par de zapatillas de lona gastadas, tatuajes viejos, un short de jean y una musculosa de E.T. de la que cuelgan gafas con cristales de plástico. Mis brazos están bronceados, mis piernas se ven duras. No estoy igual, estoy mejor.

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—Ay no, estoy hecha un desastre— respondo.

Ella mira el E.T. y sonríe. Steven Spielberg, dice y me cuenta que ella estudió cine y que hace unos años ganó una beca en una universidad de Buenos Aires. Yo asiento con la cabeza.

Después, me dice que todo pasó justo en el momento en que conoció a Joaco. Me hago la que no escucho el nombre y le pregunto si le hubiese gustado vivir en Capital. Me dice que sí, que Buenos Aires le encanta. Habla de andar en subte, se acuerda de un día en que se perdió. Algo de la anécdota le causa gracia. Su risa tiene tanta fuerza que tumba su cabeza hacia atrás.

Veo cómo la luz del cartel entra en su boca abierta y rebota contra su coronita. El diente plateado hace ¡flash! y recuerdo: nuestras mamás conversando en la puerta del colegio. Verónica Zampino llorando porque la empujamos. La señorita Zulema haciéndole upa. Un Cristo crucificado arriba del pizarrón. La madera fría del banco de la capilla. La hermana Inmaculada cantando con voz temblorosa: “Zaqueo era un hombre bajito, Zaqueo era un hombre bajito…” El caniche toy que compré con la limosna de la primera comunión. Las estampitas de mis compañeras. Una foto de Sole Mattos, Cecilia Rolandelli y yo haciendo una pirámide en la habitación del hotel con nuestras remeras de Entre Ríos ’97. Cecilia bizca para hacernos reír. A mi no me dejaban ponerme bizca, mamá me retaba diciendo que iba a quedar así, pero estaba equivocada. Acá está la prueba. Cecilia Rolandelli con sus ojos derechos apuntándome a mí. ¿Es esto Cecilia Rolandelli? ¿O es lo que veo escondido detrás de esas arrugas que se mueven cuando ella habla?

Cecilia Rolandelli está debajo de una avalancha de noches sin dormir, de una torre gigante de pañales con caca y de un toco de tarjetitas de cumpleaños de Spiderman. Cecilia Rolandelli tiene novio, qué digo tiene marido. Cecilia Rolandelli maneja una rural, juega a la casita de verdad. Cecilia Rolandelli ni siquiera habla como Cecilia Rolandelli, dice tete, memi, buba y popó. Cecilia Rolandelli organiza Bauticumples. Tocan bocina.

—Amor, mirá quién es— dice Cecilia.

No me hagas esto Cecilia. No me obligues a hablarle, no estoy para jugar a los viejos amigos, y menos con un ex-noviecito. A Joaquín lo dejé y él me odió por no querer ser parte de su vida, por no acompañarlo en su sueño de ser pelado, esposo y contador. Debe estar ansioso por que te subas al auto, por no gastar más nafta. Siempre fue un tacaño y un controlador. ¿A vos también te obliga a coger con la luz apagada para no gastar? Decime Joaquín para qué tanto ahorro, si al final mirá cómo están.

Quiero abrirte el cuerpo con un cutter Cecilia, dejarte salir, gritarte: ¡CORRÉ CECILIA, CORRÉ! O mejor volá, fumate un porro, sacate ese corpiño maternal, bailá en tetas arriba de una tarima, tomate un whiskey o una raya de merca, no sé Cecilia, hacé cualquier cosa pero por favor dejá de vestirte como tu vieja. El pelado toca bocina otra vez. Ni siquiera puede esperar a que terminemos de hablar, ¿te das cuenta Cecilia? Nos controla.

Tendrá miedo de que te lave la cabeza, de que nos demos un chupón y nos escapemos en la rural a vivir como hippies a Uruguay, que pinte mate, faso, huerta orgánica, poliamor y que de pronto sea él el que esta noche tenga que cambiar pañales.

Ya sé, vos creés que tus dos hijos son lo mejor que te pasó, pero seamos honestas, ¿cuánto te pasó realmente como para poder afirmarlo? ¿Cuánto te tocó el corazón? ¿Qué cosas te hicieron sentir viva, o mejor dicho, qué cosas te llevaron a sentir que te morías? ¿Qué cosas te mataron y te hicieron renacer? ¿Cuándo dejaste de ponerte bizca frente a la vida Ceci y empezaste a identificarte con esta imagen, con este pensamiento de que si tu familia está bien, vos estás bien? Nunca fuimos gente del montón. Nosotras nos sentábamos en la última fila, nos macheteábamos, fumábamos cigarrillos sueltos de quince centavos, nos enrollábamos la pollera del colegio para mostrar las piernas que hoy tapás con ese jean. Rosario es un horno, hacen ochenta grados Cecilia.

Vámonos en tu rural al Caribe, tomemos daikiri de frutilla, metámonos al mar en pelotas, gustemos de chicos, cantemos Cristian Castro en un karaoke, vendamos falopa, compremos una mansión en Acapulco, tengamos dos metralletas, caguemos a tiros al que nos deba guita, freezemos los cádavares para que no los encuentren, rindámonos ante la policía y tengamos un tatuaje tumbero en la cara. Tocan bocina.

—Tiene un asado. Tengo que volver a darle la teta a la gorda. Dame tu celu así quedamos en contacto y te venís al Bauticumple—.

—Claro, anotá: 1162876418—.

Anotás, te quedás con la idea de que seguimos siendo amigas, de que voy a ser la primera en ir al Cumplebauti, vas a pensar que te elijo como madrina del bebé que nunca voy a tener, que me interesa que me mandes fotos de tus hijos y que juntas vamos a administrar un chat de mamis. Más tarde me llamarás y te darás cuenta de que el número, no existe.

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Sobre el autor:

Acerca de Meli Navas

Meli Navas nació en 1986 en Mendoza. Trabajó como creativa en diferentes agencias de publicidad en Buenos Aires y colaboró durante más de 7 años con Revista OH LALÁ del grupo La Nación. En el 2016, ganó una beca para estudiar Storytelling en Scuola Holden (Torino). En el 2019, publicó “Dos veces el mismo cuento” […]

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Sobre el/la Ilustrador/dora:

Acerca de Maxi Falcone

Rosarino, Diseñador gráfico, ilustrador, desarrollador web y músico. colabora para varios medios de su ciudad y del resto del país como historietista y humorista gráfico. Miembro de Cromattista y parte integral de la RevistaREA maxifalcone.org

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