Dale play. No es una reunión de Avon, ni de Tupperware, ni mucho menos de Essen. Podría tratarse de un ejército de víctimas de una estafa piramidal. De afuera parece un cumpleaños sin cumpleañero.  Según como se lo mire tiene pinta de velorio descontracturado donde la tristeza cede ante el humo del café aguado y la memoria rescata a la persona fallecida a fuerza de anécdotas desopilantes. También tiene algo de reencuentro del primer grupo de la facultad donde la geografía del aula hermanaba a una hippie con Osde, una cajera de La Gallega, un pibe evangelista, un judío progre, un gay tapado y dos de Firmat o Casilda que conviven en una residencia. A todos ellos los reunió Gastón.

Gastón es Gastón Miranda, gestor cultural en el Centro Cultural Parque de España (CCPE) de Rosario y referente de Liebre de Marzo, un espacio teatral y cultural independiente en Gualeguay, Entre Ríos.

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Entre la anotación y el diario, la autora –artista, diseñadora, testigo– discurre sobre un presente que carga un pasado doble: el de la historia y el de un arte que oficia con dolor e ironía.

Lo que parece un cumpleañito ocurrió en el quinto piso del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro) bajo el nombre Family Day: convención de ex-Blockbusters, en el marco de la exposición colectiva A favor de la fantasía y en contra de la inflación. En ese espacio, Miranda comparte sala nada menos que con Marta Minujín y otros artistas plásticos. El objetivo del evento fue simple y ambicioso: un reencuentro de excompañeros de trabajo de la multinacional del VHS. Gastón trabajó en la firma hasta su estallido en diciembre de 2010 y, como un chiste macabro del sistema judicial y bancario argentino, aún hoy sigue cobrando a cuentagotas y de a migajas la indemnización de aquel despido.

 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky

 

Blockbuster desembarcó en Rosario durante la segunda mitad de la década de los 90, en pleno apogeo del segundo mandato de Carlos Saúl Menem, cuando el consumo importado y la ficción de la convertibilidad dorada disimulaban las grietas del modelo.  

“Para capacitarnos nos convocaron al salón de eventos de un lujoso hotel del microcentro. Ahí estaban los monitores de tubo, las tiqueteras térmicas, los primeros lectores de código de barras. Éramos pibes fascinados haciendo días y días de simulación de cobro”, recuerda una ex-Blockbuster de la primera camada, pionera de la tienda inaugural.

Y agrega: “En la esquina de Pellegrini y Sarmiento los sábados a la noche el movimiento era frenético. Tenías que tener a tres empleados dedicados exclusivamente a reponer cajas vacías en los exhibidores. El local explotaba, no daba abasto”. Con cierto orgullo técnico, rescata cómo ellos mismos tabularon manualmente a los clientes en las primeras bases de datos: realizaron un minucioso trabajo de inteligencia de mercado para mapear la procedencia de los socios. Gracias a esa cartografía del consumo pochoclero se determinó que gran parte de la clientela provenía de Pichincha, barrio Lourdes, el Centro y la zona de Tribunales, lo que impulsó a la corporación a abrir su segunda gran sucursal sobre Oroño esquina San Juan. 

 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky

 

Mientras el “uno a uno” mostraba sus primeros síntomas de agotamiento, la desocupación escalaba a dos dígitos y la precarización avanzaba, la marea azul y amarilla de Blockbuster encandilaba a la clase media local. En su marcha imperial, la cadena devoró a decenas de emprendimientos de barrio: esos videoclubes familiares de luces bajas, cortinas de plástico en la sección para adultos y catálogo en carpetas con folios que no pudieron competir contra las promociones de tres películas por dos días ni contra el olor a pochoclo recién hecho. En los debates entre ex-empleados afirman que Blockbuster no alquilaba pornografía. Discuten y no logran ponerse de acuerdo. También hay viejos rencores entre empleados y superiores, pero las risas se imponen.

La multinacional funcionó con la misma lógica que las grandes cadenas de comida rápida: llegar, montar estructuras deslumbrantes, contratar mano de obra joven, evangelizar al personal con manuales de atención estandarizados y arrasar con el tejido comercial circundante. Después, como en todo proceso económico, los melones se acomodan solos.

Como McDonald ‘s, la empresa ofrecía una rígida pero tentadora pirámide de ascenso laboral: de empleado de mostrador a supervisor y encargado de local. El estímulo de la meritocracia corporativa operaba a la perfección entre jóvenes que ingresaban al mercado formal en un país que se desintegraba. “Teníamos 19 o 20 años y cobrábamos un sueldo que para la época era muy bueno. Cuando ganábamos el premio al ‘Empleado del Mes’, el incentivo era un viaje con todo pago a Buenos Aires. Pero para alcanzar eso tenías que cumplir con una lista interminable de requisitos: puntualidad, memorizar los speeches de venta cruzada, ofrecer las golosinas en caja y, sobre todo, no fallar cuando te enviaban al mystery shopper”, relata entre risas otra ex promotora de la misma época. El cliente misterioso era un evaluador encubierto enviado por la casa matriz para auditar si el empleado sonreía, sí sugería el estreno del momento o respetaba la etiqueta corporativa.

 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky

 

Durante sus últimas horas en el edificio de Oroño y San Juan, Gastón Miranda registró el desastre, previo al fin y a la temida orden de abandonar las instalaciones. La soledad, el hartazgo, el sueldo que no se acreditaba y no se iba a acreditar, la sensación de fin de fiesta, de vacío, de desnudez. Solo, frente a una multinacional que quebró y dejó a todos sus empleados a la deriva. El paso de las noches noventeras de Halloween, Navidad, las filas y filas por un título a las góndolas vacías. Blockbuster sobrevivió al 2001, pero la piratería y la “democratización de los contenidos” se lo llevaron puesto. Miranda terminó el video, la empresa cerró definitivamente y él ganó un premio. Se resume en una frase, pero para él significó un montón. Lo fue. Hoy, con algunas aristas parecidas pero una estética espantosa, el país atraviesa un escenario similar. Solo que ahora las que cierran son las Pymes y en el súper hay fideos paraguayos, manteca uruguaya y café de Italia. Algo parecido a los noventa, pero más salvaje.

Tienen un grupo de WhatsApp —la mayoría son mujeres— de ex-Blockbusters. Algunos se fueron a tiempo, otros cobraron en cuotas; uno trabajó en Alternativa (lo que ellos percibían como la competencia) y renunció encandilado por los espejitos de colores de la multinacional. Relatan con tristeza cómo les impidieron ser una cooperativa, “el ministro de Trabajo era Carlos Tomada –de Cristina– no quiso una organización de ese tipo”. 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky

 

Verónica no cobró nada. Entra a la convención del Museo Macro con botas animal print, un pulóver, un jean ajustado, rulos definidos con crema para peinar, un perfume dulce, fresco, persistente y uñas esculpidas bicolores con gibre. Desembarcó con un avión de plástico de M&M, que es un dispenser de confites que ofrecían a la clientela junto con las películas, y los impacta a todos. El avión ni siquiera fue sacado de la caja: conserva el celofán y los precintos originales. “Es mi indemnización”, bromea, aunque confiesa que nunca cobró un peso. Se ríe todo el tiempo y aclara que es “para no llorar”. Su marido es policía y en su momento cumplía horas adicionales como seguridad en el local de Oroño: “Nos conocemos todos los recovecos, todos los cuartitos, todos los escondites”. Verónica hizo de las suyas, pero como tenía gente a cargo, su sueldo era mayor. Al momento de la quiebra fueron cobrando los empleados rasos y ella quedó tan para lo último que, seguramente, se olvidaron de su liquidación.

 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky

 

Gastón encargó una torta amarilla y azul, imprimió stickers, puso sobre la mesa su uniforme (una parte la llevaba puesta, la otra no) y susurra: “Ya no me prende el pantalón”. También reunió recibos de sueldo de aquellos años y el manual de desempeño. Otras ex-Blockbusters llevaron el carnet dorado de socios, una caja original de Fiebre de sábado por la noche y hasta un fotograma de Titanic.

La multinacional se fue; solo queda un local en Bend, Oregón (Estados Unidos), que hoy es un boom turístico operado como franquicia independiente y cooperativa. Hay una comunidad detrás, es un logro, una mezcla de romantización con indignación. Allá y acá. 

La convención en el Museo Macro revivió ese microcosmos: la mística de los uniformes guardados en el placard, las credenciales plastificadas, el recuerdo de las cintas rebobinadas a mano con la máquina en forma de auto y el contraste de una generación que fue la cara visible del consumo globalizado y terminó reunida en un museo, contemplando las ruinas de su propio pasado laboral.

 

Fotos: Leo Tonelli y Pablo Czentorycky
Sobre el autor:

Acerca de Pablo Czentorycky

Periodista, productor de El Tres TV y de Radio 2. Cocinero experimental en Instagram y recorredor de locales gastronómicos fuera del centro.

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