La vida criminal y su exaltación conforman un motivo notable en la retórica del rap y del trap. El fenómeno no es novedoso, si se recuerdan los cancioneros dedicados a ladrones, asesinos y otros hombres y mujeres en conflicto con la ley y su larga tradición en los países de América Latina. Pero la consolidación del narcotráfico como actividad económica regular determina una incidencia particular de la temática, como puede escucharse en composiciones de incipientes artistas de Rosario.

La celebración del bandido, el chorro, el que enfrenta a la policía, puede explicarse por el contexto de origen de los artistas, y por cierta representación del público al que se dirigen. Pero también impacta en un imaginario extendido más allá de ambientes marginales, donde la violencia se afirma como posibilidad de éxito en la vida y, todavía con mayor simpleza, como una forma de relacionarse y de estar en el mundo. El número de seguidores en las redes sociales y la cantidad de visitas en las publicaciones de YouTube y otros sitios son indicadores significativos.

El límite entre el arte y la vida, entre la ficción y la no ficción, se vuelve borroso en esas representaciones y se explicita justamente cuando hay problemas con la ley. La defensa del trapero Zaramay, detenido el 13 de febrero por posar con armas en compañía de integrantes de Los Monos, planteó así que esas imágenes no eran más que un hecho artístico a los fines de la promoción del cantante y de la difusión de sus videos.

 Zaramay explotó además el incidente como parte del culto a su propia figura, un tema que atraviesa sus canciones y al que también responde el vestuario y la puesta en escena. Después de cumplir la prisión preventiva dictada por la Justicia, apenas quedó en libertad, hizo una declaración que fue registrada en video y publicada de inmediato en Instagram: “Se pensaron que la aguja era fácil de enhebrar, pero se hubieran buscado algún débil para poder hacerlo quebrar”, dijo, con la naturalidad del que recita un guión.

Sin embargo, la línea es sinuosa y si las aclaraciones correspondientes llegan tarde, ficción y no ficción se confunden en una mezcla literalmente explosiva. Fue lo que ocurrió con Diego Fabio Mujica, alias Mujikha, el trapero asesinado a balazos el 4 de junio de 2020 en Cerrito al 2800, barrio Parque.

De Rosario para el mundo

Mujikha solía exhibirse con armas en su perfil de Instagram. En una de las imágenes todavía disponibles posa con un arsenal desplegado sobre una mesa y en compañía de otro joven que oculta su rostro bajo un pasa montañas y parece chequear su celular, como un soldadito preparado para la acción. La imagen en primer plano contrasta con el ambiente de fondo: una cocina en la que el equipamiento se reduce a lo elemental, un lugar de paso más que una casa. Las armas y los celulares son todo lo que se necesita para vivir y disfrutar, parece ser la conclusión.

La policía informó que Mujikha no tenía causas en trámite ni antecedentes delictivos, ni siquiera por portación de las armas con las que se fotografiaba, y el crimen fue atribuido a un ex convicto agraviado por algún tipo de provocación. Su pose fue justamente eso, un personaje que empezaba a construir y que le costó la vida, como señalaron sus propios seguidores en las redes sociales.

Los traperos suelen identificarse con una frase, un guiño para los fans. La de Mujikha era “de Rosario para el mundo, mami”, como contraseña de sus aspiraciones de fama. “Yo soy el Emi, ustedes ya me conocen”, dice en la misma sintonía el cantante que se presentó en sociedad con un video en homenaje a Claudio “Pájaro” Cantero, el capo narco destronado a balazos en mayo de 2013.

La figura del trapero se recorta en el marco de un grupo de varones al que pertenece. Es una escena recurrente en los videos, donde el trapero lleva la voz y ocupa el centro mientras el grupo de varones forma una especie de coreografía extática, que sustituye el baile por gestos y miradas de aspecto amenazante, quizá consciente que se trata de mostrarse como en la calle, con una estética donde importan la sobrecarga de tatuajes, la ropa deportiva, las zapatillas de marca y las motos y autos símil alta gama.

En “Real Nigga”, el último video de THH Clica, el cantante Oscar Bravo se distingue de la barra de amigos por la ropa que usa, un buzo de color blanco. El grupo surgió en una escuela de Empalme Graneros en 2009 y lleva como marca de origen el asesinato de uno de sus integrantes, Ariel Alejandro Ávila, baleado por soldaditos de un bunker. THH Clicka se opone a los narcos y sus integrantes se reúnen en el video alrededor de un asado, emblema de la sociabilidad pacífica, pero de todas maneras las armas están presentes porque la identidad propia se define en el enfrentamiento con otros y porque no hay mediaciones institucionales con aquellos a los que se define como sectores antagónicos u hostiles hacia el propio grupo: los transas, los “white” y “la yuta” se confunden como objeto de rechazo. Los amigos son tan importantes como los enemigos.

Las armas pueden verse también en “Atrevido”, el video de Mujikha que registra mayor cantidad de visitas, y el crimen se sublima en otra creación, “Real shit”, ambientada en una barbería, emblema del reducto mafioso. El valor como ícono de la peluquería de caballeros y la imagen del capo en el sillón mientras se deja rasurar como un león herbívoro, en contraste con el poder para ejercer la violencia que le reconoce el espectador, provienen del cine y de películas como El Padrino y Scarface, de culto en un ambiente donde el modelo de vida no es el empresario, ni el deportista, ni mucho menos el profesional, sino el gángster. Zaramay hizo su sesión de fotos con armas y narcos justamente en una barbería, que los investigadores judiciales llegaron a localizar en la zona sur de Rosario.

En “Atrevido”, Mujikha representa un asalto en el que una banda reduce a un grupo de personas. Pero las acciones y la ostentación de las armas son apenas la manifestación superficial de la violencia, cuyo arraigo más profundo y determinante se revela en el texto de las canciones.

Con la lógica de la batalla de gallos, el trapero suele dirigirse a un adversario de otro barrio “que se la pasa hablando mierda” como dice Emiliano en la dedicatoria de un video, a un amigo que traicionó su confianza o demostró “falsedad”, a un rival artístico que trata inútilmente de ocupar el lugar que él ha ganado. Es un arte de la provocación cuyos argumentos provienen de un machismo primitivo en el que la mujer está en el mismo lugar que los autos, la moto y la ropa de marca y donde el hombre se solaza especialmente por el hecho de ponerle los cuernos al rival.

Los traperos hacen alarde de su éxito, no porque lo tengan necesariamente sino porque es lo que proponen como valor en la vida: “Facturar es mi oficio”, proclama Emi; “siempre cazando y cobrando, pero nunca pagando”, se jactó Mujikha en su última publicación en Instagram; Franco Fernández, detenido por participar en un tiroteo en la zona sur de Rosario, no se cansa de afirmar que los otros son imitadores y no hacen trap de verdad como él. “Dicen que aquí es fácil llegar, pero difícil mantenerse”, comenta Zaramay a propósito de su estrellato. Lo mismo podría decir el jefe de un grupo narco. Y los desafíos a pelear que lanzan otros traperos evocan disputas territoriales como pueden tener grupos rivales por la venta de droga. La violencia es una fuente de inspiración.

Un narco angelical

Queridos amigos”, un clásico del grupo Fuerte Apache, celebra a los “criminales inmortales” como referentes y les promete guardar su memoria. “Vida criminal fue las de sus días/ haciendo plata tirándole a la policía/ y hoy que descansan allá en su gloria/ suenan las pistolas en honor a su memoria”, cantan los raperos en locaciones del barrio Ejército de los Andes y junto a la tumba de Ezequiel Darío Coronel, el “Gaucho Cabañas”, un chico de 17 años que prefirió suicidarse antes que caer en manos de la policía, y del que la leyenda cuenta que jugaba al fútbol mejor que su amigo Carlos Tévez.

Pero lo que en ese hit puede ser genérico, en una canción como “El mensaje –que en paz descansa Pájaro Cantero” (sic)– tiene otras connotaciones. Abstraída de su contexto histórico, la canción que interpretan Emi y Derian podría ser escuchada como una expresión de duelo y como una pacífica demostración de amor hacia los seres queridos.

Emi cuenta en una entrevista que “le avisaron” que podía hacer una canción dedicada a Cantero, pero más que una iniciativa propia parece que la canción fue una propuesta que le hicieron,  porque dice: “Con toda amabilidad y respeto dije que sí”. La puesta en escena del video, con el trasfondo del mural dedicado al jefe narco en la calle Khantuta entre los pasajes 514 y 516 del barrio La Granada, la fecha elegida para la publicación (cumpleaños del homenajeado) y la presencia de niños, mujeres y hombres en aparente representación de la familia afectada por el duelo no dejan lugar a dudas respecto a un encargo, en una línea similar a las composiciones a pedido que son características de los narcocorridos mexicanos.

El video se viralizó no por sus méritos artísticos sino porque volvió a inscribir la presencia inquietante del clan Cantero en la ciudad. “Pommery”, la siguiente creación de Emi, ahora en compañía de Tincho Romero, tampoco debe su popularidad a la realización en sí ni a la canción, cuyo texto es difícil de seguir, sino a la utilización de un patrullero de la subcomisaría de Ibarlucea y a un escándalo que tuvo razones obvias: la policía que no responde, que no está en la calle, acude sin demora para hacer de actor de reparto en un video de allegados a los Monos cuyos valores están condensados en una marca de champagne.

“El mensaje” ofrece un retrato angelical del narco, incluso con impronta religiosa. La canción vendría a difundir la palabra del Pájaro Cantero –“Dios me dijo que te hable a través del Emiliano”– dirigida a su madre, “la Cele”, Celestina Contreras, una mención que provocaría ternura si se ignora la trama criminal en la que estuvo involucrada. Emi también menciona a otros miembros de la familia –entre otros “La Lore”, Lorena Verdún, ex esposa de Cantero y habitual frontwoman del clan en el espacio público– mientras Derian asume la voz de los Monos: “esto es de parte de tus tíos, abuelos, madre, padre, amigos, mujer, hijos  e hijas”, dice, con la vista hacia el cielo, como si le hablara al narco.

 

Esta incipiente santificación de Cantero encuadra con la ausencia de alusiones a la violencia y a la droga. Sin embargo, cuando Emiliano dice que “desde que Pájaro no está, la familia tiene otro rumbo / ahora sé que la muerte es para todo el mundo” es inevitable recordar no solo la desaparición del personaje sino la cadena de asesinatos que desató en represalia, una sed de venganza vigente, porque nada indica que haya terminado de saciarse. Del mismo modo que en una escena clásica de El Padrino Michael Corleone asiste beatíficamente a un bautismo mientras sus sicarios asesinan a miembros de una banda rival, la música de fondo del homenaje al Pájaro Cantero podrían ser los balazos que el 16 de abril acabaron con la vida de Nicolás “Fino” Ocampo, como parte del enfrentamiento entre los Monos y un grupo enemigo. En el final de la canción, además, el trapero recuerda que “como dijo Kendo/ quienes aprenden a caminar con pasos de odio y huellas de tristezas/ entienden que en la vida o eres depredador o te conviertes en presa”. El kendo es un arte marcial y no una persona física; pero al margen del detalle, la elección que plantea “El mensaje” resulta transparente: la ley corriente es la ley de la selva y sus ejecutores no merecerían reproche porque se trata de una cuestión de supervivencia.

En un video de su cuenta de Instagram, Emiliano relata que acaba de cumplir 19 años y se interroga por su futuro después de aclarar que dejó la escuela y pensar en un trabajo le resulta absurdo. Sus sueños son “estar en la tarima”, ver su nombre en las redes sociales y alcanzar el éxito y la fama. El trap, como género, representa esas aspiraciones. No solo registra la violencia sino también la desintegración social en los barrios de Rosario y la falta de respuestas del Estado, como puede verse en otro video de la cuenta de Instagram de Emiliano, donde conversa en freestyle con un amigo, Gonzalo.

Los Monos y el Monumento Nacional a la Bandera, donde grabó “Me copiaron”, parecen estar a la misma altura para Zaramay en la medida en que ambos representan a la ciudad. Pero esa confusión no describe un cambalache pintoresco sino que en todo caso es otro dato de un proceso de degradación cultural y de erosión en la identidad de Rosario.

THH Clicka deriva de La técnica del Hip Hop, un grupo de rap que formaron estudiantes de una secundaria de Empalme Graneros como propuesta del profesor de música, Lisandro Rodríguez Rossi. Poco después ganaron un concurso de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario que les permitió grabar un disco. Más allá del recorrido artístico, fue una experiencia que posibilitó a sus integrantes distanciarse críticamente del contexto de violencia narco en el que viven. Un ejemplo de que las intervenciones desde la educación y la gestión cultural puede tener efectos, pero también un antecedente que permanece aislado, sin continuidad política.

Los contactos con los Monos y los coqueteos con la criminalidad, por otra parte, no le hacen perder de vista a Zaramay los objetivos de su carrera, y en sus últimas composiciones pueden escucharse mensajes que sorprenden a propios y extraños: “no fomentamos la violencia/ tampoco la delincuencia/ por eso tuve que fumarme la sentencia/ estudien sigan sus sueños no arruinen la adolescencia”, dice en “Tá cabrón el Himalaya”, en alusión a su detención en Rosario.

Emiliano también se declara artista y quiere despegarse del vínculo mafioso, pero “El mensaje” formulan una promesa que compromete a una nueva generación en el culto del jefe de Los Monos. Los jóvenes cantantes juran tener presente la memoria de Cantero: “nosotros no permitiremos que tu nombre se muera”, dicen. En un contexto donde las políticas culturales son inexistentes, el narco se afirma como un modelo a seguir y una figura que representa los valores del colectivo, y la toma final del video, una panorámica que se eleva a partir del mural en la calle Khantuta, sugiere la pronta irradiación de esas promesas sobre el conjunto de la ciudad.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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