En 1999, antes de que en Argentina se reabrieran las causas de lesa humanidad por los crímenes de la última dictadura cívico-militar, antes de que Luiz Inácio Lula da Silva ganara su primera presidencia, y cuando Hugo Chávez apenas asomaba en Venezuela, el crítico cultural brasileño Idelber Avelar publicó Alegorías de la derrota, un libro magistral que analizaba los procesos de representación de la memoria de la dictadura en la democracia y postulaba que las dictaduras que se propagaron en América latina desde los 60, eran la condición misma de las actuales democracias, que no cuestionaban el orden neoliberal impuesto a sangre y fuego y se asumían como débil remedo de los intentos de democratización radical que habían propuesto los gobiernos populares derrocados.

Claro que resumir semejante libro de ese modo no le hace justicia, porque Avelar exploraba las diversas capas de todo ese proceso a través de las representaciones presentes en la literatura. Sólo las páginas dedicadas al boom latinoamericano de los 60, el giro naturalista de la literatura testimonial o la discusión en torno al realismo merecerían artículos exclusivos sobre conceptos aún vigentes y vigorosos.

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Lo que Alegorías de la derrota (cuyo subtítulo reza: “La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo”) plantea es el pasaje del Estado al mercado, como lo dirá muy sintéticamente en esta conversación, el hecho de que la democracia liberal es la continuación del proceso que comenzó con las dictaduras de principios de los 70 en América latina –es decir, sistemas que no cuestionan la acumulación del capital ni el modelo neoliberal–, pero lo analiza con una potencia que mantiene su actualidad: “La memoria del mercado –escribe– pretende pensar el pasado en una operación sustitutiva sin restos. Es decir, concibe el pasado como tiempo vacío y homogéneo, y el presente como mera transición. La relación de la memoria del mercado con su objeto tendería a ser, entonces, simbólico-totalizante”.

Recién llegado de Brasil a Nueva Orleans, donde es profesor de la Universidad de Tulane, Avelar se presta a esta entrevista en la que disecciona el proceso por el cual su país llevó al poder a Jair Bolsonaro.

Idelber Avelar en Corea del Sur, 2016.

En esta conversación Avelar desmenuza el trágico error de Lula cuando alentó la candidatura de Bolsonaro creyendo que su candidato, Fernando Haddad, lo derrotaría en un balotaje. También, traza una línea de continuidad entre la campaña de fake news de las elecciones de este año y las que en 2014 llevaron a Dilma Rousseff a la presidencia demonizando a Marina Silva; sostiene que el proceso de memoria histórica y de juicios a los responsables de la última dictadura argentina hacen muy difícil que en el país emerja un Bolsonaro y concluye que la actual derrota de las izquierdas en la región comparte el mismo “horizonte epocal” que la de los 70: es la misma derrota.

—A la luz del proceso de derechización de la región, ¿cómo postularías una actualización de Alegorías de la derrota?

—Creo que si tuviéramos que actualizar Alegorías de la derrota, en primer lugar tendríamos que prestarle atención a algunos procesos que son específicamente nacionales y que ocurrieron en los últimos 20 años. Creo todavía que la hipótesis básica del libro sigue siendo válida, es decir, que las dictaduras y los llamados procesos de redemocratización no se oponen sino que son parte de un mismo devenir histórico a través del cual las clases dominantes latinoamericanas realizan lo que llamo la transición epocal, la transición de un modo de acumulación fundamentalmente nacional a un escenario en el que ya no hay trabas para la acumulación en un modelo global, neoliberal. Pero también creo que algunas diferencias específicas nacionales tendrían que ser enfatizadas y trabajadas con más detalle. Me refiero sobre todo a los procesos de elaboración de la memoria que se han producido de manera tan diferente en Argentina y Brasil. Creo que en el caso de Argentina no sería exacto hablar de una amnesia institucional. Se trata de un país que ha discutido su destino en las últimas décadas sistemáticamente en el terreno de la memoria. Queda claro en la forma como los gobiernos kirchneristas se apropiaron de un discurso acerca de la memoria y los derechos humanos para convertirlo en política de Estado. Nada remotamente semejante ocurrió en Brasil, donde no hemos juzgado ni siquiera a un solo dictador, ni un solo torturador. No estoy hablando de condenas, de fallos condenatorios, sino de la mera existencia de un territorio jurídico en el que la memoria del país se pueda discutir y sea rearticulada en la polis. Ese déficit de memoria, la forma particularmente amnésica a través de la cual se producen los pactos políticos en Brasil nos ha llevado a una encrucijada que está emblematizada en la elección de (Jair) Bolsonaro, que es un personaje político que me parece impensable en Argentina. Es muy posible que se constituya una derecha dura en Argentina, viable electoralmente, pero no me parece que ese trabajo específico de negación de la memoria que realiza Bolsonaro sea factible en Argentina.

—Jair Bolsonaro representa, según los analistas más destacados, un link con el Brasil de la dictadura –que muchos, como el filósofo Vladimir Safatle, señalan como no ligada a la ola de ajustes neoliblerales– y un desmoronamiento del discurso “políticamente correcto” con el que se asoció a las democracias desde el fin de las dictaduras en los 80. ¿Qué representa allí Bolsonaro?

—En primer lugar, lo que más llama la atención respecto a lo que podríamos entender como la relación de Bolsonaro con el neoliberalismo es cuán antineoliberal ha sido Bolsonaro en los últimos 28 años como diputado. El histórico de votación de Bolsonaro es notablemente semejante en materia económica al histórico de votación de la izquierda desarrollista, me refiero al hecho de que Bolsonaro ha votado junto con el PT (el Partido de los Trabajadores de Lula) en contra de todas las medidas de liberalización de la economía, ha votado a favor de mantener determinadas prerrogativas corporativas del funcionalismo público, de las empresas estatales y de defensa de esa dimensión que podríamos llamar patrimonialista del Estado brasileño. Ese fenómeno es lo más notable y me parece que no está suficientemente percibido fuera de Brasil. Se ha puesto mucha atención a la dimensión reaccionaria, militarista, homofóbica, misógina y cuasi fascista de la candidatura de Bolsonaro, con muy buenas razones, pero el histórico de ese personaje como básicamente un representante de lo que llamamos “bajo clero” en Brasil: los diputados de la base, que negocian a puertas cerradas su adhesión a las medidas de turno de la mayoría que esté liderando el Congreso en ese momento. La candidatura de Bolsonaro se legitima como candidatura viable solo cuando logra despegarse, desconectarse de ese histórico de votación –que es, subrayo, corporativista, pro-funcionalismo público, pro-empresas estatales, pro-desarrollista y pro-Brasil grande, de todos esos elementos de su histórico de votación sólo queda como viable electoralmente en 2018 la idea de Brasil grande, pero él legitima su candidatura en el momento en el que llama a Paulo Guedes, un economista ultra-neoliberal para hacer palatable (apetecible) su candidatura al mercado financiero. Esa operación es exitosa electoralmente, lo viabiliza en ese sentido, pero es una operación que queda incompleta en la medida en que hasta las últimas semanas de la primera vuelta era clarísimo el movimiento entre sectores del mercado en busca de una candidatura viable que pudiera representar una alternativa a Bolsonaro y el lulismo. El mercado, durante meses enteros, busca una candidatura que le resultara más confiable. Su preferencia era Geraldo Alckmin, del PSDB, el partido que antagoniza con el PT durante 20 años como polo de centro-derecha y que sigue siendo muy fuerte en San Pablo, pero la candidatura de Alckmin simplemente no sale del nivel del 5-8 por ciento de intención de voto. El mercado hubiera abrazado con cierta confianza y tranquilidad la candidatura de Marina Silva en la medida en que era progresista en muchos aspectos, pero también era muy sólida en su defensa de los pilares macroeconómicos del estado brasileño contemporáneo: el cambio flotante, el superávit primario y las metas de inflación. Marina se ha convencido de la importancia de ese triplete macroeconómico y hubiera sido una candidatura viable para el mercado si se hubiera viabilizado electoralmente. Ninguna de esas candidaturas, ni la de Ciro Gomes, que es una figura un poco más problemática para el mercado porque flirtea con premisas nacionalistas, estatizantes o neodesarrollistas, pero que aún así podría ser una figura más confiable que la de Bolsonaro, quien produce una cierta inestabilidad que el mercado ve con mucha desconfianza. Todas esas alternativas quedaron deslegitimadas electoralmente y lo que vemos en las últimas semanas de campaña es un mercado que trataba de convencerse a sí mismo de que Bolsonaro había hecho una conversión sincera al neoliberalismo, sólida lo suficiente como para que los agentes del mercado lo pudieran abrazar. Aunque sigue siendo un abrazo muy desconfiado, muy precario e incierto en la medida en que Bolsonaro ya ha antagonizado a su gran jefe económico, lo que él llamaba puesto “Ipiranga” (Ipiranga es una red de gasolineras que hace en Brasil una propaganda que dice que cualquier cosa que necesitás puedes pedirla en la gasolinera Ipiranga). Entonces Bolsonaro se refirió en su campaña a Paulo Guedes como su gasolinera Ipiranga en la medida en que él confesaba su ignorancia en economía y tercerizaba todas las decisiones en Guedes, un economista palatable al mercado. En el período poselectoral ya se produjeron tensiones entre los dos que explican el hecho de que ese abrazo del mercado a Bolsonaro sigue siendo precario, incierto e inestable.

Avelar en Cuba, junto a Roberto Fernández Retamar.

—¿Y cómo llega a ser elegido Bolsonaro?

—Pero ninguna respuesta de lo que representa para mí Bolsonaro estaría completa sin la mención a la dinámica particular que permite que el bolsonarismo emerja como fuerza política, que es su relación antagónica con el lulismo. No se puede enfatizar eso lo suficiente –y es importante que fuera de Brasil eso sea visible. Hasta pocos días antes de la primera vuelta de las elecciones estaba clarísimo que la única posibilidad de que Bolsonaro venciera un balotaje era contra el lulismo. Bolsonaro lo sabía y presentó su candidatura como la del anti-Lula. Bolsonaro es una figura militarista, homofóbica, misógina, racista en muchos sentidos, lo mismo que cuasi fascista, pero el ancla que la mantiene unificada es el antipetismo, aún más que el anti-lulismo, que es la condición de posibilidad de esa candidatura. Y Lula lo sabía todo el tiempo y por eso opta claramente por no atacarlo, por legitimarlo, por escogerlo como adversario ideal en un balotaje. El error de cálculo de Lula fue imaginar que en un balotaje el rechazo a Bolsonaro sería tan abrumador que llevaría a su candidato a la victoria. Eso se probó un error trágico, irresponsable y previsible para todos los que veníamos acompañando con atención el fenómeno del antipetismo. Sigue siendo correcto, creo, que cualquiera de las otras candidaturas –Silva, Gomes, Alckmin– hubieran derrotado a Bolsonaro en el balotaje con cierta facilidad, pero la lucha por la hegemonía en la izquierda, lo que podríamos llamar el hegemonismo petista, se impuso en un cálculo absolutamente kamikaze, suicida de Lula en la cárcel que nos lleva a esa extrañísima elección en la que los dos principales candidatos del balotaje serían derrotados por cualquiera de los tres o cuatro candidatos siguientes. Tenemos entonces un balotaje entre los dos candidatos más odiados en 2018. Fernando Haddad no es odiado personalmente, pero pasa a ser odiado en la medida en que se presenta como candidato de Lula. Esa dinámica alza a Bolsonaro a una condición que él o el movimiento que representa, por sí solo jamás hubiera alcanzado. El petismo tiene en la sociedad brasileña una característica electoral particular, es una fuerza política que arrastra seguramente el 25 por ciento de la sociedad brasileña a cualquier movimiento suyo, pero arrastra también el antagonismo clarísimo del 50 por ciento de la población, más o menos. Entonces llegó a un punto en que es inviable electoralmente como fuerza para el Ejecutivo nacional, pero que es lo suficientemente fuerte para arrastrar al despeñadero cualquier alternativa a él, y optó por hacerlo y el resultado se llama Jair Bolsonaro.

(Photo by CARL DE SOUZA / AFP)

Alegorías de la derrota ya plantea ese eterno presente –de hecho en inglés se titula Untimely Present– de una literatura que, anclada en el boom de los 60-70, se erige sobre la nostalgia. Si llamaste derrota a esa época que culminó con el advenimiento de las dictaduras en América latina, ¿cómo llamar a esta época en la que regresa el orden conservador y neoliberal en la región? ¿Qué autores han percibido esta nueva derrota?

—Sobre el título en inglés hay una historia divertida porque, antes que presente eterno, creo que se podría hablar de un presente intempestivo. De hecho untimely es la palabra que usamos en inglés para todo lo que ocurre a destiempo. Una de las razones por las que no usé la palabra intempestivo en castellano y portugués es porque quizás suene demasiado académica, mientras que en inglés untimely es una palabra común y corriente a la vez que también es la traducción utilizada para el concepto nietszcheano de unzeitgemässe que traducimos al castellano y portugués como intempestivo o extemporáneo. El unzeitgemässe nietszcheano sería literalmente lo que no está de acuerdo con el presente, lo que no está de acuerdo con el tiempo y, a la vez, actúa sobre ese tiempo en desacuerdo con él y señalando aquello que ese tiempo constitutivamente ha olvidado, reprimido o silenciado. Entonces sería a la vez un destiempo y un contratiempo antes que una dimensión atemporal o transtemporal que podríamos llamar eternidad. Entonces, mirándolo así creo que podríamos entender esta nueva etapa histórica como otro momento de esa derrota epocal que trato de describir en el libro. La derrota allí no se circunscribiría a un acontecimiento histórico particular o un período histórico determinado, sino que sería más bien una suerte de horizonte epocal de las sociedades latinoamericanas post-Salvador Allende, para decirlo de alguna manera: post-11 de septiembre de 1973, post-sueños letrados del boom. Ese carácter de horizonte epocal, antes que de un período histórico, se sigue manifestando entre nosotros con dinámicas actualizadas pero de alguna manera vislumbradas en el libro. En cuanto a los autores que mejor captaron ese nuevo momento diría que más que la literatura experimental, vanguardista, podría buscar autores como Cristóvão Tezza, un escritor que ha penetrado muy bien en algunos antagonismos muy propios de los últimos 20 años. En Argentina pensaría en gente como Martín Kohan, en una generación un poco posterior, en Hernán Ronsino, quienes de alguna manera han actualizado la percepción de ese horizonte epocal que es la derrota. En todo caso no la llamaría una nueva derrota, me parece que es una actualización de la misma derrota, o un momento del mismo horizonte epocal que estaba descrito en el libro como derrota.

—En las especulaciones hasta ahora periodísticas sobre Bolsonaro aparece el argumento de que la dictadura brasileña no fue del todo neoliberal y que entre los militares impedirán un vuelco total al neoliberalismo de Bolsonaro. Vos que analizaste el discurso con que Henrique Cardoso saludó la democracia, ¿ves posible esa escena?

—Creo que no sería inexacto decir que la dictadura brasileña no fue neoliberal, es decir, si uno mira la historia de la constitución de gigantescos aparatos estatales de cultura, de turismo, de cine, de planeamiento regional, en fin, la dictadura brasileña tiene una dimensión que podríamos llamar nacional-emprendedurista que, desde luego, las dictaduras chilena y argentina no tuvieron. Pero tampoco me parece inexacto decir que la dictadura brasileña, igual que la argentina y chilena, abrió paso para la instalación de un orden capitalista global, o la inserción de Brasil en ese orden al eliminar todos los focos de resistencia a ese proyecto. Creo que se pueden afirmar las dos cosas simultáneamente. La dictadura brasileña no tiene un proyecto neoliberal pero elimina del cuerpo social las fuerzas que se le podrían oponer. Creo que esas distinciones son importantes porque el uso del término neoliberalismo en los últimos 20 años ha derivado hacia algunos automatismos que no estaban muy claros en el momento en que escribí Alegorías de la derrota pero que en este momento habría que señalar. El término se ha convertido en el discurso de izquierda prácticamente en un sinónimo de malo, feo y tonto. Entonces, en el caso de la dictadura brasileña hay que subrayar ese aspecto nacional-emprendedurista, estatizante en muchos casos, y que comparte con la izquierda lulo-dilmista un imaginario fuertemente desarrollista que cree en el Estado como gran fuerza inductora del desarrollo y el crecimiento. Eso es lo que el período Geisel, de los años 70, y el período Dilma, de los años 2010, tienen bastante en común, la nueva matriz económica que desvela a Dilma en 2012 es muy parecida al proyecto desarrollista de Ernesto Geisel. Entonces, la entrada de Brasil al orden capitalista global en las últimas décadas combina estos dos movimientos, combina un movimiento estrictamente neoliberal de eliminación de derechos laborales, privatización, desreglamentación de los mecanismos de regulación del capital financiero, en fin, una serie de medidas que son neoliberales con otro conjunto de medidas y visión de mundo que podríamos llamar nacional-desarrollista y que sigue en este momento dominante en la izquierda brasileña, tan dominante que en su gran mayoría la izquierda brasileña no ha empezado a reflexionar sobre las posibles complicidades entre estas dos visiones de mundo y las posibles responsabilidades del nacional-desarrollismo de izquierda en la instalación de un orden dominado y hegemonizado por la derecha, que es el orden que tenemos post-2018.

—¿Podría decirse que hay varios imaginarios que pugnan por narrar Brasil: uno carioca, otro más paulista y descarnado, como el de João Gilberto Noll, y así? ¿Cómo desembocan esos imaginarios en Bolsonaro?

—Uso acá imaginario en un sentido más pedestre de conjunto de imágenes. En ese sentido podríamos decir que están en pugna diferentes imaginarios políticos en las formas de narrar Brasil en los últimos años. Una posibilidad es esa que señalabas en la pregunta, imaginarios regionales que están en pugna y muchas veces en procesos violentos de colonización del uno por el otro. Podríamos imaginar por ejemplo que hay un imaginario amazónico en la cultura brasileña que queda soterrado o colonizado a partir de la dictadura militar con su concepción de la Amazonia como territorio a ocupar. La dictadura concibe la Amazonia como un territorio vacío y como colonia energética, que no es muy distinto de la manera como, en particular, el gobierno de Dilma imaginó la Amazonia, sobre todo como colonia energética, que al incorporarse a la patria sirve a un proyecto de Brasil grande. Esta pugna entre imaginarios, esta colonización de unos imaginarios por otros es un proyecto que sigue desplegándose en la ascensión de Bolsonaro. En Bolsonaro se combinan imaginarios reactivos, no sólo reaccionarios, tanto en la dimensión histórica como en otra que podríamos llamar “comportamental”. Por un lado, como todos los fascismos, el bolsonarismo nos propone un período de oro, de hecho llegó a decir que su proyecto era retroceder Brasil 50 años, en el que supuestamente el ciudadano de bien podría caminar por la calle sin temer a la violencia, se cumpliría la ley, etcétera. Está por un lado ese imaginario reaccionario que se combina con uno reactivo, en la medida en que buena parte de los lazos de pertenencia que el bolsonarismo logra articular dentro de la sociedad barsileña tienen que ver con la reacción a procesos que podríamos llamar identitarios, emancipatorios y a la vez identitarios –contradictoriamente emencipatorios por ser identitarios– que han tenido lugar en las últimas décadas con las poblaciones negras, LGBT, femenina, indígena. Esa combinación entre una suerte de retroceso histórico y una suerte de reacción comportamental explican, creo, la penetración y el arraigo que el bolsonarismo ha tenido en la sociedad brasileña. Y eso hay que enfatizarlo: el bolsonarismo es un fenómeno popular, una reacción arraigada en la sociedad brasileña que ha movilizado una parcela considerable no sólo de las clases medias sino también de las populares.

Ahora me doy cuenta de que “ciudadano de bien” suena diferente en castellano que en portugués. En portugués lo usa la derecha –y también el discurso popular– para designar “ciudadano que obedece las leyes”. No tiene necesariamente la connotación económica que tiene la expresión “de bien” en castellano. Aunque el modelo del cidadão de bem con frecuencia es un hombre de clase media. Se entiende, ¿no?

—Sí, perfectamente. Aunque en los últimos años también en el Río de la Plata fue adquiriendo esa connotación.

Leía en Franco Berardi una cita de Marshall McLuhan que decía que “cuando la simultaneidad remplaza la secuencialidad –es decir, cuando la enunciación se acelera sin límites– la mente pierde su capacidad de discriminación crítica y pasamos, desde esa condición a una neo-mitológica”. Hubo mucho de esa “narrativa” llamada fake news en las elecciones de Brasil, difundidas a través de redes y WhatsApp. ¿Creés que el actual estado de cosas ha sustituido de alguna manera el pensamiento crítico e histórico?

—Sin duda la oposición entre pensamiento crítico y mitológico es una vertiente posible para pensar las nuevas formas de discurso público. Yo empezaría por cuestionar la distinción misma. En la medida que las fuerzas sociales que han recurrido en los últimos años a la noción de pensamiento crítico no han estado lo suficientemente atentas, me parece, a las dimensiones mitológicas de su mismo pensamiento. Si tomamos la elección de Bolsonaro y el papel de las fake news en esa elección lo que más llama la atención no es el carácter novedoso del fenómeno, sino las líneas de continuidad de ese fenómeno con el discurso dominante de la campaña electoral de 2014, que fue el discurso dilmista acerca de cómo su coalición, con el PMDB de Michel Temer –no nos olvidemos–, era la depositaria de una reflexión crítica sobre la desigualdad social brasileña. La campaña de 2014 fue también caracterizada por el fake news, aunque en aquél entonces el término fake news no existía. La versión dominante que impuso el dilmismo, por ejemplo, para la figura ambientalista de Marina Silva, que queda destruida como entreguista neoliberal después de la masacre propagandística liderada por Joao Santana, director de campaña de Dilma. Esa semejanza entre lo que le hace el lula-dilmismo a Marina –acusada no sólo de neoliberal, sino de fundamentalista– en 2014 y lo que le hace Bolsonaro al lulo-dilmismo en 2018 es notablemente semejante aunque el vehículo fundamental en la campaña de 2014 haya sido la televisión y hasta cierto punto las redes sociales, Facebook y Twitter, y el vehículo de la campaña de Bolsonaro haya sido el WhatsApp. Entonces, para volver al problema de lo crítico versus lo mitológico podríamos decir que 2018 en Brasil representó el momento de derrota de un discurso fuertemente atravesado por imaginarios no cuestionados pero que se pensaba como depositario de la reflexión crítica. Ese discurso queda derrotado. No está derrotado todo el legado lulista, pero está en definitiva derrotado un aspecto particular de ese legado que fue la forma cómo el lulo-dilmismo se imaginó a sí mismo como depositario exclusivo de una versión crítica del país por oposición a imaginarios distorsionados del país en aquel momento. Lo que la situación actual nos impondría sería cuestionar más bien la frontera que tradicionalmente se estableció entre esas dos dimensiones.

—En tu obra supiste describir cómo el neoliberalismo ha reformulado el rol de los intelectuales, ¿cómo definir su rol hoy día?

—En Alegorías de la derrota trabajé con la premisa de que el nuevo horizonte epocal, representado por esa transición del Estado al mercado, para simplificarlo, eliminaba la función rectorial de los intelectuales y los instalaba en un terreno en el que tenían que bregar constantemente en su conversión en técnico. La oposición tradicional entre ideólogos e intelectuales quedaba entonces desplazada a una nueva oposición entre técnicos e intelectuales en la cual la necesidad laboral permanentemente convertía a intelectuales en técnicos. En los últimos 20 años esa dinámica se agudizó. Limito mis comentarios a la universidad brasileña, donde la notable expansión universitaria de los años de Lula se ancla en una serie de fundamentos que intensifican la dimensión puramente técnica del trabajo intelectual. El lulismo expande la universidad brasileña básicamente a través de tres pilares: el primero, que es el fundamental en la expansión del público que logró llegar a la universidad, está anclado en programas de transferencia de ingreso del erario público a los empresarios de la enseñanza privada. Los programas llamados ProUni y ReUni, que fueron responsables de la entrada de centenares de miles, sino millones de jóvenes brasileños al sistema universitario privado, se anclan en la premisa de que el Estado garantizará, a través de becas o de traslado de ingresos, el diploma de enseñanza superior a las clases populares. No deleznable es el papel simbólico que tuvo Lula al impulsar esas medidas, porque en los años de entusiasmo popular con el lulismo una de las dimensiones más fuertes del discurso era la celebración de la novedad: “Yo soy el primero de mi familia que se recibe en la Universidad”, el primero en recibirse con un diploma “superior”. Esa dimensión simbólica tiene un impacto tremendo en Brasil que quizás no sea muy visible en Argentina, que es un país alfabetizado muy tempranamente, donde lo básico de la alfabetización se resuelve mucho antes y de manera más completa que en Brasil, donde la fuerza de esa discurso de Lula sobre la entrada de una primera generación de pobres y de negros a la Universidad tiene un peso tremendo en la legitimación del lulismo, pero también en la conversión del cuerpo académico en un ejército de técnicos de baja calificación buscando inserción en el mercado. Esa es la primera dimensión: el traslado de fondos públicos a los empresarios de la enseñanza privada. La segunda dimensión: la expansión de los campi de las universidades federales, que fue notable en el lulismo, y que explica hasta cierto punto la fuerza que sigue teniendo el lulismo dentro de la academia brasileña, en particular entre los profesores –entre los alumnos también, pero es muy fuerte entre profesores. Y la tercera dimensión, las cotas raciales, un fenómeno que no se puede eludir como simbólicamente relevante en el legado lulista respecto de la universidad. Sin embargo, a pesar de todo eso, esa expansión desenfrenada en los años lulistas, choca contra los límites del mismo modelo desarrollista que encuentra su colapso completo en los años de Dilma y que convierten a esa población de recién egresados de la universidad o las facultades privadas en una suerte de precariado intelectual. Y aquí refiero el concepto del sociólogo brasileño Ruy Braga en un libro notable, Política del precariado, en el que estudia esa nueva clase social, emblemática de los años de Lula que ha sido llamada de batalladores o de nueva clase C de Lula: un ejército de reserva en el sector de servicios caracterizado por una fuerte precariedad y por la combinación entre trabajo intelectual y trabajo manual de una manera que somete cualquier dimensión intelectualmente independiente a una pura ejecución técnica. Entonces, al analizar la actualización del problema de los intelectuales versus los técnicos creo que podríamos decir que no tenemos un cambio, un desplazamiento del horizonte que describía en Alegorías de la derrota sino una intensificación y una realización completa de esa dinámica de conversión epocal de intelectuales en técnicos.

—En Letter of Violence señalás las figuras de la violencia en el Estado burgués y analizás su legitimidad, más allá de su legalidad (“formas de violencia que serían cómplices del horror, de la acumulación originaria, de la disposición de millones de seres humanos para la ganancia de algunos; versus las formas de violencia que están comprometidas con la supresión de esa violencia del horror). ¿Puede decirse que la democracia liberal que sucedió a las dictaduras limó hasta quitarle legitimidad a esa segunda forma de la violencia y legitimó la primera?

—Creo que estás muy en lo correcto cuando señalás que las democracias de las últimas décadas han logrado legitimar la primera forma de violencia y deslegitimar la segunda. De hecho, esa legitimación de la segunda es tan aguda que incluso para personas como yo, que han trabajado la distinción entre esas dos formas de violencia, nos vimos, durante la campaña electoral de 2018, hablando en términos casi arendtianos sobre la violencia, directamente rogando a la gente que tuviera cuidado con cualquier discurso o actitudes que pudieran generar un clima más permeable a la violencia física en las calles, que pasó a ser en un momento un temor bastante realista entre nosotros. Ese problema me fascina porque por un lado está clarísimo para mí la distinción entre las dos formas de violencia y también está clarísimo el proceso de legitimación de la violencia fundante de la desigualdad y las formas insurreccionales de la violencia que tratan de mitigar o eliminar esa desigualdad. Por otro lado está una dimensión bastante pragmática del problema de la violencia que nos obligó en varios momentos a realizar una elección clara por el rechazo a todas las formas posible de violencia sin distinción entre ellas, por más que estuviera muy claro que son formas irreductibles de violencia. En ese sentido, volvería a una distinción que trabajo en Figuras de la violencia y que viene de Walter Benjamin, que es la violencia instaladora de ley y la mantenedora de ley. Lo que hace Bolsonaro con esa distinción es muy notable, porque legitima absolutamente todas las formas de violencia que supuestamente se desplegaran para mantener la ley, cualquier actuación del agente estatal está de antemano legitimado aunque sea un asesinato a sangre fría, a la vez que queda obnubilado por completo el hecho de que la violencia mantenedora de ley, la policial, en incontables veces actúa fuera de cualquier ley, actúa de hecho inventándose una nueva ley a cada actuación, eso está emblematizado en Brasil en lo que llamamos “autos de resistencia”, que son los documentos policiales que legitiman los asesinatos cometidos por militares y fundamentalmente imaginan una escena en que la víctima presentó algún tipo de peligro al agente estatal, quien se vio obligado a utilizar fuerza letal. Los “autos de resistencia” son la legitimación estatal del asesinato y tuvieron un papel importante en la campaña de Bolsonaro en la medida en que uno de los elementos omnipresentes en el discurso era el proyecto de incluir un “excludente de ilicitud” para cualquier acción estatal en contra de criminales. Los agentes policiales brasileños ya gozan de una latitud tremenda convalidada por estos “autos de resistencia” en la eliminación sujetos indeseables de las clases populares, pero aún así el discurso bolsonarista hizo del llamado “excludente de ilicitud”, una autorización previa para matar, uno de los elementos fundamentales de su campaña.

—En Argentina asumimos que los juicios contra crímenes de lesa humanidad retomados en 2006 salvan de algún modo a este país del ascenso de un Bolsonaro. Sin embargo, y sin que melle en nada la validez histórica de esos juicios, tampoco esa instancia vino a cuestionar de modo definitivo la continuidad de la dictadura del capital financiero entre dictadura y democracia, como de algún modo lo postulás en Alegorías (y más allá de que se levantaron en esos juicios voces que lo señalaron). ¿Cómo analizás esos juicios en la cultura argentina y de la región?

—Creo que sigue siendo correcto asumir que el proceso histórico de juicio a los dictadores y torturadores argentinos los ha puesto a ustedes en una posición en que la emergencia de un Jair Bolsonaro es, si no una total imposibilidad, por lo menos, una improbabilidad muy fuerte. Y creo que no se puede relativizar eso, no se puede desenfatizar eso, no podemos dejar de tener una apreciación intensa por ese proceso de juicio a los torturadores precisamente porque tenemos el horizonte comparativo de Brasil como país en que no se realizó absolutamente ninguna de esas tareas. En Brasil es notable porque no solo no hemos hecho lo que hizo Argentina, sino que ni siquiera se hizo lo que sí se hizo en Chile, algo mucho más contenido, limitado de responsabilización. En Brasil no logramos hacer nada y hemos reinstalado como dominante, incluso en el período de gobiernos de izquierda, el imaginario económico de la dictadura, el imaginario desarrollista, colonizador de la Amazonia y nacional-estatista, nacional-grandioso que tuvo la dictadura brasileña. Entonces, desde un punto de vista brasileño eso sería lo primero que subrayaría, la importancia de no perder de vista el impacto ciudadano, no sólo simbólico sino pragmático, político, efectivo de los juicios. Yo no sería la mejor persona para analizar hasta qué punto los juicios argentinos lograron o no cuestionar el vínculo del instrumental mortuorio de la dictadura con el horizonte del neoliberalismo duro que se impone en los años 90 con Menem, pero creo que de alguna manera la tarea que se plantea para ustedes es mucho más avanzada, podría decir, que la tarea que tenemos en Brasil, que es básicamente volver al ABC de la memoria. Algunos amigos argentinos me mencionaban la nueva ola de derechas en el continente y a veces señalaban alguna preocupación con el hecho de que algo como Bolsonaro pudiera emerger en Argentina. Manifestaban la preocupación de que Brasil podría ser en alguna medida una anticipación de un proceso que a lo mejor suceda en Argentina. Puedo equivocarme, pero no creo que sea este el principal miedo que deberíamos tener en este momento, no creo que deba ser ese el horizonte con el que trabajar ahora. Creo que valdría más la pena entender que hay algunas tareas básicas resueltas en Argentina e irresueltas en Brasil y que la dinámica política de cada uno de nuestros países responde no sólo a un horizonte global común sino también a diferencias nacionales muy agudas. Así que, antes que entender a Brasil como un anticipo de lo que puede suceder en Argentina, preferiría, desde Brasil, seguir mirando a Argentina como un país en que algunas de las tareas más urgentes que se nos plantean han sido resultas si no de una manera completa, definitiva e incuestionable, por lo menos de una manera lo suficientemente contundente como para que el horizonte político sea en Argentina un poco menos catastrófico que en Brasil.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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