Un escritor gay pionero en los años ochenta, laureado por la Academia Francesa, un círculo literario tan enrarecido que se conocen a sus miembros como les immortels (los inmortales). Un defensor radical del arte por el arte que se retiró a un castillo del siglo XIV para vivir entre las pinturas y las imágenes que eran las únicas fuentes de significado que siempre había reconocido. Esas son las descripciones que alguna vez capturaron la esencia de Renaud Camus.

Su característica distintiva era la intrepidez, como lo evidencia su novela autobiográfica de 1979, Tricks, que relata con gran detalle una serie de rampantes encuentros homosexuales que el narrador tuvo en los baños de clubes nocturnos y unos departamentos mugrientos a ambos lados del Atlántico. “Puse saliva en mi culo, me arrodillé, lo monté y llevé su pene, que no tenía un tamaño considerable, dentro de mí sin mucha dificultad”, leemos de uno de esos encuentros. “Acabó en el momento en que uno de mis dedos estaba presionado dentro de la grieta de su culo”. Ese era Camus entonces.

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En estos días, el autor de Tricks es mejor conocido como el principal arquitecto de le grand remplacement (la gran sustitución), la teoría conspirativa según la cual la Europa blanca y cristiana está siendo invadida y destruida por hordas de inmigrantes negros y morochos de África del norte y subsahariana. Desde 2012, cuando apareció como título de un libro que Camus publicó por su cuenta, el término “gran sustitución” se ha convertido en un grito de reunión de los supremacistas blancos de todo el mundo: los manifestantes que irrumpieron en Charlottesville, Virginia, en agosto de 2017; el hombre que mató a 11 fieles en la sinagoga Tree of Life en Pittsburgh en octubre de 2018; y especialmente Brenton Tarrant, el sospechoso de los ataques de la mezquita de Nueva Zelanda en marzo. Tarrant publicó su propio “La gran sustitución”, un manifiesto en línea de 74 páginas, antes de asesinar a 51 personas.

El día después del tiroteo en Christchurch, se me ocurrió llamar a Camus como reportero del Washington Post. Entonces me dijo que condenaba este tipo de violencia, pero que en última instancia, agradecía la atención que estos episodios atraen sobre sus argumentos.

Pero Camus –ahora de 72 años– no es sólo un comentarista. Fue candidato en las elecciones del Parlamento Europeo de mayo. Aunque su partido llegó en segundo lugar, su presencia en la boleta fue más que una pantomima. Días antes de la votación, surgió una fotografía de un candidato de su boleta de rodillas ante una esvástica gigante. (Camus se retiró de la elección, asegurándome que la esvástica era: “Lo contrario de todo lo que he luchado durante mi vida entera”).

Camus no es la primera persona en Francia en sentir que hay demasiados musulmanes y demasiados migrantes, ni ha reconfigurado esta opinión de una manera particular. Lo que sí ofrece es una especie de espectáculo cultivado, una actuación: el esteta indignado, guisado en una antigua crisálida de piedra sobre el declive demográfico de una sociedad a la que deliberadamente evita. Si le grand remplacement es en lo que cree Camus, ésta también ha demostrado ser un medio infalible para que él pueda mantener el protagonismo cuando, de otro modo, podría haber sido olvidado. Uno puede pensar en Camus como una versión más exitosa de Steve Bannon, cuyas estrategias en Europa han ascendido a poco más de un puñado de apariciones en televisión en los momentos equivocados del día y una red aparente de “escuelas” de derecha que son descritas antes como clubes literarios que como campos de entrenamiento para la llamada elite populista que Bannon se comprometió a crear. Aunque Camus no ha anunciado tales grandes ambiciones, su impacto ha sido mucho más profundo. Un próximo estudio de 2019 realizado por el Instituto de Diálogo Estratégico, basado en el análisis de las redes sociales, describe a Camus como el principal factor de influencia en el tema de la remigración, o el regreso forzado de los no europeos a sus países de origen. Con eso superó los ránkings de Donald Trump.

Lo que no se dice

Camus disputa la idea de que atravesó una transformación más allá de cualquier tipo. “Creo que mi vida está unida”, me dijo recientemente. Tricks fue un intento de decir lo que no se podía decir, y Le Grand Remplacement es lo mismo. “La homosexualidad solo podría mencionarse en un contexto erótico, y nunca en términos simples. Tricks es un libro paradójico que muestra que lo que se cuenta no es extraordinario, que no hay mucho que contar”. Se ve a sí mismo como alguien que cuenta la verdad, alguien que simplemente registra lo que debe quedar claro para que todos lo vean. “La misión del gran escritor en la sociedad es ir hacia lo que no se dice, la parte no contada del discurso”.

Camus puede tener razón al decir que ha sido la misma persona a lo largo de su vida como escritor, pero no necesariamente en la forma en que piensa. Lo que se aplica a cada uno de sus personajes (un escritor gay y afilado, ávido partidario de Marine Le Pen) es un abrazo particular o, al menos, una aspiración hacia el esteticismo. Lo que parece más importante no es si algo es verdad y ni siquiera si algo es bueno, sino si algo es bello, al menos según su definición. “El resultado lógico del fascismo”, observó el muy citado Walter Benjamin, “es la introducción de la estética en la vida política”.

En su sitio web, Camus observa los campos vacíos desde su perfil pensativo como una estatua viviente de Rodin. Lo que uno ve es un intelectual dentro del casting principal de una serie de época de Netflix, una castellana en su castillo. Pero el Kabuki que lleva puesto está tan estilizado que lo que enseña es el artificio, no la esencia. Entrevistar a Camus es escuchar las mismas líneas que ya ha publicado y que repite constantemente. “El racismo convirtió a Europa en un campo de ruinas. El antirracismo la ha convertido en una villa miseria híperviolenta”, me dijo. Cuando comenzó a decirlo, anoté el resto antes de que terminara la oración. Ya vimos antes este drama de época.

Estética

La estética es la esencia de la gran sustitución. Para Camus, esta es la defensa de la bella sociedad, la persecución e incluso la búsqueda violenta de los puros. El problema, por supuesto, es que la gran sustitución no es real: si los cambios demográficos han sido bien documentados, la utopía blanca de su imaginación nunca ha existido. Durante todo el siglo XX, Francia ha sido el hogar de una de las poblaciones con mayor diversidad étnica en Europa occidental. Se produjeron cambios demográficos significativos durante la descolonización en los años sesenta y setenta; los arribos actuales no son sin precedentes. Le Grand Remplacement pretende revelar la verdad, pero es la mentira, no “la parte no contada del discurso”. En cuanto a la estética, le Grand Remplacement es kitsch, una imagen falsa accesible para todos aquellos que cobijan sensaciones básicas, sobre todo a quienes sufren de nostalgia, pero también a los que cierran el puño con rabia. Al final, su carácter pringoso es su fuerza.

Es difícil fechar la radicalización de Camus con alguna precisión. Sin embargo, un marcador crucial es el l’affaire Camus, como aún se lo conoce, en el que se lo acusó de antisemitismo, acusaciones que arruinaron su reputación, que era considerable en ese momento, y lo expulsaron definitivamente de la sociedad educada. El cambio en su persona pública –de novelista semirrespetado a teórico de la conspiración–, ocurrió después de “l’affaire”. La Grand Remplacement es muchas cosas, pero sobre todo, es la creación de un paria, la escandalosa réplica de un hombre al que no le queda nada que perder.

Antisemitismo

L’affaire comenzó en abril de 2000, cuando Camus publicó La Campagne de France, una edición de su diario de 1994. En ese libro –con un burlón recuerdo de los diaristas Jules y Edmond Goncourt, que no eran grandes admiradores de los judíos–, dijo simplemente que había demasiados judíos en France Culture, la joya de la corona de la radio pública nacional francesa. “Son aproximadamente cuatro de cada cinco en cada transmisión, o cuatro de cada seis, o cinco de cada siete, lo que en una plataforma nacional o casi oficial constituye una representación neta excesiva”, se quejó Camus.
El problema, escribió, no era tanto el número de judíos en France Culture como la imposibilidad fundamental de un judío, incluso uno cuya familia haya sido francesa durante generaciones, para entender y explicar la cultura francesa al público francés. Lamentó que “la experiencia francesa, como la han vivido durante 15 siglos los franceses en el territorio francés”, tuviera “como su portavoz principal” miembros de “la raza judía”.

Camus cometió lo que en la vida cultural francesa sigue siendo el pecado imperdonable: no solo el antisemitismo, sino el tipo de antisemitismo que se remonta a la invectiva del siglo XIX, cuando los judíos orgullosamente franceses, como el capitán militar Alfred Dreyfus, fueron condenados como extranjeros e incluso como traidores. De la misma manera, Camus, un hombre de letras, implicaba que escritores franceses icónicos como Marcel Proust, que era mitad judío, y Romain Gary, un inmigrante judío lituano, solo eran capaces de “explicar esta cultura y esta civilización de un modo que es externo para ellos”.

El escritor francés Marc Weitzmann, entonces un joven periodista de Les Inrockuptibles, el semanario cultural parisino de los chicos malos, fue el primero en marcarle los puntos a Camus. Después de leer los pasajes en La Campagne de France, dijo, invitó a Camus a tomar una copa en el Café Beaubourg de París. “Ahí fue cuando decidí escribir algo, porque el tipo era muy desagradable”, me dijo Weitzmann recientemente. “Si él acabara de decir, ‘no me gustan los judíos’ y ‘jodete’, habría estado bien, porque al menos habría sido coherente”. Pero cuando le pregunté, me dijo que escribir lo que le daba la gana no lo hacía antisemita, y que la única palabra que lamentaba haber escrito sobre los judíos era “raza”. L’affaire fue el principio del fin: los amigos dejaron de llamar, el rumor que rodeaba su nombre ya no era positivo, y los editores de renombre comenzaron a abandonarlo (en estos días se autopublica). “Fue una experiencia muy desagradable”, dijo. En su relato, él es la víctima.

De un modo perverso, le Grand Remplacement de Camus se puede ver como una especie de expiación. Uno de sus argumentos centrales es que los musulmanes no pueden ser tolerados en masa debido a la aparente amenaza que representan para los judíos. Este es un punto de vista que expresa en declaraciones crudas y reductoras, pero que la mayoría de las élites francesas ya han aceptado por completo, especialmente porque 12 judíos han sido asesinados en Francia durante los últimos 15 años (en cada caso, al menos un agresor era de África occidental o tenía descendencia del norte de África). Los lectores adinerados de Le Figaro, sin embargo, todavía prefieren un eufemismo para este fenómeno. Lo llaman le nouvel antisémitisme (el nuevo antisemitismo).

Defensores

Y ahora Camus tiene una serie de destacados defensores judíos, entre los que destaca Alain Finkielkraut, un nombre familiar en Francia y un pensador conservador de línea dura que se ha puesto de su lado desde el año 2000. “[Camus] hablaba sobre un programa en France Culture, y aunque se expresó en términos que ciertamente eran malos, la campaña contra él fue totalmente injusta”, me dijo recientemente Finkielkraut, quien desde entonces invitó a Camus a su propio programa en France Culture. La sustitución demográfica, dijo Finkielkraut, “no es una teoría conspirativa”. Pero suspiró cuando se le preguntó sobre la política actual de Camus y sus frecuentes referencias a “genocidio por sustitución”.

“Es un testigo de la ansiedad de la identidad francesa, pero es muy radical en sus proposiciones. Se ha vuelto totalmente inaudible”. Aparte de Finkielkraut, está el polemista Éric Zemmour, quien propagó la gran sustitución de Camus en dos libros recientes, Le Suicide Français (2014) y Destin Français (2018). Zemmour puede ser un provocador, pero también es un astuto hombre de negocios: ambos libros encabezaron las listas de libros más vendidos en Francia durante semanas.

Jugar al filosemitismo –o al menos el anti antisemitismo– se convirtió en una obsesión para Camus. En estos días estuvo pintando una serie de lienzos que representan la letra hebrea aleph.

Al mismo tiempo, como muchos en la extrema derecha contemporánea (Trump, el húngaro Viktor Orbán e incluso el israelí Benjamin Netanyahu), Camus culpa a lo que ve como un nuevo mundo aterrador, a una camarilla cuyo carácter tiene un parecido sorprendente con el antiguo antisemitismo de los Protocolos de los Ancianos de Sión. “Digamos la Davocracia”, escribe Camus, “el gobierno de Davos que administra el mundo con la tecnología y las finanzas, con la manipulación abstracta de figuras, palabras, almas, pensamientos y hombres”.

En gran parte de la literatura francesa de fin de siglo, la figura del esteta es una presencia distante pero crítica. Este aspecto crítico es quizás el atributo más definitorio del esteta, ya que lo que verdaderamente motiva a una persona a buscar una realidad alternativa de belleza sin adulterar es un profundo sentimiento de disgusto con el mundo tal como es. No hay mejor evocación de esta psicología en particular que el personaje de Jean des Esseintes, el antihéroe de À Rebours, de Joris-Karl Huysmans (Contra natura), tal vez el mejor tratado sobre el esteta jamás escrito. “Su desprecio por la humanidad se profundizó. Llegó a la conclusión de que el mundo, en su mayor parte, estaba compuesto de sinvergüenzas e imbéciles”, escribe Huysmans sobre des Esseintes. “Ya estaba soñando con una soledad refinada, un desierto cómodo, un arca inmóvil en el que buscar refugio del diluvio interminable de la estupidez humana”. Hay más que un pequeño des Esseintes en Camus: ambos se retiraron a mundos de diseño propio, y el motivo es el desprecio compartido por la evolución social.

El esteta es un reaccionario natural, y Camus no es una excepción. Quizás lo más importante que se debe entender acerca de le Grand Remplacement es que se trata principalmente de una crítica estética. Su inspiración, dijo, llegó cuando le encargaron que escribiera una guía de viaje de 1999 a Hérault, una región rocosa y árida de viñedos y olivares que rodea Montpellier en la costa mediterránea occidental de Francia. Mientras investigaba para el libro, me dijo, se topó con un grupo de mujeres musulmanas con velo afuera de una antigua iglesia de piedra. No pertenecían allí, dijo. “Por supuesto, está relacionado con mi gusto por la arquitectura, por el patrimonio. Había algo que no estaba bien. Como si en una película sobre Versalles de Luis XIV, aparecieran algunos caballeros armados de la Edad Media. [Eso] sería un anacronismo. En este caso, fue anatopismo, algo [que estaba en el lugar equivocado]”.

Con el tiempo, la imagen de estas mujeres con velo, sobre las que Camus dijo que no podía recordar ningún detalle concreto, provocó en él una ansiedad mucho más amplia. Le Grand Remplacement, dijo, no se trata solo del reemplazo de algunas personas por otras. También es, dijo, “el hecho de que todo sea reemplazado por otra cosa: el original por la copia, el auténtico por la imitación, el objeto por su fax, los escritores por intelectuales, la literatura por periodismo, el periodismo por información, la información por noticias falsas, Venecia por Venecia en Las Vegas, Las Vegas por Las Vegas en un desierto español o en cualquier otro lugar”. Pero esta es una lógica que tiene sentido solo si se acepta la premisa de que los migrantes y los extranjeros son de alguna manera falsos: ersatz, copias de un original auténtico que no pueden entender ni interpretar. “Lo falso está en el corazón del reemplazo global”, me dijo. “Este es un mundo donde todo es falso, donde todo es la imitación de lo que deberían ser las cosas”.

Si el esteta es un reaccionario natural, también es un xenófobo natural.

Camus también se puede ver como un apéndice contemporáneo a la larga tradición de la estética fascista: la veneración de la violencia, el glamour de la muerte y, sobre todo, la transformación del sujeto humano en un objeto para ser arreglado según sea necesario, y descartar si es necesario. En 1909, Filippo Tommaso Marinetti, fundador del movimiento futurista y partidario ávido de Benito Mussolini, articuló la primera definición concreta de la estética fascista en referencia a las conquistas etíopes de Italia. Marinetti escribió: “Queremos glorificar la guerra, la única cura para el mundo, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructivo de los anarquistas, las hermosas ideas que matan y el desprecio por las mujeres”. La belleza, para él, se derivó de la pura escala tanto del espectáculo como de un choque de época. Lo que anhelaba era una coreografía de caos, un lienzo de Brueghel que cobraba vida.

Camus sueña e incluso fantasea con escenas idénticas. En “¡No nos reemplazarás!” describe la batalla del día del juicio final en la que se basa todo su proyecto, el enfrentamiento final en el que los “reemplazadores” –su nombre para aquellos que apoyan la inmigración y la diversidad cultural–, son finalmente atacados por los recién llegados a quienes defendieron estúpidamente. Su énfasis es sexual, y la variedad de belleza que evoca se deriva de la imagen de un cuerpo masculino idealizado que domina a un primo decadente más débil. “Los reemplazadores serán comidos, devorados [sic], absorbidos, reemplazados por sus reemplazos”, escribe Camus. “Los reemplazadores serán engullidos primero. Eso es un exiguo consuelo”.

Kitsch fascista

Y, sin embargo, hay una diferencia importante entre Camus y los maestros de la estética fascista: la cineasta Leni Riefenstahl, el novelista Louis-Ferdinand Céline, el poeta Ezra Pound. Si cada uno era un fanático y un partidario declarado de un régimen fascista, también era un artista genuino cuyo talento no se puede negar en nombre de la bancarrota moral, una realidad incómoda que desafía a los críticos hasta el día de hoy. Pero Camus, por más esteta que sea, no es tal artista, independientemente de sus pretensiones. Carece tanto del talento formal como de la visión. Es mucho mejor entendido como kitsch fascista que como vanguardia fascista, culpable de los mismos defectos que culpa por el declive de la civilización occidental: “imitación, ersatz, simulacro, copias, falsificación, engaños, imitaciones”.

En un ensayo histórico de 1939, el crítico Clement Greenberg argumentó que el kitsch –“el epítome de todo lo que es falso en la vida de nuestros tiempos”– está “destinado a aquellos que, insensibles a los valores de la cultura genuina, están hambrientos de un desvío que solo la cultura de algún tipo puede proporcionar”. Este es precisamente el atractivo de Camus: viste prejuicios de variedad de jardín con alusiones literarias y referencias intelectuales que intentan presentar sentimientos básicos e infundados como arte. Pero aquí la cuestión de la audiencia es clave.

¿Quién, después de todo, lee a Renaud Camus en 2019? No los críticos literarios que aún estudian Céline y Pound. El blanco demográfico de Camus es el del hombre blanco enojado, sin cultura discernible o facultades críticas, que dispara contra mezquitas y sinagogas porque lo hace sentir superior. Su trabajo proporciona algún tipo de justificación a medias, basado en la mentira de la grand remplacement, que de hecho es “el epítome de todo lo que es falso en la vida de nuestros tiempos”.

Consideremos el siguiente extracto de The Great Replacement, el manifiesto publicado online por Brenton Tarrant en el que llama especialmente la atención sobre sus viajes a Francia, cuyos detalles aún no se han confirmado. “El empuje final fue presenciar el estado de las ciudades y pueblos franceses. Durante muchos años escuché y leí la invasión de Francia por parte de personas que no eran blancas, creí que muchos de estos rumores y relatos eran exageraciones, creados para impulsar una narrativa política. Pero una vez que llegué a Francia, encontré que las historias no solo eran verdaderas, sino que estaban profundamente subestimadas”. ¿Dónde había estado leyendo Tarrant esas historias? Quizás el logro fundamental de Camus ha sido demostrar que el kitsch puede matar.

 

Traducción y edición: Pablo Makovsky. Publicado en The Nation.

Nota Bene: La traducción es parcial (el texto completo es más largo), pero respeta los hipervínculos del original en inglés y agrega otros para ayudar a comprender su contexto.

 

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Sobre el autor:

Acerca de James McAuley

McAuley reside en París y es corresponsal extranjero sobre política y cultura francesa y europea para The Washington Post. Se educó en la Universidad de Oxford, donde se doctoró en Historia y tiene una licenciatura e historia en la Universidad de Harvard. En Twitter: @jameskmcauley

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