Desde 1983 Abel lleva adelante Della Ceca, un bodegón enclavado en la esquina de Ayacucho y Lamadrid, frente al antiguo batallón de gendarmería hoy convertido en parque y paseo peatonal. Antes que él estuvo su padre y mucho antes su abuelo, que en 1934 alquiló el inmueble y en 1946 lo compró.

—Todavía quedan algunos viejos que al bar le dicen Chicalla, que era el dueño anterior. Esto existe desde 1928 y en un principio era almacén de ramos generales. Antes los boliches no tenían nombres, tampoco se habilitaban, entonces los vecinos decían: “Vamos a lo de Chicallla” o “Vamos de Della Ceca”.

A un costado de la puerta, aún permanece el perfil que usaban los clientes para limpiarse el barro del suelo de las botas (se trata de una barra de hierro paralela a la pared, sostenida por dos barras laterales amuradas y ubicada a treinta centímetros del suelo).

Las puertas, ventanas y mosaicos datan del tiempo que Abel llama la prehistoria. Hay dos parroquianos que toman café y nombran a los memoriosos del barrio.

—Mi viejo –dice uno de ellos– cuenta cosas que ni  yo me acordaba, cosas que me había olvidado y al escucharlas las vuelvo a recordar.

cartel del bar dellaseca

En Della Ceca se sirven desayunos y almuerzos, café, sándwiches y facturas, como en la mayoría de los comedores de la ciudad.

Las mesas del amplio salón se llenan y se vacían con rapidez. Suelen ser concurridas por gente que labura en la zona más que por los vecinos: antes eran los empleados del frigorífico Swift; hoy son los de las fábricas y distribuidoras aledañas, levantadas del otro lado de Ayacucho, en lo que eran terrenos baldíos treinta o cuarenta años atrás.

Son las diez de la mañana de un martes de otoño y un gato duerme sobre el pool, arriba de un cartel que dice “$150 la hora”.

El clima de amistad y distensión se nota ni bien cruzás la puerta. Abel, desde la barra o haciendo de mozo, lleva adelante una verborrágica ceremonia que armoniza y le da vida al lugar. Sus reflexiones disparatadas, sus chistes y sus puteadas sin fin son una inyección de alegría y confianza, un escape momentáneo pero efectivo del vaivén del mundo y sus rutinas.

—A mí me ofrecieron comprar el lugar para hacer una torre de edificios. ¿Pero qué hago si vendo esto? Estoy habituado a esta vida, vengo temprano a la mañana y me voy antes de la cena –confiesa Abel. No quiere decir su edad pero no aparenta más de sesenta, se lo ve enérgico y se mueve con agilidad por todo el bar– Si pongo un negocio en el centro tengo que brindar otra atención, más formal, y la verdad esto me gusta.

Hormiguero comercial

El ritmo de Ayacucho, que a esa altura es avenida, contrasta con lo tranquilo de Della Ceca. Hacia el sur, la vida comercial se hace cada vez más intensa. Se suceden sin interrupción tiendas de ropa, heladerías, bares, ferreterías, locales de computación y de electricidad, rapipagos y quinielas. A simple vista, en los detalles cotidianos que se multiplican día a día, están los estragos de las políticas económicas del macrismo: obreros en mameluco buscando suerte en las quinielas, vecinos haciendo enormes colas para pagar impuestos –quejándose del costo de las tarifas– y grafitis que hacen visible la bronca de los despidos, como el que dice: “Bocanegra pagá las indemnizaciones”, en la intersección de Ayacucho con avenida Del Rosario.

Desde esa esquina y hasta Arijón, hay tres cuadras que forman un verdadero hormiguero comercial. Podés encontrar desde una enorme tienda de electrodomésticos hasta una santería que te vende tanto estampitas de Jesucristo como de Buda o San La muerte. Podés dar con una tienda para mascotas o con una casa de fotografías. La fábrica de pastas caseras llamada “Don Manuel” es un emblema del sur.

La rutina en aquella zona comienza temprano a la mañana y corta al mediodía. A las cuatro de la tarde se inicia nuevamente y finaliza cuando cae la noche.

En la esquina de Hilarión de la Quintana está la Pizzería “La Quimera” y, cien metros más adelante, cruzando Sánchez de Bustamante, se encuentra el bar “Milenio”. Los locales gastronómicos son los únicos que permanecen abiertos pasadas las nueve de la noche.

Si decís que sos periodista y querés hacer una nota del Paseo Comercial Ayacucho, todos los comerciantes te dicen que vayas a la inmobiliaria Rimar, que está casi esquina Arijón. Dino Chiapetta, su dueño, es un personaje legendario de la zona.

Como sigue en actividad, todas las veces que fuimos a buscarlo lo encontramos ocupado, envuelto en las idas y vueltas de su negocio. En el bar Della Ceca hablaban de su apego al barrio y su empuje. Mientras tanto, ponían desde un celular un tango de su autoría llamado, justamente, “Ayacucho y Arijón”, interpretado por Domingo Federico y que hoy se lo puede escuchar en YouTube.

"Ayacucho y Arijón", de Dino Chiapetta por Domingo Federico


Tras cruzar Arijón, la actividad comercial disminuye y cambia. Los vecinos dicen que esa calle divide la zona en Barrio Roque Sáenz Peña, hacia el norte –casas más bien residenciales, con patios delanteros, y bastantes chalecitos–, y en Barrio Saladillo, hacia el Sur, una zona más de laburantes, de casas bajas y zanjas.

Sobresalen allí talleres mecánicos –de motos y de autos–, de cambios de aceite y de filtro, de rearmado de motores, gomerías y locales de repuestos vehiculares.

En aquel tramo de Ayacucho se hace más evidente la crisis que sufre el país: muchos locales vacíos.

En un local de rectificaciones de motores puede verse a su dueño parado en la puerta, mirando la calle en silencio, signo inequívoco de la falta de clientes.

—Estoy pensando en vender las máquinas… ¿Sabés hace cuánto no me entra un trabajo grande?

A metros suyo una kiosquera habla de su situación, igual de mala o peor.

—Ayer la gente entraba y lo único que pedía eran puchos sueltos, esta mañana igual. Meses atrás vendía facturas por las mañanas. Los que trabajaban temprano pasaban por acá y se llevaban varias. Hoy ni eso.

Desde hace varias semanas abre incluso los domingos, no para hacer una diferencia sino para llegar a pagar el alquiler.

Conversaciones sobre el mostrador

Por Arijón, a metros de Ayacucho, se encuentra la mercería y tienda de ropa Ales. Es uno de los comercios más antiguos de la zona. Se inauguró en 1954 y tanto el cartel que hay en su entrada como sus pisos y mobiliario son de aquel entonces.

En sus inicios vendieron también muebles usados.

—Los muebles que cambiaban los del centro llegaban acá y se los llevaban los vecinos, que eran todos laburantes –comenta Ales, nieto del fundador del negocio y, según sus propias palabras, nacido detrás del mostrador.

Los clientes entran y salen. El lugar tiene un aire tranquilo, casi familiar.

—Hoy hacés la diaria si podés, y le prendés una vela a San Pepperoni para no fundirte. Otra cosa no hay.

Un pibe pregunta por espirulina y una mujer por un par de remeras blancas. Se van y se hace silencio. Un hombre ya grande se acerca con pasos lentos al mostrador.

—Usted dirá –dice Ales.

—¿No se pude venir a pasear? — pregunta.

—Sí, claro, estamos hablando con el joven que es periodista, acérquese al mostrador.

El hombre dice llamarse Ramírez, tiene ochenta años y cuenta que, a principios del 60, tras concluir la jornada en la fábrica de garrafas donde trabajaba, hacía repartos de gas en clínicas y consultorios que practicaban abortos, un reparto que nadie quería agarrar por miedo a caer preso. Por eso  lo apodaban El loco. Las mismas doctoras y doctores le pasaban clientes —también médicos— y así Ramírez se ganaba sus buenas propinas. El asunto se hacía de noche y con absoluto disimulo.

—Bajaba del camión con las garrafas y con dos trapos de piso. Tenía que limpiar todo, como si no hubiese estado. No golpeaba, tenía las llaves de la puerta del frente.

Ramírez habla y la rutina comercial de Ales es apenas un ruido de fondo: se pregunta por hilos negros y blancos, por pares de medias, por cordones de zapatilla. Ales va al fondo y vuelve, busca cosas en los antiguos muebles que cubren las paredes laterales de su negocio.

—Trabajé en la calle cuarenta y tres años, desde Arijón hasta Tío Rolo. Y en el Swift, ahí abajo, también. Andaba por Tablada y Villa Manuelita, nunca me robaron. Cuando lo mataron a Mamut agarré sus repartos yo.

Aquel asesinato cambió para siempre su vida.

—¿Quién era Mamut? –preguntan desde atrás del mostrador.

—Un repartidor famoso en el sur, repartió cuarenta años. Lo mataron en el bar del Lechuza  para robarle la plata. Ahí había cancha de bocha y jugada de cartas. Era en Grandoli y Ayolas, pasabas el puente cincuenta metros, doblabas para el sur, y como escondido, abajo, en la barranca, estaba el bar. El choro perdió la plata jugando y vio que Mamut tenía los cajones vacíos, se dio cuenta que venía de repartir y tenía la plata encima, entonces espera a que se suba al camión y lo atraca con un 38. Antes se conocía al ladrón, eran pocos los que robaban. Mamut le dice: “Yo te conozco, te voy a mandar a la policía”, y ahí el choro le dispara en el pecho.

Tras el asesinato de Mamut, Ramírez agarró sus repartos, que eran de vino, aceite, yerba y café.

—La muerte de Mamut se comentó como por cinco meses; hacía explosión cuando vos contabas lo que había pasado ahí. Antes no se mataba como ahora, que matan todos los días. Nadie se animaba a entrar a las villas, yo sí.

Al tiempo que la ciudad dejaba atrás el gas envasado para instalar cañerías subterráneas, Ramírez agarraba más y más repartos, sobre todo en las zonas carenciadas. Un día dejó la fábrica de garrafas. Trabajó con Minetti, Fanta (que le decían “La Rubia”), Zanonni, Quilmes, Taragüí.

—Cuando aparecen las empresas me avivo, porque yo hacía lo que nadie quería. Ellos me ofertaban el 10 por ciento y yo les pedía el 15. Y así. Llegué a vender quinientas bolsas de cinco kilos de fideo por día.

Un día Ramírez dejó la fábrica y se metió de lleno con el reparto.  Llegó a tener cuatro camiones y siete empleados, pudo comprar propiedades y dejarle una casa a cada una de sus dos hijas. Tuvo dos almacenes de venta al por mayor y menor. Estuvo por comprar la fábrica de soda Social, pero en los saqueos del año 88 lo agarraron, vaciaron sus almacenes y perdió esa chance.

Nunca dejó la calle, donde se ganó el cariño y el respeto de las barriadas. Nunca le robaron ni a él ni a sus empleados.

—Al que me pedía fiado le fiaba. En las villas hacen fiesta cualquier día y a cualquier hora, capaz había un velorio un martes, yo pasaba y me pedían un cajón de vino y otro de coca. Yo se los dejaba y le decía: “Ando todos los días por acá, cuando vos tengas vení y pagame, lo único que te pido es el cajón”. A cobrarle no iba, cuando tenían me pagaban.

En barrio Las Flores era muy respetado. Llevaba gente a los hospitales con el camión de reparto cuando las ambulancias no se animaban a entrar. En verano vendía en esas calles hasta mil doscientos sachets de leche por día. Llegaba a la madrugada y a las nueve de la mañana ya se volvía.

—Cuando fueron los saqueos de 2001 llegué cargado de mercadería. Un grupo de 50 personas me rodea y dos de ellos me dicen: “Estamos saqueando, volvéte, a vos no te vamos a robar, pero andáte”. Primero pensé que era un  chiste, y a medida que volvía a mi casa por un camino de tierra que había en aquel entonces, me crucé con dos grupos más, y todos me decían lo mismo: “Estamos saqueando, andate, que a vos no te vamos  robar”.

La hora sagrada

Las historias de Ramírez siguen, al igual que la entrada y salida de clientes del lugar. Pero hay otro humor detrás del mostrador.

—¿Usted iba a llevar algo Ramírez?

—Si. Quería un par de cosas…

—Dígame ahora, que ya son casi las doce. Usted sabe que yo a esa hora cierro porque a la una tenemos que comer —dice Ale, ya pensando en el almuerzo, con cierto apuro, ganándose la mirada simpática de un joven que espera ser atendido.

Por Ayacucho varias persianas comienzan a bajar y, cuando todavía no es la una, el movimiento peatonal baja también.

Se mezclan los empleados de los comercios con los pibes que salen de la escuela primaria; los más grandes fuman sus primeros cigarrillos en la puerta de un minimarket. A esta hora ya no hay mucho para ver ni para hacer, aunque los bares siguen abiertos y sirven buenas cosas para comer.

En Della Ceca me ven llegar y Abel dice, desde el mostrador:

—¿Otra vez acá? ¿Qué querés saber ahora, no ves que tengo que atender?

—¿Y qué querés? Me dedico a ir por ahí molestando a la gente importante –respondo.

Pido un entrecot con papas fritas y una jarrita de vino con soda –por un total de $170–, y al ratito estoy comiendo, alegremente, observando a los demás hacer lo mismo que yo.

Llamo a Abel y le pregunto qué hay de postre. Él enumera: flan, batata, membrillo.

—¿Puede ser batata con queso?

—Y sí, pelotudo, ¿con qué va a venir la batata? ¿Siempre sos así de boludo vos? –responde  y se va en busca del postre.

Río y me olvido por un rato de todo lo que tengo en la cabeza y, aunque sé que no va a pasar, quisiera que este almuerzo dure todo el día.

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Sobre el autor:

Acerca de Santiago Beretta

Nació en Rosario en 1989. Es periodista y escritor. Desde 2010 dirige y edita la revista Apología, con veintidós números editados y cuya propuesta es contar la vida cotidiana de Rosario a partir de crónicas, aguafuertes, relatos y entrevistas. Participó con notas de actualidad, crónicas, relatos y entrevistas en La Capital, El Ciudadano, Rosario Express, De […]

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