Déjenme decir un par de cosas sobre los editores (me refiero a los editores de literatura, o de textos que podrían convertirse en literatura).

Hay una mala película de 2004 en la que Robin Williams interpreta a un editor de video encargado de eliminar de la memoria de los muertos sus pecados. La idea es que en el futuro las personas tienen un chip en la cabeza que registra toda su vida. El personaje de Williams se llama a sí mismo un devorador de pecados.

Importan menos las razones por las que el film es un gran error que el planteo de qué es una edición, que también es erróneo en la película: Williams toma un material ya terminado y lo recorta, lo convierte en una hagiografía vulgar.

La concepción del trabajo de edición en esos términos es frecuente –sobre todo desde que el video se convirtió en un remedo del documento. Sin embargo, los mejores editores no operan sobre el pasado, sino sobre el futuro. Su tarea es a menudo una adición antes que un recorte: allí donde un mapa de lecturas señalaba un vacío, el editor agrega algo que no existía, algo que reconfigura un territorio.

Sigamos.

La tarea del editor trasunta de algún modo en las memorias de Carlos Barral (1928-1989) –dejó varios tomos y no todas sus páginas promueven el entusiasmo: Años de penitencia (1975), Los años sin excusa (1978) y hasta unas Memorias cuya lectura abandoné y no recuerdo. El célebre editor catalán rememora en Años de penitencia el fin del servicio militar, está junto con un amigo de uniforme y percibe la hostilidad con la que es observado por una multitud. Anota: “Éramos desde hacía mucho tiempo, todo el tiempo para ser exactos, algo muy distinto de lo que habíamos imaginado ser, pero de ahora en adelante esa sería nuestra condición constante y principal”. En esa descripción hay una suspensión del tiempo pasado (lo que era) y la afirmación de una potencia cargada de futuro (“sería nuestra condición constante”). Me atrevo a decir que ese es el tiempo del editor, el “de ahora en adelante”. Allí donde el personaje de Williams tiene que tragarse los pecados ajenos, Barral mira hacia adelante. No sé cuántos oficios tienen ese privilegio.

19, Una cartografía narrativa de Santa Fe (Cardúmen, Rosario, 2018; editado por Arlén Buchara, Lucía Demarchi y Lucía Rodríguez) es uno de los más bellos y exigentes trabajos de edición realizados en Rosario en los últimos años. Y lo es porque recoge el guante de trabajos editoriales que sembró la impar y señera Editorial Municipal de Rosario en su Rosario Ilustrada o su colección naranja, en la que autores distintos y dispares no sólo ensayan crónicas sobre la ciudad, también sobre sobre su irradiación, hasta configurar una urbe mitológica, más allá de su espacio y su cronología.

La consigna –“a 19 escritores que viven en Rosario se les asigna una localidad de la provincia, abarcando todos los departamentos que la integran. El juego está abierto para explorar géneros y formas literarias partiendo de la experiencia vivida y de la investigación como disparadores”–  partió de un argumento: “transformar a la provincia en una experiencia literaria”, un artificio: viajar para escribir, y la elección no siempre feliz de 19 viajeros-escritores: Tania Scaglione, la única que se presenta sabiendo adónde quiere ir, va hasta Moisés Ville, pero termina describiendo el interior de una cocina y la charla de una pobre mujer; Tomás Quintín Palma, que hace un diario incómodo y magistral de una noche con un jeque de la cumbia santafesina; Martín Paoltroni, quien viaja a Alcorta y trae un retrato de la “matriarca” LGBTI Pamela Rochi que –para usar la fórmula del clásico argentino– “proyecta sombras múltiples” sobre el pasado, el presente de esa localidad que fue escenario de la revuelta campesina, y su largo futuro dibujado en una comunidad que rodea a una escuela pública. También Agustín Aranda viaja a Casilda y deslumbra con un cuidado estilo en la frase y la intriga; Verónica Laurino viaja a San Jorge; Lara Pellegrini va a Villa Ana (General Obligado); José Sainz –tal vez el escritor y editor más buscado de Rosario en estos días– viaja a San Justo y ensaya un capítulo de video juego galáctico que irradia extrañeza y encanto y, a continuación, Tomás Boasso continúa esa línea alucinada con una crónica en versos de su encuentro en Paraje Las Quinientas (9 de Julio, allá en el lejano norte provincial). Ezequiel Gatto va a Las Parejas, al corazón agrícola santafesino, se acuerda de su infancia y también de mucho de lo que ha leído, y se lo recuerda a la gente que conoció allá y a nosotros, resignados lectores. Luciano Redigonda viaja a Cayastá, recuerda un episodio político-policial (la persecución nacional de los hermanos Lanatta), quiere ensayar un guión de película y, por fortuna, nos entrega un trémulo recuerdo de una leyenda local, mucho más antigua, que encarna ese violento escenario de cosas que iban a ser y persisten en el tiempo como un pasado posible. El gran Nicolás Manzi va hasta Vera, pero vuelve a encontrarse con una historia futbolera. Andrés Abramowski no va a ningún lado, pero quedándose en Rosario deshace la historia rockera de la ciudad, nos muestra hilachas de ese relato frustrado que muchos ven realizado en la épica de Los Gatos y la Trova; su texto abreva en recorridos personales, pero incluso esos recorridos sobrevuelan lo escrito, la tradición reciente o lejana –desde Inédito, de Diego Giordano, hasta las páginas edulcoradas sobre la escena rosarina, los programas de radio, Poli Romano y Pili Ponce–, ese discreto vacío que encuentra es ya una escena literaria. Andrea Ocampo viaja a Rufino. Javier Núñez va a Berretta, departamento Iriondo. Bernardo Maison, Perry, como lo conoce cualquier oyente de radio Universidad, va hasta Pilar –Las Colonias– y trae las memorias de sus habitantes sobre una fábrica de pianos, notable paradoja de un pueblo que remonta su pasado sonoro entre las comillas de un testimonio escrito –como la de Abramowski, su crónica tiene de ejemplar el precipitado de una ausencia que se revela en el mismo momento en que se enuncia. Y así, Laura Rossi viaja a Humberto Primo (Castellanos); Marcelo Britos, a San Javier, y Laura Hintze, a Coronda. Por último, Ana Laura Piccolo va hasta Puerto General San Martín. Lo que encuentra es también lo que pierde. Es decir, ofrece una metamorfosis entre el “yo” que narra y el objeto de esa narración –que incluye a ese “yo” pero transfigurado, convertido en personaje (la “persona” del teatro griego) del relato, en otras palabras, en otra cara de la  intriga de esa narración–: “Todo lo que pierde su raíz –escribe– es uno de los nombres posibles del exilio”, con esa gramática borgeana comienza el destilado de la historia de un extranjero. La autora, bailarina de tango –un género orillero–, desanda en su relato una historia de orillas y desencanto. Con datos precisos (los buques que parten de Filipinas) y citas elocuentes (las palabras y el paisaje de ese embarcado al que entrevista), Piccolo se mantiene, a diferencia de otros escritores más casquivanos del mismo tomo, fiel a una consigna que al final supera, pero sin alharaca: “Puerto General San Martín –escribe–, como él, estaba tomada por una riqueza que le era ajena”.

19. Una cartografía narrativa de Santa Fe, es un maravilloso trabajo editorial, aunque sólo algunos textos resulten fieles a la consigna (“transformar a la provincia en una experiencia literaria”). Varias de sus crónicas son desechables, pero las que valen irradian una ejemplaridad destacable, como ya se señaló en el largo párrafo anterior.

“En la memoria, el pasado aparece siempre cargado cuando en realidad es precario, es un baldío donde el futuro se está por hacer”, reflexiona Redigonda en su crónica de Cayastá. Creo que el gran trabajo editorial de este libro dispar, está salvado en esa observación, entre otras no menos felices, que satisfacen nuestro papel de lectores santafesinos.

Cuando se refiere a Las Parejas, Ezequiel Gatto escribe sobre la terminal de autobuses del pueblo: “Su relegamiento expresa que la ciudad, gracias al boom sojero, se desenganchó de su pasado de trenes para apuntalarse en otros vehículos” y, más tarde, refiriéndose a una foto, anota: “cosas que tienen el raro privilegio de pasar de cumplir una función a vivir en la dimensión del adorno”. La confesa intención de hacer una breve historia de los crímenes del capitalismo en esa visita al polo agrotecnológico provincial no impide a Ezequiel Gatto dibujar sobre esa pequeña ciudad las ausencias y el silencio que hacen de ese lugar, como quisieron las editoras, “una experiencia literaria”.

En su crónica en verso, Tomás Boasso se encuentra con un pariente de quienes lo alojan que también escribió poesía. Juan Ramón Rodríguez entrega a Boasso sus textos y el autor los incluye en “Los algodonales”, el texto que se publica en 19. Cita, reproduce: “A nadie quiero ofender/ les escribo por gustar/ mi gusto es improvisar/ lo que digo no interesa/ soy como la sal en la mesa/ siempre estoy al churrasquear.”

En esa voluntad de ofrenda, de felicidad lejana y perdida, es donde mejor se leen los textos que mejor resultaron de este trabajo editorial tan dispar.

Vacaciones de Invierno en Rosario
Sobre el autor:

Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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