Si, como lo planteó Baudelaire, la mejor jugada del diablo fue convencer al mundo de que no existía, la ironía del legado de Phyllis Schlafly es que socavó a las mujeres de manera tan eficiente que su influencia perniciosa en la política estadounidense no le ha dado el crédito que merece. Durante la década de 1970, Schlafly estaba preparada frente a la cámara con un collar de perlas y una tarta con volados, un troll mucho antes de que existiera el término, que comenzaría sus discursos en público agradeciendo a su esposo por dejarla asistir, porque sabía cuánto irritaba eso a sus detractoras feministas. Armada solo con un boletín de novedades y una aparente inmunidad a la vergüenza, Schlafly agarró una popular legislación bipartidista, la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA por sus siglas en inglés) –que afirma que hombres y mujeres son ciudadanos iguales ante la ley– y la convirtió en una guerra cultural tan hábilmente como si sólo estuviera haciendo un postre.

A pesar de todos sus esfuerzos, en realidad ganó muy poco: era demasiado tóxica para que la premien con un puesto en el gabinete, y demasiado temprano para un programa de noticias por cable en horario central. Después de su apogeo, solo destellos de Schlafly permanecieron en la cultura dominante. El personaje de Serena Joy en El cuento de la criada, de Margaret Atwood, que una vez trabajó a tiempo completo dando conferencias a mujeres sobre la santidad de quedarse en casa, se inspiró en parte en ella. Cuando se publicó una biografía que canonizaba a Schlafly en 2005, quienes la reseñaron dedujeron que aunque su impacto en la fealdad de la política estadounidense había sido profundo, su manipulación del resentimiento de base (sin mencionar su aislacionismo y hostilidad hacia los inmigrantes) la había vuelto nebulosa y obsoleta en la era de George W. Bush.

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La otra gran ironía de Schlafly es que murió en septiembre de 2016, dos meses antes de que Donald Trump, un líder ungido en su imagen, venciera a la primera candidata a la presidencia de los Estados Unidos. Me guste o no, la nueva serie de Hulu, Mrs. America, deja en claro que vivimos en un momento que engendró Schlafly. Desde trucos sucios hasta la manipulación de los medios, mentiras descaradas del tamaño de una multitud hasta el privilegio como armamento, su fantasma está en todas partes y acaso nunca sea desterrado.

Divisiones

Mrs. América es quizás la primera gran serie de televisión de 2020, un proyecto que logra capturar la complicada esencia de los personajes reales mientras cuenta una historia tanto a nivel micro como macro. Quizás de manera previsible, el programa dividió a la gente antes de su debut: una de las hijas de Schlafly rechazó la interpretación de su madre, mientras que algunos críticos argumentaron que era un retrato demasiado halagador. A primera vista, el programa en nueve episodios de Dahvi Waller (Mad Men) trata sobre los largos años de la lucha por la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos, una ventana al feminismo de la segunda ola que arrasa con activistas como Gloria Steinem (interpretada por Rose Byrne), Betty Friedan (Tracey Ullman), Shirley Chisholm (Uzo Aduba) y Bella Abzug (Margo Martindale) en la órbita de Schlafly. La mayoría de los personajes se basan en mujeres reales, aunque algunos son composiciones o creaciones ficticias. Pero es Schlafly, interpretado como una elegante espiral de ambición herida por Cate Blanchett, quien convierte a Mrs. America, una miniserie histórica con grandes estrellas, en una sorprendente explicación sobre el envenenamiento de la política nacional. “La persona a la que todos prestan atención siempre gana”, explica Schlafly en una escena, tan clara como se podría imaginar una destilación de la era Trump.

La serie de Waller resiste flashbacks y exposiciones pesadas; sus personajes revelan quiénes son por lo que dicen y hacen en el momento, y el resto depende de la interpretación de los espectadores. La serie comienza con Schlafly, quien posa en bikini de bandera estadounidense en una recaudación de fondos para reelegir al Representante Phil Crane (interpretado por un James Marsden agradablemente aceitoso). Desde el principio, hay una desconexión perceptible entre la cara pública de Schlafly y la mecánica privada de su mente, aunque no parezca disuadirla en última instancia. “No te olvides de sonreír”, le dice Crane, mientras la presenta en un programa de entrevistas por cable local. “Sonríe, con dientes”. Un destello de irritación pasa por la cara de Schlafly, hasta que la reemplaza rápidamente con una amplia sonrisa televisiva.

Querer y obedecer

Schlafly siempre fue un extraño candidato para el líder de una revolución antifeminista. Durante la Gran Depresión, cuando su padre perdió su trabajo, su madre, que tenía dos títulos, trabajó como maestra y bibliotecaria para mantener a la familia. La propia Schlafly se graduó en la universidad a los 19 años y alternó sus clases durante la Segunda Guerra Mundial con un trabajo como artillera de balística en una fábrica de municiones. Cuando se casó con su esposo, el abogado Fred Schlafly, 15 años mayor que ella (interpretado en la serie por John Slattery), prometió quererlo, pero no obedecerlo, reveló su obituario del New York Times. En 1971, cuando comienza la serie, ella había trabajado para el American Enterprise Institute, se posicionó como experta en seguridad nacional y anticomunista estridente, hizo una carrera fallida hacia la Cámara de Representantes y publicó cinco libros, incluido manifiesto muy vendido para Barry Goldwater que desafió a la élite republicana y ayudó a Goldwater a obtener la nominación del partido para la presidencia en 1964.

En el primer episodio, la Schlafly de Blanchett está en la peluquería cuando su amiga Alice (Sarah Paulson) aparece con la ERA. “Oh, no sé por qué tanto alboroto”, suspira Schlafly con desdén. “Hay muchos más problemas urgentes, como la seguridad nacional”. Pero esta es una cuestión de seguridad nacional, argumenta Alice: si las mujeres son iguales a los hombres, entonces pueden ser reclutadas, y las hijas de todos pueden ser enviadas a Vietnam. Schlafly le da poca importancia a la idea. Pero semanas después, cuando vuela a Washington, D.C. para una reunión con senadores sobre seguridad nacional y las Conversaciones sobre Limitaciones Estratégicas de Armas [n del t: SALT, por sus siglas en inglés, fueron negociaciones entre EEUU y la URSS en torno a la fabricación de misiles que se desarrollaron entre 1972 y 1979], y su experiencia es ignorada al tiempo que le piden que tome notas, ve una oportunidad. “Las mujeres que conozco están aterrorizadas”, les dice a los hombres reunidos, que de repente no están tan ansiosos por discutir con un avatar de los 40 millones de amas de casa que necesitan –según palabras de un congresista– que “dejen de cacarear y salgan a votar”.

Mrs. America presenta a Schlafly como mitad oportunista, mitad contradictoria, alguien que se negó a aceptar que su género podría estar reteniéndola, que estaba completamente desinteresada en los asuntos de las mujeres pero que podía hacer que la gente le prestara atención solo cuando hablaba de ellos. “No estoy en contra de que las mujeres tengan éxito; no estoy en contra de las mujeres que trabajan fuera del hogar “, dice en un almuerzo de las Hijas de la Revolución Americana [n del t: una institución hoy centenaria cuyo lema es “God, Home and Country”: “Dios, Patria, Hogar”], algo que repite a sus críticos cada vez que la acusan de hipocresía por construir su carrera en la predicación de las virtudes de las mujeres que no trabajan. A lo que se opone es al movimiento de liberación de la mujer, que ella caracteriza en términos generales como “un pequeño grupo elitista de liberales establecidas en el noreste [es decir, en las grandes metrópolis cosmopolitas como Nueva York] que humilla a las amas de casa”. (El movimiento no es pequeño ni elitista en la serie, pero Steinem admite totalmente estar “en contra de las amas de casa”.) A medida que la sala responde con aprobación, los argumentos de Schlafly se vuelven más acalorados y más risibles. Las “libbers”, afirma, no serán felices hasta que todas las mujeres estén reclutadas y los hombres estén en casa cuidando a los bebés. “Es ridículo”, dice Schlafly. “Y es francamente antiamericano”.

La gran indignación

La real Phyllis Schlafly y la interpretación de Blanchet.

Lo que Schlafly aprovechó antes que nadie, sugiere la serie, fue el poder de un cierto tipo de polémica. Alimentar el resentimiento contra un supuesto grupo de esnobs privilegiados que amenazan el auténtico estilo de vida estadounidense es fácil. Entonces, provoca condenas al hacer que las personas se sientan juzgadas. Desde el primer episodio, Schlafly se convierte en un vendedor de indignación sorprendentemente sofisticado antes de que alguien haya calculado su potencial. Cuando la ponen en su lugar, miente descaradamente; cuando la desafían, cambia suavemente de tema. Es una maestra de la comunicación cuya primera campaña contra la ERA consiste en dar pan y mermelada caseros a los congresistas varones con una tarjeta que celebra los roles tradicionales de género: “A los que se ganan el pan, de quien hace los panes”. (La serie aclara más tarde que gran parte del pan está hecho por las sirvientas negras que son quienes realmente hacen el trabajo doméstico mientras que Schlafly y su grupo de partidarias se dedican al lobby).

Al contrastar el ascenso de Schlafly con el activismo rival de feministas como Steinem y Chisholm, Mrs. América ilumina cuán simple es provocar conflictos y cuán difícil es reunir a las personas. “La gente siempre está tratando de dividir a las mujeres”, le murmura a la Friedan de Ullman la Steinem irresistiblemente glamorosa de Byrne, mientras se sienta a su lado en un avión. “Es solo otra forma de quitarnos nuestro poder”. Pero el movimiento de mujeres está tratando de unificar grupos y líderes divergentes, cada uno con sus propias prioridades, deseos y duras peleas arriba de la mesa, décadas antes de que se acuñara el término feminismo interseccional. El tercer episodio, que se enfoca en la Chisholm de Aduba, enseña a la primera mujer en postularse para la nominación presidencial demócrata que es desafiada por miembros masculinos de las primarias negras del Congreso, quienes le cuestionan si ella es “realmente la candidata para los negros, o solo para las mujeres”. Pero Chisholm [n del t: Shirley Chisholm fue la primera congresista afrodescendiente de EEUU] también es reprendida por la Abzug de Martindale, quien insiste en que el movimiento de mujeres no puede permitirse alienar a los aliados masculinos. “No llegué a ninguna parte de mi vida esperando el permiso de alguien”, responde Chisholm.

Mientras tanto, se muestra a Schlafly haciendo el baile familiar de cortejar a los partidarios racistas que necesita sin respaldar externamente sus puntos de vista, con Blanchett aclarando que el único factor que realmente le importa es maximizar su propio poder. Si Mrs. America tiene una falla, es que no puede salvar el vacío entre las maniobras palpables de Schlafly y lo que realmente podría creer al fin y al cabo. Casi se une con la activista republicana pro ERA Jill Ruckelshaus (Elizabeth Banks) mientras beben, hasta que Ruckelshaus plantea el acoso a las secretarias del Congreso (por parte de los congresistas). “¿No crees que ese tipo de mujeres realmente los están invitando?”, responde Schlafly. “Las mujeres virtuosas rara vez son abordadas por proposiciones sexuales no deseadas”. Está incitando deliberadamente a Ruckelshaus y disfruta de la respuesta enojada que provoca, pero también parece, en cierto nivel, aceptar lo que dice.

Esa escena me recordó a Donna Rotunno, la abogada defensora de Harvey Weinstein, que dijo en el podcast del New York Times, The Daily, que nunca se permitiría estar en una posición en la que pudiera ser agredida. Tal afirmación sugiere una miopía tan grave que libera a los afectados de tener que considerar cualquier cosa fuera de su propia experiencia. Ese tipo de egocentrismo terminal se siente cansinamente familiar ahora, en este momento de interminables conferencias de prensa presidenciales y escándalos de Instagram. Cuando Schlafly insiste, en una escena, en que la multitud que atrae en un mitin es más numerosa que los asistentes a la conferencia a la que se opone, y se niega a retroceder incluso cuando se la confronta, los paralelos contemporáneos son fáciles de alinear. Pero todavía es fascinante ver en Mrs. America cómo Schlafly astutamente y sin esfuerzo flexiona su habilidad para repetir cosas falsas hasta que dominen la narrativa.

Legado

El legado más perdurable de Schlafly, en cierto sentido, es el pozo envenenado de la política nacional. “Si bien es posible que no haya sido consistente en su elección de objetivos”, escribió Elizabeth Kolbert en The New Yorker en 2005, “Schlafly fue inquebrantable en su caracterización de ellas… Sus oponentes no siempre han estado equivocadas o mal orientadas, sino que son completamente malvadas”. Este tipo de retórica permite a un lado etiquetar rotundamente al otro como antiamericano, cooptar símbolos nacionales (como la bandera o el águila) por sí mismos y reclamar, aparentemente sin dudas, que Dios está de su lado. En palabras de Schlafly, sus enemigos, escribe Kolbert, “siempre han apuntado a nada menos que la destrucción de la ‘civilización tal como la conocemos’“. Es una acusación tan grande que ni siquiera puede plantearse una lógica para enfrentarla.

Schlafly, casi sin ayuda de nadie, armó la batalla por los derechos del aborto para realinear a los republicanos y demócratas en líneas liberales y conservadoras. (Actualmente no hay un solo defensor republicano de los derechos al aborto en la Cámara de Representantes [n del t: el equivalente estadounidense de Diputados]). Fue capaz de orquestar la derrota de un grupo de mujeres que intentaban extender las oportunidades para todos mediante la movilización de un grupo de amas de casa decididas a proteger su forma de vida relativamente solvente y rica. (En la serie, el primer movimiento anti-ERA de Schlafly se llama STOP, un acrónimo de “Stop Taking Our Privileges” [Paren de quitarnos nuestros privilegios]). Y sin preocuparse por los hechos o la razón, Schlafly pudo dominar la atención de la gente en la medida en que podía dividir y conquistar. Lo que ganó, personalmente, es insignificante. Pero las lecciones y tácticas de las que ella fue pionera fueron adoptadas por innumerables discípulos, cada uno se benefició enormemente de rehacer el mundo a su propia imagen.

Publicado en The Atlantic. Traducción de Pablo Makovsky.

Nota bene: Se respetaron todos los hipervínculos de la edición original en inglés y se agregaron otros, así como notas del traductor sobre personas, situaciones e instituciones, para hacer más claro el contexto.

Addenda de la traducción: En 2016, en el funeral de Schlafly, Donald Trump la elogió como “una heroína conservadora”, como puede leerse en el New York Times.

Quienes se interesen por la larga lucha en torno a la Enmienda por la Igualdad de Derechos (ERA, por sus siglas en inglés), que comienza en el año 1923 en Estados Unidos y continúa hasta el día de hoy, recomendamos “Mrs. America: la batalla política por la igualdad“, que escribió Celeste Murillo para Ideas de Izquierda.

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Sobre el autor:

Acerca de Sophie Gilbert

Escritora. Escribe sobre Cultura en el centenario diario de Boston The Atlantic. Está en Twitter: @sophieGG.

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