Salir a través

Línea materna es el primer libro de relatos de Lila Paolucci recién editado por Brumana. La publicación inaugura la colección Cyborg dedicada –como lo dicen sus editoras Laura Rossi y Caro Musa– a los géneros inclasificables. Y ahí es, donde al parecer, mejor encajan estos relatos. Narrativas que por momentos toman la forma de pequeños ensayos poéticos.

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En nombre del hijo

En un mundo y un tiempo incierto, ya no hay futuro. Pero una madre, un niño y un viejo encuentran cómo resistir en "El cuento", tercer largometraje de Claudio Perrín que se estrena el 3 de octubre.

La autora escribió estos relatos entre 2013 y 2020 y, aunque exista una distancia en los años y en el tiempo, hay algo común que encadena los textos. Dos sucesos vitales que atraviesan parte de su linaje: la muerte de su madre y el nacimiento de su hija. De hecho el libro abre con la dedicatoria a Silvia Saborido (su madre) y hacia el final florece un agradecimiento dirigido a Rita (su hija).

“¿Cómo renombrar el pasado, restituir la ausencia, reponer lo perdido?”, se pregunta la escritora Mariana Travacio en la contratapa del libro. Los relatos aparecen como postales que son vistas en retrospectiva, pero también como esos recuerdos que necesitan ser invocados, traídos al presente a través del ritual de una voz que los cuenta. Con esas escenas o pequeños fragmentos que hacen a su historia, presente y pasada, la autora compone su memoria familiar pero ante todo matrilineal a través de varias capas.

El duelo de esa madre que ya no está y todo aquello de lo cotidiano que la trae una y otra vez. Los olores y sabores de la cocina, el recuerdo de las natillas, el lemon pie, las tortas de cumpleaños, la sandía cortada en dados, el puchero de garbanzos y chorizo colorado, el pan con manteca y anchoas, el jamón ibérico. Los preparativos de la cena de Navidad y Año Nuevo y la cocina hecha una fiesta desde los días previos.

¿Qué herencia se tramita de receta en receta? ¿Qué línea se continúa entre las ollas, sartenes y especias? Lila cocina a fuego lento para alimentar a su hija con algo de aquello traficado entre su madre y su abuela. Mientras lo hace nos trae un repertorio de narrativas que giran en torno a la comida.

“El día después de cualquier convite, mi abuela me pregunta: ‘¿Qué había de rico?’. En la respuesta hay que ser puntillosa porque mi abuela se compromete con los detalles. Y si fue ella la invitada, al otro día pormenoriza el menú, concentrada, para no olvidarse de ninguna variedad de canapés, aperitivos, sandwichitos, bocaditos, quesos, fiambres, panes, bebidas, entradas, platos, salsas, postres, helados, masitas… Lo que se te ocurre había”.

De las noches en vela con su madre viendo el canal Gourmet  y las confesiones de Anthony Bourdain (a quien también dedica el libro) a la ilustración de la merienda que lleva en una canasta Caperucita Roja en el libro de Tadasu Izawa: frutas y una torta bañada en chocolate que de niña le daban ganas de meter el dedo dentro de la página. La cocina como acto de celebración más que de supervivencia. La cocina como diversión más que mandato.

El avatar de Lila en Facebook es Señora Hawkins y durante años llevó adelante un club de lectura con ese mismo nombre. Es indudable su identificación con el entrañable personaje de Muriel Spark en Muy lejos de Kensington. Y tal vez la autora se valga de esa referencia para agudizar su oreja entre filosófica y detectivesca. Es que Lila se prepara para escuchar a los demás y luego ponerlo por escrito:

“Justo en ese momento, en el asiento de atrás, suena un celular. Ya el ringtone me da curiosidad y después viene la voz. El tono, el canto o el acento de esa voz y la frase con la que atiende me sacan de una vez del estancamiento autocompasivo: ‘¿Cómo dice que le va?’”.

La mujer habla con su hermana, el acento es chaqueño y toda esa conversación la lleva a las de sus tías y su abuela. No gira la cabeza hasta bajar del colectivo para pensar que ahí, en esa charla telefónica que sucede a sus espaldas también se teje algo de su genealogía.

Ir a tomar examen en el mes diciembre con calor es para Lila una exploración más que un fastidio. La seguimos en su recorrido como quien sigue una pista y leemos hasta el final. En taxi, en colectivo, con el libro que la acompaña en los entretiempos, con la lágrima en jarrita en el bar o cuando se anoticia que el aromo y la acacia son el mismo árbol (a partir de un relato de Lucía Berlín) descubrimos a la par de ella pequeños tesoros en pleno ajetreo mundano.

“En realidad, lo más difícil es el baño. Es lo que menos me gusta y, por eso, es lo más difícil. Pero no es que me moleste la inmundicia del baño, el incordio son los productos que se usan para limpiarlo. Los olores sofocantes del antihongos y la crema espesa con que se resfriegan los artefactos, los azulejos, las junturas. Por eso, siempre lo hago primero, así, mientras adecento el resto de la casa, no estoy pensando: ‘Todavía me falta limpiar el baño’.”

Lila nos trae algo de El manual de las mujeres de la limpieza de Lucía Berlín en su relato minucioso de las tareas del hogar. El rechazo a la palabra perfumina, la fricción de la escoba para despegar la caca de las palomas en el patio, el orden de cada acción (“lo último es baldear”) y la correlación que eso entabla con los textos. Escribe mientras trapea y pasa el trapo para escribir. Se ensucia las manos, las mete hasta el fondo, aún sabiendo que al final hay barro.

“Anoche le pegué. Fue una cachetada apenas más fuerte que una caricia, pero con toda intención, la rabia y el desborde de una madre frustrada, de noches sin dormir y días de agotamiento”, se confiesa.

Y se culpa por no haber estado al lado de su madre el día en que murió. Pero elige recordarla como lo que fue: “mujer bosque en su diversa completud”. La trae en sus aficiones, búsquedas, deseos, contradicciones. Y deja que se cuele en su propia maternidad. Tal vez porque como dice el mantra mental que canturrea: la única salida es a través.

*Lila Paolucci. Rosario, 1980. Es Profesora en Letras por la UNR. Da clases de Literatura en nivel medio, coordina los talleres de lectura y conversación literaria de El club de lectura de la señora Hawkins, lee y escribe. Ha publicado textos en revistas literarias, en Femiñetas (periódico feminista ilustrado) y lleva adelante el blog Meresunda. En 2020, participó del libro colectivo Bitácora del virus: palabras del reposo.

Restos del día

Ana Wandzik tomó apuntes en el bloc de notas de su teléfono celular, anotó cosas que van de lo trascendente a lo banal, de lo individual a lo colectivo, sin discriminar. Todo quedó reunido en Hola amiga que forma parte de Serie Maravillosa Energía Universal de Iván Rosado, editorial que lleva adelante desde 2009 con su pareja Maxi Masuelli.

La edición incluye dibujos que también son otra especie de anotación, según la autora, y cada ejemplar lleva dentro una obra suya que hace las veces de señalador: un dibujo hecho sobre una tapa de papel de aluminio de la crema de leche de la cooperativa láctea rosarina La Cabaña.

La edición arranca con una ilustración en tapa que es algo así como un emoji que sonríe y dispara corazones. El tamaño de la publicación (17 cm x 11 cm) es poco más grande que el de un teléfono móvil pero así y todo cabe tranquilamente en un bolsillo o en una mano. Queremos pensar que el nombre (Hola amiga), que reúne a estas anotaciones, responde en parte a la metodología afectiva de producción. La frase podría ser esa que el teclado predictivo lanza sola, por adelantado, y de tanto escribirla.  Elegimos pensar que Ana le escribió y le escribe a sus amigas y que es con ellas con las que primero entabla la comunicación poética que traen estas líneas.

1/8 Amiga no hay challenge que describa lo que yo support you.

26/8 Qué sé yo amiga.

12/10 Tristeza es dormir la siesta a las 6 de la tarde tapada con una manta gris de avión.

13/10 Lloré tanto que podría seguir.

30/12 Buen día puebla emancipada!

La última entrada escrita el día en que se aprobó en el país la interrupción legal del embarazo (ILE).

“Los años no tienen sentido”, dice la autora. Y con eso explica por qué los ha sacado de sus notas. Los días sí le importan: “Entonces pensé en hacer un moño de tiempo con palabras y dibujos. ¿Fue antes o después? Otro día haré otro moño”.

La pintura, el sol, las paltas, los bordados, el jardín, los mosquitos, las camisas estampadas, los patos que se van, lxs amigxs, el hijo que vive y el que no, el río, la isla, la casa, los sueños. Lo doméstico, el espacio propio y vital, el trabajo autogestivo, son parte del mundo de Ana: “12/3 Abrimos El Bucle porque nos gusta juntarnos a hablar”.

“No soy una pintora en términos técnicos. O sea voy viendo. No tengo planes”, “Los domingos a la noche hago un dibujito y pienso en el porvenir”, “Para precalentar la mano antes de empezar a dibujar, yo recomiendo de cinco a diez minutos de Simpsons. Hacés los personajes como brotan de la memoria, las formas curvas y angulares van subiendo. Cuando era chica podía ser con Snoopy o Hendy”, “Los domingos a la noche hago un dibujito y pienso en el porvenir”, “La profesionalización no salvó ninguna vida”.

Más que un diario o un cuaderno se trata del “rastro del estado de ánimo”.

¿Qué tienen en común las notas y los dibujos? Tal vez que están hechos en silencio y en la noche en la cocina de su casa.

La escritura y la fantasía ilusionada que dibuja se asemejan porque ambas se nutren de los restos del día, de los descartes, para ser  resignificadas.  Ana recupera ese mood, de la misma manera que junta chapitas de gaseosa, lentejuelas, botones, cintas, peluches para intervenir.

Toma notas como hace soles, unicornios, corazones, gusanitos, moños, choclos, nubes, lluvia, rayos, arco iris, animalitos. Todos seres que cobran vida y saludan tal como lo hacen esas chucherías que irradian desde la vidriera de un almacén de baratijas. Como ella al final del libro, parecen decir: “Nuestro destino es así”.

 Ana Wandzik. Rosario, 1981.  Realizó muestras en Embrujo, Oficina 26, Jamaica Art Gallery, Galería de la Juventud, 2019 Spazio de Arte y El Bucle, entre otros. Publicó Galopa y otros poemas (Neutrinos, 2013), Un huracán lento (Danke, 2016), Son cosas mías (2019) y Manifiesto para un arte en el marco de nada (Laguna, 2019). Desde 2009 conduce junto con Maxi Masuelli la editorial Iván Rosado, a la par que desarrollan diversos espacios de reunión en torno al arte argentino de los últimos siglos.

Dificultad y simpleza de todo desnudo

El libro Lo más simple es desnudarse (La parte maldita) de Dahiana Belfiori* reúne cuarenta textos escritos entre 2012 y 2018 que fueron publicados semanalmente en las contratapas del diario Rosario/12. Las historias están divididas en tres partes (Desnudos, Exhibiciones, Retratos) y dialogan entre sí a partir de ciertos temas que las enlazan.

“Escribir es una experiencia opaca, una especie de desnudo en el que algo permanece oculto. Desnudarse es un gesto que aunque pareciera hacerse en soledad es ya para alguien, para algo. Quizás allí radique la dificultad y la simpleza de todo desnudo”.

La autora a través de los textos se desviste y deja al descubierto cierta piel que asoma en el acto de escribir. Y sus palabras también son capilares. Se hacen sentir al tacto: rozan, salpican, abrazan, erizan. Y también al oído: en voz baja, cuchichean, respiran. Como dice en el prólogo la periodista y editora de Rosario 12 Sonia Tessa: lo que marca la diferencia y hace los textos más poderosos es precisamente ese tono, el decir susurrando más que el vocifero. Activista y feminista, no viene en estos textos a dar discursos ni bajar consignas, sino que hace una narrativa poética en formato de ficciones, pequeños ensayos y memorias de infancia.

La ceremonia del té, los cigarrillos que su madre se llevaba a la boca, el abanico, la pava, el mate amargo, los ñoquis del 29 que hacía su abuela, el barrio, la casa, el sexo, los juegos de la infancia, las mudanzas, los gatos, el mar, los libros, las plantas y en menor medida, varones como su hermano y su padre. La autora se detiene en el detalle, en la observación permanente del funcionamiento de las cosas y desde ahí es que escribe.

Como esa mirada al sesgo, que ve desde costado pero que recupera la experiencia vital, se regodea en los pliegues de lo habitual, en las pausas del día para dar rienda a relatos que cabalgan entre la ficción y el testimonio sin ceñirse a ninguna de las formas porque acá lo urgente es desnudarse y tal vez “ponerse la ropa que más le guste”.

La obsesión de la autora está en tantear los bordes, por eso se aleja del centro y escribe desde las orillas. Sus textos abren preguntas antes que respuestas. En “Ponele hache” la narradora acaricia su nombre bordado en el delantal y se pregunta: “¿Quién soy? ¿Quién era?”. Todo por esa “h” infiltrada que desde su nombre ya la hace distinta.

En los textos aparece un universo femenino compuesto por las escrituras de mujeres que más de una vez quedan afuera del canon literario, por las amigas que se van y las que se quedan, por la madre, la abuela, las vecinas y las alumnas del taller de escritura.

Escribe en “Bombanchas” tal vez sin saber que ese gesto es casi un ritual de pasaje o iniciación para una chica que empieza a crecer:

“Aprendí de chica a lavar la bombacha en la ducha. Mi vieja lo hacía siempre. El calzón a veces aparecía abandonado sobre el grifo derecho, otras sobre el pico que llenaba la bañera”.

O cuando en “Menstruación de granadas” dice:

“Las granadas comenzaron a resbalarse entre sus piernas. Su madre le dio consejos de paños y algodones que no le bastaron para comprender el cambio… ¿Alcanzaría el algodón para salvarla de la adolescencia, de los ardores de la juventud, de la obligación de ser madre?”.

Los relatos parten de un mosaico de recuerdos personales pero que no siempre decantan en una narración autobiográfica sino que parecen ser el motor que enciende a las historias. ¿Esto es ficción? ¿Aquello es real? ¿Acaso todo esto sucedió tal cual?

Como las fotos de un álbum antiguo, cada escena/relato aparece nublada debajo de una transparencia de papel de arroz que muestra y al mismo tiempo oculta. Pero sobre todo interroga.

La veracidad no es algo que le preocupe a Dahiana. Le importa más que la primera persona del singular tenga la fuerza de la primera persona del plural. Para que en los textos el yo empuje para ser nosotras.

 *Dahiana Belfiori. Rafaela, 1977. Poeta y narradora. Ha publicado ficciones, notas de opinión, entrevistas y crónicas en diferentes diarios y revistas nacionales e internacionales y contratapas en el suplemento Rosario 12 del diario Página 12. Coordina talleres de lectura y escritura creativa. Publicó Código Rosa. Relatos sobre abortos en 2015. Lo más simple es desnudarse es su segundo libro.

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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