Las principales ficciones televisivas de este año se encargaron de mostrar los años en los que Estados Unidos estuvo al borde de volverse un país no de izquierda, pero sí democrático. No, no hay ningún error. Estados Unidos no es un país democrático, pero entre fines de los 60 y principios de los 70 –pongamos por fecha 1973, cuando el presidente Richard Nixon logró imponer el dólar como medida de intercambio comercial global– pudo haberlo sido. De eso trata la serie Mrs. America, de eso trata el film El juicio de los siete de Chicago (Aaron Sorkin), las series Woke, Lovecraft Country (acá hay una reseña para escuchar) e, incluso, la adaptación que hiciera David Simon de La conjura contra América (la novela de Philip Roth, The plot against America) que hasta generó un ataque de trolls en la conversación que Simon mantuvo con Pablo Iglesias en Twitter. La conjura contra América, claro, trata sobre esos inciertos años antes de que EEUU y el presidente Franklin Delano Roosevelt –primer populista estadunidense– se involucraran militarmente en la Segunda Guerra, cuando el país era seducido por el nazismo. Pero el punto de vista de Simon en el desarrollo de la miniserie es la presidencia de Donald Tump.

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De alguna manera, lo que estas ficciones vienen a narrar es ese umbral, ese brink –como se dice en el idioma de George e Ira Gershwin– frente a la puerta de un camino no tomado. Sí, desde que el capitalismo es la única alternativa, las posibilidades de la ficción apuntan a la ucronía, a “lo que hubiera pasado si…” Como dijo el poeta: la vida está en otra parte, no vivimos en el mundo. También la política.

A mediados de este año claustrofóbico, HBO estrenó la versión de Damon Lindeloff de Watchmen, una suerte de secuela del célebre cómic de Alan Moore en la que la historia de Estados Unidos es imaginada a partir de la presencia de “vigilantes” pero, sobre todo, a partir de la confrontación racial: una nación que construyó su narrativa en torno a la construcción de un monstruo social –el negro criminal– sólo puede erigirse en potencia como potencia criminal, cuyos principales héroes no son sino terroristas, lo mismo que vino a decirnos la primera y segunda temporada (estrenada este año) de la serie The Boys, esa saga que señala en los superhéroes una abominación fundante del poder imperial.

Los guionistas de Hollywood, formados en sus históricas huelgas, vienen contándonos hace rato la clase de democracia y estado fallido que es eso que allá llaman America.

Divisiones

Donald Trump perdió su reelección. Si no recuerdo mal –y no tengo ganas de ir a buscar el artículo de alguno de los periódicos yankees que leo– es la décima vez en la historia que un presidente pierde su reelección. Pero es la primera vez que un presidente que pierde esa reelección es tan votado. Y es la primera vez que tantos estadounidenses van a las urnas –el promedio histórico de votantes que eligen un presidente en ese país apenas llega al 25 por ciento de su población–, busquen los datos en RealPolitik. Lo que la serie Mrs. America (que es la narración de cómo la segunda ola feminista es derrotada por una conservadora que inauguró la mentira y los discursos de odio tal como hoy los conocemos) nos mostró, por ejemplo, era un país que siempre tuvo sus divisiones, pero que enseñaba un bipartidismo capaz de entenderse en la disputa política, capaz de confrontar, con republicanos que apoyaban los movimientos feministas –el mismo Ronald Reagan, cuyo acceso a la Casa Blanca y su inicio de la revolución conservadora marca el final de la serie, estaba a favor del aborto antes de llegar a la presidencia– y demócratas que aún no se habían aliado a las élites multimillonarias de Wall Street. Eran los Estados Unidos que aún no habían caído en las garras de la plutocracia, como se encargó de contarlo muchas veces mi admirado Chris Hedges.

Donald Trump perdió. Los republicanos perdieron y, como partido, se llamaron a silencio. Con una victoria magra, podríamos decir “dietética”, Joe Biden se alzó con la presidencia después de la canallesca interna en la que corrieron a Bernie Sanders de la carrera a la Casa Blanca.

Poder blando

Nouriel Roubini aseguró en una nota publicada el 27 de octubre pasado en ProjectSyndicate, que Biden necesitaba ser contundente en el triunfo para no llevar a EEUU a una debacle financiera en las elecciones del martes 3 de noviembre. Hizo comparaciones con las elecciones que consagraron fraudulentamente a George W. Bush en 2000 y auguró un caos bursátil en caso de que los resultados se demoraran como entonces. Pero, sobre todo (los datos económicos los dejo para los economistas), señalaba que estas elecciones erosionaban el poder blando (soft power) de Estados Unidos, nada más ni nada menos que ese que nos lleva a ver a la potencia imperial como un modelo para la democracia y sus instituciones.

Bien, creo que ese soft power es lo que se resquebrajó definitivamente en estas elecciones. Salvo los imbéciles que trabajan el doble que nosotros para mantenerse desinformados, nadie puede pensar hoy que en Estados Unidos es el voto popular el que elige presidente. Entre las principales formas de conteo del voto, todos seguimos en estas elecciones la conformación de un Colegio Electoral casi monárquico que definía la mayoría para elegir presidente y que en los comicios de 2016 le dieron la victoria a Trump cuando su contrincante, Hillary Clinton –la candidata de Wall Street y la espectadora del asesinato de Osama Bin Laden en territorio extranjero– sacó tres millones de votos más.

Apenas habían arrancado los 90 cuando Leonard Cohen nos enseñó aquella maravillosa canción que se llamaba “Democracy” y decía que la democracia nos llegaba como el sentimiento de algo “que no era exactamente real, o era real, pero no estaba exactamente ahí”.

Un ganador humilde

Cuando los grandes medios coronaron presidente a Joe Biden, el sábado pasado, el clásico programa Saturday Night Live invitó una vez más al brillante comediante negro Dave Chappelle a hacer un monólogo que no era otra cosa que un editorial.

Con su elegancia irónica y magistral, Chappelle dijo, más o menos que los votantes blancos rurales y de clase trabajadora que se pasaron al Partido Republicano en la era de Trump pueden ser fácilmente estereotipados, tal como lo han sido los negros a lo largo de la historia de Estados Unidos. “¿Ni siquiera querés usar tu barbijo porque es opresivo? ¡Intentá usar el barbijo que estuve usando todos estos años! [en inglés barbijo se dice “mask”, que equivale, como en español, a “máscara”]. Ni siquiera puedo decir algo verdadero a menos que tenga un chiste detrás”. Y siguió: “Ustedes no están listos; no están listo para esto. Ustedes mismos no saben cómo sobrevivir. Los negros somos los únicos que sabemos cómo sobrevivir a esto”. Para Chappelle, Estados Unidos no se curará con una elección, sino con personas que lleguen a un entendimiento más profundo. “Les imploro a todos los que celebran hoy que recuerden que es bueno ser un ganador humilde. ¿Recuerdan cuando estuve aquí hace cuatro años? ¿Recuerdan lo mal que se sintió? Recuerden que la mitad del país en este momento todavía se siente así”, dijo.

Tras la derrota de Trump, después de dejar al descubierto el racismo que llevó a muchos blancos a apoyar a Trump, Chappelle trató de comprender cómo esos votantes se sienten igualmente ignorados por su propio país. “Por primera vez en la historia de Estados Unidos, la esperanza de vida de la gente blanca está disminuyendo, debido a la heroína, debido al suicidio. Toda esta gente blanca que siente esa angustia, ese dolor, está enojada porque cree que a nadie le importa”, dijo. “Déjenme decirles algo: sé cómo se siente”.

El martes pasado, cuando se desarrollaba el proceso de las elecciones, un amigo me escribió desde Colorado.

“El sábado fue Halloween –me decía–. Nuestra casa era la única en la cuadra con decoración. Te da una pauta de la depresión colectiva.”

Y también: “Y nadie habla de política, aunque todos saben que todo el mundo está consumido por eso. El miedo y el estrés sobre el tema es tanto, que apenas si hay carteles y cosas, salvo en los lugares donde es claro que un lado domina”.

La pequeña localidad donde vive, cercana a la universidad de Boulder donde es un destacado profesor, es un vecindario tranquilo, pero también dividido. Me sobresaltó esa imagen, la de vecinos consumidos por la división política, tragándose las palabras que deberían ser la materia de la discusión política, es decir, el combustible de la participación ciudadana, en ese resentimiento consumado que ni siquiera les permitía reparar en la alegría o el ritual de sus hijos, la fiesta de Halloween, la víspera de todos los santos, como si ya no hubiera víspera posible y todo se jugara en ese pasado condenado. Le creo cuando dice que el gótico, esa narrativa en la que todos están atrapados en el pasado, es el género contemporáneo.

Nosotros

En cuanto a nosotros, argentinos, entusiasmados por el triunfo del MAS en Bolivia, después de ver al presidente Alberto Fernández acompañar a uno de los más grandes líderes americanos de las últimas décadas, Evo Morales, hasta Bolivia, ¿qué significa el triunfo de Biden o la derrota de Trump?

Poco por ahora.

Me quedo con el último newsletter de María Esperanza Casullo: “Se habló mucho en estos últimos años del ‘giro a la derecha’ y del atractivo de las nuevas derechas radicales populistas, que parecían haber llegado para comerse el mundo. Es un dato positivo, creo, el que estemos empezando a ver los límites de estos modelos: es cierto, son eficaces (¡el populismo sigue funcionando!), movilizan, generan identidades, pero… pierden, y no son mayoritarias. Son un sector más. A competir en elecciones, señores. Y creo que, para la Argentina, no será un mal dato tener que negociar con Biden, que por lo menos en sus primeros dos años va a tener un frente interno complicado. Mejor que la mirada se aleje de Latinoamérica”.

sta fe Salud
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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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