En medio de la cuarentena, sin la certeza del día en que vivimos, lejos del calor de los cuerpos, distanciados de las multitudes aparece el libro Cotillón (Maten al mensajero) de la ilustradora y diseñadora gráfica rosarina Jazmín Varela. La historia ocurre en la última noche del año o, mejor dicho, en la primera de enero de 2019. El lugar es Rosario y la celebración reúne a tres amigues en una casa antigua del centro de la ciudad. Cerca del río Paraná, rendidos al combate del calor, amenazados por los mosquitos, los cuerpos se juntan en un ritual que mezcla comida, risas, abrazos, birra, porro, MDMA y hasta cartas de Tarot, arte que la autora empezó a estudiar hace unos seis años y ya es un tópico recurrente en su obra.

Con una paleta de colores azul y violeta que contrasta con otros tonos, más saturados, la autora logra un clima nocturno y al mismo tiempo psicodélico del que ya nos advertía la contratapa con un spoiler alert:  se está ante una road trip acelerada.

Te puede interesar:

Historietas que recuperan grandes historias

El Colectivo Editorial Aguará rescata las luchas de Latinoamérica y le pone voz a los personajes del Litoral argentino para que unos y otros no sean olvidados. Domitila es su última publicación

Vista desde los días de aislamiento, esta aventura ilustrada de 64 páginas a color propone un viaje alucinado a todo lo que añoramos y hoy no está: les amigues, los cuerpos, las fiestas. Será por eso que Cotillón se convierte así en un libro amuleto capaz de exorcizar, al menos por un rato, la vida puertas adentro.

La idea del libro surgió a partir de otra historieta previa que se llamó Mal flash (publicada en la antología Pibas de In bocca al lupo y Hotel de las ideas). En esa oportunidad la ilustradora contó muy brevemente un viaje de LSD en la playa. La editorial Maten al mensajero le propuso continuarla para llevarla a una publicación en 2019, pero más tarde les pareció mejor idea contar otra experiencia más reciente. Y así nació Cotillón.

A Varela la sedujo empezar un proyecto nuevo porque, por un lado, “tenía los recuerdos más frescos de este último viaje» y, por otro, «porque cambiar la técnica y el lenguaje” es algo que siempre la entusiasma.

“La ilustré durante todo 2019 y principios de 2020. Fue muy lindo trabajarla en la misma casa donde pasó todo porque tenía referencias a mano del barrio, las habitaciones. Volví a algunas fiestas en el mismo lugar para mirar con más atención cómo eran los ambientes y estuve saliendo a ver las cuadras que nos separan y sacaba fotos que después usaba como referencias. Fue un proceso de trabajo tranquilo que me conectó más con el barrio y con la ciudad. Hasta me encariñé mucho con la zona del Monumento”, cuenta.

No es la primera vez que la autora trabaja a partir de un hecho autobiográfico. Lo autobiográfico es una marca en su manera de crear. Jazmín suele tomar una situación de su biografía personal para comenzar la historia que siempre se permite mezclar con algunos elementos de ficción. Ya lo había hecho en Guerra de Soda –la historieta que narra su infancia– pero con una técnica bien distinta a la de su último material. “En esa oportunidad quería prestarle atención a la narrativa porque nunca había trabajado con una extensión larga y me preocupaba que se pierda el sentido de la lectura. Así que elegí hacerlo con líneas simples de birome sobre un fondo de color pleno para no detenerme tanto en la técnica”, dice.

En el segundo trabajo de Varela, que es algo así como una guía para poner en práctica la sororidad (Tengo unas flores con tu nombre), aparecen retratadas escenas de la amistad entre mujeres: la intimidad, el cuidado y autocuidado, la trama afectiva que se teje con las amigas. Cada situación está contada a partir de mezclas de acrílico y biromes de color y cada página parece tener vida propia. Tanto es así que es posible que anden sueltas, en autonomía, casi como lxs protagonistxs de los micro relatos. Y aún al circular solas el sentido no se pierde, por el contrario, se potencia y multiplica.

En el caso de Cotillón las páginas son prácticamente pinturas, y pese a que no hay palabras que hilen el devenir del trío, el fulgor de cada estampa aumenta con el correr del relato.

En marzo Varela viajó a Europa para presentarlo y participar de algunos festivales de cómics. Arribó casi al mismo tiempo que se anunciaba la emergencia sanitaria a causa del covid-19. No estuvo más que un puñado de días y tuvo que regresar a Argentina. “Por suerte todo se dio rápido, me sentí tranquila en ese momento, solo quería estar en mi casa”,  cuenta. De la distopía que empezó a vivir de manera anticipada en España le quedaron, según dice, “imágenes fuertes pero increíbles”. Y agrega: “Tengo muchas fotos raras de los aeropuertos, me gustaría hacer algo con eso”.

En Cotillón todo o casi todo sucede y se concentra en el interior de la casa donde les amigues se encuentran para celebrar. En una cena que tiene mucho de ceremonia comparten drogas, complicidades. Y en ese culto, el de la amistad, con su intensidad y su magia, esta familia afectiva también es anfitriona. Es que en un momento de la noche, invocado o no, aparece El Diablo, uno de los arcanos mayores del Tarot.

La figura, que representa el fuego, trae consigo la promesa de hacer arder el deseo, el sexo, la afectación de los cuerpos y de los sentidos. Guiados por este arquetipo el viaje lisérgico de la tríada amiga se convierte también en una aventura de erotismo y placer. Les amigues se enredan y bailan en una fiesta mientras las calles de una Rosario alucinógena son algo más que el telón de fondo de este trip nocturno de Año Nuevo. Quizás una buena manera de conectar con esta secuencia visual sea dar play a la lista musical, compuesta de un centenar de canciones diversas, a las que se accede leyendo el código QR de la contratapa.

¿Acaso alguien podría haber imaginado aquel 1 de enero de 2019 que el año 2020 nos encontraría distanciados a causa de una pandemia global? Nadie. Ni siquiera Jazmín Varela. Aunque, hay que decirlo, en las últimas páginas del libro hay un trazo visionario. Esa Rosario desierta, sin personas, con las aguas del río que avanzan sobre el asfalto caliente hasta cubrirlo todo, esbozan un Apocalipsis, una revelación que se muestra en el paisaje ausente que alumbra la luna llena.

“No lo tenía muy claro pero me fui dejando llevar. Empezó con una lluvia y terminó con la ciudad hundida o inundada. Pensaba en que cuando se consume MDMA hay momentos en donde el ego desaparece un poco y se experimenta una empatía muy profunda. Creo que en esas situaciones hay algo de uno que se muere o se transforma. Un poco quise representar eso, que hay experiencias que nos permiten dejar ir algo”, dice, y también: «Hay algo premonitorio porque la ciudad se ve vacía durante toda la historia y la aventura sucede puertas adentro”.

El nombre (Cotillón) suena festivo pero no escapa a un núcleo dramático que encierra toda celebración. Flota en la historia un aire de melancolía. Quizás hasta la paleta azul violácea sea la que aporte esa sensación. “Lo miro y me dan ganas de salir, de ir a una fiesta, bailar entre mucha gente e interactuar con otres cara a cara, en ese contexto de celebración», dice Varela. En cuarentena el libro es un extrañamiento pero también un conjuro para el encuentro. Una manera de sentir que todo aquello que queremos está ahí. Se mantiene vivo o, como dijo el poeta, que la vida está en otra parte.

 

 

conectada
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

Ver más