Heralda de varias generaciones, factor y territorio poético, la escritora, traductora, crítica de arte y periodista cultural Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de Poesía por su libro Tálamo, incluido en Viernes. Poesía reunida (1979-2021) que publicó Nebliplateada en 2022.

A propósito de este celebrado premio y de su reciente poemario Sol salvaje publicado por Socios Fundadores, me dispongo sobre mis notas de lectura y recupero un enunciado de sus “Palabras preliminares” en Viernes, donde dice: “Revisar mi biblioteca de antologías se parece al temido ‘repaso de la vida’”. Y lo que se lee, tanto en Tálamo como en Sol salvaje, son poemas que van atrás en el tiempo. También se lee un ejercicio antológico ajustado sobre lo escrito y lo explorado. Hacia adelante aparecen la instrucción perfomativa, el alimento para salir a hacer, la expansión vital en lo reciprocitario y un claro reboot permanente de su obra.

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Beatriz también organiza una genealogía de nombres y geografías de circuitos y paisajes, así como destaca escenas emergentes. Habilita zonas en las que suma autores cómplices en su camino artístico y urbano. Crea nuevos escenarios ampliando su voz, su música y su pensamiento plástico. Aparece en espejo la figura de Janis Joplin, como tejido laxo y cobijante de su onda joven en los 70 y 80. Vimos y oímos esas similitudes, ese montaje sonoro y ámbar. Define, así, una biblioteca y habilita un zigzag en el tiempo y en las relaciones.

En esta conversación se utilizan disparadores o sablazos estimulantes, pero Beatriz desbarata la pretendida entrevista para ofrecer en su lírica un estado agudo y preclaro. Es generosa.

 

***

 

¿Qué podés comentar sobre los poemas dedicados a nombres propios, a colectivos artísticos? En Sol salvaje son casi como llamadas al trabajo mancomunado en la ejecución del poema.

–Establecer una sección “Conversaciones” nos permitió, a las editoras y a mí, definir en mi libro un espacio destinado a esas conversaciones literarias, cuya pista está en las dedicatorias: al poeta Willy Harvey (no in memoriam, porque en lo onírico y en lo visionario lo considero vivo); a mis colegas, a Leandro Comba y al fallecido Adolfo Nigro (artistas plásticos), a dos poetas querides (el inolvidable Edgardo Zotto, y mi amiga María Lanese), y a un amigo de un primo con quien una noche en una fiesta hablamos de una canción de Charly García. Sí, todo lo que aparezca va a ir a parar al poema, si ya tiene forma. “Matamos todo lo que amamos / para vivir”, dice Charly en una canción y el amigo de mi primo la relacionó con algo que decía Oscar Wilde no me acuerdo en dónde, y justo era su fiesta de cumpleaños. Así que me puse a trabajar y fue un poema que me costó; “Poema del tiempo perdido” tiene años de reescrituras encima.

Y sí, organizo una genealogía y una cartografía, algo del orden de un mapa o un álbum, y tu pregunta me lleva a comprender que mi poesía es la forma que encontré de volver estable y consciente, narrable y compartible, mi realidad y la de mis pares, que de otro modo sería un caos sumido en la violencia simbólica que nos es infligida y que no cesa de producir olvido. Más que el periodismo (aunque también lo ejerzo), la poesía para mí articula, organiza experiencia.

 

–Y estos trayectos que definen un territorio Vignoli, ¿también podrían aparecer en poemas de otros libros, como “Cyberia” de Museo del viento?

–“Cyberia” es un poema que tiene muchos años. Pertenece a una serie que empecé cuando vivía en Buenos Aires, hacia fines de los años 90. Me había quedado sin trabajo y sin nada, no tenía más que libros y lecturas. Libros sueltos, sin biblioteca. Por el título entiendo que a lo mejor es del 2000 y ya existían los cybers, esos localcitos con conexión y computadoras en boxes. Lo loco es que si lo leés ahora te va a parecer que lo escribí ayer. Es de este siglo. Una selección de aquella serie constituye la mitad final de Museo del viento (Buenos Aires, Nebliplateada, 2023). Me llama la atención que te llame la atención y pienso que ahí, en ese poema, describo el caos previo a la hechura del mapa poético.

–En Sol salvaje hay un capítulo que es consigna: “Es preciso que ocupes más del mundo ahora”, y en esa sección leemos espinas, haters, dealers, árboles, cementerios, suerte. Así entramos a los secretos y a los pliegues de tu escritura. ¿Qué podés contar sobre esto?

–La consigna: “Es preciso que ocupes más del mundo ahora”, no es estética; es moral, es ética. Señala hacia afuera del poema, en dirección de un afuera extraliterario que siempre les ha dado vertiguito a mis pares generacionales y a mí no tanto, porque me aburre vivir para escribir. Y después hay que agarrarse de la birra y del rock para capear ese vértigo, que busco y que busco sentir: el de una poesía que salga del lenguaje y haga hacer mundo, haga habitarlo. Que no sólo tome nota sino que haga hacer mundo.

¿Manipula así la poeta a su lector? ¿Instiga a romper teatros bailando? No sé. Acá hay que poder decir la mala palabra con p: política. ¿Una poesía ética es también una poesía política? Me hago esas preguntas. Pero vuelvo a las tuyas.

“Es preciso que ocupes más del mundo ahora”, la sección así titulada, la pensé como un Tarot desordenado medio rantifuso: Delfina es La Estrella; los muertos del Juicio Final caben en un teléfono; reverso de Los Enamorados, los haters odiadores de mi antiguo vecindario; el cactus simboliza El Carro pero de niños cartoneros; el Arcano es La Paciente en vez de La Papisa, y La Emperatriz se cree que las cortezas son suaves y que los dealers (del arte) son sus amigos.

 

–¿Cómo se activa la rémora tanto en Sol salvaje como en Tálamo? Hay un gran ejercicio, una práctica artística indicativa en la sección y poema “Liberación por el sonido de la risa” de Sol salvaje, un claro vaivén de instrucciones de uso, con atisbos de violencia incipiente y de otros tiempos, que definen un mapa Vignoli fijado en cierto anacronismo.

–Me gusta decir que Sol salvaje es un “libro-mapa” y si tengo que compararlo con Tálamo, con el que gané el Premio Nacional de Poesía 2025 (¡gracias a la fe que le puso al gesto de enviarlo la editora de Nebliplateada, María Gómez!), puedo decir que Tálamo es un libro-álbum de familia, son postales ancestrales. En estos dos nuevos libros hago algo que no sé si era hasta entonces habitual en mi poesía, y es el esfuerzo de ir más allá del aquí y el ahora: rememorar un pasado con otros, del cual pueda decir algo; más allá de si algo queda, contar con que quedará el poema. Ya no es una poesía tan de la atención al presente como la que hice en Almagro (EMR, 2000, mención en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana). Al comienzo de Sol salvaje pongo dos poemas en los cuales evoco mi adolescencia, cuando me sentía Janis Joplin pero con una dictadura alrededor. Me hacía llamar Julia. Fernando Noy me recuerda de esa época; cuando le conté, tardó un rato en entender que éramos físicamente la misma, pero sabe (y sabe bien) que espiritualmente “Julia” es otra. Mi cuerpo energético, diría Castaneda. Al final del libro hay dos poemas en alejandrinos; el último, inspirado en un sueño que tuve con un artesano de la Plaza Pringles al que le decíamos “Billy the Kid”, remite a aquella época de Julia. El otro es como un retorno desde el anacronismo, desde una parodia seria de Baudelaire, a las grandes ciudades argentinas post-industriales y pre-gentrificadas cuyas instantáneas constituyeron mi serie Almagro, que empecé a escribir en un paseo a Buenos Aires en 1986 o 1987 y que terminé en el 2000, dando cuenta de esos desiertos urbanos circa 1990 que otros poetas contaron de otra forma, como Martín Gambarotta en Punctum o Daniel García Helder en El guadal. En aquellos años del cambio de siglo, fueron mis interlocutores. Después, ya no.

 

–En el poema dedicado a Fabián Casas, “Yo te soñé en un bosque”, hay unos versos que dicen: Yo te soñé en un bosque y vos dijiste: Ahí tenés un poema. ¿Es un poco esta idea que conversamos alguna vez, de “cargar en el verso todo lo que aparezca”? Que también es un verso.

–Empiezo por dos citas. “Es preciso que ocupes más del mundo ahora” es el verso final de mi poema “A Delfina”, que da título a una sección de Sol Salvaje; “cargar en el verso todo lo que aparezca” es un verso de tu libro Te quiero abrazar mucho, que ofrecí como consigna en un taller de poesía que di hace unos años; y sí, lo puse como epígrafe al comienzo de una sección de mi libro Expreso (Rosario, Editorial Biblioteca, 2022). Ambas frases, ambos versos, son consignas o máximas que desde el poema invitan a alguien (o a una misma) a hacer algo. Como surge de la conversación que tuve con Paula Peyseré, Silvia Castro y el público durante la presentación de Sol Salvaje en Buenos Aires el 12 de noviembre de 2025 en el espacio Alcohol (Moreno 1785, CABA), mi poesía tiene cada vez más un costado ético, acaso vagamente moral (moral en un sentido más bien hippie: invitar a caminar, a salir del encierro, a crecer) o pragmático pero pragmático en el sentido lingüístico, es decir, en relación con ese aspecto del lenguaje que no se agota en el enunciado sino que tiende a la acción. Señalo una diferencia entre ambas citas: “cargar en el verso todo lo que aparezca” (esas palabras tuyas que siento como propias) apunta hacia el despliegue de un programa estético. Es una frase propia de un manifiesto, que enuncia una poética planteada en forma previa a su realización. Lo que se pide o se promete es un procedimiento literario. La acción va hacia el poema. En efecto, mi conversación con Fabián Casas fue así, una conversación literaria, entre escritores. “Cargar en el verso todo lo que aparezca” se me aparece ahora como una especie de mandato tácito que desde cierto subconsciente en común parece regular los intercambios entre escritores de nuestra generación, la cual te incluye, como nos incluye a mí o a Casas. Vos lo hiciste explícito y yo me hago eco. Entonces la ley misma de mi conversación con Casas fue esa.

Yo lo había soñado en una casa en un bosque, y mucho después de escribir el poema supe que la de mi sueño era una casita que tenía Mario Varela en el sur, donde se juntaba con sus amigos; me di cuenta al experimentar un déjà rêvé cuando vi el documental de Varela sobre esta generación de poetas en cuestión (al parecer, sí, hay un subconsciente en común). Cuando vino Casas a dar una charla en el Salón de Lectura de la Biblioteca Argentina de Rosario, contó que salía a caminar y llorar en un bosque alrededor del aula donde daba clases, no recuerdo en qué universidad estadounidense, creyendo que nadie lo veía; lo contaba como algo gracioso. Yo lo estaba escuchando entre el público y le dije: “¡Yo te soñé en un bosque!”. Y él me respondió, citando mi frase: “¡Yo te soñé en un bosque! ¡Ahí tenés un poema!”, para gran deleite del público, que vio crearse un poema allí mismo. Téngase en cuenta la rítmica del caso, dos versos heptasílabos, y no me quedó otra que ponerme a trabajar, ya que el mandato de mi poesía también pide “cargar en el verso todo lo que aparezca”.

Bueno, no todo, todo; hay un filtro, que también es regulador. El ritmo, en este caso, operó como un filtro que aportó estructura al poema, cuyo título no pudo ser otro que “Yo te soñé en un bosque”. Otro poema de esa misma sección del libro, “Cómo hacer de uno mismo una casa que conserve el silencio”, tuvo un origen parecido: una conversación también literaria con otro poeta, Santiago Alassia, rafaelino, que acaba de ganar el Premio Pedroni y me alegra mucho porque lo admiro y nos une una admiración mutua, casi que competimos por ver quién admira más al otro. Le pregunto a Santi en un chat, ¿cómo te va? Y me responde: “Aquí ando, tratando de hacer de uno mismo una casa que conserve el silencio”. Comprendí al instante que me hallaba ante un poeta mayúsculo, casi monstruoso, capaz de deslizar poesía en una charla banal, y me puse a escribir el poema tomando como primer verso su frase.

 

–Y acá estamos, volviendo a pensar y a conversar lo que sucede afuera del poema para volverse poema. ¿Cómo se puede “cargar en el verso todo lo que aparezca” desde otros ámbitos y otros tiempos?

–Y en Tálamo está el pasado de la infancia, un lado oscuro del cual (la violencia) me animé a revisitar en mi novela Reverie (Rosario, Ivan Rosado, 2023) y en la segunda parte de mi libro Luz azul (Buenos Aires, Bajo la Luna, 2017), a la que titulé “Carne extraña”; frase que fue otro hallazgo de “cargar al verso todo lo que aparezca”, oída en este caso en la redacción de un diario, y con la que logré nombrar mi propia experiencia sensorial neurodivergente del dolor físico.

En Tálamo escribo sobre el pasado que recuerdo, con sus fantasmas literales y aquella abuela que amé, y aquella otra a quien no conocí pero que me llegaba por relatos; uno de los poemas está fechado en 1961, antes de mi nacimiento. Escribo sobre un reencuentro con la amiga sanlorencina en cuya casa paterna tuvo lugar la experiencia de la contemplación de la bengala rosada que inspiró mi poema “Diciembre 31, 2001”, con el que cierro mi libro Bengala. Y al releer Tálamo, comprendo que mi vida y la de mi madre han sido un largo camino por la Ruta 11. De soltera, cada día, ella se iba desde Rosario a trabajar al Hogar Escuela de Granadero Baigorria en su moto Cushman, su casi última palabra, un trineo Rosebud en el gran final de El ciudadano de Orson Welles, y acá está esto de la revisión de la vida: tuve que revisarla para editar mi poesía reunida de 2022, que incluye una cronología ilustrada que armamos con Marina Maggi.

 

Entonces, retornando al inicio de esta conversación, con tu “temido repaso de la vida”, ¿podemos afirmar que en ese racconto se arma un atlas dinámico y una genealogía, y entre ambos se conforma un mapa pretérito y venidero?

–En esa cronología cuento mis viajes adolescentes a Capitán Bermúdez, a ver a mis amigues poetas ahí; después mi amiga se mudó de Bermúdez a Beltrán. Luego visité a la otra amiga poeta que vive con su hija Delfina en San Lorenzo. Vi pasar “las 3 B” (Baigorria, Bermúdez, Beltrán) desde el Expreso que tomaba de ida y vuelta; de ahí el título de otro poema y otro libro, Expreso. Pero no vi el mapa hasta el viaje más reciente que hice, a Gálvez, el 2 de diciembre en que me enteré del premio, para visitar a un gran artista amigo, Daniel Scheimberg.

Y entonces sí, hay mapas, y sí, el recorrido es en zigzag, no lineal, porque voy tomando apuntes en verso mientras me muevo dando vueltas por ahí; pero además está el espesor de la memoria, están las pérdidas, o los retornos. Y puede que haya un afán mío de construir un rastro de luz que sea legible. (“¡Construir un rastro de luz que sea legible!”. Acá tengo un primer verso…).

 

***

Beatriz conversa, y calla. Sé que tiene mucho más para decir, pero opta por dejar abiertas inquietudes para que sus lectores nos arrimemos sin que todo esté resuelto, habilitando pliegues de exploración en sus versos proyectivos. A la caza de nuevas voces y ritmos, bajo la melena colorada de la poeta total, su obra avanza encendida y fraterna.

***

 

 

Liberación por el sonido de la risa

 

Entonces nuestra carcajada

abrió un espacio de pura potencia, desbaratando

toda relación entre causa y consecuencia,

toda ilusión de peligro.

Un tipo con un arma reglamentaria apuntándonos,

asomado en la horqueta de un árbol junto al río

fue para nosotros lo que era:

una imagen fugaz

de un tipo con un arma reglamentaria apuntándonos

en la horqueta de un árbol junto al río.

La congelamos al detener así el video

de lo que sucedía.

La risa ocupó toda la mente

y el miedo no tuvo lugar.

Vivimos. Él también. Para contarlo.

Sin embargo, callamos.

Cuarenta y cinco años hace que estamos ahí,

aún riendo

para seguir frenando la bala,

aún sabiendo

lo que entonces supimos.

Todo lo perdurable murió en nosotros ese día

y no resucitó más.

 

(de Sol salvaje, Socios Fundadores, 2025)

 

 

Sobre el autor:

Acerca de Lila Siegrist

Nació en Rosario en 1976. Es artista visual, editora, productora cultural. Actualmente es Asesora Experta en Análisis de Gestión Cultural, Jefatura de Gabinete de Ministros, Presidencia de la Nación. Se ha desempeñado como Subsecretaria de Industrias Culturales y Creativas, Municipalidad de Rosario (2015-2018), como Directora Provincial de Comunicación Estratégica, Gobierno de la Provincia de Santa Fe (2018-2019). […]

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