Es muy probable que este fin de semana Italia elija una primera ministra abiertamente fascista. ¿Es una nueva señal de que Europa se encamina a repetir los años 1930, previos a la Segunda Guerra mundial? No necesariamente, según se desprende de este artículo publicado en el New Yorker, en el que se entrevista al principal podcaster de Italia, radicado en Milán. La indescifrable constitución antifascista italiana, la endogamia de los medios principales y los hábitos de una sociedad en extremo burocrática explica –siempre de acuerdo a los interlocutores de esta nota que tradujimos– las alarmas sobre un resurgimiento de las huestes musolinianas. P.M.

A mediados de agosto, mi esposa y nuestros dos pequeños hijos fueron a visitar a su familia en Milán. Llegamos al aeropuerto de Malpensa al amanecer y nos dirigimos al control de pasaportes, donde el oficial de inmigración, como es costumbre entre los funcionarios públicos en Italia, parecía vagamente molesto porque interrumpíamos algún negocio importante que estaba haciendo con su teléfono. Mi esposa entregó dos pasaportes italianos, para ella y nuestro hijo de cinco años, y dos estadounidenses. El estado de ánimo del oficial mejoró de inmediato: ahora ya no éramos simplemente una distracción no deseada de sus asuntos privados, sino una categoría mucho más interesante de personas a las que estaba legalmente obligado a reprender. Nuestro hijo de dos años, explicó gravemente, estaba violando la ley. Como era ciudadano italiano por nacimiento, necesitaba un pasaporte italiano; los pasaportes estadounidenses, siguió, no llevan los nombres de los padres y, por lo tanto, no tenía forma de saber que el niño, que tiene mi apellido, era también de ella.

Mi esposa, acostumbrada desde hace mucho tiempo a tales trampas burocráticas, mostró un escaneo del certificado de nacimiento de nuestro hijo. El proceso de obtención de un pasaporte italiano, explicó con una serie de complejos gestos con las manos, ¡fue tan arcano y tan oneroso! Nuestro hijo de dos años nació en el primer año de la pandemia, continuó, y se sabes cómo eran los procedimientos administrativos italianos: tenías que ir a una oficina para obtener este formulario y luego a otra oficina para obtener el sello adecuado, y el consulado en Nueva York parecía estar abierto para tales servicios solo cada tercer miércoles. El hombre finalmente se permitió una sonrisa conmiserativa: sabía cómo era. Mirá –nos mostró– era un buen tipo, así que nos iba a dejar pasar esta vez. ¡Pero teníamos que tener cuidado! Si tuviéramos la desgracia de encontrarnos con un oficial más severo al partir, se nos podría negar la salida del país. Cuando nos fuimos, unas dos semanas después, nos encontramos con otro tipo inusualmente servicial dispuesto, claro, a romper las reglas solo esa vez.

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Lord Byron comentó una vez que, en Italia, “no hay, de hecho, ninguna ley o gobierno en absoluto; y es maravilloso lo bien que van las cosas sin eso”. Hoy, Italia tiene un gran gobierno con una cantidad asombrosa de leyes, de diez veces más que Alemania, y el país está lleno de personas brillantes e industriosas que dedican una enorme cantidad de tiempo y energía a romperlas creativamente. Este problema ha sido un tema recurrente para Francesco Costa, un periodista de treinta y ocho años que se ha convertido en los últimos años en un fenómeno de los nuevos medios. Los medios italianos, al igual que el gobierno italiano, están compuestos en gran parte por instituciones aburridas e insulares, lugares más interesados ​​en sí mismos y en la preservación de su propio estatus que en sus lectores. Costa, quien comenzó como un bloguero y un podcaster outsider, fue avalado como una influencia modernizadora en el papel del reportero en la sociedad civil italiana.

Bravissimo

El podcast diario de Costa, “Morning”, que se pronuncia con una “R” casi silenciosa y una vocal fantasma al final, atrae a una audiencia intensamente devota, especialmente (pero no exclusivamente) entre la élite liberal del país. El programa, que aparece bajo los auspicios de Il Post, el sitio de noticias donde Costa se desempeña como editor adjunto, es solo para suscriptores, una rareza en un país donde las propiedades de los medios han tardado en adoptar nuevos modelos de negocios que se han vuelto comunes en otros lugares. El joven novelista italiano Vincenzo Latronico me dijo: “Hay periodistas que han sido atrapados copiando piezas de otros lugares y que todavía están escribiendo editoriales de primera plana en los principales periódicos; es una cultura tan diferente que es difícil incluso de explicar. El periodismo de Costa estaría en un alto nivel en los EEUU, pero en Italia está muy por encima de lo que ofrece el noventa y nueve por ciento de los otros medios. Es como si viniera del espacio exterior”. La presunción y el funcionamiento del podcast son simples: la alarma de Costa suena a las 4:45 am, lee hasta diez diarios en la siguiente hora y media, y se sienta en la computadora de su casa para grabar un resumen, con un seco pero editorializado comentario de las noticias del día. Borra las sirenas de las ambulancias de afuera de su apartamento, reduce el episodio a treinta minutos y exporta el archivo él mismo. “El objetivo es salir a las 8 am”, me dijo recientemente. Continuó con el encogimiento de hombros nacional: “A veces son las ocho, a veces cinco minutos antes, a veces cinco minutos tarde”. En un país dividido por la frustración intergeneracional, tiene una base de suscriptores inusualmente amplia: los boomers lo respetan y la juventud lo acosa sociopáticamente. (Cuando mi esposa envió un mensaje de texto a su grupo de chat de profesionales expatriados italianos para decir que estaba escribiendo sobre él, la respuesta fue una avalancha de emojis con ojos de corazón). Luca Sofri, uno de los primeros blogueros destacados de Italia y ahora colega de Costa en Il Post , me dijo que es principalmente el talento singular de Costa lo que le da a lo que parece una mera reseña de prensa una influencia tan inusual sobre su audiencia. “Francesco es simplemente bravissimo”, dijo.

En un momento de perpetua agitación política italiana, Costa no solo agrega y procesa noticias desconcertantes (sobre precios del combustible o procedimientos electorales) con una claridad poco común, sino que también aborda la política nacional desde direcciones oblicuas, habla del estado espiritual del país con franqueza y humor negro. Llegué a Milán en la cola final de las vacaciones de agosto, cuando cualquiera con recursos abandona las ciudades a los turistas, y Costa dedicó una mañana los comentarios preliminares de su podcast a una historia típica del melodrama costero italiano. El episodio se llamó “No hay necesidad de una ley para todo”. Las fuerzas del orden habían comenzado recientemente “razias sorpresivas”* y recorrían las playas públicas en busca de “reservas” ilegales –lugares donde los vacacionistas habían llegado antes del amanecer para dejar sus toallas o sombrillas e irse a casa a dormir hasta el mediodía, de modo que las personas que llegan a la playa a una hora razonable no encontraran un lugar para tomar el sol.

La historia, dijo, lo llevó a considerar la actividad del personal encargado de hacer cumplir la ley que tenía que realizar estas “razias sorpresivas”. No fue solo el tiempo que dedicaron a encontrar a los delincuentes sino el tremendo desperdicio que le siguió:

Una enorme cantidad de papel, de firmas, de sellos, de autorizaciones, de órdenes de servicio para decomisar quince sombrillas y luego, por cada una de estas quince sombrillas, imagínense la cantidad de papeleo sin sentido que se requiere para decir: “Hemos decomisado en fecha X una sombrilla con un diseño de corazoncitos y florcitas”, e imagínense que todo este operativo se repitiera por cada sombrilla, toalla y reposera que habían sido incautadas, en cada playa donde las fuerzas del orden, en lugar de dedicarse a cosas que consideraríamos mucho más importantes, tenían que dedicarse a estas inspecciones.

Imagínese todo eso, expuso a sus oyentes mientras tomaban su café matutino y su brioche, “multiplicado por todas las demás operaciones burocráticas superfluas, redundantes y costosas que nos vemos obligados a enfrentar a diario”. Su voz, aunque todavía seca e inexpresiva, adquirió una urgencia creciente. “Tenemos una ley que simplemente dice que no puedes poner tu sombrilla en la playa por la noche, pero sí después de las 6 am. Pero, ¿hay necesidad de una ley? ¿Debe haber una ley para que adoptemos un comportamiento de modales básicos? , es decir, no ocupes un lugar que no estés usando en una playa libre, y no lo hagas ni la noche anterior ni a las 6 de la mañana?” Y continuó: “¿Tienen las fuerzas del orden en Noruega que llevar a cabo tales ‘racias’?” Preguntó: “¿O no sucede porque a nadie se le ocurre hacer tal cosa?”

Pidió perdón a sus oyentes por algo que podría parecer tan irrelevante, pero esperaba que hubieran entendido el espíritu de lo que pretendía decir. “Estamos en campaña electoral, todos los días estamos confrontando y adjudicando promesas para aprobar tal o cual ley”, dijo. De fondo, comenzó a sonar “Gimme Shelter”, el tema de “Morning”. “¿Estamos seguros de que todo este comportamiento, estas cuestiones de urbanidad y buenos modales básicos, puede o debe ser impuesto por una ley?” ¿No podría depender simplemente de nosotros, concluyó, “evitar una situación en la que la policía tenga que ir a las playas para verificar quién puso su sombrilla, su silla de playa o su toalla en una playa pública para ocupar indebidamente un lugar? En otras palabras, ¿por qué no intentar simplemente regularnos? Esto es ‘Morning’. Empecemos”.

Mal vestidos

A uno o dos días de la emisión de ese episodio, una mañana, conocí a Costa –que es delgado y calvo y habla con un pronunciado acento siciliano– y tomamos un café. Nos sentamos en un bar no muy lejos de su oficina, en la Zona Tortona de Milán, un antiguo distrito industrial renovado para apoyar a los sectores de la moda y el diseño. Me dijo: “Se nota que somos periodistas porque somos las personas peor vestidas para el almuerzo”, aunque él mismo ha adoptado un estilo milanés despreocupado e inteligente. A diferencia de los tradicionales bares milaneses de latón y mármol, donde se puede tomar un café por la mañana y una copa por la noche, o viceversa, este era un espacio aireado, de techo alto, con mesas grandes dispuestas para la cohorte de computadoras portátiles.

Costa creció y se educó en Catania, en la base del monte Etna. En 2008 abandonó la escuela de periodismo en Roma e instaló una tienda de campaña en una comunidad para vacacionar junto a un lago, donde escribió un blog sobre la primera campaña de Obama con un entusiasmo inigualable. Envió cartas de consulta a docenas de periódicos, pero en ese momento carecía de las conexiones personales necesarias para unirse a la élite mediática. Como muchos otros jóvenes ambiciosos del empobrecido sur, se mudó a los veinte años a Milán, donde se mezcló con una tribu emprendedora de inmigrantes recién llegados. Desarrolló una reputación como un joven periodista que explicaba Estados Unidos a su generación de italianos. (Su tercer libro sobre los Estados Unidos, sobre los problemas que enfrenta California, se publicó la semana pasada y ya se encuentra en la cima de las listas de los más vendidos). En un tiempo relativamente corto, pudo mantener su blog con donaciones colectivas. Inspirado por el éxito de programas como “Serial”, recurrió al audio, primero con “Da Costa a Costa” (“De costa a costa”), un juego de palabras con su nombre, que se convirtió en la primera sensación de podcast nativo de Italia.

El año pasado, comenzó “Morning”, que describe como un trabajo paralelo a su papel en Il Post, una organización de noticias que sólo está online cuyo lema es Cose spiegate bene o “Las cosas bien explicadas”. Aunque señaló que el sitio, que Sofri fundó en 2010, fue cuatro años anterior al establecimiento de Vox, me dijo que sus innovaciones no eran nada nuevo. “No es que fuera un genio. Solo estaba en contacto con lo que estaba sucediendo en los EEUU, en blogs y podcasts, y simplemente copié lo que estaba funcionando en otros lugares”. En Italia, sin embargo, esto fue una revelación. Se daba por sentado que los medios establecidos escribían en gran medida por y para sí mismos. “Usan una jerga que la gente nunca usa y no entiende”, dijo. “No proporcionan contexto alguno”. Las publicaciones cometían errores de forma rutinaria, por los que rara vez se molestaban en disculparse o corregirlos. Más importante aún, no ocultaron sus afiliaciones políticas (un senador de centroizquierda describió una vez a La Repubblica como “nuestra Pravda”) y rara vez se detuvieron en la hipocresía rutinaria que ha sido endémica durante mucho tiempo en la vida política italiana. El modelo de negocio de Il Post era precisión básica, firmeza y comprensibilidad. “Nos propusimos explicar todo como si el oyente tuviera cinco años”, dijo Costa. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en una de las pocas fuentes a las que los italianos podían acudir en busca de explicaciones directas de las maquinaciones deliberadamente ilegibles de la política nacional. En julio, el gobierno interino de Mario Draghi, medianamente popular –el tercer banquero-tecnócrata no electo reclutado para dirigir el país desde la década de 1990–, fue derribado por la abrupta (y, dado que casi todos los partidos ahora se postulan en un continuación de sus políticas económicas, en gran medida sin sentido) retirada de apoyo de los socios menores de la coalición, y de la noche a la mañana Costa se encontró dando cobertura diaria de las elecciones anticipadas, que se llevarán a cabo el 25 de septiembre.

Para cualquiera que haya prestado una mínima atención al tratamiento de la situación política en Italia por parte de la prensa anglófona, la broma de Costa sobre los paraguas y los buenos modales básicos podría parecer una reacción simplista a una crisis inminente para la democracia europea. En la última década, Italia, junto con muchos de sus países pares, ha sido desestabilizada por movimientos populistas de derecha e izquierda. Ahora, a muchos observadores extranjeros les parece que el próximo gobierno de Italia será fascista. Las encuestas han sido estables y una victoria decisiva está casi asegurada para la llamada coalición de centro-derecha encabezada por Giorgia Meloni, quien sería la primera mujer Primera Ministra de Italia. No es difícil comprender por qué Meloni trae a la mente el fascismo. El partido que ella cofundó, Fratelli d’Italia, surgió de las cenizas del Movimento Sociale Italiano (MSI) de Italia, la reconstrucción de posguerra de la base de Mussolini. Su partido ocupa la antigua sede del MSI en Roma, ha conservado su simbolismo, una llama tricolor, y con frecuencia se refiere a Dio, patria, famiglia o “Dios, patria y familia”. Muchos de sus seguidores han adoptado el saludo romano de brazos rígidos asociado con Il Duce, con el endeble pretexto de que es un desarrollo higiénico a raíz del covid. La nieta de Mussolini, Rachele, es miembro del partido y miembro del consejo de la ciudad de Roma.

Fascismo

No hace falta decir que ninguna de estas cosas pasa desapercibida para el público italiano. Pero Costa cree que el tropo del fascismo –promovido no solo por la prensa extranjera sino también por una coalición de centroizquierda desesperada por obtener el apoyo de un bloque que de otro modo estaría descontento– no solo es exagerado sino inútil. Es extraño que la única historia de la prensa extranjera, dijo, en un episodio reciente, haya sido presentar “todas las elecciones italianas como una lucha contra el inminente retorno del fascismo”. Esto no quiere decir que Costa se haga ilusiones sobre lo que significará una coalición liderada por Meloni en el poder. “Existe el riesgo muy real de que tengamos un gobierno de extrema derecha, especialmente en lo que respecta a los derechos civiles”, dijo. “Puede que no sea fascista, pero definitivamente da miedo”. Su liderazgo será particularmente malo para los migrantes y sus hijos, para quienes no hay camino hacia la ciudadanía, y para la comunidad LGBT; durante años, la derecha italiana ha buscado restricciones al aborto, y la reciente decisión de Dobbs, en los EEUU, ha hecho que la perspectiva de nuevas leyes contra el aborto en otros lugares sea cada vez más plausible. Costa no descartó las ramificaciones de la regresión cultural. La derecha italiana es nostálgica sin disculpas, y su objetivo principal es mettere l’orologio indietro: hacer retroceder el reloj a tiempos más simples.

Pero no hay mucho más que una administración de Meloni pueda hacer. Después del Brexit [acá nuestra lectura], la derecha italiana se retiró de los discursos sobre abandonar la Unión Europea (UE). A partir de este año, Meloni, de repente, apoya a las sanciones contra Rusia y a la OTAN. Tiene poco espacio para negociar en asuntos internacionales. La pandemia trajo miles de millones de dólares en fondos de ayuda de la UE, y Meloni no puede permitirse poner en peligro su relación con Bruselas y Frankfurt. Aunque Italia ha tenido un superávit presupuestario durante la mayor parte de los últimos veinte años, el país tiene una deuda pública de aproximadamente el ciento cincuenta por ciento del PIB, y depende del respaldo europeo para mantener las tasas de interés manejables. Si Italia no cumple con las reformas presupuestarias y administrativas ordenadas por la UE a cambio del alivio de emergencia por la pandemia, las tasas de los bonos aumentarán y es posible que el nuevo gobierno no dure ni un año.

“¿Será Italia un estado policial? No”, me dijo Costa. “¿Estará muy mal administrado? Sí.” Todo el mundo está de acuerdo en que el país tiene problemas reales y serios —con pensiones, impuestos, tribunales— y Meloni no ha ofrecido prácticamente nada en cuanto a propuestas manejables para resolverlos. Pero Costa ya no tiene fe en la centroizquierda, que ha gobernado durante gran parte de los últimos quince años sin haber conseguido nunca un mandato popular ni haber hecho nada apreciable. Todo lo que esos partidos saben hacer, dijo, es hacer sonar la alarma sobre el avance del totalitarismo. Bajo Silvio Berlusconi, la principal promesa electoral de la oposición fue “Al menos no somos ese dictador”, me dijo Costa. (Como dijo en un episodio reciente: “Aquellos que se opusieron a Berlusconi lo acusaron de seguir al putinismo, de tener ambiciones dictatoriales, ese tipo de cosas, eso era legítimo”). Pero Berlusconi dirigió el país de forma intermitente durante unas tres décadas y, aparte de la carrera ciega hacia el abismo de la cultura popular, prácticamente no dejó huella alguna. (Durante el verano, se unió a Meloni y si ella gana, él regresará al gobierno una vez más; en un esfuerzo por volver a presentarse a los votantes jóvenes, recientemente se unió a TikTok). Ahora la centro-izquierda ha girado hacia “Somos nosotros o los fascistas”, explicó Costa. Esto no es alarmismo desquiciado: si una coalición entre Meloni y Matteo Salvini, el líder del antiinmigrante Partido Liga [del Norte], obtiene una mayoría de dos tercios en el parlamento, como es posible, podrían, en teoría, reescribir la constitución sin un referéndum, pero su oposición carece de una visión positiva propia para ofrecer a los votantes. Durante mucho tiempo, el fascismo le ha dado a la centro-izquierda una tapadera para su propio agotamiento e ineptitud; si hay una lección relevante para otras democracias occidentales, podría tener menos que ver con el fascismo en sí que con una exageración de la amenaza que representa. “Pero el desastre es lo habitual en la política italiana”. Costa suspiró y levantó las manos. “Tenemos estos debates constantes y nada cambia nunca”.

Chantaje

Este es precisamente el problema. La estructura política de Italia se creó para evitar que cualquier facción obtuviera el tipo de poder que tenía Mussolini. Como me dijo John Foot, el destacado historiador británico de Italia: “La constitución hace que sea muy difícil hacer mucho en Italia. Para eso fue construida, para evitar que la gente haga cosas, y cumple con su trabajo”. El sueño de la política de coalición se ha reducido principalmente al arte del chantaje: ricatto es una de las palabras más comunes en los comentarios políticos italianos. Desde la década de los noventa, el gobierno ha cambiado las leyes electorales del país en cuatro ocasiones, con la esperanza de que algo más cercano a un sistema mayoritario pueda hacer que el país sea más estable en la gobernabilidad. Uno de los temas habituales de Costa es que la ley electoral más reciente, que implementó un sistema híbrido, es tan complicada que nadie tiene idea de cómo funciona realmente. El resultado, me dijo, es que no hay rendición de cuentas en el sistema en absoluto. “Nosotros no podemos elegir a nuestros representantes, no hay primarias, los líderes de los partidos deciden todo, sabemos de antemano quién va a ganar. Esto crea la sensación de que mi voto es totalmente inútil. Piense lo que piense, realmente no puedo cambiar nada”.

Lo único que ha despertado de forma fiable al público de su apatía es la novedad. “Los votantes italianos se sienten atraídos por lo nuevo”, dijo Costa. “Primero Matteo Renzi era nuevo. Entonces Movimento 5 Stelle era nuevo. Luego Matteo Salvini. Todos logran una gran popularidad en un corto período de tiempo y luego la pierden con la misma rapidez. Ahora Meloni es el objeto nuevo y brillante de la política italiana…  Existe la sensación de que el gobierno más aterrador solo durará uno o dos años, entonces, ¿qué tan malo podría ser? Pero la parálisis política de Italia, admitió con tristeza, podría tener sus beneficios. “Es deprimente, pero, con todos sus defectos, también puede ser tranquilizador. La política en los EEUU da un poco de miedo, ¿ahora es un lugar donde ocurre un golpe de Estado?

Para Costa, destacar el tema de las toallas de playa depositadas al amparo de la noche no es abjurar de la política; tal como él lo ve, la disfunción cultural de la sociedad civil está a la vez aguas arriba y aguas abajo de la disfunción política concurrente. Como lo ha descrito el politólogo florentino Antonio Floridia, existe un círculo vicioso en el que los constantes lamentos sobre la inadecuación constitucional erosionan la legitimidad de la democracia italiana, y la erosión de la democracia italiana sanciona la sospecha de que toda la gente razonablemente espera que todo lo que puede hacer es cuidarse a sí misma. La ruptura total de la confianza se ha perpetuado autónoma.

En el bar, Costa hizo un gesto hacia el lugar. “Para abrir un bar en Italia hay que rellenar doscientos formularios. Y aquí estamos en Milán, la ciudad italiana más rica, dinámica y moderna —el resto de Italia se burla de nosotros por comer sushi y beber Starbucks— e incluso aquí tenés que andar con dinero en efectivo en el bolsillo”. Muchas tiendas, especialmente fuera de las ciudades más ricas, no aceptan tarjetas de crédito y no te van a dar un recibo, porque no pueden permitirse pagar impuestos y mantenerse en el negocio –aunque la pérdida de esos ingresos para la economía subterránea es parte de lo que mantiene los impuestos tan altos en primer lugar. Costa explicó: “Cada uno hace las paces en privado con el hecho de que el país no funciona bien”. El amiguismo y el nepotismo se han convertido, en tales circunstancias, en estrategias racionales para la supervivencia individual. El interés propio ha sido consagrado como estatuto. Y siguió: “Teníamos una ley que permitía a las empresas bancarias enviar a los trabajadores a la jubilación por adelantado y contratar a sus hijos e hijas. ¡Tu trabajo aquí es hereditario!” Y siguió: “Teníamos a este tipo muy famoso, Piero Angela, que era extremadamente popular en la televisión, como nuestro David Attenborough. Ahora el chico más popular de la televisión es Alberto Angela. ¡Para ser el nuevo Piero Angela, tienes que ser el hijo del viejo Piero Angela!” Para aquellos que han inventado su propia forma despiadada de hacer que las cosas funcionen, no hay ningún incentivo para cambiar el statu quo. Dijo Costa: “Como decimos, lo importante es que me cuido y sigo quejándome”.

Ineficiencia

Costa reconoció que la legendaria ineficiencia del país es, en medio de la invasión del monocultivo global, parte de su atractivo perdurable. “Ustedes en Estados Unidos odian perder el tiempo, tienes autoservicio en todas partes, les encanta ser organizados y eficientes. A nosotros nos encanta tomarlo con calma, la bella vita”. Los turistas admiran la idea de que los italianos todavía compran su pan en la panadería y su queso en la quesería y su fruta en el puesto de frutas. Pero pasan por alto el hecho de que, para funcionar, los italianos necesitan no solo un quesero y un vendedor de frutas, sino también una serie de ayudantes personales para realizar las tareas básicas. Todos están acostumbrados a su propia improvisación, y no existe un electorado natural para la transparencia. “No hay forma de evaluar a los maestros ni a los trabajadores públicos. La única forma de obtener un aumento en el sector público es a través de la antigüedad: no se puede pagar más a las personas talentosas o trabajadoras, lo que incentiva a las personas a hacer lo mínimo. Cuando conseguís un nuevo trabajo, tus compañeros de trabajo te dicen que no hagas demasiado, que no sorprendas al jefe, porque de lo contrario les pedirán que hagan lo mismo”, dijo Costa. Esa falta generalizada de rendición de cuentas es una de las razones por las que la política italiana ofrece pocas esperanzas a los ciudadanos italianos, que ven la política como un escenario más en el que los ganadores son los que depositaron sus sillas de playa la noche anterior.

Costa ve su podcast y su trabajo en la sala de redacción de Il Post, en parte, como un esfuerzo por construir, aunque solo sea a pequeña escala, una comunidad que represente el tipo de sociedad civil consciente que le gustaría ver. Los políticos deben estar sujetos a estándares significativamente democráticos, y la única forma en que los medios tendrán la credibilidad para hacerlo es que los propios medios estén genuinamente abiertos a la crítica de una manera nueva. “Recibo retroalimentación constante en vivo, leo cada correo electrónico y cada mensaje en las redes sociales, y cuando me equivoco, me avisan”, dijo Costa. Admitió que no era lo ideal para su salud mental, pero vio la oportunidad de crear una comunidad que pudiera servir de modelo. “Podés crear fácilmente un gran número de seguidores todos los días simplemente gritando contra Salvini. Pero eso no es lo que quiero. Estoy jugando un tipo diferente de juego”.

Entendió que existía el peligro de que estuviera halagando a su audiencia –de que no podían ser ellos, la élite liberal, los que bajaban a la playa antes del amanecer para colocar sus sombrillas. Pero probablemente tenían esos impulsos, dijo, y él también; en ausencia de un sentido de lo colectivo, cuidar de uno mismo se sentía como la única forma. No quería sonar mojigato. “Puede ser insufrible si se pierde el tono correcto”, dijo. “Esto es algo que hago a las 6 am en pijama. Me preocupa que pontifico** —¿tienen esa palabra: hablar como el Papa? Pero trato de ser el adulto en la sala sin ser insoportable, criticando a los demás sin ponerme en un nivel superior”. Encontró su propio éxito incómodo, pero lo tomó como una señal de que en el corazón de su relación con su audiencia había un sentido mutuo de fidelidad. “Realmente no sé por qué este amplio público está escuchando este podcast, básicamente soy yo”, dijo. “Pero al menos trato de demostrarlo con mi propio ejemplo”.

* El término en inglés es blitz: bombardeo sorpresivo –a partir de los bombardeos alemanes sobre Inglaterra a principios de los 40–; en español no hay una traducción exacta, por eso se eligió una aproximación a partir de las incursiones policiales en lugares públicos de fines de los 70 y principios de los 80.
** En italiano, que es igual en español, en el original.

Nota bene: Se respetaron todos los hipervínculos de la edición original en inglés en The New Yorker y se agregaron otros para facilitar el contexto. Traducción y edición de Pablo Makovsky.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Gideon Lewis-Kraus

Redactor de The New Yorker. Escribió en la revista New York Times, colaboró en Wired y fue editor colaborador de Harper’s. Creció en Nueva Jersey, asistió a la Universidad de Stanford y obtuvo una beca Fulbright en Berlín. Es el autor de las memorias A Sense of Direction y del Kindle Single No Exit. Su […]

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