Pilar Calveiro estuvo la semana pasada en Rosario para participar del tercer encuentro “Memoria y relatos: Biopolítica y Arte”, que se desarrolló en varios lugares y tuvo uno de sus centros en la muestra Traducir el desborde. Una poética feminista, de Julieta Hanono, que se inauguró el jueves pasado en el Museo de la Memoria.

El viernes 30, una exhausta Pilar Calveiro cerraba cerca de las nueve de la noche ese encuentro junto con Susana Rosano (coordinadora de la actividad) en el Centro Cultural Parque de España, entre un público formado y nutrido que se había desentendido de la tormenta que hasta las 20 azotó a Rosario.

Calveiro, nacida en Buenos Aires en 1953, se doctoró en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de México, donde se exilió tras haber permanecido secuestrada en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) durante la dictadura militar vernácula. En Poder y desaparición: los campos de concentración en Argentina (1998) nos enseñó su experiencia personal y su vocación teórico-crítica para pensar los límites de lo político. Su idea de lo concentracionario –que es hoy día actual y visible en distintos lugares– es tal vez el eje de este breve diálogo en el que debería tenerse en cuenta su conferencia, en la que se refirió a las experiencias comunitarias que conservan su autonomía en el contexto del gobierno de transición mexicano, entre el régimen del saliente Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador (Amlo): “López Obrador dijo que iba a respetar las autonomías y creo que debería aprovechar este momento para el fortalecimiento de estas autonomías, no para su subordinación (al Estado). Hay planteos que son interesantes, como la legalización de la marihuana, o del cultivo de amapolas, son cosas que tienden a debilitar las economías criminales”, dijo cuando alguien preguntó sobre sus expectativas con respecto a Amlo. También dejó en claro que todos esos centros de atención globales distraen de la verdadera resistencia al sistema imperante actual, y que en lo local, en las breves e intensas luchas por sostener comunidades con fuerte presencia indígena, que en México se presentan como ajenas a partidos políticos –“los partidos parten, como su nombre lo indica”, dicen–, hay una clave para pensar y replicar. “Tengo expectativas de que puede haber una transformación importante en México en este sentido”, dijo.

Y también: “Creo que el neoliberalismo, aunque tiene un discurso aparentemente pacificador y tolerante, es profundamente violento y sus violencias circulan de distintas maneras. Por un lado hay toda una violencia estructural atroz, porque genera sociedades fuertemente polarizadas y, por otro lado, tiene violencia represiva, porque es muy intolerante con la disidencia, con los movimientos sociales. Y también es violento por su articulación con las redes mafiosas, porque no es un evento aislado la articulación entre el estado y las redes criminales de México, sino que eso, de distintas maneras, está ocurriendo en diferentes países y tiene que ver con que los tráficos ilegales son altamente rentables y en esa medida son funcionales al neoliberalismo, que se centra sobre todo en hacer de la manera más eficiente la acumulación, en acelerar los procesos de acumulación y de concentración”.

—En tu libro Política y/o violencia escribiste que Argentina era un caso bisagra hacia lo concentracionario global. ¿Cómo definirías hoy lo concentracionario?

—A mí me interesa observar las formas de organización de lo represivo porque creo que eso da cuenta de las características del poder. Las características del poder se pueden visibilizar claramente en las formas de organización de lo represivo. Cuando trabajé el tema de los campos de concentración en Argentina, que insisto en llamarlos así porque tienen los rasgos de los concentracionario, aunque aquí se los llame Centros Clandestinos de Detención, y está perfecta esa denominación también, pero fueron espacios concentracionarios. Lo que observé en ese momento es que tenían ciertos rasgos que coincidían con los campos de concentración nazis pero otros no: en lugar del hacinamiento tenías el aislamiento, en lugar del trabajo forzado tenías la inactividad absoluta, aparecían cosas que no había en los otros como la obturación sensorial: tapar los ojos, estar en espacios que te desorientaban en tiempo y lugar, etcétera. Entonces eso me quedó allí. Cuando después trabajé en Violencias de Estado las formas actuales de lo concentracionario, es decir Guantánamo, pero también las denuncias que hay sobre los llamados sitios negros de la CIA y, de alguna manera, también Abu Ghraib, que era un lugar que, aunque era una cárcel legal, lo que apareció en las denuncias era todo lo que se refería a las detenciones ilegales dentro de esa prisión, que operaba como un campo de concentración. Así que observé que ya había estas otras técnicas, basadas principalmente en el aislamiento radical, en la obturación sensorial, en prácticas que combinaban la tortura física con formas de tortura psicológica, etcétera, entonces ahí fue cuando pensé que se podía pensar a la Argentina en los 70 como un caso bisagra entre aquella modalidad concentracionaria de la primera mitad del siglo XX y estas otras formas de lo concentracionario que ya aparecen en el contexto de la globalización neoliberal (el enlace lleva a la esencial Breve historia del neoliberalismo de David Harvey). Argentina es una caso bisagra en ese sentido: cierra una forma de lo concentracionario y abre otra modalidad.

—Hace poco, en una entrevista, un teórico brasileño decía que Argentina tiene una memoria institucional por lo cual veía muy improbable un ascenso de un Jair Bolsonaro como en Brasil, vos que, para decirlo sin rodeos, expresaste que la memoria no sólo puede dirimirse en la cuestión jurídica, ¿qué opinas de eso?

—A lo que yo llamo memoria no es algo institucional. Sin embargo uno puede hablar de que hay una memoria institucional, podríamos decir que las instituciones tienen una experiencia, hacen aprendizajes y de alguna manera lo guardan. A eso lo podríamos llamar una memoria institucional. Ahora, pienso primero que las experiencias no se repiten. Segundo, creo que el neoliberalismo tiene distintas caras, distintas versiones. Desde luego la versión Bolsonaro o la (Donald) Trump son de las versiones más desnudas, porque no es que sean sustancialmente muy diferentes, pero son mucho más explícitas. Entonces, en ese sentido, son terribles, porque al ser tan explícitas habilitan y autorizan prácticas como el racismo abierto, etcétera. Sin embargo, creo que en cada sociedad el neoliberalismo adopta las formas que son funcionales a esa sociedad. Me parece que, por lo menos en este momento, para Argentina es mucho más viable un Macri que un Bolsonaro, pero en el fondo el modelo no es muy diferente. La matriz que conforma lo neoliberal creo que está presente en las dos modalidades.

—Hay un proceso muy grande de desligitimación de toda violencia que no sea la estatal y, a la vez, según los autores que leo, el neoliberalismo sólo puede conducir a una especie de fascismo, ¿cómo analizás ese tratamiento de la violencia?

—Justamente, una de las cosas que ocurren, y eso ocurre desde fines de los 70, desde las derrotas de los proyectos que entonces concebíamos como proyectos revolucionarios, y que algunos de ellos eran proyectos armados; esa derrota dio lugar a un discurso que fue tomado por la institucionalidad, por las democracias –sobre todo las más formales y menos participantes–, fue tomado también por la academia, que de alguna manera planteaba una suerte de transparencia del poder que es absolutamente falsa. Entonces, desde esa supuesta transparencia del poder se rechazaba cualquier forma de violencia en la sociedad y, por lo tanto, lo único que habilitaba era la violencia estatal, que se pensaba siempre como violencia legítima, porque provenía de una democracia que era transparente, pero resulta que esas democracias no son democracias, son más bien oligarquías, de transparentes no tienen nada o son terriblemente violentas, pero las otras violencias son absolutamente negadas, Quiere decir que lo que se legitima, lo que se convalida con ese discurso pacífico es la violencia del estado como única violencia posible. Entonces, se arma un relato pacificador de la política que es mentiroso. Y aquí traigo la cuestión de estas experiencias que son armadas.

—¿Las de México?

—Las de México, que no intentan tomar el aparato del Estado, pero son armadas para defenderse. Entonces, eso nos muestra como un caso muy especial de violencias que vienen de la sociedad civil y que sin embargo son violencias resistentes a las otras, no son violencias que lo que intentan es potenciar la violencia. Son violencias que se defienden de extraordinarias violencias que tiene este sistema que son la estatal, la estructural y las criminales, que están protegidas por el estado. Pero esta forma de escándalo contra cualquier forma de violencia, el hecho de que se pinte una pared durante una movilización parece que es una forma de violencia es absolutamente hipócrita porque ocurre en el contexto de sociedades que son muy violentas y terminan validando la violencia del Estado, entonces cualquier práctica que salga de las del Estado debe ser reprimida y así se justifica la violencia del Estado.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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