“¿No estás tú también
un poco sucio de letras 
y un poco sucio de ciudad?”
Juan L. Ortíz, Deja las letras y deja la ciudad

Noche de viernes. Lluvia y Rosario parecen ser antónimos desde hace unos meses. O al menos, desde hace un tiempo largo. Así fue que fui. Entre veredas y calles mojadas. El cuerpo y su destino. Centro Cultural de Abajo. Un subsuelo con tribuna.

Ahí estaban Julián Venegas y José Santucho. Sentados íntimamente. Una mesita ratona a sus pies. Objetos, utensilios e instrumentos. Dos guitarras. Y allá a lo lejos, una escenografía con fondo. Es decir, una escenografía con perspectiva hacia atrás. Un más allá, un lugar después del lugar. Donde la mirada se pierde y como se pierde, apunta a sus puntos de tensión. Esos fragmentos donde el ojo se apoya para sentirse seguro.

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Antes de ir, tomé una cerveza con un amigo músico, casualmente, alumno de Julián. Las coincidencias no son meras si las buscas. Él me advierte, como si su voz fuese una guía con lo que me iba a encontrar. No es ni un recital, ni una obra de teatro. Es algo menos que esas dos cosas juntas, pero algo más que esas dos cosas por separado. Híbrido. Ambulancia. Una llamada de emergencia a una escena artística y musical que pide a gritos una transformación mientras va mutando.

Una bicicleta con una heladerita de telgopor. Un chango de supermercado lleno de cartones y papel para reciclar. Un contrapunto de tensión con otras cosas de colores brillantes. Estalactitas fluorescentes flotando sobre una mesa que no se ve pero se sabe que existe. La escenografía parece tener un día en el centro donde se ubican los artistas y una noche a sus costados donde el mundo pasa. La mesa de un patio por la tarde y a su alrededor la calle desierta y su luna.

Los dos cantautores, y a su vez, actores, en el centro. Una luz tenue, ambarina, casi del color del whisky bueno, se proyecta desde lo alto de la sala y desde ahí, todo conduce a lo íntimo: sus voces, melodías, ingenios y charlas arman la escena de un encuentro de pares, aunque los espectadores estén de frente, el ambiente parece redondo. 

 

Hace un tiempo le escuché decir a un amigo: ¿A dónde quedaron los cantautores sensibles? ¿Quiénes son los que producen la música que nos cuida del descuido? No sé si tengo la respuesta pero acá, tal vez, haya una pista. ¿Viste alguna vez la melodía de los grillos?, escribió Juan L. Ortiz. Y eso parece ser lo que flota entre las gargantas que cantan y los oídos que escuchan.

El repertorio ya es un álbum, y flota en la red. En la escena, de cada canción, nace un ambulante, alguien que va hacia delante y sigue, hasta que algo encuentra. Un amigo, un negocio, una transferencia, o a la vez, como lo dicta la jerga de la calle y sus códigos: un amigo y un negocio

Ambulante. Del latín. Prefijo ambi (dos, ambos), ul (andar), más el sufijo -nte, (que hace la acción). Quien camina. Y así, también, la resignificación: del prefijo ambi, el número dos, lo dual. Ese que va sólo, con sus piernas, pero a su vez, ese que busca a alguien, o alguien lo busca, y que de alguna manera precisa ser encontrado. Ambulante también suena como volante, del que maneja, y que al mismo tiempo, publicita su trabajo siendo sí mismo, y que de una forma u otra, siempre tiene algo entre sus manos.

Así como sus artificios, el andar de quién se busca ganar la vida en la calle es errático pero sabe hacer de esa errancia, de ese error, su motor. Una canción sobre un afilador de cuchillos. Julián Venegas hace uso de dos instrumentos. Por un lado, el llamador, una especie de armónica de plástico que hace ese ruido inconfundible. Por el otro, un cuchillo que raspa sobre una piedra y hace un ritmo. Las materialidades de la vida cotidiana de un laburante se terminan haciendo parte de la música y así, se resignifica.

Esto va pasando durante todo el show. La velada se compone de sentidos. Cuando llega el tema del churrero, del fondo se escucha una corneta y luego la explicación de esta manufactura. Una pizarra, un fibrón y una anécdota. El laburo es el ingenio. La publicidad chica, eso que se vende como gran artilugio pero que a fin de cuentas es ponerle una boquilla de plástico a una corneta y soplar fuerte desde los pulmones hacia la nada, sabiendo que ahí tal vez esté el tipo que te va a comprar unas bolas de fraile rellenas de dulce de leche porque tu aire hecho sonido entró en el momento justo por la ventana de su casa y se hizo deseo desde su oído al paladar.

Le toca el turno a la chipacera y entre mis dientes siento el sabor del queso con harina de mandioca que me da una mujer que pasa entre los pasillos de la sala. Ahí recuerdo la voz de Matías diciéndome: ni una obra de teatro, ni un recital, ni algo más, ni algo menos. Y le agrego, algo sabroso, culinario. Para el recolector de basura, el barrendero, suena como cumbia el raspar de un escobillón, mientras de lejos se ve una pechera danzar, interpretada por la misma actriz que hace un rato ponía un chipá en mi mano. Al rato pienso, en esas pecheras de seguridad que usan los recolectores en la calle, esas que existen para que ciertas personas puedan decir: ojo con llevarme puesto que estoy laburando.

Creo que en ese momento llega el punto de quiebre. La tristeza. Algo que una vez alguien me dijo. Hay dos tipos de angustias. La que te salva y la que te hunde. Creo que esta es de las primeras. Es necesario a veces sentir esa palabra que en español no existe pero que en portugués es saudade. Sí. Tristeza feliz. Felicidad triste.

En ese momento me acuerdo de Byron. El pibe que todos los martes, cuando salgo del trabajo y me siento en un bar de la zona para hacer tiempo antes del analista, viene y me deja un paquete de pañuelitos en la mesa. Hace unos días, me lo crucé en otro lugar y entendí su trabajo. Byron tiene dieciocho años, o menos, pero él me dice que tiene esa edad y confío. Entonces, ahí recorto mi vida, la pongo en pausa y pienso: ¿a cuántas personas me llevo puesta en el día a día pensando que son algo que se interpone entre mí y mi laburo?

Y justo, como si fuera un acto del pensar, o dos grandes compositores armando un proyecto. Le toca el turno a otro ambulante, el limpiavidrios. El acto poético y político para comenzar la canción es decir esquinas y nombres, intersecciones y palabras para identificar rostros anónimos, para nombrar esos cuerpos curtidos con el sol. Esas miradas que parecen estar siempre pidiendo algo, se hacen forma. Y de una piña suave en el estómago te dicen: yo no soy uno más, yo soy uno.

En ese momento. Me acuerdo de esa biblia celeste: Trabajo y organización en la economía popular. Ese cuaderno que me formó cuando era pibe. Pérsico y Grabois escribiendo las bases del nuevo empleo que se estaba construyendo. Y un mundo nuevo. El capitalismo tardío. Y la gente que llegó tarde. Una realidad que pide a gritos ser nombrada de otra manera. Los trabajadores de la economía popular, los ambulantes, los errantes, esos que no encajan ni entre los planeros ni entre los sindicatos. Y que también quieren ser nombrados. Avizorar un futuro mejor, es trabajo de la cultura pero también trabajo del trabajo. Al dejo melancólico de la música litoraleña se le suma esta demanda. No es que todo lo que conocemos ha dejado de existir, sino que todo lo que conocemos tiene otra forma de contarse.

El show tiene un bis. Las luces se apagan de a poco, van bajando y se reparten. Mi cuerpo sigue mojado, todavía, por la lluvia. Es hora de volver a casa. Casi siempre que salgo de un espectáculo, prefiero volver caminando. Entonces, gracias a que el agua ya no moja pero sigue ahí en el cielo, voy por calle Entre Ríos, y doblo en peatonal Córdoba. Los locales están cerrados y, como todo parece en pausa, pienso en un libro. 

Tratado de iconogénesis, Cuadernos de lengua y literatura Volumen XI de Mario Ortíz. Viaje fantástico por las ruinas de una ciudad dormida. Hace unos años, cuando quise comenzar a escribir, un poeta de la ciudad me recomendó ir por ahí. No me dijo nada más. Le pregunté sobre qué podía escribir y me mandó a leer. Pero en la lectura, es decir, en el papel escrito, no encontré un tema, sino cómo abordar un tema, o mejor dicho, algunas líneas y directrices, siempre difusas (como se trata de escribir, un consejo nunca es algo esquemático), donde el escritor te enseña a abordar la calle.

En este libro y su memoria, encontré una pista o mejor dicho una posible relación entre la forma que tiene este escritor bahiense para agilizar su escritura y el modo que tienen de contar la realidad de un grupo de oficios que construyeron Santucho y Venegas. Contar con claridad, la claridad.

Pero para concluir, cito textual, el vértigo: “el viaje tiene sus riesgos”. De esa manera intuyo, que la música del litoral y su puesta en escena, deciden dejar de lado la maldad de la calle, su ventaja, su lugar menos brillante, para darle un brillo de arpegios y melodías armónicas.

Entonces, más allá, de lo romántico del gran trabajo de estos dos artistas que grafican y poetizan el entramado ambulante, pienso: ¿puede la música litoraleña contar la maldad de la calle? ¿esa oscuridad que no se nombra? ¿o sólo es luz, y ya? ¿será la maldad, el interés, la ruptura con la inocencia del jardín, su límite?

Sigo caminando. Las dos peatonales llenas de gente durmiendo en el piso y su paisaje: vidrieras vacías. La vida no es tan armoniosa como las melodías que acabo de escuchar. Pero igual coexisten. Amaría vivir en ese mundo creado. Pero no existe. Entonces pienso: ¿puede un cantautor sensible contar los males que se viven? ¿o las formas de contar la realidad ya son estancas, y la tristeza, la bronca, la rabia, son propiedad del tango y el rock?

La escenografía oscura que flota por detrás de las canciones. Eso no dicho que parece también pujar. Lo icónico. La realidad que se mete entre medio de un show. ¿Quiénes son los nuevos ambulantes de este mundo? ¿Quién les canta? ¿Quiénes los nombran?

Los ambulantes que eligieron vivir así. Los ambulantes a los que no les tocó otra. Es domingo y leo la columna de Martín Rodríguez en eldiario.ar. Todo parece tener sentido. De algún lado me resonaba el nombre del disco y el show. La banda de los copitos. Esos nuevos ambulantes que compraron el horror y la fama pero que son tan parecidos como tan diferentes a los del repertorio de este show. También viven entre nosotros

¿Tendrán una canción?

 

Ambulantes

Julián Venegas y José Santucho presentan Ambulantes los viernes (21 y 28) de octubre, a partir de las 21, en el Cultural de Abajo (Entre Ríos 579). Las entradas están a la venta en Oliva Libros (Entre Ríos 579) y en boletería del espacio donde se realiza el ciclo. Con dirección, guión, puesta en escena y luces a cargo de Santiago Dejesús, más la asesoría general de María de los Ángeles “Chiqui” González.

Dengue, Zika y Chikungunya
Sobre el autor:

Acerca de Andrés Mainardi

Nací en Rosario en 1996. A veces estudio Comunicación Social. Escribo para cazar fantasmas. A la vida no se viene a ser feliz o infeliz: se viene a aprender lo que te enseñan los amigos.

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