“Hay cierto misterio en Emilia Bertolé. Nos mantiene expectantes, con la idea de que algo nuevo puede aparecer”, dice Victoria Noya Neirot. La última revelación acaba de suceder con La joven Emilia Bertolé. Correspondencia familiar – 1916*, un libro publicado por Danke que reúne las cartas intercambiadas entre la artista y su familia en un año decisivo para su historia de vida.
Emilia Bertolé (El Trébol, Santa Fe, 1896 – Rosario, 1949) se relacionó siendo muy joven con el ambiente artístico de Rosario, donde vivía con su familia, obtuvo el título de profesora de dibujo y pintura y empezó a trabajar como retratista. En abril de 1916 se instaló en Buenos Aires, contratada para un trabajo por encargo: el retrato de María Celina Maturana, esposa del médico Gregorio Aráoz Alfaro.
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La correspondencia de Bertolé con sus hermanos Corina y Ángel comienza entonces y se extiende hasta enero de 1917, cuando regresa a Rosario; en la década de 1920 volverá a mudarse a la capital, entonces con la hermana y la madre. “En el Museo de la Ciudad de Rosario se conservan alrededor de 800 cartas de Emilia Bertolé con distintos interlocutores a lo largo de su vida –explica Noya Neirot, a cargo de la investigación y el prólogo del epistolario–. Del período que abordamos hay 126. Con Julia Enriquez transcribimos todas esas cartas durante más de un año y luego con la colaboración de Lucía Tognarelli, a cargo del arte en Danke, y con Lila Siegrist, incorporada como asesora del proyecto, seleccionamos las 89 cartas que se publican”.
Noya Neirot comenzó la investigación “en el invierno de 2012”, cuando empezó a leer las cartas que se resguardan con otros papeles y documentos de Bertolé en el Museo de la Ciudad. También recurrió a álbumes familiares, manuscritos y pertenencias de la familia Bertolé que se conservan en el Museo Municipal de El Trébol y rastreó sus obras en otros museos, colecciones y bibliotecas. En ese trayecto fue decisivo el encuentro con María Cristina Calvi, a quien el libro está dedicado.
“Como trabajadora del Museo de la Ciudad, Cristina identificó y catalogó cada uno de los papeles de Emilia Bertolé –sigue Noya Neirot–. Esos papeles estuvieron en baúles durante décadas y llegaron al Museo a través de un descendiente de la familia, a mediados de los años 80, sin que se haya registrado la fecha de la donación. Cristina estableció un orden primero de autoría y después cronológico que permitió armar el diálogo entre Emilia y su familia que nosotras publicamos, y también entre Emilia y otros interlocutores a lo largo de su vida. Tuvo un vínculo afectivo muy profundo con el material”.
El redescubrimiento tiene un antecedente notable en Emilia Bertolé. Obra poética y pictórica (Editorial Municipal de Rosario, 2006, 2019, prólogo de Nora Avaro). “En años recientes, el trabajo de historiadoras del arte, artistas, comunicadoras, periodistas, logró recuperar y resignificar el nombre, la vida, la obra de muchas artistas mujeres –dice Noya Neirot–. En el caso de Emilia, esta ciudad ha tenido con ella una relación variable y hoy estamos en un momento de revaloración no sólo a través de la publicación del libro sino también del entusiasmo de la nueva generación de artistas jóvenes, pibas, que ven en ella una referencia”.

Ida y vuelta
Emilia viaja a Buenos Aires con su padre, Francisco Bertolé, empleado administrativo del ferrocarril. Primero se alojan en un hotel, después en una pensión y cuando el padre debe volver a Rosario ella pasa a hospedarse con los mecenas. “Nunca creí encontrar lo que encuentro en la casa Aráoz Alfaro –escribe, recién llegada–. Ahora conoceré de cerca la aristocracia porteña”. No obstante, en otra se define demócrata y bohemia “hasta los huesos”, aunque pueda estar “en medio de la crema”.
La correspondencia entre las dos hermanas ocupa el grueso del epistolario. Emilia tiene 19 años y Corina es apenas mayor. Como explica Noya Neirot en el prólogo de La joven Emilia Bertolé, las cartas eran el único medio de comunicación entre la joven y su familia; tardaban al menos un día en llegar, según la frecuencia de los trenes que unían Rosario y Buenos Aires, lo que en ocasiones produjo desvíos y confusiones y reproches por extravíos.
Ambas se exigen cartas extensas y detalladas, intimidades, confesiones, y bastan unos días para que una apremie a la otra por su “silencio”. La hermana llama “cháchara epistolar” al intercambio y se trata de una conversación intensa por los afectos, las expectativas por la mudanza a Buenos Aires y las preocupaciones por los apremios económicos. Noya Neirot marca el uso frecuente de expresiones del lunfardo, el francés y el piamontés, y la lengua macarrónica que se hablaba en la familia, entre el español y el dialecto italiano, parece más apropiado para las cuestiones emotivas como indica la recurrencia de partenza (partida, despedida), sorellina, fratellina (hermana), cuntentesa (alegría), abastanza (dicho de la distancia, como algo pesado) y fula (enojada), entre otras palabras.
Emilia sufre las “nostalgias rosarinas”, pero el entusiasmo por Buenos Aires es más fuerte. “No tengo labia para contarte las bellezas que encuentro en mi paseo matinal”, le dice a Corina. Pasea por Florida (“¡Qué linda calle che!”), ve a Lola Membrives y Florencio Parravicini en el teatro, toma el té en Harrods, semblantea a los porteños (“¡riquísimos los muchachos!”). También se cruza con el médico Lelio Zeno (1890-1968), al que encuentra “mui charmant”, es de origen piamontés como los Bertolé y se radica en Rosario ese mismo año de 1916. Pero sobre todo trabaja, primero en el retrato de María Celina Maturana y después en los de otras mujeres, niñas y hombres de la oligarquía a los que accede por recomendación de la familia Aráoz Alfaro y por la repercusión de su obra.
Se siente triste por la distancia con la familia, pero a la vez excitada con las novedades continuas (“tengo la cabeza como una bolsa de gatos”). Quiere volver, “pero me hago fuerte comprendiendo que este es mi puesto de batalla”. Tanto se emociona pensando en el Saladillo, la entrada a Rosario por el tren, como juega a definirse como “seudoporteña”. La demanda de trabajo empieza a interponerse: tiene retratos por hacer y los viajes a Rosario se postergan. Pone al tanto a la familia de sus trabajos y de los honorarios que recibe, y reclama su opinión. Les envía lo que gana: el epistolario podría ser leído también como un diario del dinero, por las frecuentes marcas de lo que Emilia cobra, lo que destina a la familia, la preocupación por pagos que se demoran y los gastos de la vida en Buenos Aires. “Con lo que gano en este retrato apenas tengo para pagar los gastos nuestros”, se aflige en una carta; en otra confiesa: “Me da vergüenza ahora ver lo poco, lo ínfimo que he mandado”.
A vuelta de correo, aunque siente que no tiene mucho para contar, Corina Bertolé expone parte de la vida social y cultural de Rosario: la confitería Los dos chinos, donde va a comer masas, el teatro, una exposición de arte a la que asisten entre otros Lisandro de la Torre, Emilio Ortiz Grognet y Juan Bautista Castagnino, las revistas literarias Alas (de Antonio Robertaccio y Domingo Fontanarrosa) y La Pluma. Corina guarda las cartas de Emilia en “una cajita” y tiene su propia revelación: “llegará un día que con todas tus cartas podré formar un epistolario digno de archivarse”. La referencia es Cartas de mujeres (1893), de Jacinto Benavente; está segura de que Emilia tendrá un lugar en “el tan exquisito arte del género epistolar” y el libro publicado por Danke confirma esa premonición.
“Emilia empieza una vida de joven artista, de joven mujer, sola en la gran ciudad, y la familia está atenta –observa Noya Neirot–. También Emilia está preocupada por ellos, por la salud de la madre. Corina es un personaje muy atractivo, tiene altibajos anímicos, a veces divertidísima y a veces está envuelta en el malestar, en el esplín. Me pregunto cómo habrá sido para Emilia lidiar con los reclamos de su hermana y la responsabilidad de trabajar para sostener a su familia”.
Las cartas también permiten apreciar un proceso de maduración artística. Bertolé asiste a una exposición en el Salón Witcomb: los cuadros son de un inglés y le gustan, pero “no ha llegado esta admiración hasta lo íntimo” y se pregunta por qué. “El arte no se reduce únicamente a pintar bien”, concluye. A punto de comenzar el retrato de “la señora del doctor Kenny”, dice del modelo: “Es de esa condición de mujeres que al verlas por primera vez no hieren, ni provocan entusiasmo fulminante, pero que al volver a verlas van ganando en encanto hasta llegar a conquistar completamente. Para mí, la gracia femenina la comprendo así (…) se me hacen antipáticas esas bellezas sancionadas, consagradas”.
El proceso da un salto con su participación en el Salón Nacional de 1916. El jurado elige el retrato Mi prima Ana, y su exhibición atrae al público y al periodismo. Bertolé descubre que “cuando trabajo para mí misma, hago obra mayor que cuando trabajo para los demás (…) no me he mercantilizado”, lo que también parece responder a “los que murmuran de mi arte significándole intenciones de comercio”. En ese punto, destaca Noya Neirot, se produce “lo más decisivo y emocionante, porque podemos ver la conmoción profunda de Emilia y pareciera que revitaliza sus ideas sobre el futuro, sus proyectos, el suceso la llena de confianza en sí misma”.
La familia demanda pero también posibilita. “Los Bertolé tienen la fe puesta en el trabajo de Emilia y organizan un encuentro para que ella se encuentre con su prima, que vivía en Marcos Paz, y en un viaje a Rosario haga el retrato”. A lo largo de la exhibición recibe varias ofertas y al final lo vende en 300 pesos que deriva a la economía del hogar.

Detrás de la imagen
Emilia Bertolé se queja de que no le sacan buenas fotos en las entrevistas, y quizá la incomodidad sea el síntoma de equívocos que rodean al reconocimiento. Victoria Noya Neirot señala un estereotipo constante en la valoración de artistas mujeres en la época, asociado con los límites asignados a las mujeres en la sociedad:
–A principios del siglo XX el acceso de artistas mujeres a los circuitos de valoración está hecho de casos extraordinarios. En el de Emilia, respecto del estereotipo, sus atributos, la belleza, el encanto, son cualidades muy presentes que ella supo utilizar a su favor. Si vamos a las notas de prensa y las críticas de arte de esa mitad del siglo pasado, en relación con ella hay valoraciones extensas de su belleza, su presencia, se ha escrito incluso mucho sobre sus manos y muchas veces en las entrevistas, en la construcción de los perfiles periodísticos hay una imagen de ella asociada a la fragilidad, a la melancolía. En ese sentido, más allá de los sufrimientos propios de la experiencia humana, me interesa pensar de su figura algo de muchísima potencia, porque fue una mujer que decidió hacer vida de artista, no casarse, no tener hijos, en un contexto histórico donde las mujeres no tuvieron hasta 1926 derecho a establecer contratos de trabajo o administrar sus bienes sin autorización de un marido, de un padre.
Bertolé “se encargó de reforzar esa imagen estereotipada a través de sus declaraciones”, dice la investigadora. “Pero me pregunto cuánto de esa imagen es su propia manera de considerarse a sí misma y cuánto es algo que la época le pedía a la construcción de su imagen pública. Creo que supo manejarse con mucha inteligencia en ese sentido. Entonces la cuestión del estereotipo no sería una denuncia de debilidad sino todo lo contrario. Fue una mujer que supo aprovechar estratégicamente sus propias cualidades y ponerlas en función de su propio trabajo y de hacer crecer los alcances de su talento. Pero en la época del epistolario esa imagen pública está por conformarse y es lindo observar cómo incluso en su relato va tomando conciencia o descubriendo que su presencia suscita emociones en los demás, como que ella se sorprende de lo que pasa con su obra y con ella misma. Todavía no ha consolidado ni su discurso público ni la cuestión estereotípica”.
Noya Neirot y Julia Enriquez comenzaron a hablar de la posibilidad de lo que ahora se concreta con La joven Emilia Bertolé en 2016. “A partir de ese momento tuvimos conversaciones con Cristina Calvi, las tres. Cristina hablaba de las Bertolé con mucha cercanía, estaba conmovida, tomada por el material. A mí también me pasa, con las grafías, con los dibujos, la sensación particular de percibir alegría o tristeza con sólo mirar un manuscrito. Por eso digo que hay magnetismo en estos papeles, para quienes estamos en contacto con el material se produce algo afectivo muy profundo”. La edición de Danke hace que esa fascinación se contagie.

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