A lo mejor digo que soy joven solo para perdonarme. A lo mejor juventud es el nombre que le damos a lo que hicimos mal. En el poema “Luz de una nueva estrella”, de Daniel Durand, un hombre mira una foto en la que es muy joven. Ve sus ojos abiertos y claros. Ve una sonrisa que se oculta apenas:

Sé que en esta época pensaba que era viejo.

Sé que lo mismo pasa ahora.

En diez años más pensaré que hoy era joven

y sin embargo estoy mirando fotos viejas

y recordando el pasado.

Con Bernardo también ahora hablamos de la vejez. Se nos impuso como tema. Nos encanta decir que ya somos viejos. O a veces decimos que todavía no somos viejos. Ese ya, ese todavía, demuestra que hay una ansiedad: marcamos con adverbios lo que creemos que es una distancia corta, siempre inminente, que nos permite movernos al menos lingüísticamente hacia adelante, ir intuyendo, mirando a lo lejos, adivinando de qué se trata. Como una nostalgia del futuro. Nuestra expectativa de la vejez va en dirección opuesta al poema de Durand: no miramos al pasado para constatar que nos creíamos viejos siendo todavía muy jóvenes, sino que nosotrxs miramos al futuro para adivinar en nuestro presente algunos destellos de la vejez, para constatar que siempre estamos llegando, para corroborar que todavía no, pero en algo sí.

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Tenemos una conclusión provisoria, una palabra que resume todos nuestros pensamientos: vejez = sofrosine. Entre los griegos la templanza o sofrosine era lo opuesto a la desmesura o hybris. Es decir, sofrosine es autocontrol, medida, mesura, moderación, equilibrio, armonía. Hay una cuerda muy delgada. Hay un precipicio. Hay la concentración para caminar sobre la cuerda y no caer. Hay la conciencia del paso tras paso tras paso como lo que nos salvará. El nunca detenerse. Como un equilibrista. El corazón no puede latir muy fuerte. No puede desbocarse porque nos caeríamos. Perderíamos la panorámica que tenemos desde arriba.

Mientras le mando por chat el poema de Durand a Bernardo, suena una entrevista a Ellen Bass que miro desde YouTube. Cuando leí los primeros poemas de Todos los platos del menú me pareció que estaban cargados de excesos, de comparaciones que se desvencijaban, que estaban por soltarse, como un auto roto que iba perdiendo partes apenas arrancaba. O mejor, como aros de brillantes en orejas flácidas, a punto de cortar la piel. Después fue la insistencia de ciertos temas lo que terminó por conmoverme: la vejez, claro, la sexualidad y una alegría entendida como afirmación del propio cuerpo.

Ahora cada vez que leo un libro que me gusta me dan ganas de escribir una reseña. Antes, cada vez que leía algo que me gustaba me daban ganas de escribir un poema. Quisiera hacer una síntesis de las dos cosas. Unir todas las escrituras en una. Moverme sintácticamente en una danza cada vez más arcaica, como de eras pregenéricas.

Bass cuenta que a quienes quieren escribir les dice que hace falta atención, que todo puede ser un poema, solo hay que estar atenta. Y yo pienso

entonces esto también podría ser un poema:

dos chicas conectadas por Google Translate,

una joven mirando el video de una vieja

que escribe poemas sobre la vejez,

una joven creyéndose joven

pero intentando pensar

que también eso pasará.

Tomo nota de las cosas que dice Bass que siento que me servirán para futuros poemas. Se me ocurre que la vejez y la poesía son un Candy Crush: alinear cosas dispersas para que salgan del tablero, para que desaparezcan y así olvidarlas. Como en el Candy Crush el poema junta piezas del mismo color, alinea la dispersión y nos vuelve más livianos, como si en ese conocimiento que ordena lo disperso pudiéramos ahorrar un espacio mental para después reordenar una nueva dispersión de cosas que apenas insinúan un sentido. El objetivo es siempre estar más liviano para que entre lo nuevo, para que caiga del cielo lo que todavía no forma líneas.

Bass en cambio cree que escribir es quedarse en la cima de una experiencia y contemplarla. Para eso hay que fortalecer el músculo de las emociones intensas, que nos permite sostenernos erguidos en la cuerda, sin caer. Una vez que estamos lejos del reparo, ahí, bien arriba, como equilibristas, el viento se lleva todo lo que está de más: sofrosine, Bernardo, no es evitar el exceso, es llegar a una síntesis de sí mismo.

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Sobre el autor:

Acerca de Anaclara Pugliese

Nació en 1989 en Arroyo Seco. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó La sombra de las nubes (Editorial Municipal de Rosario, 2017), Dos poemas (Ediciones Arroyo, 2019) y Dos arcoíris & un desierto (La Vieja Sapa Cartonera, Santiago de Chile, 2019). En 2015 participó en el Festival Internacional de Poesía de Rosario y en 2019 en el Encuentro Nacional de Poetas […]

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