En Realistas, el programa de revista Rea, conversamos con Edgardo Manero, sociólogo egresado de la UNR y académico en Francia, sobre su último, Seguridad y desorden global. Las Américas: un terreno de experimentación, que presenta junto con Atilio Borón. Una conversación sobre los nuevos paradigmas securitarios de la época en la que señala que la democracia liberal y la economía de mercado organizan la misión de EEUU, que prolifera en guerras que gana en lo militar pero que son imposibles de ganar en términos políticos, como Irak. El modelo impuesto en los 90, tras la caída de la URSS lleva al menemismo: “Creo que fue un intento de refundación civilizatoria de la Argentina”, dice sobre un período que lejos está de celebrar.

“Argentina –dice ya sobre el final– tuvo pocos proyectos políticos, más allá de los valores, que yo no comparto, está la generación del 80, el otro proyecto fue el peronismo, que en 10 años transformó de forma radical el país; el frondizzismo no llegó a desarrollar un proyecto y después creo que está el proyecto de Menem. Esto no implica juicios de valor sobre esos proyectos, sino simplemente análisis. Y después el proyecto del kirchnerismo. Y ahí la pregunta es ¿por qué terminan fracasando los populismos?”

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Nuestro comentario inicial:

La generala Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos, nos dio una lección magistral sobre el rol actual de su ejército hace unos meses, cuando contó en un programa de televisión estadounidense que había tenido una reunión con el embajador de EEUU en Argentina y Chile para hablar del triángulo del litio: en Argentina, Bolivia y Chile.

En las primeras páginas de su libro, Seguridad y desorden global, Edgardo Manero escribe: “El contexto de referencia que, durante la Guerra Fría, justificó las nociones tradicionales de la política se ve alterado por las transformaciones de las sociedades y de los Estados. Desde la Guerra Fría, el mundo no se parece a ningún otro del pasado. Una nueva temporalidad se establece. El hecho estratégico, bajo la forma de guerras y revoluciones, delimita historicidades. Tradicionalmente en Occidente las rupturas históricas implicaron acontecimientos violentos. Tanto en el tiempo circular de las sociedades arcaicas como en el tiempo lineal de las sociedades modernas, la catástrofe inscribe la historia en otra temporalidad. Ahora bien, paradójicamente, la particularidad del fin de la Guerra Fría se encuentra en esta ausencia de catástrofe fundacional.”

Antes de comenzar la conversación, que seguramente derivará hacia otras zonas, quería detenerme un segundo en esto de “una nueva temporalidad”, de este continuo presente en el que sostenemos promesas políticas que van disolviéndose en el aire: la democracia, con la que cada vez menos personas comen, se curan y se educan –para decirlo con la fórmula de Alfonsín hace 40 años–, y sin embargo es necesario sostener. Cada vez menos ciudadanos son interpelados por la historia, porque tampoco son interpelados en su ciudadanía, se les pide que concurran a elecciones cada dos años, rara vez participan de la política, rara vez la política los interpela porque rara vez sus representantes lo representan.

En esta nueva temporalidad el pasado es lo inmediato, así como el futuro es lo inmediato, como nos lo cuentan las series de televisión, muchas de ellas, pero sobre todo Black Mirror, ambientadas 15 minutos en el futuro.

Pasaron más de 20 años desde Diciembre de 2001, aquél acontecimiento que fundó una nueva dimensión de la política en Argentina. Una generación es ajena a ese momento, mientras que para otra, más adulta, ese momento está a la vuelta de la esquina.

“Paradójicamente, –escribe Manero– la particularidad del fin de la Guerra Fría se encuentra en esta ausencia de catástrofe fundacional”.

Quienes hayan leído un libro que en apariencia es sobre música pop, Retromanía, de Simon Reynolds, recordarán que hay un planteo semejante, aunque su objeto de estudio es otro.

En Retromanía Simon Reynolds observa el boom revivalero de fines de los 90 hasta entrados los 2000, con bandas que regresan tras veinte años de inactividad, con nuevos músicos que rescatan figuras de los 60 para mezclarlas con tendencias actuales, lo que se llama la “museificación del pasado”. Reynolds entonces se pregunta: “¿Qué ocurrirá cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigido a una suerte de catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la historia pop se habrán agotado?” Y dice también: “¿Por qué estamos construyendo museos como si no hubiera futuro?”

Claro, el auge del archivo y los registros en la era de YouTube y el blog colaboran en parte a explicar algunas cosas, pero cuando Reynolds hace una crónica de sus visitas a los distintos museos del rock y el pop británicos, o a los recitales de regreso de bandas emblemáticas del punk y postpunk, la aventura física por los derroteros de la nostalgia se convierte en la odisea metafísica de pensar por qué el “evento”, lo que acontecía de modo inesperado para marcar un momento liminar entre el pasado y el futuro, de modo que las cosas ya no serían como habían sido; por qué el “evento”, decíamos, se convierte en algo “que ha ocurrido antes”.

De eso también trata el libro de Edgardo Manero, cuando escribe sobre esa “ausencia de catástrofe fundacional”.

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Sobre el autor:

Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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