El gobierno que encarna el nuevo presidente, acompañado por el PRO y buena parte del radicalismo, se descubre como un ensayo neoliberal radical cuyo rasgo saliente es el rol que han jugado medios de comunicación y redes sociales en el proceso de su constitución y en los modos de legitimación que encuentra la gestión en curso. Si Macri fue el primer presidente de Facebook, como alguna vez tituló el diario La Nación, Milei es el primer presidente Tik tok de la historia. Pero, no menos relevante, el proyecto anarcocapitalista es también un intento alevoso, desesperado, de restauración conservadora que forja su identidad promoviendo constantemente enemigos a exterminar. Por eso el ataque feroz a las organizaciones sociales, los pueblos originarios, los feminismos, los defensores del medioambiente, la educación pública o simplemente los pobres, no cesará hasta que este ciclo termine.

Una de las últimas fotos que publicara Télam del presidente antes de que éste cerrara la agencia.

Hay en redes y medios muchas explicaciones para esta circunstancia inédita. La más extendida es la que dice que el proceso inflacionario indetenible es la clave de la derrota del oficialismo en las recientes elecciones presidenciales. Ese argumento, tan obvio como parcial, acarrea el riesgo de suponer que bastaría una política económica más exitosa para que Milei y su prédica neofascista desaparecieran. No creemos necesario insistir en las incapacidades del presidente Alberto Fernández ni en el fracaso de su gestión, de todos sus ministros. Un gobierno sin programa ni proyecto que no pudo nada, ni terminar con la detención lacerante de Milagros Sala ni sacar una ley de humedales, terminó dejando a toda una sociedad en la incertidumbre y la angustia y peor aún, promovió expresamente la desmovilización de sus propios seguidores, de su militancia.

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Pero, otra vez, esos argumentos y muchos otros tienden a encubrir lo que importa. En verdad el triunfo de Milei muestra la enorme victoria cultural que la derecha tuvo en las últimas décadas, expresa una sociedad formateada por el neoliberalismo de la que nuestro outsider es sólo un emergente. Dicho de otro modo: gran parte de la sociedad era mileista antes de Milei. Por eso el problema es enorme y va mucho más allá de la suerte que le toque a este gobierno. De lo que podemos estar seguros es que el neoliberalismo puede ganar o perder elecciones, pero en buena medida seguirá guiando nuestras cabezas por la sencilla razón de que su racionalidad se ha vuelto sentido común en nuestras sociedades. Es decir, logró producir mutaciones culturales profundas que afectaron de manera decisiva el modo de pensar de los individuos consigo mismos, de los individuos entre sí y con la institución estatal. Una de las claves de ese triunfo consiste en la producción convincente de un sujeto moralmente culpable, dispuesto a someterse a la ficción televisiva de la hora, la que manda el gran hermano Milei: habrá que sacrificarse para reducir el déficit fiscal, expiar el pecado de tantos años de orgía emisionista y despilfarro populista, ciclo que como sabemos el presidente remonta a Yrigoyen. El resultado de esa moral religiosa de culpa y castigo avalado por el voto popular es como vemos en estos primeros cien días de infierno neoliberal el más absoluto desprecio por los viejos, por los millones de jubilados a los que arteramente se somete no ya a la pobreza sino al hambre.

Deseo neoliberal

En ese marco, la premisa que guía estas líneas es que el neoliberalismo no debe ser entendido únicamente como un conjunto de medidas macroeconómicas, aquellas que se condensaban en el llamado consenso de Washington, sino como una forma de producción de subjetividades, de deseos. Esta segunda perspectiva obliga a pensar los problemas que nos atraviesan poniendo la atención en lo que Diego Sztulwark llamó micropolíticas neoliberales[1], es decir aquellos dispositivos que hacen de los individuos una empresa, un capital a gestionar y a maximizar. De allí las nociones que signan nuestra época: financiarización (extensión del crédito y sus efectos, lo que Maurizio Lazzarato llamó La fábrica del hombre endeudado[2]), emprendurismo, meritocracia. Por otro lado, nos convoca a pensar en una sociedad digitalizada, en la que ya nadie puede imaginar su vida sin la tecnología y en primer lugar sin el teléfono celular. Habrá muchos que argumentarán que esa tecnología es en última instancia neutral, y todo depende de su utilización. Otros, más escépticos, dirán que el celular (y sus aplicaciones) es, en su inmanencia, una herramienta decisiva en la construcción de una subjetividad hiperindividualista, mercantilizada, la que mejor se adecua a los tiempos que corren, que son tiempos libertarios.

 

El fenómeno del delivery que domina las calles de nuestras ciudades, esto es el fenómeno de la expansión de las aplicaciones de reparto de comidas y servicios (Uber, Cabify, Rappi, PedidosYa o Mercadolibre) que adquirieron –pandemia mediante– el estatuto de “servicios esenciales”, conjuga muchos de los rasgos inherentes a la racionalidad neoliberal de la que hablamos: tecnología de punta, precarización laboral, jóvenes motoqueros y ciclistas que antes llamábamos cuentapropistas pero que ahora se perciben emprendedores. Se ha operado allí en pocos meses una mutación económica y cultural que en circunstancias normales hubiera llevado años –del mismo modo que el Google Meet se volvió el instrumento normal del dictado de clases, la esencia misma de la universidad pública. En fin, de la mezcla triste de todos esos registros proviene el nombre “capital humano” con que el presidente Milei ha bautizado a un nuevo (súper) ministerio.

Homo economicus

“Capital humano” es un término acuñado por Gary Becker[3], un amigo de Milton Friedman, cuya obra expresa la forma más obscena del neoliberalismo El universo entero se piensa bajo la lógica del mercado a partir de una específica imagen del género humano que no es otra que la del homo economicus de la economía política clásica europea. Para Becker, a quien Milei suele parafrasear sin nombrarlo, incluso la institución familia se concibe como una empresa cuyos miembros actúan entre sí como competidores, maximizando beneficios (económicos, morales, afectivos) y minimizando riesgos. Bajo ese formato los hijos no son más que un bien de inversión y el amor de un abuelo por su nieto puede envilecerse y convertirse en un mero intercambio entre agentes económicos, porque en efecto no hay otra cosa que mercancías. Por esa misma razón –porque no hay otra cosa que mercancías– Milei ve como natural que una persona pueda vender voluntariamente sus órganos.

La ministra de Capital Humano cerró 59 centros que dependían de Desarrollo Social y despedirá a 600 empleados públicos.

Capital humano es un oxímoron, un concepto de delirantes que, como los libertarios, no entienden nada del mundo ni de la vida, en el plano de la teoría constituye un disparate insostenible y en el plano de la ética revela una visión horrorosa de los humanos que solo puede producir daño, el daño que va a producir este gobierno macrimileista.

Todo ello puede ser objeto de largos debates académicos, más o menos entretenidos o aburridos. Lo que importa en nuestro caso, en la Argentina del siglo XXI, es que muchos trabajadores expulsados del mercado formal, que transitan su vida con el monotributo, desamparados por un estado impotente cuyos supuestos atributos no son más que stickers de un recipiente vacío, se perciben a sí mismos al modo del capital humano, un capital a rentabilizar –como quería Becker y como quiere Milei. En este primer cuarto del siglo XXI, nos topamos con una oscura novedad, este es otro neoliberalismo, el de los sectores más desfavorecidos: el neoliberalismo de abajo.

Pegame y decime casta

Décadas atrás, hacia los noventa, el escritor Mario Vargas Llosa creía ver en las ferias populares peruanas el espíritu de un nuevo capitalismo en América Latina impulsado en ese caso por los sectores más pobres de la población. Y, claro, lo festejaba con la fe de los conversos. Bajo otro registro ideológico, Verónica Gago[4] publicó hacia 2015 un estudio pionero sobre La Salada, la feria más grande de Sudamérica, fundada hacia 1992 en Ingeniero Budge por inmigrantes bolivianos. Gago muestra que esa feria, en la que se conjugan marcas truchas, talleres ilegales, patrones, trabajadores sometidos a condiciones infrahumanas de trabajo, es el símbolo acabado de un capitalismo plebeyo atravesado de parte a parte por una lógica neoliberal pura y dura. Ahí los derechos laborales o sindicales sencillamente no aplican, no existen, y a nadie –ni explotadores ni explotados– se les ocurre que las cosas pudieran ser de otro modo.

Tenemos entonces por un lado el neoliberalismo de siempre, el que está en las cabezas del FMI, de Becker, de Macri y de Milei, pero eso no es ahora relevante. Lo que importa es el neoliberalismo de La Salada, es decir el hecho de que las prácticas neoliberales han colonizado la vida de millones de argentinos, producto, entre muchas cosas, de mutaciones tecnológicas, del imperio de los medios y de la extensión enorme del trabajo informal en todas las latitudes. Pero también producto de políticas aplicadas en el pasado reciente: muchos analistas han advertido que la inclusión social de grandes sectores de la población vía expansión del consumo, que impulsó el kirchnerismo, lejos de forjar ciudadanos comprometidos con esas políticas desarrollistas o incluso nacional populares no producía otra cosa que consumidores; consumidores prontos a defraudarse y a cambiar de marca, es decir a votar por Macri y ahora por Milei. Autocríticas similares han ensayado García Linera para el caso de Bolivia y también Rafael Correa para Ecuador. De allí la imagen enteramente novedosa del “buen trabajador neoliberal ”[5], el que se autopercibe como un emprendedor y si se sabe explotado sueña con volverse él mismo un explotador, reniega de la sindicalización y concibe al estado como una carga a sacarse de encima.

Quizás allí se encuentre la clave del triunfo de Milei, me refiero al punto de encuentro entre un neoliberalismo de arriba y un neoliberalismo de abajo. Y eso es lo que nos cuesta tanto entender, al menos para todos aquellos que soñamos con una sociedad democrática e igualitaria, seguimos pensando con categorías viejas, imaginando comportamientos e identidades que ya no corresponden con una sociedad fragmentada, con una escena urbana dominada por PedidosYa y cartoneros, con la evidencia creciente de un seguidismo al discurso neoliberal que propicia desigualdad y exclusión por parte de segmentos de la población ubicados en escalas sociales muy bajas, así la televisión nos ofrece a diario la imagen de pequeños comerciantes de barrios carenciados que creen que los planes de ayuda social destinados a los sectores más vulnerables –sus propios vecinos y clientes– son un premio a la vagancia, un robo a sus bolsillos.

Los empresarios más poderosos de Argentina, reunidos en AEA, apoyan la gestión del actual presidente.
Ese desfase entre nuestro imaginario ilustrado y el curso del mundo interpela al conjunto de las ideologías democráticas, de izquierda a derecha, todas deberán asumir de una vez que el mundo del que hablan ha cambiado. Es cierto que hay cosas del pasado que permanecen, el modelo agroexportador, la lumpen burguesía argentina de la UIA y el coloquio de Idea, la burocracia sindical y etcétera. Pero junto con ello existen en la Argentina al menos quince millones de usuarios de Tik tok, una cifra mayor de seguidores de Instagram y todavía más de Facebook, y eso significa sencillamente el fin de la cultura letrada. El Estado de bienestar es una figura del pasado, el estado que nos queda es más bien un galpón, no existe tampoco la clase obrera como la imaginaban las izquierdas, ni siquiera es posible hablar del mundo del trabajo tal como lo pensaban las ciencias sociales algunos años atrás. Ni los movimientos sociales se salvan de este ineludible ejercicio de reflexión, basta observar cualquier mapa electoral para advertir que los sectores más pobres de la población fueron el principal soporte electoral de Milei. En otras palabras: buena parte de los beneficiarios de los planes sociales votaron por el neoliberalismo: “pegame y decime casta” –tituló, certero, El Ciudadano y la región.Una libertad compartida
En 1951 Hannah Arendt publicó Los orígenes del totalitarismo, su estudio más famoso. Muchas son las razones que explicaban el surgimiento del nazismo, entre ellas hay una que nos interesa en la medida en que atañe al mismo proceso de la modernidad y sigue marcando nuestras sociedades: el aislamiento de los individuos, la deserción cívica, la soledad. Enormes masas de hombres y mujeres que han perdido la idea de pertenecer a una comunidad, viven sus vidas en el desamparo replegados en su privacidad, cada uno solo consigo mismo. En ese vacío anida el totalitarismo. En un desierto parecido se encuentra hoy la sociedad argentina y allí emerge esa forma del fascismo del siglo XXI que se ha dado en llamar anarcocapitalismo.

Hannah Arendt dirá en “Los orígenes del totalitarismo” que la política es una experiencia que hombres y mujeres realizan sobre algo que les es común, la creación de un espacio público en el que todos los miembros pueden manifestarse, en que cada uno es visto y oído por otro. Eso es una república.

Frente a ello Arendt dirá que la política es una experiencia que hombres y mujeres realizan sobre algo que les es común, la creación de un espacio público en el que todos los miembros pueden manifestarse, en que cada uno es visto y oído por otro. Eso es una república. En esa visión, la libertad, como la felicidad, es siempre colectiva, no se produce en soledad, frente a los demás, sino con los demás –exactamente lo contrario al modo como entiende la libertad el neoliberalismo.

Somos conscientes que estos párrafos parecen fragmentos de una clase de filosofía política, como si estuviéramos hablando del cielo, lejos del barro del mundo. Sin embargo los problemas grandes y pequeños que enfrenta nuestra sociedad exigen que antes de formular estrategias políticas o contrastar modelos económicos nos detengamos a pensar en lo que se ha perdido. Lo que se ha perdido es la sociedad tal como se la imaginó durante muchos años. El pueblo del siglo XX es ahora un fantasma. Se trata por tanto de reconstruir el lazo social, de forjar una nueva cultura democrática, un nuevo país a partir de lo que hay. Y lo que hay son desocupados, jóvenes tiktokeros y enormes masas de trabajadores autónomos en la economía informal. Pues bien: el desafío es restituir ahí, en esa tierra yerma una idea de comunidad que contemple como premisas la igualdad y la solidaridad. ¿Es posible construir un nuevo colectivo con lo que hay, una república con individuos digitalizados, marcados por la deserción cívica, la apatía y la incertidumbre? Esa pregunta no tiene aún respuesta, y esa es la batalla cultural que la democracia y sus aliados van perdiendo por goleada.

Almas ciudadanas

El desafío en ese, como en tantos otros casos, pasa por imaginar bajo otras formas la figura clásica del ciudadano, que no será la que postuló el liberalismo del siglo XIX ni aquella que interpelaba Raúl Alfonsín cuando recitaba el preámbulo de la Constitución en los comienzos de la democracia hoy en peligro. Entre la nostalgia de un mundo que no volverá y el conformismo oportunista, habrá que encontrar otras vías que permitan recrear las formas contemporáneas de antiguas convicciones, una ciudadanía que acorde a los tiempos que corren seguramente será fragmentada, plural, inestable, conservará algún vestigio de cultura letrada y un pedazo grande de racionalidad mass mediática, pero deberá contener un principio de cooperación, de solidaridad, de autonomía, de república.

En tiempos de incertidumbre las salidas voluntaristas son muchas. Del campo intelectual aparecen algunas que proponen movilizar por izquierda esa subjetividad neoliberal que nos constituye, como “el yudoca podemos usar la fuerza del enemigo a nuestro favor”, dice Alejandro Galliano[6] en un artículo que no sin razón titula “Todos somos neoliberales”. Pero esas propuestas –cínicamente realistas– tampoco suenan muy convincentes, la idea de que pueda existir una ética picaresca que se mimetice con el orden dominante al tiempo que lo subvierte puede constituir una moral de resistencia individual, quizás necesaria en ciertos momentos, pero nunca alcanzará a convertirse en una alternativa cierta de poder porque el poder exige por definición una acción de masas. El único héroe posible en esta historia es un héroe colectivo. Aquí y ahora, frenar la violencia que azota Rosario requiere del compromiso de sus habitantes, forjar un nuevo actor, un amplio movimiento social contra el crimen organizado (y su larga cadena de complicidades) que cambie este derrotero trágico; no hay otra salida, salvo que alguien crea en serio que el actual gobierno o el que seguirá resolverá de verdad el problema.

Antes de formular consignas, manifiestos, programas y proyectos hay que volver al principio: producir comunidad, inventar el pueblo del futuro. Esa es la estrategia que habrá que desenvolver para resistir a la barbarie del gobierno de Milei y todos los ensayos reaccionarios que seguirán: reconstruir una sociedad rota, transformar la angustia que nos atraviesa en fuerza colectiva, hacer de los pobres corazones tiktokeros almas ciudadanas.

[1] Diego Sztulwark, “Micropolíticas neoliberales, subjetividades de la crisis y amistad política (o por qué necesitamos criticar al kirchnerismo para combatir al macrismo). Publicada en Lobo Suelto el 9 de abril de 2018.
[2] Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal. Amorrortu ediciones, 2013.
[3] Gary Becker, Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis with Special Reference to Education. University of Chicago Press, 1993
[4] Verónica Gago, La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular. Ediciones Tinta Limón, Buenos Aires, 2014.
[5] Sobre el punto puede consultarse el artículo de Claudio Scaletta, “El trabajador neoliberal”, suplemento Cash, Página 12 (02/07/2017).
[6] Alejandro Galliano, en Panamá revista, 35 de noviembre de 2019.
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Sobre el autor:

Acerca de Alejandro Moreira

Profesor de Teoría Política

El tipo y la calidad de los sacos que usa desde hace décadas Alejandro Moreira no cabe en esa categoría que impusieron las casas de vestir, “sport”. Porque son sacos que se “leen”: enseñan en su percha a un profesor universitario, pero también a un conversador, en él caben las charlas y las discusiones de […]

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