En Rea abordamos varias veces este año la división casi irreversible que atraviesa la sociedad estadounidense. Sus síntomas son teorías conspirativas de las que es muy fácil reírse si no hubiesen generado ya incidentes armados serios. Las elecciones que este año sepultaron la reelección de Donald Trump y dejaron a un paso de la Casa Blanca a Joe Biden (después de sacar de carrera a Bernie Sanders) devaluaron acaso la principal moneda simbólica con la que Estados Unidos reparte tiros y establece gobiernos por el mundo, la democracia, entendida como la explica política y económicamente Michael Hudson: es democracia lo que EEUU dice que es democracia.
Los disturbios que generaron en el Capitolio una turba imponente de fanáticos de Donald Trump el miércoles pasado, cuando el Congreso debía ratificar los resultados electorales por los que Biden fue electo presidente, fueron también un acto anunciado. En esta nota, una autora que ya tradujimos en nuestra revista señala en su artículo publicado este jueves en The New Yorker esta doble vara habitual de las policías que conocemos.
Acaso la indignación que produjo esa escena sirva para engordar el diagnóstico de Laurent de Sutter en su magnífico libro Indignación total. Lo que nuestra adicción al escándalo dice de nosotros: cuando falla el estado político sobreviene el estado policial. P.M.

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Al final del día sabíamos muy poco, pero estábamos seguros de esto: la policía del Capitolio no estaba muy preparada para una invasión que había sido fácil de predecir que, de hecho, había sido virtualmente declarada por el hombre con el megáfono más grande del mundo. Hubo violencia, destrucción de propiedad del gobierno, gases lacrimógenos, granadas de estruendo y disparos. Hasta el miércoles por la noche, se sabía de cuatro personas muertas, una de ellas baleada por la policía. Se sabía que cincuenta y dos personas habían sido arrestadas de entre los varios miles que habían irrumpido en el edificio.

Fue un ataque sin precedentes pero con muchos puntos de referencia. Durante las protestas de Black Lives Matter de la primavera pasada, tropas de la Guardia Nacional en equipo de combate se pararon en las escalinatas del Lincoln Memorial a tres peldaños del interior. Casi al mismo tiempo, la policía de parques de EEUU lanzó gases lacrimógenos a manifestantes no violentos en Lafayette Square, en Washington, DC. La policía del Capitolio realizó más arrestos en cada uno de los primeros tres días de las audiencias de confirmación del juez de la Corte Suprema Brett Kavanaugh, en septiembre de 2018, que ayer. Los manifestantes en esas audiencias, la mayoría de ellos mujeres, muchos de ellos autoidentificados como sobrevivientes de agresión sexual, fueron arrestados por transgresiones como gritar en los pasillos: “¡No se puede confiar en Kavanaugh!” El miércoles, la escritora Sarah Schulman publicó una imagen en Facebook con la leyenda: “En 1982 interrumpí en el Congreso para protestar contra un proyecto de ley antiaborto, fui arrestada en el acto con otras cinco mujeres, llevada a la cárcel y tuve un juicio con jurado de 11 días.”

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En la imagen, Schulman está con varios otros manifestantes. Ella sostiene un cartel que dice: “Exigimos el derecho al aborto, el fin del abuso de esterilización, los derechos de las lesbianas, cuidado infantil de calidad”. Se parece a muchas fotografías de décadas anteriores y posteriores: manifestantes, a menudo mujeres, vestidos apropiadamente para la admisión al Capitolio, con carteles que buscan comunicar un mensaje. Las imágenes del miércoles son de matones que destrozan el Capitolio: la oficina saqueada del presidente del Senado; un hombre sentado con sus botas sobre un escritorio; otro con un atril; otro portando una bandera confederada; un grupo de invasores blancos persiguiendo a un policía negro a través del edificio. Una y otra vez, después de escapar de la cámara, los senadores elogiaron al empleado o empleados que habían tenido los medios para llevarse fuera de la Cámara las cajas que contenían las presentaciones oficiales del resultado electoral de los estados. Los senadores parecían convencidos de que los invasores habrían quemado las boletas. Esta es una distinción clave entre los manifestantes que han sido arrestados en el Capitolio en el pasado y los invasores del miércoles, la mayoría de los cuales no fueron arrestados: los manifestantes del pasado querían interrumpir los procedimientos apelando públicamente a los miembros del Congreso y atrayendo la atención de los medios, con la esperanza de que el Congreso hiciera su trabajo de manera diferente; los invasores querían evitar que los miembros del Congreso hicieran su trabajo y destruir cualquier parte de la maquinaria de la democracia estadounidense a la que pudieran echar mano.

Solo puedo pensar en dos explicaciones de por qué la Policía del Capitolio falló en dar una respuesta más adecuada o no reprimió con mayor energía. Una es que estaban confabulados con los invasores. La otra es que no los tomaban en serio, es decir, no les temían. Descartaré la primera hipótesis porque es una teoría conspirativa. Sin embargo, la evidencia para la segunda hipótesis es abundante y se extiende más allá de la Policía del Capitolio.

Luego de varias horas escondidos, los senadores y representantes regresaron a los pasillos y a la tarea que tenían antes de ser obligados a refugiarse debajo de sus escritorios y evacuar la habitación mientras la policía luchaba por mantener las puertas cerradas con muebles. Hubo rumores y rumores: ¿hallará la Cámara de Representantes una nueva razón para enjuiciar (al presidente)? ¿Están los miembros del gabinete hablando de invocar la Vigésima Quinta Enmienda para destituir a Donald Trump de su cargo? Pero los miembros del Congreso parecían demasiado ocupados para contemplar el problema de un déspota desesperado y trastornado que sigue siendo presidente y comandante en jefe. (Cuando el reportero del HuffPost Igor Bobic le preguntó sobre ambas posibilidades, el senador Mitt Romney, el único crítico constante de Trump entre los republicanos en la cámara, dijo: “Creo que tenemos que contener la respiración durante los próximos veinte días”).

Se podría suponer que todos los senadores y representantes, incluidos más de un centenar de ellos que continuaron con su intento de sabotaje del proceso de certificación del voto presidencial, exhibían coraje en sus rostros. Pero el coraje no parece una ausencia de miedo. Coraje hubiera sido reconocer el peligro que era evidente para tanta gente fuera de esas cámaras –los millones pegados a sus pantallas de televisión, los presentadores de programas de entrevistas que se sumaban cada vez más incrédulos sobre la habitual atmósfera de negocios a medida que avanzaba la noche–, y abordarlo. Pero, como la policía que hizo un acto tan triste de protección, los miembros del Congreso simplemente no parecían tener miedo.

He pensado mucho en la falta de miedo. Cuando todavía vivía en Moscú, los periodistas que tenían acceso al Kremlin a menudo me reprendían por tomar a Putin y sus matones demasiado en serio. No negaban precisamente que podría haber matado a gente y probablemente lo hizo, o que estaba construyendo una dictadura. Simplemente pensaron que estaba exagerando. Me tomó mucho tiempo entender que esto no se debía a que estos hombres supieran más que yo, o incluso pensaran que sabían más. Fue precisamente porque compartían un mundo con Putin y sus hombres y los veían como personas normales, como parte de su comunidad. No tememos a aquellos a quienes consideramos como nosotros; tememos al otro.

Los manifestantes de Black Lives Matter son el otro para la Policía del Capitolio. También lo son las sobrevivientes de agresiones sexuales o las mujeres que protestan por el derecho a elegir. Pero una turba armada que asalta el Capitolio y su instigador en jefe son, aparentemente, lo suficientemente familiares como para ser dispersados como payasos. (Algunos de ellos, con su pintura facial y su extraño tocado en la cabeza, incluso parecían abrazar su identidad de payasos). Los invasores pueden estar llenos de desprecio por un sistema que creen que no los representa, pero el miércoles se encargaron de demostrar que sí lo hace. El sistema, que se encogió de hombros ante su violencia como si se tratara de la rabieta de un niño de cinco años, los representa. Es al resto de nosotros a los que no protege.

 

Traducido de The New Yorker. Se respetaron todos los hipervínculos de la edición original. Traducción de Pablo Makovsky.
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Sobre el autor:

Acerca de Masha Gessen

Masha Gessen (Moscú, 1967; reside en Nueva York) es autora de diez libros, que incluyen “The Future Is History: How Totalitarianism Reclaimed Russia,” (“El futuro es historia: cómo el totalitarismo recuperó Rusia”, que ganó el National Book Award en 2017, y “El hombre sin rostro: el ascenso improbable de Vladimir Putin“. Gessen ha escrito sobre […]

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