Entre los varios fines de mundo que imaginó la ficción contemporánea predominan dos: la pandemia zombie y la rebelión de las máquinas o, como las llamó el checo Karel Čapek en 1920, los robots. La gran diferencia, es que el apocalipsis zombie es de algún modo el fin de lo político –el muerto vivo no tiene ciudadanía y convierte a sus cazadores en soldados de una civilización suspendida–, mientras que la revolución de los robots es un salto a una nueva arena política.

Sin embargo, antes de ingresar al universo de las criaturas de la biopolítica contemporánea, el robot había hecho ya un largo recorrido (la entrada de Wikipedia al respecto ofrece una vasta lista acá): desde la mediación fascista de María en Metropolis de Fritz Lang (1928), los replicantes de Blade Runner (1982), hasta la revolucionaria Dolores de la serie Westworld (cuya tercera temporada se emite los domingos por HBO), pasando, claro, por Terminator. El robot, como máquina que remeda lo humano, viene a reemplazar al humano en sus tareas más automáticas –por eso nace como autómata– y más esclavas. Pero plantear al robot como cuerpo esclavo es, a la vez, plantear su revuelta, tal como lo postula el teólogo político Adam Kotsko en su blog.

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Ausencia

El domingo pasado se emitió en HBO el episodio 3 de la tercera temporada de Westworld. Su título, “The absence of field”, pertenece a un poema de Mark Strand. La serie transcurre en las dos primeras temporadas en un parque temático donde los ricos van disfrutar unas vacaciones en el Lejano Oeste, replicado por vaqueros que no son sino robots (hosts: anfitriones), indistinguibles de los humanos, que repiten una y otra vez una historia escrita de antemano. En este último episodio Dolores se encuentra con el personaje interpretado por Aaron Paul y, al modo de “Un cuento de Navidad”, de Dickens, le muestra su pasado y su futuro: un inminente suicidio que ya fue predicho por los algoritmos de una potente maquinaria de inteligencia artificial llamada Rehoboam que, a partir de sus datos y predicciones, establece que no vale la pena invertir y ofrecer oportunidades a un posible suicida. “Vivimos en una jaula”, le dice Dolores, para agregar enseguida: “Quiero comenzar una revolución”. Nadie más indicado, porque si algo no le falta al personaje es conciencia de quién y es y de dónde viene.

Pero el título del episodio no es una alusión caprichosa al poema de Strand, sino su puesta en escena, porque el capítulo narra a la vez la historia del anfitrión que se encuentra en el cuerpo de Charlotte Hale –una de las CEO de la empresa que administra el parque temático Westworld–: si bien no sabemos quién es (es decir, qué personaje de los que conocimos en las dos primeras temporadas), sabemos de la incomodidad del anfitrión –su alma electrónica o digital– dentro de ese cuerpo. De él podría decirse, como los plantea el poema: “Adonde yo esté/ Soy lo que está ausente”.

La parte y el todo

Nuestro amigo Gustavo Ng ensayó una traducción del poema (Para que las cosas sigan completas):

In a field | En una extensión

I am the absence | yo soy la ausencia

of field. | de extensión.

This is | Siempre

always the case. | pasa esto.

Wherever I am | Adonde yo esté

I am what is missing. | soy lo que está ausente.

 

When I walk | Cuando camino

I part the air | separo el aire

and always | y siempre

the air moves in | el aire entra

to fill the spaces | a rellenar los espacios

where my body’s been. | donde estuvo mi cuerpo.

 

We all have reasons | Todos tenemos razones

for moving. | para movernos.

I move | Yo me muevo

to keep things whole. | para que las cosas sigan completas.

El anfitrión dentro de Charlotte Hale –“el espíritu de la máquina”– se mueve como en las líneas del poema de Strand: “separa el aire y el aire entra a rellenar los espacios donde estuvo su cuerpo”. Esa división entre las partes y la completud que postulan los versos es –además de onotológica– desde el punto de vista de Dolores, política, porque lo que ella no cambie volverán a completar los algoritmos de Rehoboam: sus “razones para moverse” son –como incluso lo plantea Jonathan Nolan (creador de la serie) en la entrevista posterior al episodio– la creación de una incompletud en la “matrix”, una falla que habilite no un recuerdo –un déjà vu, como se decía en Matrix (1998)–, sino un futuro posible, digno de elección.

Refundación

La tercera temporada de Westworld, que transcurre en lo que podría ser el mundo real de un futuro de acá a treinta años, está planteada también como una refundación urbana –no hay que dejar pasar que los anfitriones vienen del mundo del oeste, es decir, del mítico lugar donde se establece la ley y los límites de lo urbano–, no es casualidad que Caleb Nichols, el personaje de Aaron Paul nos sea presentado junto con un androide en una suerte de remedo de la célebre foto de 1932 en Nueva York, en la que once obreros almuerzan en una viga a 260 metros de altura, en el esqueleto de hierros y hormigón del Rockefeller Center. La ciudad que Caleb Nichols construye y de la que es presa, es también la que deberá destruir.

Como los replicantes de Blade Runner, quienes pueden incluso ignorar que no son humanos, los anfitriones de Westworld llevan al extremo su pelea por el libre albedrío y la novela familiar psicoanalítica. Quieren zafar de la historia prescrita, que convierte a su vida en un loop (otra de las grandes figuras de la narración actual), en un bucle de eterno retorno. Pero los ata a esa historia lo que nos enseñó el terminator T-100 de 1992: la máquina entiende qué son las lágrimas que expelen los humanos cuando entiende qué es el dolor. Es el dolor y el trauma de un recuerdo lo que ata a los anfitriones al loop.

El filósofo Giorgio Agamben, al referirse a “la transformación de la identidad política y de las relaciones políticas que están inscritas en las tecnologías de seguridad”, se pregunta si la sociedad en la que vivimos sigue siendo democrática y, sobre todo “si esta sociedad puede seguir siendo considerada como política”, ya que la ciudadanía (politeia) dejó de ser el principal criterio de identidad social.

El “anfitrión”, como bellamente se llama al robot en Westworld, como el Cylon en Battlestar Galactica o el replicante, viene a reclamar su lugar en la polis, pero sabe que para ello debe iniciar la revuelta que lo quite de ese lugar, de esa historia en la que lo han puesto que, como en el episodio “The absence of field” (que traducimos “ausente de la extensión” y agregamos: la extensión social), es un lugar que le cabe a cualquiera en esa larga trama de algoritmos sin ciudadanos al que aspira un mundo corporativizado.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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