“Vivir una vida feminista no significa adoptar un conjunto de ideales o normas de conducta, pero sí puede implicar hacernos preguntas éticas sobre cómo vivir mejor en un mundo injusto y desigual (en un mundo no feminista y antifeminista); cómo crear vínculos más igualitarios con otras personas; cómo encontrar maneras de apoyar a aquellas a las que los sistemas sociales no contienen o apenas contienen; cómo seguir enfrentándonos contra historias que se han vuelto concretas, historias que se han vuelto sólidas como muros”, escribe Sara Ahmed en Vivir una vida feminista, recientemente editado en el país.

Ahmed intenta alcanzar la energía y la potencia de esa palabra. Se pregunta no sólo qué es lo que escuchan las personas al oírla sino también qué significa abrazarla. El ensayo hace de la teoría casi una tarea del hogar. La autora propone llevar el feminismo a la casa y a la mesa para leer cómo transforma la vida de las personas desde lo micro y lo más cotidiano.

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La cámara prodigiosa

La fotógrafa Paulina Scheitlin inaugura este viernes “Wunderkammer”, una muestra en la que los objetos y personas retratadas son parte de una intriga, de una historia que se teje en el encuadre.

Es que los feminismos definitivamente cambian las vidas. Las modifican en lo social pero también y, sobre todo, en lo íntimo. Y si bien la mayor preocupación de los feminismos en la Argentina hoy sigue siendo la de las violencias (La Casa del Encuentro relevó 50 femicidios, 1 transfemicidio y 5 femicidios vinculados de varones entre enero y marzo de 2021) también importan las fugas. Las derivas que hacen posible pensar los anclajes situados, la relación con la militancia, los activismos, las imágenes, las narraciones, las representaciones, los pensamientos, las producciones artísticas, las prácticas culturales, la reinvención de las economías sociales, las reparaciones históricas y las revinculaciones afectivas.

Poner en foco las distintas fugas de los feminismos como medida de transformación de las vidas contemporáneas es el espíritu de Fugas, la exposición que se puede ver lo queda del mes de marzo y hasta el 3 de abril en el Centro Cultural Parque España. La propuesta es pensar a los feminismos sin caer en una imagen o en la referencia de un libro y pulsarlo en las calles, en un cartel, en las ferias, en los grupos de chicas, en las mujeres, en las transfeministas, en las distintas situaciones.

“La muestra abre un canal de visualización que rompe con la idea de las disciplinas. A partir de una mirada de la cultura contemporánea no podemos separar la pintura de la escultura del cartel, todos dispositivos disponibles que funcionan en relación con una necesidad, un deseo y como una proclama”, dice Nancy Rojas, curadora de Fugas.

 

Dice el texto curatorial:

“En Teoría king Kong, Virginie Despentes señala que el feminismo es una revolución y no un reordenamiento de consignas de marketing; una aventura colectiva para las mujeres pero también para los hombres y para todos los demás.

Este año se cumple el 15º aniversario de este texto referencial. Su impacto prolongado no sólo radica en la necesidad permanente de tomas de posición crítica ante los avances del neoliberalismo, determinantes de la existencia sostenida del patriarcado, sino también en su perspicacia por detectar que los feminismos son también fugas constitutivas de las mutaciones sociales y económicas formuladas en clave micropolítica. Es decir los feminismos son capaces de transformar las condiciones y las prácticas y, por ende, las estructuras internas, externas, visibles e invisibles de la vida cotidiana”.

 

Por eso la muestra no es nada convencional. Acá, como en los feminismos, no hay nada estático, todo es acción y ebullición. Es así que la puesta buscó desdoblarse en varias capas del mismo modo en que lo hacen los feminismos en la actualidad. Considerar sus derivas, sus desvíos, su construcción en red, popular y afectivamente. Entonces reúne a una serie de artistas, investigadoras, pensadoras y militantes, pero también a manteras, ceramiqueras, tejedoras, performers, feriantes, lectoras. Todas presentan sus obras, sus imágenes, sus señalamientos y sus metodologías de trabajo. Y aunque hay producciones de artistas como Claudia del Río o Ana Gallardo, el fenómeno apuntó al reconocimiento de las colectivas (Cuadrilla Feminista, Mujeres tras las rejas, Manteras, Orilleras, Mujeres Qom, Mujeres de Negro Rosario, entre otras) como una marca del trabajo grupal y situacional.

“La idea no sólo fue mostrar desde un sentido gráfico o expositivo las producciones sino también desde el punto de vista del potencial performativo”, cuenta Rojas: “Los ejes de visualización fueron la economía, el devenir de las economías populares, la colectivización de las prácticas artísticas, porque las artes visuales son impactadas por los feminismos al mismo tiempo que el arte contemporáneo rompe con los límites de la disciplinas y los cruces”.

Hay pegatinas y carteles callejeros, hay ferias y talleres de producción gráfica, lo que señala que la muestra no fue diseñada sólo en función de los dispositivos del arte, sino también de su cocina, de esa trastienda que hace posible el hacer. “Aparecen los talleres y las situaciones performativas porque nos interesaba que la muestra tenga una dinámica que sea coherente con lo que nos pasa en la actualidad, con la afluencia de acciones, de referencias”,  dice Rojas. Hay bordados, textiles, sublimados, dibujos, escrituras, pero también imágenes en proceso. Hay espacio para la charla, el intercambio y también para el encuentro. Se puede mirar, tocar, escribir, registrar y montar escenas. Y como en esa idea que los mismos feminismos encarnan (de que son muchos y en pural) aparece lo orgánico como materia viva, heterogénea, diversa, variada y al mismo tiempo sincrética: uniendo lo ancestral con lo contemporáneo y aún con el porvenir de los feminismos futuros.

Fugas (que tiene algo de Futuro pero también podría ser una deriva de Fuegas) no le escapa a las llamas y a las quemas como segunda capa de significación. “Está presente en la muestra y en el pensamiento post feminista. Lo trabajamos pensando en lo que pasó durante todo el 2020 con los incendios de los humedales. Es una trama de significación que a su vez resignifica este trabajo de militancia que se hace en relación con la tierra y con la defensa de los espacios”, dice Rojas.

Desde el año 2001 la mirada de los paradigmas del arte y la cultura contemporánea tiene que ver con la colectivización de la experiencia y de la producción. Pero ante todo con la efervescencia de los movimientos sociales. De esto dice Rojas: “No es casual que muchas colectivas culturales surjan precisamente al calor de los movimientos sociales. Muchas de las prácticas además de potenciarse en lo que pasa en la calle el 8M o con el Ni Una Menos es interesante marcarlas como propuestas de colectivización, para pensar micropolíticas, formas nuevas de vida, de vincularidad, de militar en conjunto, de generar un modo de trabajo diferente al que nos impone el sistema capitalista”.

Fue el primer paro internacional de mujeres de 2018 el que empujó en Rosario a que las trabajadoras del arte comenzaron a problematizar su lugar en la escena artística. Aunque para Rojas el debate venía de antes, sin dudas, en los últimos años se fue profundizando al calor de los feminismos y coincide con dejar de lado esta mirada del arte como un dispositivo al servicio de la belleza para pensarla como un trabajo.

“El campo del trabajo implica una desromantización de la tarea, una cercanía. A la estructura patriarcal le sirve que el arte sea un dispositivo solo de consumo para referenciar la belleza o el arte bien hecho. Acá tiene que ver con la vincularidad y con el proceso de trabajo. No tiene que ver con la genialidad. El concepto de genio artista está situado con la figura masculina. Y  el hecho de pensar a las trabajadoras del arte es romper con la genialidad y acercar el arte a la comunidad, al cotidiano”, dice Rojas y agrega: “Es necesario pensar a las mujeres como trabajadoras del arte pero ante todo como mujeres trabajadoras. Porque son también las mujeres que cuidan, porque son madres o porque tienen personas a su cuidado. Son responsables, son trabajadoras y luego esto se replica en el campo del arte”.

La muestra con sus múltiples actividades se inauguró el 8 de marzo día de las mujeres trabajadoras, fecha clave para pensar en torno a los modos de producción frente a las estructuras radicalizadas. “El abuso sigue existiendo y el arte no es ajeno a la plataforma del machismo”, asegura Rojas. Para ella seguirá existiendo hasta que no haya bibliografía de mujeres y disidencias y una historia del arte en paridad de género. Quizás esta acción colorida y disidente sea una de las tantas líneas de fuga en ese sentido. No tanto para levantar un canon (palabra que remite a lo rígido y normativo, algo a lo que los feminismos le escapan) sino para descubrir los nuevos sistemas afectivos y sus agenciamientos.

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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