El plan de operaciones que el nuevo govierno provisional de las Provincia Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica hasta consolidar el grande sistema de nuestra libertad e independencia, atribuido a Mariano Moreno, fue descubierto accidentalmente por el ingeniero Eduardo Madero en el Archivo de Indias en Sevilla, cuando realizaba una investigación sobre el puerto de Buenos Aires. Madero envió una copia a Bartolomé Mitre para que dictaminara sobre la autenticidad del mismo. Mitre no dudó y el documento fue incluido en la reedición de los escritos de Mariano Moreno realizada por el Ateneo de Buenos Aires en 1896, bajo la dirección de Norberto Piñero. El Plan, que lleva la fecha del 30 de agosto de 1810, presenta un preámbulo y nueve artículos que se ajustan a los elevados por Manuel Belgrano en los documentos de la Junta que lo preceden. Se trata de un escrito robespierrano y maquiavélico que, como ha señalado Horacio González, se empeña en explicar con folletinesca truculencia el uso del mal al servicio del bien, bajo la convicción explícita de que las épocas revolucionarias justifican conductas de excepción.

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Junto con el preámbulo, el artículo primero es el que ha provocado mayor discusión. Allí se fomenta la violencia, el terror y la intriga, dividiendo a los ciudadanos en tres clases: los adictos al nuevo sistema, los enemigos declarados y, por último, los “silenciosos espectadores” que manteniendo la neutralidad son en realidad los egoístas. Se decapitará a todos los enemigos, se alentará las delaciones, se taparán todos los actos adversos y desastrosos para el gobierno y se declararán libres a los esclavos de los enemigos. El artículo segundo refiere a los medios para sublevar la Banda Oriental y atraer la adhesión de Artigas y Rondeau. El artículo tercero está dedicado a la necesidad de mantener la imagen externa de adhesión al rey Fernando VII. El artículo cuarto refiere a la conducta a seguir con Gran Bretaña y Portugal. Se incluye una recomendación que ha valido duras críticas a Mariano Moreno por parte de los historiadores revisionistas: contemplando la necesidad de romper la alianza anglo-portuguesa y lograr el apoyo de esta última propone cederle la isla Martín García mediante un contrato de arriendo por veinte o veinticinco años. El artículo quinto refiere al envío de agentes provinciales para que difundan la nueva doctrina. El sexto, dedicado a aspectos económicos, señala los arbitrios para fomentar los fondos públicos, una vez dominado todo el Virreinato del Río de la Plata. Establece como principio que el mejor gobierno es el que hace feliz al mayor número de individuos y que “las fortunas agigantadas de unos pocos individuos, a proporción de lo grande de un estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven a la ruina de la sociedad civil”. En consecuencia, se propone la confiscación de las grandes fortunas y a la expropiación de las riquezas naturales que serán explotadas por el Estado. Tal nacionalismo económico, que desmiente la tradicional imagen librecambista de la nueva elite, no logró sin embargo convencer al historiador José María Rosa, quien sobre este punto se preguntaba: “¿Acaso la lejana perspectiva nacionalista no ha sido puesta para disimular la entrega cotidiana?” El séptimo, insiste con la necesidad de establecer una alianza con Gran Bretaña, sin perder de vista sus rasgos característicos, el señorío de los mares y la extensión de miras mercantilistas. El octavo, establece los mecanismos para sublevar, anarquizar y dividir al Brasil a efectos de proponer a Gran Bretaña su intervención y el posterior reparto de esos extensos territorios. Por último, el noveno refiere a los medios de consolidar la revolución una vez que la misma haya sido reconocida por las potencias extranjeras.

Intérpretes

Cuando Piñero publicó su obra sufrió de inmediato la crítica de Paul Groussac: las cláusulas más significativas del Plan “bastan para deshonrar la causa americana en su más ilustre apóstol”. Según este autor, el documento en cuestión ya había sido publicado por el historiador español Torrente en 1829, con el claro objeto de desprestigiar la causa americana. Atribuye su autoría a “algún chapucero español errante por aquí”. La contrarréplica de Piñero lo hizo variar de opinión, siguió negando la autoría de Moreno, pero estimó que no era obra de un enemigo de la revolución sino de un partidario “terrible y exaltado”. La polémica fue continuada décadas más tarde por otro historiador, Ricardo Levene. Como es sabido, este autor fue uno de los gestores de la imagen canónica de Mariano Moreno. En su Historia de la nación argentina niega terminantemente la autenticidad del Plan apelando a distintas pruebas, pero lo que importaba, ante todo, era disociar la imagen del héroe de un documento que, a su juicio, lo enloda irremediablemente. Así lo expresa en su Historia de las ideas sociales argentinas: “Es un Plan que nada tiene de genial, sino que es monstruoso, en los medios preconizados y en las ideas que sustenta porque descansa en una concepción degradante de la naturaleza humana.” Para este historiador, el documento pertenece a un enemigo de los patriotas y fue redactado con el objeto de convencer al gobierno español de aplastar la revolución rioplatense. Por último, una investigación paleográfica y caligráfica lo persuade de que el copista del Plan es Andrés Álvarez de Toledo, quien en 1807 era teniente de urbanos y luego sirvió como capitán en del gobierno realista de Montevideo. El original, atribuido a Moreno, no existe.

En 1952 apareció la obra de Enrique Ruiz Guiñazú, Epifanía de la libertad, cuya segunda parte está íntegramente dedicada a estudiar el documento que nos convoca. Para Ruiz Guiñazú no cabe dudar de su autenticidad: “Esta lucubración excepcional en los anales hispanoamericanos acusa en su originalidad –que lleva el sello indeleble de su autor– una de las más exaltadas exteriorizaciones del movimiento emancipador concebido y orientado con la fuerza de la convicción más temeraria, en aras de un nobilísimo sentimiento de gobierno propio. Su mérito, pues, se acompaña con la virtud de un realismo impresionante (…) nos enfrenta con el patriota visionario que por entero se juega a muerte por su santa causa”.

Contra lo afirmado por Levene, Ruiz Guiñazú menciona una serie de documentos paralelos e instrucciones secretas que permiten afirmar que la Junta de Mayo obró, en varias oportunidades, de acuerdo a lo dispuesto por el Plan, crudas decisiones de cuya lectura nadie sale indemne, ni sus redactores ni sus lectores actuales: el primero –autógrafo de Mariano Moreno– es del 28 de julio de 1810 por el cual la Junta manda a arcabucear a Liniers, Gómez de la Concha, el obispo Orellana, Allende, Rodriguez y el oficial Moreno. Del mismo tenor son las instrucciones dadas a Castelli para el Alto Perú: fusilar sin proceso previo al general Goyeneche, al presidente Nieto, al gobernador Sanz y al obispo Sanz, a lo que se agrega que “en la primera victoria que se logre dejará que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir terror en los enemigos”; y, por último, las instrucciones encomendadas a Manuel Belgrano el 22 de setiembre del mismo año: ajusticiar al gobernador del Paraguay, a sus aliados, al obispo de Asunción y a todo jefe europeo sorprendido en armas.

La aparición de nuevas copias del Plan en distintas partes de mundo complicó todavía más el panorama. En su obra De los borbones a la Baring Brothers, Liborio Justo no dudó de su veracidad, señalando la concordancia entre el Plan y los sucesos posteriores. Por su parte en 1960, en el Anuario del Instituto de investigaciones históricas de la Facultad de Filosofía y letras de Rosario, Augusto Fernández Díaz contribuyó a la tesis de Levene, poniendo de manifiesto la atención que el escrito muestra sobre la Banda Oriental, en desmedro del Alto Perú: “toda la atención del redactor es para el Brazil y la Banda Oriental. He hecho una ligera cuenta y es como sigue: 1.100 palabras contiene la parte dedicada al Perú y a las provincias argentinas; 10.400 a aquellos países”. Similar posición asumió Carlos Segretti, para quien el Plan es una falsificación, obra de Álvarez de Toledo con el objetivo de forzar una intervención, en este caso portuguesa, desde Río de Janeiro. Por último, en el número 42 de la revista Todo es Historia, Miguel Angel Scenna realizó un pormenorizado análisis de los vericuetos de esta historia para concluir que, sin dudas, el espíritu del Plan rigió las acciones de la Junta, por lo menos hasta la muerte de Mariano Moreno; no cabe dudar por tanto ni del Plan ni de la ideología del movimiento de Mayo.

Los debates y posiciones que sucintamente hemos reseñado se inscribían de lleno en los relatos que fundaron y dieron inteligibilidad a diversas tradiciones político-culturales de nuestro país a lo largo del siglo XX, al menos hasta el golpe de estado de 1976. Lo que estaba en juego allí era la imagen del secretario de la Junta, que era también el modo de definir la verdadera ideología de la revolución. Se enfrentaban la imagen de un Moreno liberal republicano forjado por la historiografía oficial, al modo del diario La Nación, un Moreno radicalizado y jacobino, sostenido por corrientes reformistas y de izquierda, e incluso un Moreno anglófilo, presto a entregar la soberanía de estos territorios –como sospechaba la primera generación revisionista. Hoy todo ello pertenece a un pasado lejano, la vuelta de la democracia reveló otro clima de ideas, fin de grandes relatos, neoliberalismo, globalización: tanto los gobiernos de Carlos Menem como el más reciente de Mauricio Macri expresaron el sueño de una república sin historia, la férrea convicción de olvidar el pasado de esta nación, pasado que en tales proyectos no es más que un lastre, otro obstáculo para la implementación de las benditas “reformas estructurales”. De “todo es historia” pasamos más bien al fin de la historia, aunque en los últimos años nuevos horizontes se han abierto para volver a pensar historia y política.

En el campo académico los debates sobre el Plan sufrieron una transición: de la preocupación en torno a su autoría se pasó a examinar su autenticidad. Y acá hay que decir que se hizo evidente entre los especialistas un consenso tácito que daba por bueno el Plan, más allá de infinidad de reparos. En cierto modo así es como ha sido leído por las nuevas generaciones, entre ellas la corriente historiográfica nacional y popular, escuela que, cercana al kirchnerismo, ha producido innovaciones de enorme interés en muchos campos, sin perjuicio de que, en alguna de sus versiones mass mediáticas, haya anexado interpretaciones demasiado aventuradas sobre el tema que nos interesa como aquella que afirma que el Plan habría sido aplicado por el mismo San Martín durante su gobierno en Mendoza –disparate tan atractivo como indemostrable que recuerda la tesis de Ernesto Quesada hacia 1896[1], cuando afirmaba que el jacobinismo de Moreno habría inspirado el terror puesto en práctica por Rosas desde 1840, y eso verificaría la autenticidad del Plan.

Una novela francesa

Lo cierto es que este viejo documento ya no suscita las querellas apasionadas de antaño, pero introduce otras cuestiones que muestran hasta qué punto toda lectura de la historia se hace desde el presente. En una nueva edición del Plan revolucionario de operaciones publicada por editorial Perfil hacia 1999, su prologuista Martín Caparrós advertía a sus lectores que el documento promovía abiertamente la intriga y la muerte siguiendo la máxima de que el fin justifica los medios, y lo analizaba entonces a la luz de la experiencia de la década de 1960/70 y el terror militar. Concluía advirtiendo los peligros que conlleva la ética de la convicción, caracterizada como el espectáculo aterrador de “tanta voluntad, la voluntad sin límites” –en este caso de los revolucionarios de 1810. A Caparrós podemos contestarle con Max Weber: “quien busque la salvación de su alma y la redención de la ajenas no las encontrará en los caminos de la política cuyas metas son distintas y cuyos éxitos solo pueden ser alcanzados por medio de la fuerza (…) Quien se dedica a la política establece un pacto con los poderes satánicos”. Tal el carácter irremediablemente trágico de la acción política, que arrastró sin duda a los hombres de Mayo, y que no se arregla ni con la santidad en la elección de los medios ni con buenas y progresistas intenciones.

Así venían las cosas, más bien tranquilas, hasta que en 2015 un outsider pateó el tablero. En Un plagio bicentenario,[2] Diego Javier Bauso, médico neurólogo que en sus horas libres se dedicaba a estudiar historia, rechazó de manera tajante la autenticidad del Plan de operaciones. Y ello se sostiene en un dato novedoso, Bauso ha descubierto que buena parte del escrito atribuido a Moreno ha sido copiado de una novela francesa del siglo XVIII, Le cimitière de la Madeleine de J.J. Regnault-Warin –un autor menor que se propuso narrar las trágicas desventuras de la familia real francesa durante la Revolución hasta la ejecución de Luis XVI en 1793. Para construir esa ficción, que acercaba las intimidades de las celebridades de la época al gran público, el escritor francés se inspiraba en una técnica tomada de Night-thoughts (1745), obra considerada antecedente del género gótico escrita por el inglés Edward Young: colocaba en el centro de la trama a un narrador –en este caso el abate Fermont, confesor del Rey–, quien a lo largo de doce noches relataba sus memorias en un cementerio mientras rondaba las tumbas de aquellas figuras que cayeron víctimas de la revolución, a la vez que meditaba con melancolía sobre el destino de grandes hombres e imperios. Pero lo relevante para nuestro tema es que J.J Regnault-Warin intercaló en la narración acontecimientos históricos verosímiles pero inexistentes, y junto con ello apeló a “piezas justificativas” –cartas y documentos supuestamente auténticos atribuidos, entre otros, al viejo ministro Malesherbes o a la misma Maria Antonieta, pero que eran obviamente de su invención. Claro que ello no inhibió que tales testimonios fueran tomados por verídicos en principio por el público francés, pero luego –traducciones mediante– por sus lectores ingleses y españoles, al punto que más tarde fueron utilizados como material bibliográfico en libros de historia. De ese modo, el Cementerio de la Magdalena llegó al Río de la Plata hacia comienzos del siglo XIX.

Y bien, en un capítulo titulado Comparación entre el exordio del Plan de operaciones y El cementerio de la Magdalena (124) Bauso coteja párrafos de uno y otro escrito, (por caso: “las naciones envejecidas solo pueden regenerarse con arroyos de sangre” ) y no queda sino admitir que su tesis es más que plausible: se trata de un plagio que como observa el mismo autor nos lleva a una conclusión sorprendente, digna de alguna ficción de Borges : alguien llevó a cabo una copia exacta, al pie de la letra, de extensos pasajes de un escrito, los que ubicados en un nuevo contexto histórico y en otra geografía adquieren una significación enteramente diferente, de fragmentos de una novela histórica sentimental que convocaba a la piedad frente a los últimos monarcas de Francia a insumos de un panfleto revolucionario de una naciente república americana. (Panfleto, recordemos, que en esta perspectiva sería apócrifo).

La conclusión de Bauso vuelve entonces sobre antiguas hipótesis: el Plan es obra de falsificadores, con seguridad de Felipe Contucci y su amigo Álvarez de Toledo tratando de inventar un documento falso que pudiera pasar como redactado por un revolucionario sanguinario. Incluso las referencias tomadas de Volney o del abat Raynat –que eran lecturas de cabecera de Mariano Moreno y por esa razón confirmaban a ojos de algunos su autoría intelectual– fueron en verdad también tomadas de aquellas “piezas justificativas” que mencionábamos y están en el Cementerio de la Magdalena. Pero los falsificadores mostraron un ingenio notable para utilizar otras fuentes, en este caso verdaderas, que revelaban los fuertes disensos al interior del grupo gobernante, como la Carta de Saavedra a Viamonte, de junio de 1811, que consiguieron tornar el Plan verídico a los ojos de la corte portuguesa y de Madrid –y también, por cierto, de tantos lectores futuros, entre los que nos contamos cuando accedimos por primera vez a la lectura de este texto en 1981 transitando los pasillos de la oscura Facultad de humanidades en los terribles años de la dictadura.

Cualquiera sea el caso, la escena que nos propone Un plagio bicentenario es cuanto menos impensada y disruptiva: un escritor francés sin demasiados talentos (su editor español, Vicente Salvá, consideraba el Cementerio de la Magdalena como una novela “detestable pero de venta segura”), plagiado más tarde por dos embaucadores del siglo XIX quienes, en sus oscuros empeños por forzar la intervención de la princesa Carlota Joaquina en el Río de la Plata, anticipaban lo que tantos servicios de inteligencia harían en el siglo siguiente y que hoy vemos a diario en la televisión –falsas noticias, escritos fraguados, complots inexistentes. Tal la génesis –nos dice Bauso– del Plan de operaciones, fuente escrita ineludible, ligada al nacimiento mismo de la patria que hubo ocupado la atención de tantos historiadores a lo largo de doscientos años de historia.

Verosimilitud

Pero esa capacidad de influir en ámbitos diversos que tuvo nuestro documento a lo largo del tiempo no puede atribuirse solo a la ingenuidad, la ignorancia o la estupidez de sus lectores. Se debe en principio a que el Plan logra plasmar certeramente el espíritu jacobino tal como amigos y adversarios lo imaginaban en la época. Pero, sobre todas las cosas, su verosimilitud se asienta en el hecho evidente de que muchas de las acciones de la Junta de Mayo se acomodan demasiado bien con sus instrucciones. Si hemos de creer en la falsedad del Plan nos encontraríamos ante un documento inventado cuyos contenidos no obstante fueron en buena medida verídicos; si lo que buscaban sus diseñadores era enlodar la revolución al exacerbar las ideas radicales de sus actores hay que afirmar que no exageraban en esa caracterización, más bien representaban fielmente lo que la historia iba a confirmar. Extraños falsificadores aquellos, que redactando mentiras contaban la verdad.

Si de violencia se trata viene al caso recordar aquí, junto con las medidas citadas por Ruiz Guiñazú, el célebre Manifiesto aparecido en La Gaceta el 11 de octubre de 1810 con que la Junta justificó el fusilamiento de Santiago de Liniers. Evoquemos la secuencia: luego de las dilaciones en el cumplimiento de las órdenes iniciales respecto de los amotinados de Córdoba, motivadas por el hecho de que el antiguo virrey era uno de los héroes de la reconquista de Buenos Aires durante las invasiones inglesas, Mariano Moreno, a quien las crónicas muestran furioso con esa desobediencia a sus órdenes, despacha a Castelli, el orador, para consumar la acción. Los fusilan el 26 de agosto de 1810, pero al parecer Liniers no murió en el acto, el tiro de gracia se lo dio Domingo French, su antiguo amigo y subalterno, quien algunas semanas antes había repartido escarapelas celestes y blancas frente al Cabildo de Buenos Aires –al menos así se nos contaba en la escuela primaria. Tales la condiciones con que la elite de mayo lanzó su revolución, decisiones de vida o muerte que atravesando guerras marcarían para siempre el surgimiento de una nueva nación y, ciertamente, el destino de aquellos hombres signado por la soledad y el destierro: “si vez el futuro dile que no venga”, escribió a sus amigos en 1812 el mismo Castelli, enfermo y sometido a juicio poco antes de que su vida se extinguiera. Es por esa razón que los numerosos anacronismos advertidos ya desde Groussac (sucesos y personajes citados en la trama que recién entraron en escena tiempo más tarde del deceso en altamar de Mariano Moreno, como San Martín o Artigas) lejos de moderar hacen la lectura del Plan más interesante, de algún modo lo vuelven todavía más real. Es que, en efecto, los sucesos de mayo de 1810 constituyeron una verdadera revolución; y la revolución, como sabemos, es un sueño eterno. Más allá de sus intenciones, de su destino, de que fuera obra de patriotas o contrarrevolucionarios, el éxito del Plan, su lectura interminable, quizás radique en que logró concatenar una serie de acontecimientos dispersos, como siempre azarosos, en una trama de sentido. En suma, configuró una ficción en torno a esa coyuntura fundacional que sirvió a los contemporáneos para guiar sus días y sus acciones a otras tantas generaciones para reflexionar sobre los comienzos de este país que se llamaría Argentina, como nos sirve a nosotros, ahora, para pensar aquella historia.

[1] Ernesto Quesada, El general Lamadrid y la campaña de 1841; folletín de El tiempo argentino, año II, número 502, 1896.

[2] Diego Javier Bauso, Un plagio bicentenario. El Plan de operaciones atribuido a Mariano Moreno, mito y realidad, Sudamericana, 2015

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Alejandro Moreira

Profesor de Teoría Política

El tipo y la calidad de los sacos que usa desde hace décadas Alejandro Moreira no cabe en esa categoría que impusieron las casas de vestir, “sport”. Porque son sacos que se “leen”: enseñan en su percha a un profesor universitario, pero también a un conversador, en él caben las charlas y las discusiones de […]

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