Cuidado, el comentario tiene eso que los adictos a la sorpresa llaman spoilers.

Una asombrosa Meryl Streep interpreta a la ficticia presidenta de los EEUU Janie Orlean en No miren arriba, última película del divulgador de catástrofes Adam McKay. Así, cuando dos astrónomos de la universidad de Michigan (Leonardo Di Caprio y la doctoranda Jennifer Lawrence, que luce como una estudiante de nuestra Humanidades y Artes) van a advertirle que un asteroide de unos diez kilómetros de ancho va a chocar contra la Tierra en seis meses y chirolas, ocasionando la extinción de la humanidad, la presidenta, una rémora de Trump, les dice que es momento de serenarse y analizar, porque tiene un escándalo entre manos y debe llegar a las elecciones de medio término. Y también: “¿Saben la cantidad de veces que un presidente de EEUU es advertido sobre el fin del mundo?”

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Esta película, en la que McKay apunta a revelarnos la catástrofe que resultaría si EEUU estuviese encargado de salvar a la humanidad y, además, a ponernos en órbita sobre los peligros reales del cambio climático –todas cosas nobles en las que no podríamos disentir, lo mismo que en su película La gran apuesta, una especie de documental actuado con giros de comedia– falla en ser cine, incluso cuando se mofa del modo en que Hollywood ha propagandizado las acciones del imperio (por ejemplo, elegir a un viejo piloto –Ron Perlman– como héroe desactualizado; racista, machista, etcétera).

Me gusta la definición de cine de un viejo maestro –lo recuerdo, pero preferiría dejarlo en el anonimato–: el cine es ese lugar en el que la aventura física da lugar a la metafísica. Es decir, el cine da forma –iba a decir “hace visible”, pero es un engaño, un film es mucho más parecido a una sinfonía que a una composición audiovisual– a algo que raras veces podemos formular en la vida, ya sea con un protagonista que es un capo mafioso de Nueva York, el vástago tullido de una dinastía en decadencia en un mundo asediado por zombies de hielo, la sobreviviente del naufragio del Titanic o un millonario argentino de los 50 que anhela recuperar a su amada muerta. El cine produce algo único en lo que hace único a una época y su público, y lo hace mediante una tradición que dice, entre otras cosas, que nada de lo que se dice puede estar fuera de la imagen, incluso aunque la imagen deje fuera de lo que muestra el corazón mismo de todo ese relato, que es el fuera de campo.  

En No miren arriba el fuera de campo ya no pertenece al film –a su diégesis–, sino a ese vasto campo que reflexiona sobre la comunicación, la ecología o la política (aunque la política es una caricatura un poco estúpida en toda la película). Pero seamos amables, No miren arriba es un visible manifiesto audiovisual que se puede ver en Netflix, es decir, en la televisión actual, en medio del ruido on demand, que continúa siendo nuestra TV de cada día.

No miren arriba vendría a ser como la evolución del cine catástrofe, siempre y cuando existiera algo así como una “evolución” y la catástrofe en sí pudiera convertirse en cine. Una mezcla de las honestas producciones documentales de Michael Moore y las parodias dramáticas e intrascendentes de, pongamos, el último Bong Joon-ho

Ya se sabe, No miren arriba fue incluso parodiada por Guille Aquino. Leí que Meryl Streep Jonah Hill –quien interpreta a su hijo y secretario de Estado– improvisaron varios de los mejores chistes del film. 

Pero, como la presidenta es un remedo de Trump y los estúpidos que no pueden dimensionar el exterminio son algo así como una totalidad trumpista con los que colaboran seres del universo billonario –una suerte de Marvel universe de la desigualdad cuyo paradigma es Jeff Bezos y Elon Musk–, quienes están preocupados por extraer del asteroide que va a exterminar la vida en la Tierra los minerales que trae; la trama se define a sí misma sin conflictos: más allá de unos memes incisivos y una discusión acerca de la confiabilidad del método científico, todo concluye de acuerdo a la tesis principal de la película: mal.  

Como manifiesto audiovisual, No miren arriba enfrenta la tesis de Peter Biskind en The Sky is Falling: las películas apocalípticas fundamentan a través de la cultura pop (y pulp) el discurso del extremismo, aunque lo hace criticándolo. A partir de la inminencia de una catástrofe total que arrasará la Tierra, No miren arriba no nos muestra la catástrofe sino sus causas, e incluso bromea acerca de la representación de ese fin de mundo absoluto. Cosa que pensadores contemporáneos como Mark Fisher o Jean Baudrillard en La transparencia del Mal, ensayaron hace rato. El capitalismo contemporáneo no sólo se sustenta en la crisis permanente, sino en la proliferación de fines de mundo en los que la libertad ya no puede siquiera ser pensada.

Decíamos que No miren arriba es como la “evolución” del cine catástrofe porque con la misma moraleja con la que ese tipo de cine trató históricamente de advertir sobre los peligros absolutos que entraña el desarrollo de armas nucleares, la construcción de torres de Babel o naves que desafían los poderes divinos (la representación titánica); esta película del propagandista extremo Adam McKay también se extasía en la catástrofe mostrándonos sus anticipos actuales: la tiranía de las redes, la proliferación de memes, la negación de la ciencia y todo el evangelio “liberal” (en el sentido progresista que suelen otorgarle los demócratas estadounidenses al término) y, sobre todo, las dificultades de “comunicar” la verdad.

Y aquí es donde No miren arriba nos deja solos con un montón de información que ya teníamos de otros lugares, aquí, en esto de ponderar las dificultades de comunicar la verdad (un asteroide va a colisionar efectivamente contra la Tierra y va a exterminar la vida), es donde el audiovisual nos hunde en la desazón del comentario.

Luego del estallido de los 70 –cuando el dólar reemplazó al patrón oro y Hollywood se encargó de comunicarlo: la única catástrofe era una amenaza a los EEUU–, eso que conocemos como “cine catástrofe” tuvo su impulso mayor en 1997, con el estreno de Titanic. En ese film magistral, James Cameron no sólo nos enseña la tragedia de un naufragio, sino la de una era: a través de una joya recuperada que vuelve a “perderse”, Titanic escenifica ésto: las riquezas del siglo XX pertenecen a una civilización que yace en el fondo del mar, el mismo mar por el que se traficaron esclavos, pobres y mano de obra barata para construir la gran nación del imperio. Pero es el mismo film el que ejecuta una suerte de misa que atravesamos para descubrir esa verdad equívoca.

No miren arriba es todo lo contrario, es al fin y al cabo una acción comunicativa. “La verdad se milita”, como dice el slogan de un periodista trosko. ¿Qué significa que “la verdad se milita”? Exactamente eso, se milita porque si Jesús hubiese podido contar con periodistas no hubiera necesitado a la cruz, a los apóstoles y a San Pablo, le hubiera bastado con comunicar su mensaje a través de los medios y las redes de su época. Pero no pudo y su sacrificio fue, de alguna manera, el único acto de comunicación posible, una verdad “encarnada”, como la del cine, seres que se hunden en su tragedia como cada cual se hunde en la vida.

De hecho, no hay una sola escena de No miren arriba que pertenezca al cine: el descubrimiento del cometa es una secuencia fotográfica; la bronca del astrónomo con los trolls que cuestionan el método científico –la ciencia es lo que permitió el desarrollo de la computación, el medio por el que lo están bardeando– es una secuencia discursiva, y así. 

En 1986 conocimos un álbum de Peter Murphy titulado como una de sus canciones, “Should the World Fail to Fall Apart” (“¿Debería el mundo seguir andando?”), que decía: “Al buscar en el pasado intentamos deslizar un guión”. Murphy fue el vocalista de Bauhaus, la banda británica que en la disolución del punk reflexionó sobre esa postvida del rock, y lo hizo bajo el nombre de una institución de vanguardia alemana del período de entreguerras, la Bauhaus. A éso se refería con buscar en el pasado y, a la vez, deslizar un guión: ilusionarse con que algo del presente puede modificar el pasado, incluso cuando el pasado es ya parte del presente que imaginamos.

No mires arriba es una colección de actos fallidos que nos cuentan cómo el progresismo imagina su comunicación total en momentos de un suicidio total, cómo imagina su pasado cuando el presente no terminó aún de diseñar su guión, incluso sobre la advertencia de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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