Daniela avanzó hacia el público con el micrófono en alto y una expresión desafiante.

—¿Por qué un hombre no se puede suicidar pegándose un tiro en la cabeza?–preguntó.

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Hubo un silencio. Ale se revolvió en su asiento, en la última fila de espectadores. Había ido al lugar, un teatro, para hacerle el aguante a su amiga en un concurso de stand up que se decidía con el voto del público.

Daniela pareció buscar la respuesta entre las personas del público, hombres y mujeres de mediana edad con aspecto de haber dejado de hacer algo en sus casas para presenciar el concurso. Caminó unos pasos y se plantó frente a un hombre maduro, como si fuera su único interlocutor.

—Porque la bala no encuentra el cerebro– respondió.

Hubo algunas risas. Ale aplaudió y un par de chicas le hicieron eco al costado. Eran amigas de Daniela, compañeras de taller. En la fila de adelante, el hombre maduro sonrió y miró hacia el costado, como si esperara que alguien le explicara lo que acababa de escuchar. Daniela giró, se retiró hacia el fondo de la sala y volvió a enfrentarse con el público para continuar su presentación.

Ale miró la hora y pensó en Manuel, su esposo.

El día que decidió salir a correr, y hacerlo de manera metódica, por lo menos dos veces por semana, la vida de Ale empezó a cambiar. No se le ocurría explicarlo más que con esas palabras, que podían ser trilladas, pero expresaban lo que sentía: el comienzo de una nueva etapa, una especie de despertar después de un sueño muy prolongado. Podía ser un eslogan para una propaganda deportiva o para un grupo de autoayuda, bromeaba Ale cuando hablaba a solas, frente al espejo del baño. Por primera vez en mucho tiempo, tanto que no recordaba algún antecedente, hacía algo sin tener en cuenta la opinión de Manuel.

La vida de Ale había sido una sucesión de pasos previsibles y ordenados. La mudanza a la ciudad después de terminar el secundario, con dos amigas de María Teresa, el pueblo donde nació. La carrera, Bioquímica, en seis años. El primer novio, Manuel, un vecino de María Teresa que también se fue a la ciudad. Un tiempo de convivencia sin que los padres se enteraran hasta que ella comenzó a trabajar en un hospital de la provincia y anunció que se casaba con Manuel. El primer embarazo, dos años después. Ninguno de esos acontecimientos fue una sorpresa, como si la familia, las personas que la conocían y Ale misma los dieran como algo lógico, lo que se esperaba de ella.

Manuel había entrado a una agencia de cambio cuando todavía cursaba Ciencias Económicas, y rápidamente escaló posiciones hasta convertirse en director regional. Los padres los ayudaban, pero ellos tuvieron pronto buenos ingresos y posibilidades de créditos, y compraron una casa cerca del shopping de la zona norte de la ciudad y la reciclaron, cambiaron el Chevrolet usado que él había recibido de la familia por un Peugeot nuevo y en sucesivas vacaciones conocieron Buzios y Cancún e hicieron un crucero por el Caribe. En ese punto tuvieron diferencias: ella prefería viajar por la Argentina, caminar y disfrutar la vida de campamento, un poco por nostalgia de la secundaria en un colegio de monjas y de las excursiones a las sierras de Córdoba; él estaba al tanto de lo que convenía en términos económicos, planificaba cada viaje como una especie de inversión según el precio del dólar y las ofertas de las empresas turísticas, que conocía al detalle.

El primer hijo nació un poco después del segundo aniversario de casados. Lo llamaron Manuel José, porque en la familia de su marido la costumbre era que los hijos varones llevaban el nombre del padre y el del abuelo materno. El abuelo, el padre y el hijo de Ale tenían entonces el mismo nombre y apellido. Cuando estaban juntos había que agregar algún dato para aclarar de quién se hablaba cuando se hablaba de Manuel, como pasó en el bautismo, que hicieron un cálido domingo de otoño en la iglesia del pueblo. El padre de Ale tenía olvidos y se le hacían lagunas al hablar, unos síntomas que pronto le diagnosticaron como Alzheimer, y fue el primero en confundir los nombres y las personas. Sin embargo, dos años después tuvieron a la nena y repitieron la costumbre, le pusieron Alejandra Inés.

Fue un período difícil. Tenían niñera y empleada doméstica, pero Ale se complicó para rearmar sus horarios. Los chicos requerían un tiempo que era, ante todo, su tiempo, no el de Manuel, que pasaba el día fuera de casa por el trabajo. Ale dejó el hospital de la provincia y pasó a trabajar en una clínica privada. Fue entonces cuando se reencontró con Daniela, una amiga de Estación Sánchez, el pueblo vecino a María Teresa. Se habían perdido de vista después de compartir un grupo de amigas en la adolescencia y las salidas a la plaza y la única confitería de María Teresa, un pueblo más grande que Estación Sánchez. En Estación Sánchez no había directamente nada, eran apenas cinco cuadras extendidas junto a las vías por donde pasaba el ferrocarril en otro tiempo. Resultó que Daniela había seguido Odontología, como el padre, por muchos años el único dentista en la zona.

Manuel estuvo de acuerdo con que cambiara el hospital por la clínica, pero tampoco se explayó demasiado al respecto. La agencia se asoció con una constructora y le insumió más tiempo, también cuando estaba en casa. Se veían menos, al comenzar el día y a la noche, y los fines de semana hacían vida social con compañeros de trabajo de Manuel y sus esposas, con parejas a las que conocían de María Teresa o en el club sobre la costa al que se asociaron. No tenían mayores discusiones, pero Ale no sabía si se entendían cada vez mejor o si cada día que pasaba se volvían un poco más extraños el uno para el otro. La cuestión fue que el segundo embarazo llegó sin que lo buscaran, y al principio ella no estuvo segura de tener al bebé. Las dudas parecieron desaparecer cuando comenzó con la rutina de las embarazadas y la búsqueda de un nuevo obstetra, porque el anterior le había parecido un bruto. Pero no era un pensamiento que podía ser borrado por un acto de voluntad, ni tampoco algo que se esfumara simplemente porque no hablaran al respecto. Ale sentía culpa por haber tenido esas dudas.

La crianza de Alejandra Inés fue complicada en los primeros meses, por lo que pidió una extensión de la licencia por maternidad en la clínica. Se la dieron sin goce de sueldo. La beba no se alimentaba bien, era muy irritable y se pescó varias enfermedades. Tampoco quiso que la pasaran a la habitación del hermano, cuando fue el momento. Una vez tuvieron que internarla por una gastroenteritis que nadie sabía cómo se había contagiado. Salió muy flaca de la clínica, la misma donde trabajaba Ale, y desde entonces empezaron a decirle la Chiquita. Al crecer, se hizo introvertida y un poco agresiva con los extraños; el hermano, Manuel José, Manu, como le decían, era lo contrario y los abuelos paternos lo ponían como ejemplo ante la Chiquita, cuando la nena hacía algún desastre.

En ese momento se hicieron amigas con Daniela. Contarse historias del pueblo era una forma básica de entretenimiento. Ale y Manuel viajaban a María Teresa cada quince días, por lo que estaban al tanto de la vida y la obra de los vecinos. Como no había tantas novedades, los mismos datos podían repetirse varias veces. Daniela no iba a Estación Sánchez desde la muerte de sus padres y tenía otra visión, se burlaba de la gente que conocían y de las costumbres del pueblo.

Una tarde, mientras tomaban mate en el laboratorio, Ale se puso a hablar del matrimonio y los hijos. Daniela conocía a Manuel, como conocía o tenía alguna referencia de prácticamente cualquier otra persona del pueblo que fuera de su edad, pero se limitaba a escuchar sin emitir opinión cuando salía el tema. Ale contó que él había sido siempre retraído y reservado ante los extraños, salvo que se tratara de alguien de María Teresa y después de que su amiga asintiera con la cabeza, con una leve sonrisa, como si le hablara de algo que ya sabía, agregó que la cuestión parecía agravarse con las exigencias del trabajo. A eso quería llegar. Manuel era reactivo a la ciudad, y sobre todo a la gente.

—Sabe relacionarse con las computadoras pero no con las personas –dijo Daniela–. A propósito, ¿sabés en que se parecen los hombres a las computadoras?

Daniela tenía una colección de chistes sobre los hombres, algunos propios y otros que pescaba en Twitter.

Ale nunca podría haber ido al taller de stand up que Daniela hacía con una actriz conocida de la ciudad. Cada mañana, después que Manuel salía para llevar a Manu y a la Chiquita a la escuela y al jardín, respectivamente, representaba su propio número en el baño. Un número privado. Ante el espejo contemplaba las arrugas de la cara, se paraba en el inodoro para mirarse de cuerpo entero, mientras se lavaba los dientes hablaba como si el reflejo fuera otra persona, una mujer a la que veía con panza y gruesa de cadera y a la que increpaba preguntándole por qué tenía esa cara de bajón. Manuel se rio cuando le comentó sus preocupaciones, a él le gustaba así como era.

–De ninguna manera –dijo Ale, en uno de sus monólogos ante el espejo, y negó con el dedo índice en alto–. Yo no era así, de ninguna manera.

Entonces empezó a correr. La avenida costanera era el mejor lugar para hacer ejercicio, y le quedaba cerca. Mirar el río la tranquilizaba, le hacía olvidar, como decía una vieja historieta, las pequeñas delicias de la vida conyugal. Le gustaba contemplar el atardecer, los barcos que parecían estacionados sobre el agua oscura, el verde intenso de las islas extendidas frente a las torres que se alineaban como una muralla de cemento sobre la costa. Mucha gente salía a correr y seguía más o menos el mismo recorrido, desde el club de pescadores hasta el observatorio astronómico, o hasta el anfiteatro, frente a los galpones del puerto. Había lugares que funcionaban como paradas de descanso: el mercado de pulgas en la antigua estación de trenes reacondicionada como centro cultural, un bar de comidas al paso, el parque que rodeaba al observatorio. Surgían relaciones, se creaban grupos de amigos, los fines de semana había turistas y familias.

Ale era tan tímida que pasaba por antipática. Nunca iba a ponerse a hablar con un desconocido en la calle, cualquier contacto la inquietaba, si le preguntaban por una calle o algo así. Una tarde se detuvo en un puesto de libros del mercado de pulgas y cuando quiso saber el precio de Mujeres que corren con los lobos –recomendación de Daniela– el chico que atendía le dio charla y le hizo notar que la tenía fichada. Quedó un poco perturbada, y por unos días cambió el recorrido.

—Aprovechá que Manuel está en otra cosa– le dijo Daniela, cuando le contó.

Manuel estaba más metido que nunca en su trabajo, y más estresado. La fusión de la agencia y la constructora había provocado una reducción de personal y él era el encargado de decidir quiénes seguían y quiénes se quedaban en la calle. Ale se acordaba de cuando él la llamaba o aparecía por la clínica para invitarla a caminar un rato o a tomar la merienda en el pequeño bar frente a la Aduana, que tanto les gustaba, incluso cuando ya había nacido Manu. El programa invariable para los fines de semana era visitar a los padres y sino tenían que cenar con el gerente general y su esposa, compartir un asado con los amigos de la secundaria en María Teresa. Los chicos, por otra parte, la reclamaban, sobre todo la Chiquita. La maestra del jardín le contó que la nena no se llevaba bien con los otros chicos, o que directamente no se llevaba, porque prefería quedarse sola, y le sugirió que la llevara a una psicóloga. Con Manu las cosas parecían distintas solo en apariencia, porque parecía desesperado por juntarse con otros chicos, como si quisiera irse corriendo de la casa.

Además de la casa, de los chicos, de su propio trabajo, el padre de Ale necesitaba cuidados. Desde la muerte de la madre, estaba muy venido abajo, el duelo lo había dejado en un estado de confusión en el que por momentos no identificaba a las personas o pretendía continuar alguna rutina del pasado, como si su mente tuviera apagones momentáneos y se reiniciara con dificultades. Estaba en María Teresa, por lo que iba de visita con los chicos y trataba de coordinar esos viajes con los que hacía Manuel por el trabajo; lo cuidaba una vecina, y era evidente que no podía vivir solo. En un momento el plan había sido que se mudara a la ciudad, pero el padre se enojó cuando Ale le insinuó la idea.

Un día acompañó a Daniela al taller de stand up. Las participantes –no había hombres– tenían que contar algo íntimo que les hubiera pasado. La coordinadora las interrumpía y subrayaba lo que hacía falta: contar situaciones breves que tuvieran un hilo, subrayar la expresión con gestos y mohines, provocar al público. Había un concurso para elegir nuevos artistas y varias, entre ellas Daniela, se preparaban para competir. Los seleccionados pasarían a otra ronda, en una productora de televisión, y el ganador recibiría una estadía en Mar del Plata por tres noches y una invitación para actuar en el programa de Susana Giménez.  El número de Daniela giraba alrededor del comportamiento de los hombres cuando estaban en el sillón de la dentista, mezclado con chistes breves, lo que llamaba observaciones feministas: la atención del público nunca duraba demasiado tiempo, explicaba la coordinadora, y había que reavivarla a cada rato.

Ale prefería correr. En la adolescencia había sido muy deportista, y como nadadora había representado al Sportivo María Teresa. Recorrían los pueblos para competir, eran paseos de fin de semana, y así se había puesto un día a hablar con Manuel, en un torneo de natación en las piletas del Sportivo. En medio de sus ocupaciones, ahora se hacía un rato para salir y en esos momentos se despejaba, se alejaba por un momento de las cosas de su vida, como si solo existieran la costanera, el río, la isla, y como si el horizonte que tenía enfrente fuera un punto donde la esperaba algo fabuloso.

Una mañana se puso a elongar en el parque del observatorio astronómico, antes de correr. Era viernes, un día que se tomaba libre en el consultorio y a veces con los chicos, cuando la madre de Manuel los visitaba y se hacía cargo de la casa. Notó que alguien, un hombre vestido con ropa de gimnasia, se paraba a su lado, y cuando estaba por salir otra vez a la carrera escuchó que el tipo la llamaba por su nombre. Entonces levantó la vista.

—¿Gabriel? –dijo Ale, un poco atontada por la sorpresa.

Era un compañero de la facultad al que le había perdido el rastro después que abandonara la carrera. Habían preparado juntos un par de materias, aunque él estaba más interesado en las actividades del centro de estudiantes, y salieron un par de veces, en un momento en que Ale estaba peleada con Manuel, sin que pasaran de darse unos besos y unos abrazos.

—Sí –contestó e hizo una pausa–. Alejandra –agregó, con una sonrisa, y ella se sobresaltó, como si por primera vez escuchara su nombre.

Gabriel también corría por la costanera. Caminaron hacia al Monumento a la Bandera, y se pusieron a conversar. Él estaba divorciado, tenía mellizas de la misma edad que Manu; vivía en una de las torres frente al río, en un departamento que según le aclaró había comprado con la herencia del padre; después de dejar bioquímica, había seguido unas materias de medicina y al final se dedicó a atender un negocio familiar, una cadena de farmacias.

—Estamos en el shopping de la zona norte –explicó Gabriel. Pareció que iba a agregar algo más, pero hizo un gesto como si se quitara un pensamiento sin importancia y la miró a los ojos–. No cambiaste mucho –dijo.

—Sí –contestó Ale, de nuevo aturdida.

—¿Cómo?

Gabriel se rio. De pronto pareció como si cada uno hablara un idioma distinto.

—Yo no era así –dijo Ale, y él puso cara de no entender, o de que le estuviera haciendo una broma. Así –repitió, e hizo un gesto con las manos, como si le pidiera que la examinara con atención.

Gabriel volvió a reírse, dijo algo que Ale no entendió bien y se despidió dándole un beso en la mejilla. Ale aspiró su olor, un olor fuerte a transpiración, y se quedó observando cómo subía por la calle que iba hacia la peatonal céntrica y se perdía de vista entre los gendarmes que a esa hora hacían la ceremonia de arriar la bandera en el Monumento.

—¡Reapareció! –dijo Daniela, cuando le comentó al día siguiente–. ¿Y qué dice?

Ale le pidió que bajara la voz, aunque estaban solas en el laboratorio. Nada que ver, había dicho Gabriel, mientras se reía. Nada que ver, o no es así. No cambiaste mucho, le había dicho. ¿Y eso qué quería decir? ¿Que la veía como en la época en que estudiaban? Había sido una linda época. La facultad estaba sobre una avenida ancha y arbolada, en primavera los bares y las pizzerías ponían mesas en la vereda y la costumbre era ir a tomar algo después de clase. Ale recordó que se habían preparado con Gabriel para rendir Química General, y habían salido bien.

Al día siguiente le contó a Manuel que se había cruzado con un compañero de la facultad. Ahora tenía un nuevo motivo para ir a la costanera, pero eso no se lo dijo. Gabriel seguía horarios fijos en la semana para correr, y coincidían en un día, los viernes.

Manuel no recordaba a Gabriel, y tampoco pareció interesado en los detalles del reencuentro. Un administrativo lo había insultado a los gritos al comunicarle su despido, y dos o tres días después, al dejar el auto en la calle, descubrió que alguien lo había rayado minuciosamente, de un lado y del otro. Ale se aburría con los detalles del relanzamiento de la empresa, que él explicaba como si tuviera una pared por delante o como si le hablara a los accionistas. Se sentía un poco culpable porque ya no lamentaba tanto sus ausencias, y cuando la maestra del jardín de infantes les pidió una reunión para hablar sobre la Chiquita apenas se lo comentó para decirle que ella se encargaría. Pero no tenía nada que esconder, Gabriel era un viejo amigo, y compartir las salidas a la costanera la distraía de las cuestiones familiares.

—Solo somos amigos –dijo Daniela, impostando la voz, cuando le contó que Gabriel la había invitado a un recital gratuito de música clásica en el parque del observatorio astronómico.

—Claro –respondió Ale, y se sonrojó.

—Por favor –se enojó su amiga–. ¿No te das cuenta de que quiere algo más?

—¿Te parece? –Ale sonrió, un poco avergonzada–. No sé, no creo… ¿Qué quiere?

—Hablar con vos de música clásica, seguro –contestó Daniela.

Una tarde habían apretado en la calle, después de tomar una cerveza en un bar de la avenida, y se soltaron cuando un taxista pasó al lado y les gritó groserías desde el auto.

El concurso de stand up tenía doce participantes. Cada presentación no podía exceder los cinco minutos.

Una chica con el pelo teñido de azul contó lo que el novio le pedía en la cama. A la gente le causó gracia la forma en que decía “el chabón” para comenzar prácticamente cada frase y el contraste entre las fantasías y la realidad. Una mujer más grande trabajaba en una lencería y los detalles que dio sobre los pedidos que hacían los hombres provocaron más risas. Hubo una pausa y el sereno de una cochera pasó a desgranar un rosario de quejas sobre el trabajo que le daban los dueños de los autos. Por fin le tocó el turno a Daniela.

—Me recomendaron que no use la palabra feminismo, ni feminista –dijo, para comenzar–. Es un buen consejo –afirmó con la cabeza, varias veces y se quedó pensando–. ¿Hay alguna persona feminista en la sala? –sus compañeras del taller levantaron la mano, pero nadie se rio–. Bueno, era un buen consejo.

Siguió con su número sobre las dentistas. El público no pareció divertirse con su monólogo sobre los pacientes que llegaban media hora antes, los que tenían miedo por cualquier cosa y los que no sabían lavarse los dientes. Pero en el minuto final unos chistes breves sobre los hombres y las anécdotas sobre un masoquista que disfrutaba con la extracción de dientes provocó exclamaciones.

Ale no se podía ir, porque la selección se hacía al final según los aplausos de los espectadores. Se puso a pensar en Gabriel, en los días en que se reunían para estudiar. Había algo entre ellos en ese momento y no era exactamente parte del pasado. Sí, era otro tiempo, otra vida, pero eso había quedado como en suspenso. Pero, ¿qué era? No sabía si Gabriel quería algo más. Todavía se acordaba del apretón de su cuerpo hasta que el grito del taxista hizo que se apartaran. Como si al abrazarse sus cuerpos hubieran producido una combinación única, una química que se perdió en un instante con la separación.

Miró la hora. Los chicos estarían con la niñera hasta medianoche y Manuel tenía un evento en el trabajo, una reunión con los accionistas. Los participantes pasaron juntos al frente de la sala y se pararon frente al público. Ale aplaudió cuando Daniela dio un paso al frente, se puso a aplaudir con todas sus fuerzas, se incorporó del asiento sin dejar de aplaudir, buscó la salida del teatro y sus aplausos todavía se escucharon desde la calle.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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Sobre el/la Ilustrador/dora:

Acerca de Marixa Menstrual

Nacida en la quinta de sus padres, en Colonia Caroya, Córdoba, Marixa usó desde muy niña el mosto de las uvas con las que se hacía vino como tinta para dibujar. Ya a fines de los 90, cuando se instaló en Rosario, con 19 años, para sus pinturas usaba un único color, rojo. Entonces decidió rebautizarse.

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