La muerte de Alfredo Serra, el 23 de octubre, conmovió al periodismo argentino. Conocido en el ambiente como “El pingüino” –un apodo afectuoso–, el cronista que se volvió célebre por sus coberturas para la revista Gente y la actualidad fue despedido como un maestro, “un imprescindible de este oficio”, “el último grande del periodismo gráfico” y otros títulos hiperbólicos. Lo más significativo, sin embargo, fue que prácticamente en ningún caso se recordó su paso por las publicaciones de Editorial Atlántida, en cuyas redacciones ocupó cargos jerárquicos, y su compromiso en la colaboración periodística con la dictadura.

Como excepción puede subrayarse un pasaje en la nota de Alberto Amato publicada por Clarín: “Serra surfeó la época más dura, el peronismo violento de los 70, el horror de la dictadura militar y la recuperación de la democracia, según soplaran y cómo aquellos vendavales; en especial en Gente, donde la empresa editora había puesto todo su capital intelectual, y el otro, en sostener al poder militar”. No obstante, el artículo suscribe un panegírico generalizado: “fue siempre un libro abierto, un ejemplo de habilidad y arte puestos al servicio de una nota”, agrega Amato, compañero de Serra en las redacciones de Gente y La Semana.

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Rogelio García Lupo enseñó que las necrológicas, esos textos tradicionalmente anodinos y ceremoniosos, también contienen información. Las redes sociales le arrebatan hoy al periodismo las primicias también en ese campo. En ese sentido, lo novedoso de las demostraciones en Twitter por la muerte de Serra no consiste en el pesar de ex directivos de Editorial Atlántida o de figuras que niegan o relativizan el terrorismo de Estado durante la dictadura. Las valoraciones de periodistas jóvenes y reconocidos que elevan a Serra a la cima del periodismo argentino para consagrarlo como una especie de modelo incluso ético son las que imponen una reflexión.

En los recientes obituarios pueden seguirse una serie de reconocimientos reiterados al punto de que reflejan cierto consenso sobre los aportes de Serra: su desempeño como docente en la Universidad Católica Argentina, la calidad de su escritura (“un artista de las palabras”, “un narrador ejemplar”) y sus primicias o grandes notas, entre las que se destaca haber sido el factótum de una supuesta reconciliación entre Borges y Ernesto Sabato, la “persecución” de criminales de guerra nazis y el escrache a Raúl Lastiri con una estrafalaria colección de corbatas.

No se trata tanto de discutir los méritos de Serra como de observar su actuación como periodista en el marco histórico que omiten las valoraciones actuales. El diálogo entre Borges y Sabato que “consigue” a modo de resonante primicia, por ejemplo, resulta irrelevante desde cualquier punto de vista, pero lo central es cómo funciona la entrevista en el armado periodístico de Gente entre 1975 y 1978: la revista de Atlántida construyó una figura pública de Borges funcional al apoyo y al “rostro humano” que trazó de la dictadura y también a la apropiación de íconos de la cultura como reverso de un feroz desprecio a la creación intelectual y al pensamiento crítico. Puesto a hablar sobre generalidades como las mujeres, la política, la vida y la muerte, los honores tributados a Borges parecieron más bien una confirmación del oscurantismo, que ratificaba sus prejuicios cuando contemplaba al máximo escritor argentino al borde del ridículo.

Un periodista de combate

En 1983 se publicó el libro Los sofistas y la prensa canalla, un primer intento de analizar la relación del periodismo argentino con la última dictadura, aunque limitado a las revistas de Editorial Atlántida y a columnas de opinión de Mariano Grondona. El Cid Editor, sello en que apareció el libro, no estaba exento de reproches: en 1978 había publicado El camino de la democracia social, una recopilación de discursos y textos atribuidos a Emilio Massera pero escritos bajo cuerda por Hugo Lezama y otros ghost writers del represor.

Los sofistas y la prensa canalla no aludió a aquel libro de Massera. En cambio, reprodujo una selección de artículos de Gente, Somos, Para Ti y Carta política e invitó a los autores a escribir un descargo. La mayoría de los aludidos no respondió, o envió cartas documento para impedir la publicación. El libro también dedicó apartados a Samuel Gelblung, Eduardo Paredes, Alfredo Serra y Reneé Sallas, considerados periodistas representativos de la colaboración con la dictadura.

Dos años antes, en un momento de clivaje para el periodismo en relación a la dictadura, Serra integró una migración de periodistas de Atlántida, encabezada por Gelblung, hacia publicaciones de editorial Perfil. La experiencia terminó en 1983 después de que la revista La Semana rechazara una nota de Serra sobre el crimen de Jorge Hugo Dubchak –custodio de Lorenzo Miguel asesinado y presuntamente incinerado en los sótanos de la Unión Obrera Metalúrgica–, que según Los sofistas y la prensa canalla en realidad pasaba en limpio un informe de servicios de inteligencia.

Fue lo que decidió su regreso a Editorial Atlántida. En una de sus últimas columnas para La Semana, bajo el título “No capitularé”, Serra hizo una profesión de fe ante una coyuntura –la transición de la dictadura a la democracia– que observaba con escepticismo y donde comenzaba a sentirse cuestionado.

El título de la columna aludió al drama Rinoceronte, de Eugéne Ionesco, cuyo protagonista afirma su singularidad en contraste con los habitantes de un pueblo que se convierten en bestias. La condición humana aparece así asociada con el individuo –no con la sociedad que integra–, y Serra reivindica esa referencia contra el presente que le toca enfrentar (“No capitularé, decía. Esto significa que no seré rinoceronte. (…) Que no iré a la Plaza de Mayo detrás de azules ni de colorados. Que no confiaré más en un traje civil que en un uniforme. Y viceversa”) en nombre de un código propio y de tiempos “muertos y enterrados” que definía por un lado por su adscripción a la cultura (“una línea de Rimbaud”, decía, valía más “que todo el coplero revolucionario de la izquierda o de la derecha”) y a lugares comunes de la clase media (la nostalgia por un pasado en que “la palabra empeñada era tan alto valor o más que el papel firmado”). Pese a los reiterados énfasis de su discurso, la apelación a los libros, a la literatura, a las citas de escritores prestigiosos parece en sus crónicas apenas un barniz, un gesto exterior a una escritura que apuesta más bien a los golpes de efecto y a una supuesta naturalidad que vendrían a perturbar las representaciones de la política y de la intelectualidad. El estilo desacartonado y el tono campechano se convirtieron desde entonces en recursos para rechazar las acusaciones por su desempeño profesional en la dictadura.

El juego del culo sucio

En un artículo publicado por La Nación, Ana D’Onofrio extiende el pesar por la muerte de Serra a la añoranza por el pasado compartido en el semanario Somos, “en el que Alfredo Serra fue mi jefe a mis 22 años recién llegados a Buenos Aires” y a la revaloración de otros responsables de Atlántida como Gelblung, Sallas y Jorge de Luján Gutiérrez.

D’Onofrio no menciona que aquel tiempo en que Serra ejerció su magisterio era el de la dictadura, pero ratifica su posición de responsabilidad en las decisiones editoriales “cuando lo nombraron Redactor Jefe General de toda Atlántida”. Su testimonio puede contrastarse con el de Eduardo Paredes –también redactor jerárquico de Gente y Somos en la misma época– en la película Sonata en mi menor (Patricio Escobar, 2014), “la revista Somos se hizo para apoyar el golpe”. Pero también con el del propio homenajeado en el artículo.

“En la época de la dictadura las empresas, como tales, y sus líneas, como tales, no existían. Era la voz de la dictadura”, dijo Alfredo Serra, en el curso de una entrevista también incluida en Sonata en mi menor. Ante la pregunta sobre su experiencia como periodista durante la dictadura, Eduardo Paredes respondió a su vez: “Estábamos muertos de miedo y alcahueteábamos como locos. Algunos más de lo que le pedían y otros lo justo”; el temor sellaba su memoria de la época: “Uno se acuerda de su propio miedo. En mi caso, al menos. No voy a posar de otra cosa. Fueron años donde cuidaba cada palabra que escribía para no irritar al poder”.

Serra y Paredes rechazaron entonces los cuestionamientos a su trabajo entre 1976 y 1983. “Cuando hay dictadura no es que te manden a escribir algo. Todo el mundo escribe lo mismo, hasta el que no lo escribe. Es toda una sociedad que convalidó siete años horrorosos, de distintas maneras”, dijo Paredes. “El sayo les cabe a todos –agregó Serra, con mayor énfasis. De acusado se transformaba en acusador–. Todos tienen el culo sucio en este país. Que vengan y me lo desmientan. Todos, periodistas, políticos, empresarios, gremialistas”. No obstante, Serra se consideraba exento de esa situación: “Si yo tengo el culo limpio, creo que lo tengo limpio, [es porque] hice todo lo posible por tenerlo limpio, y por eso posiblemente sigo acá. Hago mi trabajo, silencioso y tranquilo”.

Sonata en mi menor es un documental sobre los operativos de un grupo de la Escuela de Mecánica de la Armada contra militantes montoneros realizados en Montevideo entre el 15 y el 16 de diciembre de 1977. La película, sobre una investigación de Claudia Acuña, también destaca las versiones periodísticas de los procedimientos que publicaron Gente y Somos como ejemplos de complicidad con la represión. Confrontado ante las notas de la época, Serra respondió: “¿Por qué te das cuenta que es mentira? Vos decís que es mentira porque la chica [Alejandrina Barry, querellante contra Atlántida, hija de Juan Alejandro y Susana Mata, detenidos-desaparecidos en el operativo] dice que lo es. Pero leyendo la nota no te das cuenta de eso. Es una notita de merda [sic]. ¿Sabés cuántas notas salieron esa semana? Un millón, posiblemente. Si esa chica quiere, que haga un juicio. Si es mentira y se prueba, tendrán que darle una indemnización. Ya está. No juzgues al periodismo por [lo que] a lo mejor [es] un error”.

Serra podría haber dicho que todos mintieron, parafraseando a Juan Bautista Yofre, otro periodista de la época de inmejorables relaciones con los servicios de inteligencia. “Que no me jodan. De tanta mentira estoy harto. Hablemos de otra cosa. Como decía Perón, a estos los conocí a todos de naranjos. La Nación, La Prensa, La Razón y todos los diarios. Dejate de joder con Atlántida, porque Atlántida es una empresa más. Perfil hizo lo mismo, y todos los diarios hicieron lo mismo”, agregó, con su vehemencia habitual, en el desenlace de la entrevista.

La operación de prensa montada entre la Esma y Editorial Atlántida en torno a la desaparición de los padres de Alejandrina Barry es el tema de otro documental, La construcción del enemigo (Gabi Jaime, 2016). Gente, Somos y Para Ti centraron su cobertura en Alejandrina, quien entonces tenía 4 años y fue exhibida como víctima de sus propios padres y no, precisamente, del terrorismo de Estado que los convirtió en desaparecidos.

El presunto talento, la preocupación por “la belleza de las palabras”, tan reconocidos hoy a antiguos periodistas de Atlántida, se revelan entonces no tanto como una estafa sino como una mascarada para negar mejor aquello a lo que servían. “Esto también es terrorismo. Alejandra está sola”, tituló Gente; la nota afirmaba entre otras consideraciones que “sus padres dejaron de ser un hombre y una mujer y se convirtieron en dos terroristas, en dos asesinos”. Entrevistada en La construcción del enemigo, Cora Gamarnik analiza la operación de prensa dentro de la creación de consenso a favor de la dictadura, como trabajo consciente y planificado del periodismo argentino de la época y particularmente como acción dirigida contra las denuncias que comenzaban a difundirse por los desaparecidos: “Las notas hablan de una madre subversiva que abandona a su hija, precisamente cuando las madres de desaparecidos comienzan a hacer oír sus reclamos –dice Gamarnik, investigadora especializada en fotoperiodismo–. Lo fuerte de las madres era que buscaban a sus hijos. ¿Qué puede hacer una madre que no sea preocuparse por su hijo que no está? ¿Qué se podía atacar de semejante búsqueda cuando era lo visceralmente humano?”

La respuesta fue la campaña desplegada por Atlántida –y otros medios en Argentina y Uruguay– en torno a Alejandrina Barry y sus padres. “Gente fue la encargada de proveer un ‘rostro humano’ de los hacedores del golpe y sus cómplices civiles –agrega Gamarnik en otro pasaje de la película–. Mostraba a Videla atándose los botines como cualquiera de nosotros. Y es a través de la fotografía como trabaja ese rostro humano. El principal eje de esa lógica fue la revista Gente”.

El auspicio periodístico al golpe del 24 de marzo de 1976 es conocido, pero Gamarnik lo extiende a producciones que comenzaron a publicarse un año antes y que apuntaron a la ridiculización de la figura de Isabel Perón y el descrédito de su gobierno. En ese marco incluye la nota de Serra con Raúl Lastiri y Norma López Rega, publicada por Gente en enero de 1976. “Este es mi gran orgullo –dice Serra ante el ejemplar de la revista, en La construcción del enemigo–. Acá cagué a un hijo de puta”. Un periodista de guerra que cree volver limpio del frente de batalla.

“Eran los primeros días del verano de 1976. Escribí la nota con precisión: ni exageraciones ni omisiones. Solo la verdad”, escribió Serra en un recordatorio de aquella primicia publicado por Infobae. Cuarenta años después, seguía tan escandalizado porque Lastiri tenía 300 corbatas como indiferente al terrorismo de Estado.

Un borrador de la memoria

En su declaración durante el Juicio a las Juntas Militares, Robert Cox recordó que el Buenos Aires Herald apoyó el golpe militar de 1976 –reconocimiento que no hizo ningún otro medio argentino– y que esa adhesión entró en crisis poco después del golpe, cuando sus redactores comenzaron a enterarse de los procedimientos de la represión. En un debate sobre el periodismo y la dictadura realizado en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno el 17 de diciembre de 2018, James Neilson, sucesor de Cox en la dirección del Herald, ratificó ese testimonio: “En un primer momento –dijo–, las declaraciones de los militares eran muy buenas, ellos querían la democracia, que todos respetaran la ley, la lucha contra el terrorismo, que era un problema grave en aquel entonces”.

Los periodistas y los empresarios periodísticos de la época podrían haber afirmado a coro la frase que condensaba la negación consciente de la represión: “nosotros no sabíamos”. Pero como atestiguaron Cox y Andrew Graham-Yooll, también periodista en el Herald, tuvieron ante los ojos los hechos que alegaban desconocer, y en las propias páginas de la prensa, que dieron cuenta de manera rutinaria del hallazgo de cadáveres sin nombre en cementerios y descampados, de ejecuciones disfrazadas de enfrentamientos y del hallazgo de restos humanos en las orillas del Río de la Plata. La información, como dijo Rodolfo Walsh, no estaba oculta sino que circulaba como parte del conocimiento público y como virus del terror.

La colaboración del periodismo argentino con la última dictadura suele estar asociada a un puñado de nombres que se repiten en las denuncias mientras se vuelve elusiva la responsabilidad de las empresas periodísticas. “Necesitamos otro Nunca más”, dijo Robert Cox en el debate sobre periodismo y dictadura realizado en la Biblioteca Nacional. El ex director del Buenos Aires Herald aludió así al lema que simboliza el rechazo de la sociedad argentina al terrorismo de Estado: “Nunca más los periodistas deben dejar de informar”, agregó. Pero ningún empresario, como tampoco ningún periodista, se hizo eco de ese pedido. Por el contrario, como parecen demostrar los homenajes a Serra, se trataría de dejar caer en el olvido ese período de la historia.

“El régimen militar tuvo gente que escribió globalmente a su favor –y después con muchas disidencias– por razón de sus convicciones profundas y desde posiciones democráticas –escribió Rogelio García Lupo en un análisis sobre la colaboración periodística con la dictadura recopilado en el libro Decíamos ayer–. (Manfred) Schönfeld y (Carlos) Burone son ejemplos. Otros lo hacían desde posturas antidemocráticas, como Carlos Manuel Acuña. Aquí surge una cuestión interesante: ¿por qué personas que profesaban ideas democráticas apoyaban desde los diarios de la época muchas cosas de la política del Proceso?”

La pregunta permanece abierta, y es apenas uno de los interrogantes que plantea la relación del periodismo argentino con el terrorismo de Estado. Los periodistas que ocuparon cargos gerenciales en diarios y revistas conocidas por su apoyo al golpe continuaron en los medios de comunicación. No recibieron condena social, al contrario, se les tributaron homenajes y reconocimientos que cada tanto, como ocurre con la muerte de Serra, se renuevan y fortalecen la política de olvido.

El cronista, como dice un lugar común sobre el oficio, escribe el borrador de la Historia, su versión provisoria. Pero en relación a su complicidad con la dictadura, el periodismo argentino parece más interesado en borrar un capítulo completo, como si no tuviera para contar más que páginas en blanco.

 

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Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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