Jose, quiero cinco Saladix. Cinco nomás. ¿Tan difícil es?”. “Me quiero ir de este hospital. Necesito una buena ducha. Azucen a los médicos, no me quiero morir en este lugar”. “Díganle a Paul Preciado que gracias, pero a ver si alguna vez escribe sobre nuestros cuerpos latinoamericanos, porque mucha testosterona, pero sobre la pobreza y la crueldad, nada”. “Buscame una camisola blanca para que me vistan ese día, que no sea de hombre ni de mujer”. “Que me velen a cajón abierto en la Legislatura. Tengo derecho porque soy ciudadana ilustre. Hablen con las maricas de ahí, ellas conocen el teje”.

Desde la cama del hospital donde estaba internada, Lohana Berkins no perdía el desparpajo, la chispa y la capacidad de resolución. Daba órdenes acá y allá a quienes la rodeaban: que le compraran las galletitas que más le gustaban y que los médicos le tenían prohibidas, que le llevaran un escribano porque necesitaba dejar dicho qué hacer con sus cosas (“que aunque cachivaches eran de ella”), que en su velorio no falten velitas para la virgen de Urkupiña ni empanadas salteñas caseras y de carne cortada a cuchillo.

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Ser trava

"Aunque no lo sepamos, aunque no lo hayamos planeado ni decidido, quedamos huérfanas. Ser lo abyecto de lo normal es la norma", escribe la autora de estos textos

Con una potencia idéntica a la que usaba al taconear las calles empoderando compañeras que hacían la esquina y sufrían la represión policial, y con la misma suspicacia con la que ejercía el teje (más que un arte, toda una estrategia política que la definía entera) para que la ley de identidad de género tuviese nombre propio (el suyo y el de les otres, por supuesto), desde su lecho Lohana seguía ejerciendo su voz de mando y su derecho a reclamar.

Porque si en algo se destacó Lohana fue en reclamar: en 2002 exigió ser inscripta en la escuela porteña Normal 3 con su nombre elegido y lo consiguió. Además, fue la primera travesti en tener un empleo público, también quien fundó la primera cooperativa laboral trans para rescatar a muchas de la calle (la textil Nadia Echazú), fue la presidenta de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual (Alitt) hasta su muerte y la gran impulsora de la Ley de Identidad de Género aprobada en 2012. En 2013 tuvo a cargo la Oficina de Identidad de Género y Orientación Sexual, del observatorio que funciona en el Consejo de la Magistratura porteño. El 5 de febrero de 2016 murió y no llegó a ver terminada La Berkins. Una combatiente de frontera (Sudamericana, 2020), una “autobiografía” escrita por su amiga, la antropóloga Josefina Fernández, que nos cuenta las peripecias de esta historia en varias capas.

A una semana del Decreto Nacional que establece un piso obligatorio de cupo laboral travesti/trans para la planta estatal, al que se le sumó el Decreto de cupo en el Senado y la reglamentación del cupo provincial que ya se había aprobado el año pasado con fuerza de ley, Fernández imagina que Lohana estaría contenta: “Ella, que era abolicionista, siempre pensó que, en el caso de su colectivo, la prostitución no era una elección sino el resultado de las sucesivas exclusiones padecidas: la expulsión de la familia de origen, la interrupción temprana de la escuela, la imposibilidad de conseguir un empleo”.

Pero la autora aprovecha para traer a escena otro proyecto que Lohana militó y que dejó escrito como un legado: No abandonen la ley de reparación, tiene que salir. Va a ser un escándalo”. Uno de los últimos mandatos de la activista antes de morir –idea de Marlene Wayar y que ella, junto con Diana Sacayán, apoyaron mucho– fue el proyecto de ley de reparación a travestis y trans que hubieran sufrido violencia institucional a causa de su identidad de género.

Reconocer Es Reparar, como fue conocida la campaña que impulsaba ese proyecto, busca resarcir con una pensión graciable a aquellas personas travestis y trans mayores de 40 años que fueron violentadas tanto por la aplicación de los edictos policiales como por cualquier otro acto violatorio de las fuerzas de seguridad”, cuenta Fernández.

La frase “Nuestra venganza será llegar a viejas” sirvió para que el colectivo se enrole tras ese proyecto. Una inquietante manera de decir: el promedio de vida de las travestis no llega a 40 años y una de las razones es la violencia institucional.

El libro de Fernández comienza de atrás para adelante: desde los últimos días de la activista trava hasta los primeros años en que se instaló en Buenos Aires. Es un relato histórico pero también afectivo. Su mejor amiga describe a la Lohana nacida en un pequeño pueblo de Salta, expulsada de la casa familiar siendo muy chica (a los 13 años cuando su padre le dijo “O te hacés hombre o te vas” y ella se terminó yendo), y de la prostitución como destino, de ella y de casi todas las travas. Su adolescencia en la casa de “la Pocha”, la violencia policial, el trabajo como asesora legislativa del Partido Comunista, lo que junto con la militancia, la sacó de la calle y en sus palabras también le salvó la vida.

Si una biografía narra una historia de vida, en ésta la voz y el cuerpo de Lohana ayudan a contornear otras voces y otros cuerpos. Lo particular trasciende para inscribir todo un linaje travesti y hacerse historia colectiva.

—¿Cómo se conocieron con Lohana?

—La conocí en la lucha en torno al Código de Convivencia Urbana en las puertas de la Legislatura porteña, debatiendo con los vecinos de Palermo. La vi gritando, arengando a todas las personas que estábamos allí, interpelándonos y moviendo nuestras certezas. La ciudad estaba en un pleno alboroto y algunas activistas feministas nos concentrábamos en las calles para manifestarnos en contra de, entre otras cosas, la prohibición de la oferta sexual en el espacio público. Ahí estaba Lohana haciendo el teje, como le gustaba decir, conversando con uno y otro grupo, persuadiendo sobre las consecuencias que tendría el nuevo código en la vida de la gente cuya sobrevivencia estaba la calle. Siempre me acuerdo el día que entró ¡del brazo de Zaffaroni! a una de las audiencias públicas que se habían convocado. Nunca pasó desapercibida para nadie, tampoco para mí.

—En la tapa del libro aparece como “una combatiente de frontera” y en el prólogo de María Moreno, eso de estar en un lado y en el otro, “tener calle y tener claustro”. Hacia el final del libro son sus propias palabras asumiéndose como “articuladora de dos mundos”. Hubo un rasgo casi anfibio en Lohana, ¿no?

—Sí, podría decirse que Lohana fue una anfibia en el sentido que da a esa palabra Maristella Svampa, propició la reflexión sobre los saberes de su colectivo y de ella misma y también la politización y descolonización de aquellos provenientes de la academia. Su único acantonamiento, por así decirlo, fue la articulación entre su pensamiento crítico y su compromiso político, y lo hizo tendiendo puentes entre dos realidades diferentes. Su lucha fue siempre una lucha de frontera. Fue la subalterna de Spivak, pero que pudo hablar y ser escuchada rompiendo así esa violencia epistemológica que implica pensar al Otre según un modelo que no da, en realidad, cuenta de él. En una oportunidad, Gilles Deleuze le dijo a Michel Foucault: “Usted fue el primero en enseñarnos algo fundamental, la indignidad de hablar en nombre de los demás”, y Foucault respondió: “Cuando los prisioneros se pusieron a hablar, resultó que tenían una teoría de la prisión, de la penalidad, de la justicia. Esta especie de discurso contra el poder, este discurso mantenido por los prisioneros, o por aquellos a quienes se llama delincuentes, es en realidad lo importante, y no una teoría sobre la delincuencia”. Cuando Lohana se puso a hablar, resultó que tenía una teoría de la sexualidad, del género, de la justicia y el derecho. Sólo teníamos que escucharla.

Fernández –que también coordina el Programa de Género y Diversidad Sexual del Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad de Buenos Aires– publicó en 2004 el ensayo Cuerpos desobedientes. Travestismo e identidad de género (Edhasa), que fue su tesis sobre el travestismo (investigación pionera en el país) y un texto en el que Lohana colaboró mucho. Tanto, que la leyó atentamente y le dijo de arranque: “Está súper pero, por favor, sacá eso de fenómeno travesti, porque nosotras no somos ningún fenómeno”.

Al colectivo travesti, Fernández se acercó primero por su activismo feminista y luego por el deseo de escribir esa etnografía: “Venía interrogándome, aunque desde un plano más bien teórico, por la categoría género, sus límites y alcances se habían vuelto un motivo de estudio, búsqueda. Había leído a Judith Butler, con bastante dificultad porque no estaba traducido al inglés todavía, y esas embrionarias inquietudes se potenciaron. Entretanto, ya como activista del movimiento feminista, participaba en las intervenciones que varias organizaciones venían teniendo en torno a la derogación de los Edictos Policiales y al Código de Convivencia que los reemplazó”.

“Me sumé a la lucha de ellas por esa actitud radicalmente crítica que tenían (y tienen) y que es difícil pensar que vayan a perder. En aquellos años en los que los movimientos sociales estaban acallados y muchas padecíamos ese silencio, cada vez que las compañeras abrían la boca hacían temblar los pilares de las verdades más conocidas”, cuenta.

La estrategia narrativa

Unos cinco años antes de morir, Lohana le dijo que quería escribir su vida y le pidió a Fernández que la ayudara con eso. Ya ella había colaborado con ella muchas veces en artículos, también en la edición de su libro Cumbia, copeteo y lágrimas, pero éste era un desafío distinto y complejo. “Prendé el grabador”, me decía, “ahora vamos a biografar”.

Los diálogos en que está resuelta esta biografía, aunque la mayoría de ellos mantenidos a efectos de ella, fueron la estrategia narrativa que Fernández encontró para dar cuenta de las múltiples voces que habitaban a Lohana.

“Mi implicancia y la de otra gente en ellos, la confrontación de ideas bajo ese formato narrativo, me salvaba también de esa especie de ventrilocuismo con el que se habla como si lo hiciera la otra persona pero, en realidad, se la oculta”, dice la autora.

El libro concentra temas elegidos por Lohana. Algunos fueron deliberadamente grabados para que aparecieran en la historia y otros fueron temas tratados a lo largo de esa relación que las unió tantos años. “Temas a los que ella misma me mandaba a recordar porque ya lo habíamos hablado muchas veces y le parecía aburrido o innecesario repetir”, dice.

Es así que en el relato, que para María Moreno tiene momentos de gran novela latinoamericana, se enhebran magistralmente la intimidad del manifiesto, la crónica policial, la memoria afectiva, la etnografía con la historia y la política. Y la voz de Lohana sobrevuela como la de una mai o una machi que ordena y guía mientras Josefina oye y acata: “Acordáte de la discusión que tuvimos con Marlene sobre prostitución, buscá ahí”, o “Ya te hablé de la Pocha, buscá entre tus papeles”.

“Creo que la arquitectura final del libro, que sí fue exclusiva responsabilidad mía, estuvo sostenida, sin embargo, en algo que ella misma quiso de su biografía: que ésta recogiera episodios de su vida que no iban a encontrarse fácilmente en ningún lado, de los que, por alguna razón, se había privado de hablar o no había hablado demasiado”, cuenta la autora.

Transfeminista

“Estoy convencida que el motor del cambio es el amor. El amor que nos negaron es el impulso para cambiar el mundo”, redactó en su testamento político y remató: “Furia travesti siempre”. Y esa resistencia de Lohana siempre encontró su lugar dentro del feminismo. La activista fue aceptada en el movimiento de mujeres y muy tempranamente participó, sin objeción alguna, en los encuentros nacionales de mujeres.

Aunque en una discusión con integrantes del movimiento feminista la autora rememora que le contestaron: “Vos dirás que sos mujer, pero para nosotras sos varón”.

 

“Las mujeres reivindicaban el derecho a decidir sobre su cuerpo, nosotras el de ser reconocidas con una identidad de género que no se corresponde, entre comillas, con el sexo biológico. Mujeres y travestis tenemos que sacar nuestros cuerpos de las garras del mercado. De las garras del mercado y de la de los varones, te voy a decir. Las travestis hemos sido y somos atravesadas por la superficialidad del mercado y del patriarcado. Esto también les pasa a las mujeres, no hay que ser inocente. Por eso yo no entiendo a algunas feministas. No hay esencia que defender, todos los cuerpos deben ser interrogados, replanteados”. 

 

“Del movimiento feminista por largos años fue excluida con argumentos verdaderamente bochornosos. En el año 2000 se convocó a un Encuentro Nacional Feminista y un grupo de activistas iniciamos una discusión que tenía por fin sumar a Lohana a la cita. Las reacciones del feminismo por entonces hegemónico, de corte cultural, fueron de una violencia increíble, hubo quien llegó a decir que para pensar el travestismo y transexualismo necesitábamos estudios interdisciplinarios o que el cuerpo, la subjetividad, la experiencia y la historia no eran lugares vacíos a ser llenados con narrativas efímeras y arbitrarias, que el género no era un disfraz y que no se trataba de adaptar a él los cuerpos. El temor, nunca explicitado, era que se promoviera la participación de los varones, tanto que, en adelante, esos encuentros dejaron de llamarse encuentros nacionales feministas y pasaron a ser convocados como encuentros nacionales de mujeres feministas”, dice.

Aunque ya hace muchos años de eso, estos argumentos vuelven a escucharse una y otra vez.  Quizás más sofisticados ahora, pero cargados del mismo esencialismo y sentido que ayer. Una prueba de esto fue el debate en torno al cambio de nombre de los encuentros nacionales de mujeres que impulsó un grupo de activistas, para que pasen a llamarse Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No-Binaries. Lo mismo  cuando se preparaba el Tercer Paro Internacional Feminista que se intentó cambiar las consignas del #8M y convertirlo en una marcha exclusiva de mujeres, propuesta encabezada por las autodenominadas RADFEM y las TERF, feministas radicales trans excluyentes.

Cuerpos en pandemia

En el año 2016 el Programa de Género y Diversidad Sexual del Ministerio Público de la Defensa que coordina Josefina Fernández realizó, conjuntamente con el Bachillerato Popular Mocha Celis, una investigación que tenía por objetivo indagar la situación de vida de este colectivo travesti/trans en la CABA y comparar los resultados con una pesquisa anterior, que había coordinado diez años antes con Lohana Berkins y en la que participaron un grupo de investigadoras (La Gesta del Nombre Propio). “Queríamos saber si la vida del colectivo había mejorado y en qué aspectos”, explica Fernández.

El dato más relevante que recogieron fue que el acceso a la educación, al empleo e, incluso, a la salud, habían tenido algún cambio positivo. De hecho, la violencia contra el grupo no tenía la terrible dimensión encontrada 10 años antes. Sin embargo, la vivienda seguía siendo uno de los grandes problemas que afecta al colectivo travesti. “Es una problemática que ya existía con anterioridad a la pandemia, de hecho, el déficit de vivienda para este colectivo ha sido uno de los que no sólo no ha mejorado con posterioridad a la sanción de la Ley de Identidad de Género sino que, al menos en CABA, ha empeorado”, explica en días en que la emergencia sanitaria obliga a permanecer en casa. Pero, para las trans: ¿qué casa?.

La mayoría vive en habitaciones de hoteles o pensiones o en habitaciones de casas “tomadas” y, según Fernández, el gasto devengado en el alquiler y pago de servicios es muy alto. La sola condición de ser travesti aumenta el precio de la renta. Para ella “esto, tanto como la imposibilidad de contar con un contrato de alquiler de la vivienda a nombre propio, no habla sino de la persistencia de actitudes discriminatorias por la identidad y expresión de género de parte del sector inmobiliario y la ausencia del Estado”.

“Es un problema actual, en situación de pandemia, pero lo ha sido mucho antes”, dice la autora, “La diferencia radica en que hoy, cuando las travestis no pueden procurarse sus ingresos por el aislamiento obligatorio y preventivo, el desalojo de sus lugares de vivienda las deja en situación de calle inminente . Y si bien los desalojos están prohibidos, el acoso de quienes son propietarias o propietarios de los hoteles en los que viven es cotidiano, les cortan servicios fundamentales como la calefacción y hasta el agua. El Estado, por su parte, incorpora cada vez más requisitos, muchos de ellos imposibles de garantizar, para acceder a un subsidio habitacional. La pandemia no muestra sino cómo el neoliberalismo volvió incapaz al Estado para responder a este tipo de emergencias y cómo, en definitiva, prioriza unos cuerpos en desmedro de otros”.

Entonces Fernández retoma las palabras de Boaventura De Sousa Santos, para quién la pandemia “es más cruel con algunos cuerpos”.  “Sobre todo, aquellos que han sido y son largamente vulnerabilizados por condiciones de vida socialmente impuestas o por la discriminación sexo-genérica”, dice. Lo que la pandemia desnuda es la intemperie y si de algo saben las trans es de vivir en ella.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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