“La tradición de todas las generaciones muertas aplasta, como una pesadilla, el cerebro de los vivos.”*

El Eternauta es celebrado, en la actualidad, como una obra maestra no sólo por la ejecución de su historia, sino porque el tiempo ha hecho de ella una pesadilla recurrente para la vida política argentina. Hoy, a las puertas de una nueva nevada –mitad invierno nuclear, mitad estado de sitio–, las postales del cómic ganan una aterradora vigencia.

Leído hoy en día, El Eternauta puede interpretarse como un manual de organización y resistencia política. Manual cuya tesis Oesterheld expone hacia el final de la obra: “Ante un presente inhabitable, la eternidad es el único exilio posible”. Completamente derrotado, el héroe Juan Salvo viaja en el tiempo hasta llegar a “Continum 4”, una especie de limbo más allá del tiempo mismo. Allí, un “Mano” (una de las especies extraterrestres del cómic), pronuncia lo que, a la luz de la historia reciente, podríamos ver como el epitafio de toda una generación: 

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Más allá del peronismo, el papa Francisco impulsa un reformismo comunitarista, político y económico que apela a lógicas estatales y a dinámicas sociales celulares, lo más al ras del piso posible.

“Tu lucha, lo mismo que la lucha de tus compañeros y de todos los hombres que combatieron contra la invasión, no ha sido en vano (…). Porque esa lucha ha servido a todos los que combaten contra los Ellos para saber que hay todavía especies inteligentes, decididas a pelear hasta lo último…”**

Tras su paso por el limbo, Salvo erra en el tiempo, con la esperanza de contar su historia a alguien que, desde el pasado, pueda prevenir su futuro.

No debemos, no obstante, leer este “final” como un llamado a aceptar con alegría el sacrificio –menos aún si es ajeno–, a ser inspirados por los caídos y confiar en que “algún día se nos dé”. Juan Salvo, su autor y su obra, no fueron, después de todo, sacrificados. Fueron desaparecidos. Esta distinción es importante, ya que lo sacrificado tiene el deber de no regresar. Mientras que, por otro lado, lo desaparecido –lo reprimido– no tiene más opción que volver. El Eternauta no toma un carácter traumático gracias a la historia que lo sucede, sino que él fue configurado desde un comienzo como Lo Traumático. Salvo es un héroe que no triunfa ni fracasa, mientras que su historia es una que no continúa ni concluye. Así es como su epopeya parece volver a nosotros cada tanto. Porque Salvo es un personaje que no tiene otra opción que seguir volviendo.

Más que en la alegoría del contexto en que fue producida, es en el carácter traumático antes mencionado que la obra toma su verdadera potencia política.

A menudo, un acontecimiento sólo puede tomar dimensiones políticamente trascendentes a partir de su interrupción violenta. Tomemos por caso el asesinato de Julio César, el cual, lejos de cumplir su objetivo (restituir el régimen republicano), dio inicio al “cesarismo”. Sólo en la desaparición del “César-persona”, fue posible el nacimiento del “César-título” (asumido por su sucesor y fundador del Imperio, Augusto César). Podemos, incluso, transpolar este ejemplo a nuestra historia reciente, al observar la “tendencia revolucionaria” justicialista. El proyecto político-ideológico del Peronismo Revolucionario (es decir, el peronismo como vía institucionalizada hacia el Socialismo Nacional) era o fue posible –o vigente como posible, al menos– siempre y cuando Perón no regresara.

Volviendo a la tesis de la obra: el héroe de Oesterheld, postergado en un limbo, viene a representar aquello que, por su abrupta interrupción, acaba diseminado en la eternidad, como posibilidad siempre latente. Podemos hablar, entonces, del “fin del Eternauta” como el comienzo de la eternáutica.

Volviendo al final

Cualquiera que conozca el desenlace de Juan Salvo se sentirá inclinado a pensar en su autor; en el desenlace de su autor. Oesterheld, como su personaje, vio también su lucha encallar y su tiempo tornarse en una tundra baldía que lo haría desaparecer. Se puede discutir si la coincidencia es mérito de la clarividencia del guionista, o sólo otra instancia en que la Historia se permite un poco de teatro. Lo que no se puede negar respecto de la casualidad es que, una vez descubierta, ella acecha toda lectura posible del relato.

Hoy, ante nuestra nueva, periódica, inminente nevada, la pregunta por el destino de aquellos como Oesterheld vuelve a ser terreno de disputa ideológica. Vuelven a la mesa de autopsia, y con ellos, la pugna de siempre: ¿quiénes fueron realmente y qué pasó con los desaparecidos? La pregunta esconde una puja ideológica, ya que su respuesta sustenta o refuta una tesis. El desaparecido representa un enemigo capaz de mentir, de manipular, aun en su muerte. Su culpabilidad es tanto el argumento (“No era ningún  santo”), como la conclusión lógica de su desaparición (“¿Y por qué no están en las cifras?”). La pelea entonces no es por el dato empírico (si fueron o no treinta mil, si fueron inocentes), sino por el canon: por las conclusiones que dicho dato debe sustentar o refutar.

Podemos encontrar un correlato a dicha disputa en el “final” de Juan Salvo, el cual fue foco de una polémica similar. Menos macabra, por supuesto, y con consecuencias mucho menos decisivas.  

El primer conflicto lo hallamos en la palabra misma: “final”; ya que éste es, en realidad, uno a medias. Descubrimos en los últimos paneles  –ojo, spoiler–, que aquello que el protagonista vivió en su pasado está por ocurrir en “nuestro” presente:

“¿¡Será posible que, alertando a los habitantes del presente, Salvo logre evitar que la catástrofe se repita!?

“Continuará…”

Este cliffhanger no es un capricho narrativo. Responde, en realidad, a la cancelación prematura de la tira (en 1957), que se halló, como su autor y su protagonista, suspendida en un limbo durante años.

Es entonces que la pregunta por el destino del Eternauta se convierte, él mismo, en terreno de conflicto ideológico para propios y extraños. Deliberadamente venía ignorando el dato, pero Oesterheld guionó, en 1975, una secuela a su obra, cuyo tono se veía fuertemente influido por la ideología montonera a la que el autor suscribía. Solano López, dibujante de ambas entregas, manifestó su desacuerdo con el giro que el guión había tomado y publicó, años después de la muerte del guionista, un final “real” escrito por Alberto Ongaro (1983).

Si hoy recordamos El Eternauta, y no sus dos secuelas, no es porque éstas sean malas (que lo son), sino porque ambas cometen el error de quitar al protagonista de la eternidad en que había sido inmortalizado. No es posible, ni para los lectores, ni los autores involucrados, llegar a un consenso sobre el canon de la obra. Juan Salvo, como todo mito, no puede tener finales, sólo versiones respecto a sí. 

En una ciudad cualquiera los contornos del fantasma se abren paso en la ventisca silenciosa. Con la mirada fija, y la marcha suspendida por siempre, sus pintadas atormentan las paredes: ¿Cómo nuestra cultura podría recordar otro Eternauta que aquel constantemente de regreso, siempre postergado y siempre inminente? Y lo que es más: ¿No es ese el único héroe posible para su contexto histórico?

El Eternauta es el héroe del siglo XX argentino, porque éste fue también un proyecto de constantes interrupciones y deudas, un traumático proceso que se asoma, siempre, justo cuando creíamos haberlo saldado, que parece volvernos cada tanto, a exigirnos un futuro.

“…das Phantasm des Peronismus”

Por supuesto que si afirmo que Salvo es el héroe del siglo XX argentino no lo hago inocentemente. A nadie puede caberle dudas de que el Eternauta es, también, el héroe del movimiento político del siglo XX argentino por antonomasia.

Tal como El Eternauta, el peronismo con sus múltiples iteraciones, se ha convertido en terreno de disputa ideológica para propios y extraños. El propio Perón descubrió, en su tercera presidencia, que él mismo carecía de la autoridad para crear un canon que ordenara su movimiento.

Esta falta de cánones encierra al justicialismo en una hermosa paradoja: lo ha convertido en una ideología pragmática por dogma. Creo que éste es uno de los factores más aborrecidos por el antiperonismo: la noción de que su único principio es un “hacer lo que haga falta”. Si aceptáramos esta premisa, deberíamos discutir el justicialismo menos como ideología, y más como un método para el ejercicio del poder. Estoy seguro de que mucha gente lo ve así, pero esta aseveración amerita una pregunta obvia: ¿qué es el peronismo, entonces, cuando ya no detenta el poder? Objeción la cual toma más fuerza cuando notamos que el movimiento pasó la segunda mitad del siglo XX asolado por la proscripción, la persecución y la inestabilidad interna.

Teniendo esto en cuenta, uno estaría inclinado a creer que el peronismo se abrazó al ícono de El Eternauta. Pero sucede lo contrario. Es la iconografía la que acecha y atormenta a la posterior configuración del movimiento. Desde su publicación en 1956, los hechos alegorizados por el cómic no han dejado de irrumpir en nuestra Historia, dejando pocas alternativas al peronismo más que la de convertirse en una ideología fantasmática (o eternáutica). Cuando, más arriba, mencioné el “exiliarse en lo eterno”, no quise decir que el movimiento al que Oesterheld le hablaba se haya “consagrado a la eternidad”, que “viva por siempre en la memoria” o alguna otra insípida fórmula necrológica. Sino que, en su conflictiva relación con el tiempo y su historia imposible de canonizar, el peronismo, habita un limbo similar al “Continum 4” de la historieta.

Mientras la helada nos consume, ponderamos el retorno del héroe. Nos abrazamos a los íconos, ya que serán lo primero que la nieve sepulte. Ponderamos, porque éste es el único pasatiempo de quien pierde el poder.

Anticipé hace un rato la pregunta: ¿Qué es el peronismo sin poder? Aunque más relevante sería preguntarse: ¿qué es el peronismo si detenta el poder pero no lo ejerce? Siguiendo ésta última, dejaremos por un rato al Eternauta de lado para concentrarnos en otra obra.

La asombrosa excursión de Zamba en el fin de la Historia

20/09/2023. Poco más de un mes luego de las elecciones Paso.

A veces nos encontramos, mis amigos y yo, dando vueltas por el centro, como aquellos viejos nostálgicos del PC, duelando las antiguas, caídas frecuencias de colectivo. O vemos una persiana cerrada y recordamos que aquello fue un bar, o encontramos algún ridículo artefacto de la Argentina kirchnerista y reímos entre maravilla y vergüenza. “Si tan solo gorbenara el PJ”, lamentamos. Luego recordamos que, en efecto, gobierna el PJ y nos sentimos unos imbéciles.

La Argentina del Frente de Todos se sintió, estos cuatro años, como una de esas remakes desapasionadas a las que Hollywood nos ha acostumbrado. Retornó esa exasperante estética de optimismo estatal, ese nacionalismo rosa y progresista (música de charango; plano general de una represa hidroeléctrico; niño chaqueño sonriente: “Presidencia de la Nación”), esa especie de Realismo Socialista en goma Eva que no convence ni a propios ni a ajenos.

Si ésta era resistida durante los años de Kirchnerismo, lo es todavía más ahora, cuando las políticas de Estado que dicha estética debería comunicar brillan por su ausencia. Lo que es más, este estilo naif y bonachón es presentado hoy como prueba –y con razón– de que nuestros dirigentes viven en un cumple. Así, la superficialidad de este Estado pretendidamente presente, se ha convertido en un ejemplo de la superficialidad de la presencia –y sobre todo de la inversión– estatal como concepto. Podemos notarlo en la manera en que el discurso de su oposición mutó a lo largo de los años. En 2015 la administración Cambiemos podía comunicar al ciudadano que debía renunciar –por ejemplo– al Fútbol para Todos, para destinar sus fondos a la construcción de escuelas. Hoy, el ciudadano es llamado a renunciar a lo poco que tiene, ya no en nombre de nada en particular, sino de la “macroeconomía”.

Fútbol para todos es, por supuesto, una reliquia del pasado. Las escuelas que habrían de compensar su pérdida jamás llegaron. La lógica sacrificial que la motiva está, por tanto, rota. Otra desaparición.

A veces nos encontramos, mis amigos y yo, con esta clase de chatarras, mientras damos vueltas por el centro. Nostálgicos, nos hincamos sobre el suelo de la tundra –mitad invierno nuclear, mitad estado de sitio–, y removemos la nieve que cubre estos artefactos anacrónicos. Recordaremos, a continuación, una de estas reliquias.

Si el Eternauta es el héroe del primer peronismo, entonces Zamba –una de las reliquias antes mencionadas– lo es del kirchnerismo. Ambos comparten un mismo sesgo ideológico, un mismo tono pedagógico y, obviamente, un mismo tema central: el viaje en el tiempo. La asombrosa excursión de Zamba es un dibujo animado que sigue las aventuras de un estudiante de primaria quien, en sus viajes escolares, es transportado a diferentes periodos de la Historia Argentina gracias a la magia de la educación pública, o algo. Allí, Zamba observa y participa de dichos períodos, exponiendo al espectador –presumiblemente niños– a pequeñas lecciones de Historia con números musicales, villanos con risas malvadas y otros clichés de dibujito de por medio. Concluida la lección, Zamba vuelve al “presente”, y explica al televidente qué fue lo que aprendió, y todos ríen, y Fin.

Las similitudes entre Zamba y El Eternauta pueden resultar interesantes, pero lo son todavía más sus diferencias. La disonancia más llamativa está en el tratamiento que ambas obras tienen del Tiempo, y la relación de éste con sus respectivos héroes. Como dijimos anteriormente, en el cómic de Oesterheld, el Tiempo es una entidad fatal. Juan Salvo, ante la imposibilidad de un futuro, se exilia en la Eternidad, es decir, en la totalidad de los futuros posibles, con la esperanza de restituir el suyo propio.

En Zamba, mientras tanto, el Tiempo tiene un carácter distinto. Obviamente, un dibujo animado para niños no podría compartir el cariz apocalíptico del cómic, pero esto va más allá de una simple diferencia de tono. Sostiene, más bien, una tesis antagónica respecto de su antecesor. En Zamba, el Tiempo ­–o más precisamente, la Historia– no es algo que deba resistirse o siquiera modificarse. Su protagonista ­–a diferencia de muchos héroes de ciencia ficción– no viaja al pasado para recomponer “su presente”. No hay indicio de que esto sea posible siquiera. La “excursión” a la que su título alude es tan sólo eso: una excursión, donde se puede ver, pero no tocar. Si Zamba participa de los acontecimientos –de una batalla, una expedición, una reunión– no lo hace en pos de modificar nada, sino de que la Historia se desarrolle tal y como siempre lo ha hecho.

Zamba es un conservador en el sentido más puro. La serie sostiene la idea de que no hay nada para hacer en el pasado, salvo estudiarlo y extraer de él lecciones para el presente. Se entiende, al finalizar cada episodio, que retornar al presente tal y como está implica un final feliz –donde todos ríen y cantan–, porque El Presente tal y como está es uno feliz.

Dicha postura conservadora es un doloroso presagio de los años del Frente de Todos, donde, quienes militamos por Alberto Fernández, nos encontramos, años después, desfasados respecto de nuestra propia ideología, pretendidamente revolucionaria. Nos encontramos, hoy, como un montón de tecnócratas, ofreciendo matices en defensa del estatus quo a una sociedad que sólo desea que algo se rompa de una vez. Pero en realidad, tanto nosotros –conservadores– como ellos –revolucionarios–, exponemos reacciones opuestas a lo mismo. Ambos nos acostumbramos a no esperar nada. Por supuesto que para las explicaciones es demasiado tarde.  

En medio de la tundra, ateridos y estúpidos, esperando que algo nos devuelva a nuestro presente feliz, para contarle a los demás qué fue lo que aprendimos.

¿Qué fue lo que aprendimos? 

El peronismo en efecto volvió en 2019, pero llegó a un presente equivocado. De manera senil y penosa, le habló de empleo a la generación del Uber; le habló de soberanía al nuevo laboratorio del FMI; le habló de inclusión a un pueblo estancado en el margen de todo. Como Zamba, nos encontramos impartiendo lecciones del pasado a una ciudadanía que reclamaba un futuro.

Decretamos demasiado pronto –sólo puede hacerse demasiado pronto– “el fin del Eternauta”. Juan Salvo volvió y punto. La discusión por quién fue y quién sería en adelante se postergaba o asomaba sus costados más banales en aburridas internas palaciegas. Creímos que el poder de Salvo residía en su presencia efectiva y no en su plena inminencia. Olvidamos que fue en su propia ausencia que aquel coronel, desde Martín García, se convirtió en “realidad efectiva”. 

El precio a pagar es esta tundra. 

¿Es el peronismo un método para el ejercicio del poder? Difícilmente sea un método siquiera. Ha sido, más bien, una manía por encontrar el poder donde el resto no puede. Un subterfugio para los derrotados que, como todo truco, debe cambiar cada tanto. De lo contrario, el público buscará otro que lo asombre.

* Marx, Karl. El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Usé esta traducción de Marxists.org que me gustó más que la de mi edición.
** El Eternauta, p. 348.
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Sobre el autor:

Acerca de Manuel López Berardi

Nací en Rosario en 1997. Me diagnosticaron equivocadamente alergia a la arena a los cinco años. Me perdí del arenero del preescolar (y de los recreos) durante el resto de ese ciclo lectivo.  A los once años conectaron internet en casa. Un tío me mostró a Capusotto y aprendí qué era un montonero, qué era […]

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