Hay experiencias que escapan a la lógica de la escritura. Intento garabatear algunas líneas acerca de una obra que vi una noche de febrero en la terraza de Plataforma Lavarden. Aprovecho que la puesta se podrá ver nuevamente en escena –esta vez en la sala teatral ubicada en la planta baja de la misma esquina de Mendoza y Sarmiento– para escribir.

Megáfona es su nombre y se encuadra, según la directora Irupé Vitali y el equipo artístico, en lo que decidieron llamar “docu teatro”, algo que tomaron del cine a partir de ese género híbrido que se define como “docu ficción”. Un término anfibio que aportó Maia Ferro –a cargo de las realizaciones audiovisuales– para definir el cruce de lenguajes que se mezcla con las artes escénicas.

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¿Cómo algo que me conmovió tanto se escurre entre las palabras con que intento registrarlo? Voy al cuaderno que llevaba esa noche en la cartera, repaso algunos apuntes y el hilo de las anotaciones se vuelve fugitivo. Una obra de teatro requiere nuestra presencia; como público compartimos esa experiencia. Estar presente es estar con otras, otros. Somos algo en eso que compartimos siendo otros. Escarbo en los recuerdos como si fuesen también a su modo un borrador. Pregunto a las amigas: la que fue conmigo esa noche, la que encontré por sorpresa al bajar de la cúpula, la que con fe la vio más tarde porque le hablé de ella.

Me viene el recuerdo de las mujeres que crucé a la entrada o a la salida. Y todas dicen mucho de aquello que esa noche fui a ver. ¿Acaso una obra también se completa con quienes una reconoce entre el público? No es lo mismo estar esperando que den sala y encontrarte a una de las grandes amigas que hiciste en tus años de facultad. O ver entre la gente, una vez sentada, a la profesora de baile de tu juventud. O identificar filas más atrás a tu primera psicoanalista. Y allá más lejos a la colega y amiga de la que aprendiste tanto.

Atizar recuerdos, los propios y los ajenos, como un ejercicio de memoria radial para que se formen asociaciones de cuerpos, palabras, emociones, pensamientos, afectos de aquella noche y más también. ¿Será que hablar de Megáfona es además revisar la biografía propia?

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Megáfona se presenta como una obra de teatro documental y performática –tal vez sea esta idea de lo espontáneo, de lo que no se repite, lo que no me permite capturarla del todo– que amplifica los relatos de cinco mujeres.

Las interpretaciones de Carolina Condito, Eugenia Garralda Lazarte, Gianina Moisés Sosa, Sandra Bonfanti y Tania Scaglione, se acompañan de la asistencia y textiles de Carla Cattaneo, de la escenografía de Julio Gandini, la coreografía de Alejandra Valdes y la danza de Carolina Condito. Palabras, acciones y cuerpos componen un relato sostenido en un conjunto de objetos apilables que sirven de apoyo pero también de despliegue y apertura de las diferentes emociones. En los cubos de la escenografía se estampan imágenes que como las historias personales de cada una de las intérpretes buscan convertirse en un reflejo de lo social.

Dice la presentación que todo transcurre bajo una historia central que es la del pañuelo verde, símbolo del aborto legal, seguro y gratuito. La obra comenzó a gestarse en 2019, año de pleno debate social sobre la legalización y despenalización del aborto. Inevitablemente interpeladas por la coyuntura sintieron la necesidad de expresarse a través de su lenguaje: el teatro.

Sandra Bonfanti se acercó al equipo El Quiebre Teatro (que integran Irupé Vitali, Maia Ferro y Tania Scaglione)  les contó acerca de la génesis del pañuelo verde, emblema del derecho a decidir, y con ese impulso inicial Irupé, directora y dramaturga, comenzó a construir Megáfona.

Y es cierto. La genealogía de ese pañuelo verde comienza en Rosario, en el año 2003, en medio del XVIII Encuentro de Mujeres, varios años antes de que surgiera la Campaña Nacional del Aborto. Fue ahí donde se los vio por primera vez en una marcha.

Los trozos de tela habían llegado con las cordobesas de Católicas por el Derecho a Decidir, quienes propusieron usarlo para la movilización de cierre que cruzó avenida Pellegrini hasta el Monumento a la Bandera. Los pañuelos no eran hasta ese momento un símbolo de pelea por el aborto legal pero el germen de esa lucha se plantó esos días.

“Venía trabajando en talleres y cada vez que contaba la historia del pañuelo sentía que las personas se interesaban mucho. No sólo no sabían que había surgido en Rosario, cuna de la bandera, sino que también desconocían que en el origen de la lucha había mujeres católicas por el derecho a decidir”, dice Sandra.

 

 

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Desde un principio Irupé vio que era necesario sumar muchas voces y muchos lenguajes a la obra. Entonces recurrió a mujeres que conocía, que admiraba artísticamente y también a personas y compañeras de trabajo. Y de a poco, cada intérprete fue encajando con cada aspecto del relato que se quería contar.

Gianina Moises Sosa relata su adolescencia en el pueblo de Tunuyán, Mendoza, Sandra Bonfanti sobre lo que significó abrirse camino en lo laboral, Carolina Condito sobre la educación sentimental de una adolescencia revisitada a la luz de estos tiempos, Tania Scaglione sobre el deseo de tener une hije y Eugenia Garralda Lazarte sobre el deseo de no tenerlo.

Las escenas grupales no tienen palabra pero tienen acción. Los cuerpos se agrupan y dicen pero sin texto.

Carolina se mueve entre un collage de fotos como los que empapelaban el cuarto de cualquier chica adolescente o las tapas de una carpeta del secundario. Capturas de la infancia, con amigas, amigos, abrazos, risas, disfraces, uniforme de escuela o remeras del rockero preferido. Y las fotos de los novios, sobre todo de los novios. Es que ella hará un repaso de su biografía amorosa heterosexual y adolescente. Desde el primer chico del que gustó en la escuela, pasando por el del tatuaje casero de la adolescencia. Ese que todavía tiene grabado en un tobillo y que la interpela cuando alguien se lo descubre y pregunta: ¿qué es esa marca? El guardián celoso que cuando iban a bailar la acompañaba hasta el baño agarrado a su cintura para que nadie le mirara la cola y el bombero de aquel verano en el pueblo de la abuela que era mayor que ella y con el que tuvo su primera vez cuando aún no sabíamos ni siquiera de qué se trataba el consentimiento.

Gianina entra al escenario con una botella de dos litros de agua mineral y prácticamente se la toma en un fondo blanco. Está rodeada por visuales de los paisajes mendocinos más atractivos y el agua que bebió de golpe se derrama cristalina desde el manantial detrás de su silueta. Cuenta de su adolescencia en el pueblo de Tunuyán donde nació. Una ciudad casi de frontera con más destacamentos y gendarmes que personas de a pie. Desde Rosario, ciudad que eligió para vivir, envía encomiendas a sus primas que quedaron en el pueblo. Cada tanto envuelve libros para hacerles llegar. Imagino cómo elige esas lecturas. Cómo prepara los atados amorosos que son un alimento, una provisión a la distancia. Y también son un modo de traficar ideas y pensamientos a través de las montañas custodiadas por la fuerza militar.

Sandra (“la psicóloga de La Toma”, así la conocemos y así se presenta en escena). “Como en todas las marchas hacía un tubito con papel para gritar los cánticos, para mi cumpleaños, mis compañeras me regalaron un megáfono al que nombré Megáfona”, dice. Su historia es la de una mujer de clase media trabajadora que muestra el pasaje que le significa salir del espacio privado al espacio público. Ama de casa, madre de un niño, compañera de un empleado del viejo Hipermercado El Tigre (recuerda la camisa con el logo de la huella bordada) pero también como figura central en el armado del espacio terapéutico El Puente que reúne a psicólogas y psicólogos en lo que hoy es el Centro Cultural La Toma. Su relato tiene un anclaje histórico insoslayable y perfectamente situado. Relata en primera persona el estallido social de diciembre de 2001. Es imposible no pensar al escuchar su relato lo que estábamos haciendo durante esos días. Sandra se preparaba para ir a una asamblea en el hipermercado que ese mismo año había ido a la quiebra y estaba tomado por sus trabajadores. Pensó que su hijo pequeño no había tomado la merienda y se detuvo para preparar la chocolatada cuando comenzó a sentir disparos, sirenas y corridas. A pocas cuadras caía asesinado por la policía, Juan Delgado, en la esquina de Pasco y Necochea. Una parte de ella en la cocina, ese espacio tradicionalmente reservado a las mujeres, y la otra, en la calle con los compañeros y compañeras de lucha.

Tania y Eugenia le ponen el cuerpo a dos historias que podrían ser el revés de una trama. Es interesante pensar que nada es tan absoluto ni tan totalizante: ni el deseo de ser madre ni el deseo de no maternar. Mientras Eugenia cuenta su aborto con Misoprostol, Tania narra su historia personal que es la de una pareja de mujeres que quiere tener un hije. La búsqueda de la maternidad, los tratamientos invasivos, el cuerpo sometido a la violencia médica y un camino doloroso que parece interminable. Todo se vuelve aún más funesto con los diagnósticos acerca del corazón del bebé por nacer.

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¿Cómo hacer de un desgarro un hecho artístico?  La palabra biodrama alude también al teatro documental y es el nombre que Vivi Tellas le da en Argentina a este género. Para quienes hacen Megáfona lo que las distingue del teatro de Tellas es la posición ideológica o social. “Tenemos algo para decir sobre nuestras luchas y nuestras decisiones. Y ese algo nos excede, no nos pertenece solo a nosotras. Son voces de resistencia ante una sociedad patriarcal”, dicen las intérpretes.

¿Hay riesgo subjetivo en el teatro documental? ¿La memoria registra como recuerdo o cómo el relato que se hace de la historia propia?  ¿El último relato pasa a ser el recuerdo o al revés?

Megáfona es un acto estético, dramatúrgico pero también de militancia social y feminista. Correr el riesgo de modificar una historia real con fines dramáticos pero con la idea de poner en discusión y difusión ciertas problemáticas para hacer arte pero también política.

 

 

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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