El estreno de la segunda temporada de la serie Bridgerton, basada en la saga literaria de Julia Quinn y producida por Shonda Rhimes para la plataforma Neflix, vuelve a poner sobre la palestra un tema ya tratado en la primera temporada, la igualdad. Sin embargo, mientras aquella temporada inaugural enfatizaba en la igualdad racial, ésta explora la de género. En efecto, uno de los rasgos de la serie –una licencia que la aleja de las novelas– es la inserción de personajes de color. No en vano se ha dicho que Bridgerton es en verdad una utopía, en el sentido de ser un “no-lugar”, una sociedad que no es históricamente identificable. En el instante que vemos a la Reina británica o al Duque de Hasting, uno de los nobles más ricos del Reino Unido, como individuos de piel oscura, entendemos que aunque los acontecimientos suceden en la Gran Bretaña del periodo de la regencia, la sociedad allí representada no es la sociedad británica de principios del siglo XIX. Es otra cosa. También podría tratarse de una ucronía. En una escena muy relevante de la primera temporada, Lady Danbury le dice al Duque que el orden racial alcanzado es frágil, descansa en el amor que en su momento unió a la Reina Charlotte con el Rey Loco Jorge III. El romance de Hasting con la mayor de las jóvenes Bridgerton se presenta así como fundamental para apuntalar dicho orden. Pero nada de esto es verídico en términos históricos.

La segunda temporada prosigue por la línea interracial incluyendo a una nueva protagonista de origen hindú; Kate Sharma (Kate Sheffield en la novela El vizconde que me amó, en cual se basa esta segunda temporada). Pero adquiere una mayor relevancia la cuestión de la igualdad de género que había quedado un poco solapada en la temporada uno. El personaje central aquí es Eloise Bridgerton, segunda entre las mujeres, y quinta en general, hija del matrimonio conformado por Edmund y Violet Bridgerton. Eloise busca evadir el destino que la alta sociedad les depara a las mujeres, es decir, el matrimonio y la maternidad. Envidia a su hermano Benedict porque puede ir libremente tras su sueño de ser artista, y a Colin porque puede viajar solo sin restricciones por todo el mundo. En la temporada dos descubrirá que hay otras mujeres y varones, que al igual que ella consideran injusta la posición que la mujer tiene en la sociedad. Pero no es la única advenediza, su amiga Penélope Featherington, es la toda poderosa Lady Whistledown, una escritora anónima que devela los secretos de la alta sociedad y marca la agenda sobre lo que es relevante o no en ese mundo. Camille, la modista de piel oscura, que en esta nueva temporada pasa a colaborar con Lady Whistledown, destaca por ser una mujer que maneja un próspero negocio y goza de libertad, incluso para experimentar en el plano sexual. Lo mismo se aplica a Tessa, la mujer que oficia de modelo en la academia donde estudia Benedict Bridgerton, que logra por ese medio tener acceso a las clases y apuntar a su propia formación.

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Por tanto, si Bridgerton uno nos presentó un mundo donde la igualdad racial ya había sido alcanzada –frágilmente, es cierto, pero lograda al fin–, la temporada dos muestra el proceso en que se va configurando una sociedad más igualitaria en lo que refiere a la relación entre mujeres y varones.

Lo llamativo es que todo ese igualitarismo racial y de género convive en armonía con una desigualdad económica abrumadora. Las jerarquías sociales son evidentes, y en ocasiones hasta se exageran. Por supuesto que hay lugar para el hombre que se hace a sí mismo por la vía del mérito (ejemplificado en Will, el boxeador negro de la primera temporada que ahora es dueño de su propio club para caballeros), pero los privilegios de clase son indiscutibles. Eloise conoce a Theo, un joven idealista de la clase trabajadora, por quien se siente prontamente atraída, sin embargo, su amor queda imposibilitado por el origen socioeconómico de cada uno. Algo similar ocurre en la primera temporada con Anthony, el Vizconde de Bridgerton, obligado a poner fin a su apasionado romance con Siena Rosso, una soprano de origen plebeyo. Mary Sheffield, la madre de Kate y Edwina Sharma, fue proscrita por sus padres y la alta sociedad tras su unión con un individuo de inferior linaje. En cambio, Dafne, la hermana de Anthony y Eloise, se casó con un hombre de piel oscura, el Duque de Hasting. Pero aquí no hay objeción porque moreno o no el Duque es un noble. En otras palabras, las fronteras raciales se pueden romper, las de género también, pero las de clases no.

Redistribución y reconocimiento

¿Cómo entender está paradójica sociedad donde la aspiración igualitaria deviene en naturalización de la desigualdad? Sugiero que las categorías analíticas propuestas por Nancy Fraser para estudiar el problema de la justicia social pueden sernos de utilidad. Fraser identifica dos tipos de reivindicaciones igualitarias que clasifica en políticas de redistribución y políticas de reconocimiento. Las primeras refieren a las reivindicaciones en el interior de la esfera “socio-económica”, donde el interés de clase es el motivo principal de movilización política. El segundo se inscribe dentro de la esfera “socio-cultural” donde la identidad de grupo es el fundamento de la lucha política. Ambos tipos de reivindicaciones son legítimos. La configuración de una sociedad justa requiere tanto de la redistribución económica como del reconocimiento cultural. El problema, según Fraser, es el desplazamiento de las reivindicaciones económicas, como herramienta principal para lograr la igualdad, en favor de las reivindicaciones identitarias. Este desplazamiento se dio durante la segunda ola feminista en paralelo al ascenso del neoliberalismo como programa económico en Occidente. El neoliberalismo no solo se benefició de dicho cambio sino que además lo alentó. Encontraba allí argumentos para desmantelar el Estado keynesiano de bienestar legitimándose moralmente en el proceso. En Los talleres ocultos del capital la autora ofrece el ejemplo del “salario familiar”, denunciado como reproductor de las desigualdades entre varones y mujeres en el seno de la familia, reemplazado por las familias de “dos salarios”, donde ambos cónyuges aportan a la economía doméstica. Si bien las críticas al “salario familiar” eran pertinentes, el neoliberalismo encontró en ella argumentos para reducir los costes salariales. La pauperización de los trabajadores obligó a muchas mujeres a buscar trabajo para sostener las finanzas domésticas antes que para lograr una autorrealización personal.

La adopción de una agenda igualitaria basada en reivindicaciones identitarias por parte del neoliberalismo permitió dejar atrás la molesta asociación entre justicia social y redistribución económica. Al tiempo que ésta era reemplazada por una nueva noción de justicia que, por asentarse solo en reivindicaciones socioculturales, no afecta la dominación de clase. En Bridgerton vemos en escena precisamente este concepto de igualdad. La crítica a las desigualdades no está ausente, es cierto, pero carecen de fuerza. En la temporada uno, cuando Eloise cree que Lady Whistledown puede ser alguien de la servidumbre, su empleada doméstica se ríe de ella por considerar que los pobres tienen tiempo para escribir. Pero aquí lo importante es el error de juicio de Eloise, entendible porque todavía es una niña, no la desafortunada vida de la servidumbre doméstica. La benevolencia del Duque de Hasting para con sus arrendatarios campesinos entra dentro del tópico de la caridad burguesa heredada del cristianismo. Incluso el mal sabor de boca que deja el fin de la relación de Anthony con la cantante de opera en la primera temporada, donde se percibe con claridad la injusticia del sistema, se compensa porque a fin de cuentas Siena no era el “amor” de Anthony. El vizconde encontrará la mujer ideal dentro de la nobleza, como corresponde.

Bridgerton es una oda al igualitarismo neoliberal. Una sociedad donde las jerarquías de clase conviven en paz con el multiculturalismo y la identidad de género. Para quienes todavía creemos en la igualdad total, y la emancipación real del ser humano, urge colocar a las reivindicaciones económicas y al conflicto de clases otra vez en el centro de la lucha política, sin por ello renunciar a las reivindicaciones culturales. De lo contrario la utopía igualitaria devendrá en distopía.

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Sobre el autor:

Acerca de Diego Alexander Olivera

Nací en Paraná en 1986. Soy hincha de Boca Juniors y apasionado por las Artes Marciales. Fan de las películas de James Bond y enamorado de la Grecia Clásica. Trabajo como docente en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. También me desempeño como Becario Posdoctoral de Conicet en el Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales […]

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