El 28º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario nos da la oportunidad de ver en estreno, este sábado a las 20 en el Complejo de Cines Monumental el film documental Bajar, subir, bajar, dirigido y protagonizado por el realizador rosarino Elad Abraham. Es una oportunidad particular porque el film, aunque participó del Festival de Trieste este año, fue censurado en otros festivales por la premisa misma con la que se presenta: “Cuando me (des)echaron del ejército israelí comenzó mi segundo exilio. Lo que algunos llaman locura, yo lo llamé libertad. Me había tragado la propaganda y me vomitó el sistema, y desde afuera empecé a ver otras verdades que estaban ocultas. Bajar, subir, bajar es este ensayo autorreferencial donde cuento el entramado del discuros sionista que me educó, su exorcismo y lo que pude hacer de eso.”

En agosto pasado entrevistamos a Elad Abraham a propósito de su película en nuestro programa de radio (jueves de 23 a 00 en radio Universidad, FM103.3).

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Un atentado contra la verdad

Alberto Nisman estuvo a cargo de la investigación del atentado a la AMIA 11 años. Lo que esta nota se encargó de señalar en 2008 es que esa causa fue un entramado geopolítico para demonizar a Irán.

“Nací en Israel en 1982 –nos dijo Elad– porque mis padres estaban exiliados allá. Cuando volvió la democracia mis padres volvieron y en el 2001 con toda la crisis económica, jurídica, social, me fui de vuelta a Israel y luego me fui exiliado de ahí nuevamente.”

La participación en el festival de Trieste fue, en palabras de Elad: “una felicidad, romper el ciclo de negativas porque muchos  festivales nos dijeron que no querían meterse con una temática tan áspera. La temática tan áspera es cuestionar el sionismo. Hay una censura realmente existente bajo lo políticamente correcto. Te dicen: ‘No, la verdad es que es un tema demasiado álgido para tocarlo en este momento’. En los hechos es una censura pero en la retórica es la corrección política.”

Bajar, subir, bajar, en palabras de Elad, es “un trinomio que viene a construir una especie de tesis, antítesis y síntesis, donde la síntesis es una vuelta de rosca sobre la tesis. Bajar es una traducción directa del hebreo, que se dice ‘ieridá’ (מוֹצָא), y aplica a la gente, o no a la gente, a los judíos que se van de Israel, porque hay que establecer esa diferenciación cuando hablamos de las políticas del estado de Israel. Entonces, se dice que un judío, cuando se va de Israel, hace “ieridá”, baja. En mi caso, como yo nací allá y me vine para Argentina, ésa fue mi primera bajada. Su contraparte es cuando un judío, en cualquier lugar del mundo, decide emigrar a Israel, entonces se le llama ‘aliá’ (לעלות), que quiere decir subida, que obviamente tiene connotaciones místicas pero a la vez es el término político para designar al migrante. O sea que ahí vemos una relación bastante confusa entre relaciones religiosas y estatales porque se trata de un estatus político que parte de una llamada religiosa. Y bajar nuevamente, después de haber estado allí y de haber estado en el ejército durante un año y medio y de que me echaran por presunta locura (ellos lo llamaron locura). Porque es obligatorio para ser ciudadano que hagas un servicio militar. Si naciste allá son obligatorios tres años para varones y dos años para mujeres. A mí me tocaban tres años y al cabo de un año y medio decidieron que yo no era apto para portar un fusil, cosa que yo acuerdo.” 

—Pablo Makovsky: Es como en el chiste de Groucho Marx: no quiero pertenecer a un club que me acepte entre sus socios.

—Elad Abraham: Es un motor dramático de la película. Yo cuento mi experiencia para, a partir de eso, desenvolver conceptos que están de fondo y suelen estar ocultos. 

—Bien, hay un episodio que da pie a esta historia. 

—Yo vivía allá y no tenía casa. El ejército me consiguió una casa que estaba a cuatro horas de distancia de la base, o sea que viajaba cuatro horas de ida a la mañana y cuatro horas de vuelta para dormir cuatro horas en esa casita en el norte del país para atender un quiosco, porque mi función en el ejército era atender un quiosco en el liceo aeronáutico. Parece bizarro pero en realidad los ejércitos tienen muchísimos puestos laborales que son muy lejanos a llevar armas, al combate, pero son el sustento de todos esos soldados que sí están yendo a matar, es una complicidad por omisión. La cuestión es que en ese trajín estuve tres meses viajando y una vez me tocaba hacer una guardia en los territorios ocupados y tenía que llevarme una mochila para dos semanas y me olvidé la mochila. Y al llegar a la base no quería hacer la guardia en los territorios ocupados. Estaba muy enojado con todo, estaba sin mochila, sin ropa, sin nada, y esa base estaba en una ciudad del sur que se llama Beer-Sheva, que tiene un barrio con ciudadanos de segunda categoría porque es un barrio de palestinos a quienes los israelíes les gustan tanto llamar “árabes” –nunca decir “palestino”, ¿eh?. Así que me fui a ese barrio, me tomé unas cervezas, me fumé un porro con un pibe en la calle y colapsé, entré en una situación de paranoia total, en un momento se me baja la persiana, caigo al piso, no tengo más recuerdos. La cosa es que si en ese momento perdía el arma iba a estar siete años preso. Uno podía presumir que un “árabe”, o un palestino, automáticamente es el enemigo de un israelí judío –que pertenece al ejército de ocupación, porque es sionista y le está robando la tierra, cosas que son verdad–, pero hay una sensibilidad humana que trasciende los uniformes y las barreras, que fue lo que me pasó con ese pibe: yo me tomé una cerveza en la calle, nos cagamos de risa un rato y de repente me estalló la cabeza por dentro y él no me robó el arma, no me mató, no me hizo nada, al contrario, llamó a una ambulancio y se preocupó porque yo pudiera sobrevivir. 

—Incluso con el riesgo que implicaba para él, un “árabe”, estar junto a un soldado israelí inconsciente y con un arma.

—Él podría haber corrido muchísimos riesgos, me arriesgo a decir que él corría muchos más riesgos que yo, yo era el opresor con el arma, ojalá pudiera recordar el nombre de ese muchacho. 

—Bueno, tal vez el film pueda ayudar a ese encuentro.

—Ojalá. Estaría buenísimo.

—Empezamos hablando de la serie Iosi, el espía arrepentido, y la serie trata sobre estas cuestiones de la identidad, de las guerras de opresión. En tu película hay unas voces importantísimas, como la filósofa y traductora de hebreo Silvana Rabinovich, voces que hablan del sionismo.

—Lo que hago es, a partir de esta historia donde cuento mi trayecto: cómo me crié en Rosario, en la comunidad judía, en los movimientos juveniles sionistas y cómo a partir de eso, después de los atentados en la Embajada y la Amia, se forjó toda una identidad según la cual ser judío en Argentina era peligroso.

—Éso quería preguntarte, ¿cómo repercutieron esos atentados en la comunidad judía? Porque tengo la idea, a partir de ver la serie Iosi, el espía arrepentido, que antes, al interior de la comunidad judía, había reuniones fuertes, intensas, donde se discutía qué Israel se quería, qué significaba ser judío. Tengo la impresión de que ese mundo se disuelto de algún modo.

—Creo que una de las consecuencias más terribles que tiene puertas adentro de la comunidad es la hegemonización de lo judío. ¿Qué quiere decir ésto? Lo judío en sí es un concepto falaz, porque no hay “lo judío” en sí, sino las formas de entender lo que significa ser judío. Pero ¿por qué digo hegemonización?, porque hay una apropiación de esa identidad cultural que es vastísima, diversa, compleja, heterodoxa, que se entremezcla, que dialoga entre sí, que no responde y sí responde a dogmas, es todo muy amplio. Y la Daia, a consecuencia de estos atentados, hegemonizó lo que significa ser judío en Argentina, por lo menos mediática y culturalmente. La Daia se constituye como una Delegación de Asociaciones Israelitas de Argentina y su origen es pelear contra el antisemitismo y ser una voz de representación legal de las comunidades judías ante el resto de la Nación argentina. Pero empezó a tomar un lugar que le permite meterse en cuestiones internas del estado argentino, y empezó a participar en esa política. Los atentados le permiten a la Daia ser la voz que viene a defender a esos judíos. Entonces, montones de otras instituciones que eran de izquierda, que eran de orígenes comunistas, que no eran sionistas en lo más mínimo, fueron poco a poco desfinanciadas, vaciadas. Acá en Rosario había montones de instituciones de la comunidad judía que no necesariamente eran sionistas. Por ejemplo, mi abuelo había fundado una institución donde juntaban medicamentos para enfermos, y no eran sionistas, su razón de ser era comunitaria. Ese tipo de instituciones que crecieron entre los 40 y 60 con el asociativismo, heredado de Europa del este, desde donde muchos judíos venían con esas doctrinas, fueron desapareciendo a raíz de los atentados; porque era costoso mantener seguridad en esas instituciones, entonces la Daia obligaba a cerrarlas, no les permitía tener actividades. 

—Bueno, estaba el Centro o el Club Israelita de 9 de Julio casi Buenos Aires.

—Claro, ellos eran originalmente de lo que se llamaba el Icuf, que eran comunistas, no sonistas, que es una institución que se mantuvo en los bordes de lo comunitario hasta que dejó de tener vínculos con la comunidad judía. Sólo le quedó el nombre y algún resabio en algunas actividades, tienen un kinderclub que se llama Ana Frank, todavía hay actividades de reivindicación de derechos humanos, más de corte de izquierda, pero claramente no son sionistas y no tienen nada que ver con la comunidad judía, porque lo judío ha sido hegemonizado por la Daia, entonces en algún punto se vuelve sinónimo ser judío y ser sionista a fuerza de estos mecanismos que impuso la Daia con plata del Estado de Israel para financiar y educar a todas las comunidades judías en el país, de modo que desaparecieron todas las voces que opinaban en contra del sionismo.

—Elena Makovsky:  Fui a una escuela secundaria pública donde suelen ir muchos judíos, por lo general hijos de profesionales, y es muy difícil a veces, incluso entre esos chicos, hablar en contra del sionismo, que es omnipresente. ¿Cómo es tu experiencia en Rosario en ese sentido?

—También hay que pensarlo como los correlatos históricos. Es una consecuencia directa de las políticas económicas y sociales neoliberales que la gente deje de politizar los ámbitos: no, ¿para qué vamos a hablar de política? Entonces es más fácil rehusar la discusión que escuchar los argumentos que hay del otro lado y someter los propios. Creo que tiene que ver con eso, con que hay una despolitización general de toda la sociedad.

—P.M.: Lo que Primo Levi cuenta en su trilogía sobre Auschwitz es que él era un ingeniero italiano que vagamente recordaba sus raíces judías, pero quienes lo definieron como judío fueron sus verdugos, los nazis. Lejos de querer banalizar la cuestión y con todas las disculpas del caso, ¿los atentados vendrían a renovar este tipo de mecanismos, de operaciones? Porque yo aún sostengo mis simpatías por ciertos liberales como Yitzhak Rabin o Shimon Peres, tipos que desaparecieron de la política israelí actual.

—Bueno, lamento contarte que el progresismo sionista es un oximoron y lo explico muy concretamente en dos o tres cositas: los acuerdos de Oslo, que firmaron Yasser Arafat y Rabin en el año 1994, le impedían a Palestina la emisión de moneda, eso quiere decir que le impiden tener un control propio del valor de su trabajo, o sea que someten las condiciones de producción a un sistema donde el palestino siempre va a ser el oprimido. Incluso Rabin lo decía: no me importa que tengan bandera propia o armas, lo que me calienta es si se cortan las relaciones de producción entre Israel y Palestina. Eso te da la pauta de que los acuerdos son simplemente una pacificación, que no es una paz. La pacificación es hacer un desierto y llamarlo paz.

—Bueno, pero no eran Benjamín Netanyahu.

—Sí, había una voluntad de someter por las buenas, y no de someter por las malas. Vamos a decirlo de esta manera. Pero el colonialismo en ningún momento estaba en duda. 

—Sí, sí, de acuerdo. Recuerdo haberlo charlado con Silvana Rabinovich. Ya en el origen estaba esta cuestión del judío europeo que llega a colonizar Palestina y crear un estado al margen incluso de los judíos que ya estaban viviendo ahí. 

—Elena Makovsky: Bueno, en el proyecto sionista que arma Teodoro Herzl, fundador del sionismo, estaba esta cuestión: los lugares elegidos eran Palestina o Argentina…

—Te faltan un par: Etiopía y Uganda, la Patagonia o Palestina. Un libro editado en 1891 sobre el estado sionista judío.

—Elena Makovsky: Lo que planteaba era crear un estado segregado del estado y planteaban que iban a solucionar algunos problemas económicos si es que los tenían, negociar, por lo menos estaba planteado como una suerte de negociación y de pacto, con más fronteras.

—Herzl usa una retórica muy parecida a la de Sarmiento, como la de la civilización o la barbarie, no es amigo del “indio” palestino, es un colonizador y le va a imponer su política.

—Elena Makovsky: Quiere distancia, no quiere participar de eso que está ahí, ve un lugar no tomado y dice “ya que lo tienen al pedo y nosotros lo podemos hacer mejor, dennos una parte, negociemos.

—Me voy a permitir también poner en cuestionamiento eso porque lo que Herzl hace ahí es una operación de falsedad ideológica profunda, porque en realidad eso parte de un mito sobre el que Herzl dice: un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo. Mentira, ahí vivía gente y la echaron a toda a punta pistola. Entonces hay que desarmar ese mito de arranque porque si no queda esta idea de “bueno, no había nadie”. Y no, había gente y se la echó. 

—Lo que me fascina de Bajar, subir, bajar es que trata estas cuestiones, pero sobre todo, cómo encarnan en tu historia. En la familia de mi esposa hay una tía que dice que quedó soltera culpa de Evita. Es decir, se había conocido con un muchacho de otro pueblo –porque vivían en pueblos del sur santafesino– y quedaron en sellar su relación en un baile que se suspendió por el duelo de una semana decretado por la muerte de Eva Perón. Entonces, obviamente, ella “encarna” esa soltería producida directamente por la realidad política del país de entonces. No estoy haciendo un paralelismo, pero rescato esa idea de encarnar algo de lo político en la historia personal.

—Sí, yo parto de la premisa de que hacer un documental y llamarlo documental es para gente que tiene muchísimas certezas. Y yo parto de preguntas que no tienen una respuesta o que seguiré reformulando a lo largo de mi vida. Pero decido ponerme en primer plano, y es una decisión dolorosa en muchos aspectos, abre heridas, pero también es un deber ético en algún punto, porque podría situarme en un lugar de observación lejana y ver las cosas en una perpectiva teórica y dar la opinión de los que saben, y contar las cosas en términos “reales” –para tu dicotomía entre “realistas” e “idealistas”– y para mí el realismo es el opio de los pueblos en algún punto, porque caemos en esta idea de que hay una sola verdad, y yo no sé si tengo derecho a emitir una verdad, lo que sí tengo es la posibilidad de generar preguntas. Entonces desarmo mi historia personal, me hago cargo de esas preguntas que me hago, las pongo ahí para que otras personas con un bagaje similar, o con herencias similares de lo judío, que se criaron en los 70, 80, 90 o 2000 en Latinoamérica puedan preguntarse su apoyo al sionismo. Básicamente: ¿hasta qué punto apoyar un genocidio? ¿Hasta qué punto apoyar un estado de apartheid?  

—Esas preguntas se las trasladás, en tu pelicula, a algunos de tus invitados que me gustaría que nombres.

—Bueno, decidí enfocar el tema desde varias aristas. Hay un economista, hay un historiador que se llama Ilan Pappé, que es uno de los historiadores de la nueva camada de historiadores israelíes de los años 80 que reveló montones de secretos del ejército israelí que demuestra cómo fue la expulsión masiva de palestinos entre los años 1948 y 1956 y un plan sistemático de expulsión y matanzas. También está Silvana Rabinovich, que además de ser filósofa, le aporta sensibilidad a la película; después está Gilad Atzmon, que es de las voces más conflictivas de la película porque a Gilad Atzmon no lo quiere nadie: no lo quieren dentro del judaismo, dentro del sionismo, del antisionismo, del antisemitismo, no lo quiere nadie, tiene esa particularidad de que logró ser enemigo de todos…

—Tuvo un libro famosísimo Gilad Atzmon, que leí en los 2000, en el que cuestionaba el sionismo y tuvo incluso acá mucha repercusión. 

—Creo que es Guía de los perplejos.

—¡Ése! Que recuerda también el clásico de Maimónides.

—Bueno, Gilad Atzmon es músico, es un artista y es rupturista, y viene a decir cosas que son muy incómodas. Yo no me hago responsable de lo que él dice, pero me parece muy interesante para complejizar las conversaciones, porque si no siempre quedamos en un lugar de lo políticamente correcto, cuáles son las cosas que toeleramos en la discusión y cuáles no, bueno, pongamos en la mesa todas las cosas concernientes a comprender la identidad, la idea de identidad judía, y me parece que él lo hace muy bien. 

—¿Cómo cerrarías esto, Elad?

—Bueno, yo quiero invitar a la comunidad a ver una película que es un exabrupto visual, es un ensayo lleno de falacias, de construcciones que van a confundir al espectador, pero con la esperanza de que alguno se lleve alguna preguntita.

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre los autores:

Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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Acerca de Elena Makovsky

Rosario, Argentina (1996). Estudio Historia y trabajo en el Hospital Provincial de Rosario como extraccionista de sangre. En 2018 viaje a México por un intercambio universitario para dar clases en la institución secundaria IEBO de Oaxaca. La conversación con mis personas mas queridas me parece lo más cercano a la felicidad. 

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