Esta nota fue escrita a mitad del año 2025 para ser publicada en colaboración entre las revistas culturales Inquieta (en su última edición impresa realizada ese año) y Rea, ambas publicaciones integrantes de  la Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (ARECIA). En esta edición de cierre de año el texto se republica con algunos agregados culturales que acontecieron entre noviembre y diciembre.

 

¿Qué pasaría si quisiéramos dibujar un mapa cultural de la ciudad de Rosario? ¿Por dónde empezamos a trazarlo? ¿Qué constelación se tejería si pensáramos en unir una, dos, tres, muchas acciones o agitaciones que nacieron acá y actualmente sobreviven? ¿Podríamos leer puntos de contacto entre ellas? ¿Qué micropolíticas se nos revelarían? ¿Sería posible convertir las experiencias en caja de herramientas que produzcan modos de construir cultura en esta ciudad, en otra, en el mundo en que nos toca vivir o en el que por fin quisiéramos habitar? 

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Ni ciudad museificada, ni clon de sí misma, Rosario no tiene origen preciso y a la vez se refunda en cada nueva acción cultural. Se levanta la vara a sí misma, renueva la autoestima,  invita a  recrear una ciudad expandida, otra ciudad más allá de la habitual. 

Las experiencias culturales aquí reunidas nacieron o se habitan en los bordes de la ciudad: de la Sexta, a Refinería, pasando por el Abasto hasta Pichincha y lo céntrico que se desterritorializa con las propuestas y, por eso, un poco también se descentra. 

La selección es random y tal vez caprichosa, pero no siempre se encuentra en esa ruta díptica que te entregan en la oficina de turismo al pisar la ciudad. A todas las une el ojo que las mira, el cuerpo que las vive, el espíritu parental que les dio impulso. Más que de circuito urbano hablamos de un mapa tentacular y subterráneo que a su vez las hace sentir enlazadas.

Están las que escapan al algoritmo: no aparecen en las redes sociales, se balancean entre lo público y lo doméstico, convidan sus acciones de boca en boca o a través de una lista de Whatsapp no muy masiva. Y las que rozan por colectora el mainstraim, le hacen guiños a Buenos Aires, anfitrionan y abren. Hay quienes de eso, hacen militancia, politizan el cruce de la autopista, lo argumentan y se defienden del hate. 

En todas sobresalen a su modo puntos de contacto: la celebración de los cuerpos, la amistad, el cuidado. Todo lo que necesitamos para nutrir un ecosistema donde nos hacen creer que no pasa nada, pero que late y sigue vivo.

Cada una de ellas visibilizan otros mundos que existen y cada una de ellas es en sí un acto que afirma un horizonte de deseos, potencia, formas de hacer política. 

Una biblioteca privada que se abre al público y suma socias y socios, un bar cultural, una vieja destilería que hace comunidad, una librería en un pasaje, un club de fiestas, una productora de artes escénicas que es un poco usina y otro laboratorio experiencial, una galería de arte que rompe la pared y estalla el concepto de arte y el de galería, un colectivo disidente y festivo que se despliega en la calle y toma un espacio oficial.

 

Las masas festivas 

Cadera Club surgió del cruce de tres acontecimientos: primero, el sonido como fuente inagotable de estímulos y el amor incondicional y agradecido porque a su alrededor se teje toda una existencia, segundo, la cárcel que impuso la pandemia y la consiguiente reacción de salir en búsqueda de espacios que reúnan y donde poder sacudir el traje apolillado y tercero, el tatuaje que significa haber vivido la experiencia colectiva y comunitaria de Planeta X.

“Había una intuición corporal colectiva, de vértigo que latía en el corazón, que nos decía que este tipo de encuentros eran vitales y urgentes, así que lo que intentamos fue ofrecer, brindar ese espacio”, cuenta Manuel Schillaci. 

Para él, Cadera Club, es la prueba viva que “lo que está faltando muchas veces es realizable si tomamos la fuerza de la organización colectiva de lo común, que tiene una potencia que es exponencial respecto a la individual”. “Es casi una magia o un hechizo que se puede hacer jugar a favor de la construcción de un nosotros, pero lo venimos practicando tan poco”, dice y lamenta. 

Este espacio de baile y de encuentro sería un embrión de lo que él define como “un tipo de organización que necesitamos recuperar de forma urgente, e ir agregando capas organizativas cada vez más complejas, entrelazadas, comprometidas”.

En las redes sociales de Cadera Club se lee además de las fechas de encuentro y las coordenadas para comprar los tickets (cuyo valor se ajusta a los tiempos de crisis como el que vivimos) una frase de McKenzie Wark entrevistada en ocasión de la salida de su libro Raving, 2023:

“La rave no es liberación, resistencia, trascendencia, utopía o terapia. Evade esos clichés. Es un experimento colectivo, estético, acorde con nuestro tiempo. Reclama un lenguaje diferente para una vida diferente. También forma parte de un arte más amplio de construir situaciones en las que podamos reducir la vigilancia, el consumo, el ajetreo. Encontrar formas de alegría colectiva. O si no alegría, formas de soportar el dolor de este mundo moribundo”.

Y de eso se trata. De encontrar ese “otro sentir que nos haga quebrar el movimiento normativo y resbalar sobre el deseo; el propio y el colectivo que allí nace”.

 

 

Destilar acciones culturales 

Una estructura de hierro, un alambique, una barra con bacha de acero inoxidable. Una ochava de barrio Refinería. Usaron lo que tenían, pero le dieron un sentido estético incluyendo el origen del espacio: una destilería de gin donde desde hace más de un año se agitan cosas. 

Esquina surgió en el mismísimo momento que ganó Milei. El espíritu estuvo muy claro desde el principio: un lugar de encuentro. El espacio físico ya existía y era el local donde funcionó la primera destilería del Gin La Salvaje y Velu (su mentora) quería seguir manteniendo aunque ya no la usaba para tal fin. 

“La esquina es preciosa y nos daba ilusión coparla. Fuimos las tres a ver el lugar que era un mini depósito de cajas. Nada invitaba a entrar. Con amorosa ayuda de amigos y compañeros de andanzas de cine, Agustin Pagliuca (quien modificó las estructuras de hierro y realizó todas las lámparas) y Marcos Garfagnoli  (que realizó la instalación eléctrica y nos asesoró con la iluminación), y con otros mobiliarios que fueron donados por amigas, le hicimos una lavada de cara sustancial al espacio”, cuentan Anju Manaker, Natalia Leggio y Velu.  

En el transcurso de los episodios el “escenario” se fue amoldando a la escena, lo necesario para que los invitados  desplieguen sus ganas de hacer y mostrar. Esta particularidad se suma a la sensación de que cada evento es diferente porque cambia la disposición del lugar, se ilumina distinto, los concurrentes también fluctúan. En la noche de danza, por ejemplo, la performance comenzó en la vereda de enfrente.

“Nunca supimos lo que iba a suceder, pero teníamos muchas ganas de hacer cosas, encuentros, debates, charlas, intervenciones artísticas”, cuentan. 

El lugar es chico, tiene sólo 30 metros cuadrados, por lo cual no pretenden ni necesitan que vaya mucha gente. No buscan difusión masiva, no tienen redes sociales, van quienes llegan y la comunicación se maneja por una lista de difusión de whatsapp donde se informa el evento en pocas líneas y se envía una semana antes de la fecha. 

“La difusión es orgánica y los artistas pueden difundirlo como quieran. La gente se acerca y pide acceder a la lista y así lo hacemos con cada uno que lo pide”, dicen. 

La curaduría desde el principio tuvo que ver con empezar con los amigos. “Hagan sus gracias o sus desgracias, traigan eso que aún no tienen, expongan lo que esté en proceso, hagan algo especial para este espacio chico pero enorme”, explican. 

Algunas y algunos de los que pasaron por la esquina de Refinería: Maxi Salvatore, Flor Coll, Alisa   Lein y Maria Victoria Noya Neirot, Candor, Julia Cadoche, Mato Gonzalez, Paula Manaker y Yani Silva, Anabel Martin y Cecilia de Michelle, Fede Tome y Juan Nemirovsky, Fabiana Imola, Karancha, Max Cachimba, Carlos Masinger, Rodolfo Marusicx, Ange Potier, Flor Garat, Lila Siegrist, Georgina Ricci. 

El vínculo y la pertenencia a la comunidad fueron el motor inicial que se fue cruzando con las mismas propuestas que iban confirmando una búsqueda: “Ante todo tiene que ver con el encuentro. De diferentes disciplinas del arte pero más que nada de diferentes personas que tienen algún punto en común: nuestro afecto”. 

 

Esquina

 

Arte A Todo Ritmo 

“La mejor galería del mundo. La galería a la q viene tu crush. Lo que pasa en jamaica queda en jamaica”, dice la cuenta de Instagram de la galería Jamaica que llevaba adelante desde 2018 Federico Cantini, artista y gestor cultural, hasta diciembre de este año.

Durante siete años en Jamaica hubo más de 40 muestras, salones nacionales, locreadas y choripanes, lectura de poesía y sobre todo fiestas.

La galería nació desde que Federico quiso apostar a Rosario para ir a contramano de cierta idea de que en la ciudad “no pasa nada”. Para él se trataba de invertir la mirada, algo así como cambiar la posición y asumir cierta responsabilidad o, mejor dicho, una suerte de riesgo: el de gestionar.

Su objetivo estuvo desde el vamos en ampliar el ecosistema del arte visual en la ciudad. El modo que encontró de hacerlo fue generar un puente con artistas que venían de otras ciudades, principalmente de Capital Federal, y ofrecerles el espacio para montar una muestra que en ningún otro lado podrían montar.

A fin de este año Jamaica se despidió. Fue un CHAU PARA SIEMPRE. Aunque sostienen que la vida sigue (en general) y la de Federico (en particular), se muda por el momento a Capital. 

 

 

 

Ampliar el ecosistema teatral

Pulpo Producciones nació a partir del diagnóstico y la necesidad compartida de dos trabajadores de la cultura local, con una inquietud común: traer a Rosario propuestas escénicas que no suelen formar parte ni del circuito comercial ni del independiente en la escena local. 

Así, Gisela Sogne y Juan Nemirovsky (con más de veinte años de trayectoria en grupos y elencos locales, produciendo obras propias y gestionando una sala ubicada en la República de la Sexta —La Orilla Infinita— junto a otros compañeros) se lanzaron a  pensar estratégicamente la producción y a trabajar siempre con la mirada puesta en: convocar nuevas audiencias, captar al espectador, hacer que vuelva a ver teatro.

Investigaron, viajaron a Buenos Aires, vieron obras, registraron, tomaron nota y tejieron redes como una forma de construir curaduría.

“Antes que productores, somos teatreros. Nos interesa mover ficciones que nos movilicen, que sean el resultado de un gran trabajo, que propongan algo distinto y no subestimen al espectador. No programamos obras que no querríamos ver. Tal vez por eso el público que nos sigue empieza a confiar en esa selección, porque hay algo cercano, simple y genuino: es como la recomendación de un amigo”, cuentan.

Muchas de las obras que traen a la ciudad vienen de estar muchos años en cartel pero provienen del off, de escenas emergentes, como algunas incluso del under o del off, pero que se consolidaron en sus espacios o incluso algunas están en calle Corrientes. 

“Durante años, como espectadores, viajamos a otras ciudades a ver esas producciones —como tantos rosarinos— y nos preguntamos por qué no estaban llegando a nuestra ciudad. Así surgió la idea de alimentar la cartelera local con obras de alto valor artístico que, por diversos motivos, no encontraban lugar en las programaciones más comerciales existentes”, cuentan.

Asumen que el trabajo nunca es en soledad: articulan con colegas, instituciones públicas como la Municipalidad o el Concejo, con el sector privado, y con productores que confían y apoyan. También contaron con amistades que acompañaron desde el inicio y apuestan a fortalecer la cultura teatral local.

“Imprenteros”, de Lorena Vega y Hnos., y  “Las cautivas”, de Mariano Tenconi Blanco, en La Comedia y ”Suavecita” en La Orilla Infinita, dirigida por Martín Bontempo, y protagonizada por Camila Peralta, fueron algunas de las producciones de Pulpo este año 2025.

Pero esta es sólo una línea de trabajo de las varias que llevan adelante. La creación y dirección de proyectos propios, la programación y producción de obras y actividades, la comunicación, un área que también desarrollan, tanto en sus propuestas como en otras obras del circuito independiente, son los demás pilares de Pulpo.

“En este contexto creemos que es vital buscar alternativas para hacer teatro, sostener los vínculos, hacer comunidad y no dejarnos vencer por el desánimo que muchas veces genera el contexto. Esa es también la apuesta de Pulpo”, sostienen.

 

               Obra teatro Las Cautivas, Mariano Tenconi Blanco, Laura Paredes, Lorena Vega, Ian Shifres. Foto de Andrés Macera 

 

La veredita del Bon

La promo verde de Heineken y pizza de rúcula, la colección de lechuzas Qom, el karaoke. Todo cabe en una vereda de Pichincha, donde se emplaza el bar cultural Bon Scott comandado por el Chino. Hace más de una década reúne slam de poesía, set musicales, mini acústicos, entre otras propuestas.  

Desde hace varios años ya se lleva a cabo el ciclo “Explorar el azar”, craneado por Pauline Fondevila. La propuesta consiste en llenar las paredes con dibujos y el día antes al cambio de la muestra la gente puede acercarse al bar y llevarse el dibujo que desee o másle guste. La acción se llama “El saqueo” y casi nadie se va con las manos vacías. 

Se suma a la agenda de Bon Scott el ciclo Lesbianismo y Confusión un espacio nada solemne que con eje en la poesía promueve la visibilidad lésbica. El proyecto está organizado por Mala Producciones (El Topo y Malena Oneglia) y cerró su año con la edición Beso y la presentación del fanzine Chape de Elisa Ciarniello. Con ese lema inconfundible hubo reparto de besos por acá y por allá, deseos, declaraciones, match y crush, que se sumaron a los poemas, las visuales geniales, el karaoke y el cierre cumbiero con un dj set de Virgen Negra (Vir Negri).

 

 

 

Dibujos en el pasaje 

Craz, es una librería que persigue una curaduría centrada en la historieta, el dibujo, la novela gráfica, los libros objeto. Su mentor es Javier Reynoso que hasta llegar a este local (el 10, en la planta baja) del Pasaje Pam, un lugar encantador de Rosario, formaba parte de la sociedad que llevaba adelante el Bar Bon Scott. 

También se pueden encontrar juguetes antiguos (que son la obseción de Javi), objetos, pequeñas obras de arte (se siguen encontrando, aunque ya deben quedar pocas, pequeñas serigrafías de Mele Bruniard a precios accesibles), producciones de artistas locales, las creaciones de Carlos Mazinger y una cartelera que se actualiza pero que va en sintonía con la propuesta del Bon Scott, al menos guarda parte de ese espíritu.

Desde presentaciones de libros, muestras, hasta encuentros de dibujantes e ilustradorxs para soltar la mano, pasando por conciertos silenciosos suceden en el codo que se hace en el pasaje yendo para calle Santa Fe. Y siempre que pasan estas cosas no faltan las focaccias caseras y el vermut de tentempie.

 

 

 

Una biblioteca colectiva en un chalet 

En el corazón del barrio Abasto se encuentra la Biblioteca América Elda Nancy, una casa chalet pensada y gestionada por dos artistas visuales: Federico Gloriani y Julia Levstein.

Actualmente cuentan con 390 socixs, más de 2500 libros, fanzines, publicaciones y demás material editado vinculado a las artes visuales. 

El proyecto nació de juntar las colecciones personales de libros de arte contemporáneo de Federico y Julia que después de unidas se abrieron al público. Así es que las pueden consultar todxs lxs socixs, estudiantes, docentes, investigadores, curiosos y curiosas. Hoy son, además de Julia, Paulina Spolli, Julia Bartulovich y Georgina Ricci quienes llevan adelante la biblio.

Dicen que le prestan especial atención a las publicaciones artesanales, de tirada pequeña y difíciles de conseguir. Y que su misión es hacer circular y facilitar el acceso a producciones de artistas y teóricxs locales e internacionales.

El techo de tejas a dos aguas, las ventanas de madera, el jardín tipo bosque, la biblioteca con todos sus materiales a la vista invitan a revisarla como si fuese la de tu propia casa. Ahí se pueden encontrar: libros, revistas, posters, fanzines, postales, folletería, catálogos.

Y la casa se comparte con ateliers de artistas de la ciudad, entre ellas, Pauline Fondevila que abrió las puertas a fin de año para mostrar su obra. 

“Entendemos que un espacio de archivo y biblioteca es clave dentro de la circulación del arte y posibilita otros modos de encuentro, reflexión y debate por fuera de las instancias de exposición y de formación más habituales en nuestro contexto”, dicen en su presentación.

Este año en el cierre de los talleres hubo lecturas, señaladores, presentación de fanzines, muestras y una especie de rito donde se enterró debajo de la tierra una cápsula del tiempo. Algo así como un tesoro contemporáneo para el futuro por venir.

 

El colectivo Yarará okupó Lavardén  

Este año Yarará okupó la Sala de las Miradas de Plataforma Lavardén para inaugurar la Cuarta Muestra de la convocatoria Visuales Santafesinas: “Yarará Años de Plasser”.

El colectivo tomó el espacio ubicado a la izquierda de la planta baja del edificio y montó una propuesta expositiva compuesta de fotos, piezas de vestuario y objetos focalizada en dar visibilidad al archivo de producciones del colectivo que va desde el año 2017 hasta el presente.

Entre los abanicos, antifaces, coronas, carteles que iban desde “el arte no se clausura” a “resistimos y gozamos” y “comunismo anal”, lo más llamativo al ingresar a la sala fue toparse con una carroza que evocaba al camión que el colectivo utiliza cada año, con distintas representaciones artísticas según la edición, en su participación en la Marcha del Orgullo. Subir a esa estructura que llevaba colgado en la parte trasera el nombre del grupo, Yarará, y mirar hacia adelante, la trompa, permitía visualizar una imagen total en blanco y negro hecha de fragmentos que en su conjunto conforman la visual que se tiene desde el camión en la tradicional marcha: una inmensa minoría de cuerpos políticos y festivos.

La inauguración cerró con un recital de la artista y performer española “La Prohibida” y durante toda la exposición hubo distintas activaciones. Pasaron por la sala la investigadora del arte Adriana Armando, la doctora en comunicación, Sandra Valdettaro, la poeta, artista y gestora, Lila Siegrist, el escritor Agustín González y la música Emiliana Arias, integrantes del Archivo de la Memoria Trans, entre muchxs otrxs. Cada día hubo entrevistas abiertas, charlas y conversaciones, cierres de cátedras, talleres, lecturas, banquetes y performances. La más desopilante y menos programada fue la del ingreso de la periodista cultural y escritora, María Moreno, que subió la rampa invitada por el Festival Internacional de Poesía de Rosario, en su edición 33, y antes de llegar al Gran Salón del quinto piso recorrió la muestra, preguntó de todo, se detuvo en cada cartel y mirando las fotos desbordantes y callejeras, muchas de ellas tomadas con celular, dijo: “Son todas muy Seba Freire”.

 

 

Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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