Leí por primera vez el diario de la Princesa Montonera en 2009, en un blog. Me gustó el desparpajo, la ironía, la sorna con el que una hija de desaparecidos (Mariana Eva Pérez) se envolvía en cotillón para hablar del “temita” (en alusión al tema de los desaparecidos), se definía a sí misma como “hiji” (al igual que a todo el colectivo HIJOS al que pertenece), calificaba de “militontos” a los compañeros más bien solemnes y ponía rótulos como “esmóloga” o “gueto de los derechos humanos” para definir, como adelantándose a los meme, todo un universo que se traza desde la última dictadura argentina hasta acá.

Lo primero que recordé al empezar a leerla fue la entrevista a una compañera que tuve en la facultad cuyo padre había desaparecido. Varios años antes, en un documental sobre el duelo de cuatro familias santafesinas durante la última dictadura militar (Muertes Indebidas) mi compañera –que casualmente también se llamaba Mariana (Flores), como la Princesa Montonera– decía que la primera vez que había participado de una reunión de HIJOS había salido espantada porque al entrar se había encontrado con todos varones de su misma edad pero con el peinado y la barba del Che Guevara. “Eran como chicos salidos de los setenta”, contaba a carcajadas ante la cámara de Rubén Plataneo, director del filme.

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Entre las charlas con su abuelo pintor que desgrabó el autor de este texto, ésta trata de las pensiones de bandidos y estudiantes en Rosario en los años cincuenta.

Como si algo de un humor generacional se cifrara en estas dos Marianas del 77, yo misma nacida ese año, pero sin ser “hija”, me reí por primera vez del tema gracias a la frescura que mostraban ambas. Pero alerta: ninguna de las dos Marianas frivolizaba el trauma, aunque sí desacralizaban su identidad de víctimas.

El escritor rosarino Patricio Pron –también interesado en narrar los procesos de memoria histórica a través de la literatura– escribió de Diario de una princesa montonera: “Los chistes y las bromas de este libro (eficaces o no, poco importa) no esconden ni banalizan: ofrecen la experiencia en toda su ambigüedad y desactivan el hábito de ver las cosas de una cierta manera. En el fondo, el suyo es un procedimiento dialéctico que obliga al lector a tomar posición”. Aunque esa postura se acerque más, menos, o tal vez nada a la de la autora.

En aquel blog que luego se hizo libro, Mariana Eva Pérez apelaba a un registro de la oralidad que mezclaba lo televisivo ochentoso y empatizaba directamente con quienes de alguna manera también fuimos criadas con la televisión prendida todo el día como banda sonora de nuestras vidas. Los noticieros de la tarde/noche, los almuerzos de Mirtha Legrand, los sábados de Función Privada como recursos que hoy hacen a un bagaje cultural y popular común. “Primo Levi allá vamos”, escribía la princesa montonera con el mismo timing con el que Mirtha saludaba a los televidentes que la seguían desde Pergamino.

Mariana Eva Perez nació en Buenos Aires en 1977. Es licenciada en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Buenos Aires y se doctoró en Literatura Romántica de Konstanz (Alemania) con la investigación que este año publicó Paidós con el título Fantasmas en escena. Teatro y Desaparición. Además es dramaturga, investigadora y autora de Diario de una princesa montonera – 110% de Verdad (Editado por Planeta en 2021).

Fue criada por sus abuelos paternos desde los 15 meses después de haber sido entregada por los secuestradores de sus padres (José Manuel Perez Rojo y Patricia Julia Roisinblit), dos militantes montoneros secuestrados y desaparecidos el 6 de octubre de 1978. Su madre estaba embarazada al momento de la desaparición, por eso Mariana pasó varios años buscando a su hermano que nació en la Esma y con el que se reencontró recién en el año 2001.

En 2012 publicó la primera versión (más apegada al registro breve del blog) del Diario de una princesa montonera (Capital Intelectual) y en 2021, luego de agregar dos nuevas partes (la primera sobre su viaje-exilio en Berlín y la última concentrada en el regreso a Buenos Aires para ser parte de la querella en el juicio por el secuestro y desaparición de sus padres) publicó la versión ampliada.

Hace un año, con motivo de la salida de ese nuevo diario engordado, le pregunté por el costo de ese ser militante. Como si ese  “fashion emergency” que ella le reclama a las consignas políticas no funcionara también como una manera de denunciar que el activismo no sólo se agota sino que también agota. Que las luchas importan pero al mismo tiempo cansan, que los cuerpos se rompen, que los militantes se quiebran y que además es necesario poner en palabras ese agobio. Ella respondió que pese a no tener una gran reflexión al respecto efectivamente hay un costo en esas vidas y que ese costo además es físico:

“Es un tema para trabajar y para no descuidarse. En verdad, es uno de los grandes temas de mi vida. Cuando tenés una propensión a ordenar todo de manera teórica, cuando tenés las herramientas y los recursos para eso, cuando todo se convierte en una elaboración teórica hay algo que es irreductible a todo y es el dolor. Y en eso se va al cuerpo y eso me asusta. Me asusta verlo en compañeros y en compañeras. En los que se enferman, en los que quedan en el camino. En las que se suicidan, como es el caso de Virginia Ogando, y que me siento muy responsable de no haberla visto, de no haberle prestado atención. Hay un costo y es uno de los grandes temas. Para los que fuimos niños no hubo en su momento ninguna propuesta de atender nuestra salud mental. Para aquellos que estábamos más cerca de los organismos de derechos humanos se hacía una fiestita cuando se conocía al nuevo o a la nueva. Esos espacios aunque elegía no transitarlos sabía que estaban ahí y para mucha gente no hubo de esos espacios. En mi caso siempre pensaba que mi hermano iba a ser el próximo ahí”.

 Después de la memoria

Por muchos años, cuenta Mariana Eva Pérez, estuvo peleada con la noción de postmemoria. Tanto es así que la rechazaba de plano. Me explicó que tenía con ella una relación conflictiva porque es un concepto que al hacer acento en eso de la memoria heredada, vicaria (como dicen algunos autores), contribuía a la cuestión de eso que con ironía ella define como hijismo. Algo así como poner el foco en la relación filial y no tanto en lo que les había pasado que es su búsqueda de los últimos años, tanto teórica como literaria y teatral junto con otras y otros.

“La post memoria es una idea que desarrolla Mariana Hisrch para pensar cómo se relacionan con el pasado como si fuera propio los hijos de sobrevivientes del nazismo a partir de los relatos o los silencios en casa de parte de sus padres sobrevivientes”, me dijo Mariana y agregó: “Ahí ya tenes una diferencia enorme porque acá, en Argentina, no estamos hablando de padres sobrevivientes sino de huérfanos, y de huérfanos de padres desaparecidos, algo muy atípico”.

Además de esa primera diferencia, la autora de Diario de una princesa montonera sostiene que “habría que explorar como lo post memorial aquellos relatos de nuestros abuelos o tíos que nos criaron, o incluso con una post memoria de los perpetradores”. Pero la tensión sobrevenía en que esa idea parecía contribuir a “no prestar atención a la vivencia de los niños y las niñas y además que traspolaba una situación diferente”. Entonces dijo: “Acá no hay padres ni que relaten una historia ni que la omitan”.

Pero hizo una salvedad ya que Hisrch, la autora en cuestión, con los años revisó esa noción: “Comenzó a hablar de post memoria no solo para hijos de sobrevivientes, sino para los hijos de la misma generación que se enganchan con eso, como una post memoria afiliativa. Esa idea me parecía más interesante para pensar los dilemas de memoria actuales. ¿Quién reclama la palabra pública? ¿Para decir qué? Y sobre todo en un contexto de memorias antes resistentes y ahora oficiales. Y es ahí donde me termino amigando con esa post memoria afiliativa”. 

“En ese plan conocí a Patricio Pron, autor de un libro que me gusta mucho, “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”. Contrariamente a lo que el título sugiere, la mamá y el papá de Patricio están vivos (grrr…). Con los hijis del Cdh fuimos a fondo con la pregunta por la orfandad como condición propia. Con Patricio se me revela que hay zonas de experiencia en común que no coinciden con las categorías  con las que desde la academia, las leyes o los medios se trata de dar cuenta de nosotros. Ahora abjuro del término “hijis” y milito el posthijismo, no en vano pasaron todos estos años en los que me dediqué a tratar de desmenuzar estos problemas con todo el poder de mi mente. Hay experiencias, decía, cualitativamente similares que desbordan, en los casos comparados que traigo a colación, nuestras condiciones de ‘hija/huérfana de desaparecidos’ e ‘hijo de militantes’. Un agobio gozoso, una aceptación desesperada y otras contradicciones que acá no puedo desarrollar, porque no les puedo explicar todo, chiquis, lean lo que dice Derrida sobre la herencia y si entienden lo de la inyunción de reafirmar eligiendo, que yo lo siento muy adentro pero no estoy segura de captarlo bien, me escriben, por favor.”  

(De ‘Ahora milito el post hijismo’.  en “Diario de una princesa montonera. 110% Verdad”.)

Pérez contó que lo del post hijismo nació como un chiste pero terminó siendo tema de varias charlas en Alemania donde se sentía más segura para liberar ese pensamiento que para ella implica dejar de ser solo hijos. “Se trata de empezar a mirarnos de otra manera. Sacar la mirada de nuestros padres que eran tan bellos y tan justos y volver la mirada hacia nosotros mismos e incluso hacia nuestros propios hijos”, explicó.

Es así que invita a repensar esa categoría impuesta a hijos e hijas de “segunda generación” y convoca a pensar en una pluralidad. “Somos la segunda generación en relación a los militantes, que es la primera, pero somos miembros de diferentes generaciones, yo no pertenezco a la misma generación que Ana Longoni, por ejemplo, ni por lugar en la historia, ni por la experiencia”.

“Cuando hablan de reparación pienso en la chata. La camioneta que uso para ir a limpiar piletas. A veces se rompe y la llevo al taller. Me la reparan. No queda igual que antes, no es la misma, pero está reparada, anda, me sirve para trabajar. Esto me dice Félix Bruzzone en una habitación de hotel en Koln.

Me atrae de esta imagen su presunta simpleza. La pienso por años. Vuelve. El olvido que se lleva por completo otras charlas trascendentes, otros cuartos anónimos, respeta la chata reparada de Félix. Pero empiezo a intuir que algo está mal. Encuentre el error, parece querer decirme la persistencia del recuerdo, la voz de Félix que vuelve y que es queda y amable. ¿Cuál es realmente la analogía? ¿Soy la chata o la chata es mi economía o mi psiquis? ¿Y el taller? ¿Y el trabajo? ¿Hablaba Félix de la necesidad de hacer de cuenta que somos normales, que funcionamos? ¿Hablaba de nuestros privilegios dentro de la masa heterogénea de víctimas infantiles? ¿O como cuando habla de las piletas y la gente flashea otra cosa, hablaba de mecánica?

(‘Reparación según Bruzzone’ en “Diario de una princesa montonera. 110% Verdad”.)

 “Creo que estas categorías con las que nos pensamos hasta el día de hoy no son nuestras y son impuestas. Patricio es hijo de militantes, yo de desaparecidos, Ana de exiliados, aunque ella no se presenta así. Uno podría querer encasillarlas y todas esas categorías son hijas de la legislación reparatoria que empieza a categorizar de esta manera: primero ex presos, luego sobrevivientes no legalizados, luego desaparecidos, luego asesinados y en un limbo quedan los exiliados porque nunca se legisló para ellos. Y sabemos que cuando no hay una ley hay inequidad en el acceso al derecho. Las categorías no son nuestras y no tienen nada que ver con nuestra experiencia, porque por ahí alguien compartía la experiencia de vida en la clandestinidad en un pueblo que no era el tuyo teniendo padres vivos o sensaciones más íntimas de desamparo, de desgarro, o al revés, de amparo y de cuidado en medio del horror. Experiencias que puedo compartir con personas que no hayan pasado por la misma situación de secuestro”.

Y si hay un aporte que trae esta versión ampliada del diario es cierto cambio de perspectiva que se nota que la ocupa y la preocupa a la autora: el de focalizar más en lo que les ocurrió a esos hijos e hijas en esas escenas que son convocados a contar en los juicios, pero tan sólo como testigos.

“Estuve tratando de pensar con esto, qué pasa con los niños y niñas en esos lugares, en todo lo que pasó hubo niños, en los centros clandestinos, en las cárceles, fueron torturados, fueron separados de sus padres y madres. Esa situación sobre los niños no está estudiada. Somos la última generación afectada que vamos a quedar, quedará pendiente hasta que se nos contemple, vas a juicio por lo de tus viejos pero no por lo tuyo”, dijo.

La versión ampliada de su Diario surgió de su vuelta de Alemania cuando le propuso a la editorial hacer como una segunda parte que fuera más que nada el retorno y el juicio. Pero sus editores le propusieron que no dejara de lado la parte de la experiencia allá, su vida, el mundo de la academia, la maternidad.

Aparecen sus partos, sus hijos (Tilo de 8 y Nora de 5) y también los juegos que se entablan y el relato autoficcional que interpela a través de lo lúdico acerca de qué y cuánto contar.

Cuando su hijo la invita a jugar a que encierran a los malos en una jaula, cuando intenta ponerse un pañuelo blanco en la cabeza o cuando directamente en la terraza la invita a jugar a los desaparecidos y los militares. Le dice: “Yo soy tu papá” –y se esconde detrás de una sábana blanca– “Vos buscame”. Para ella, “los efectos siguen en las generaciones, hay distintas cosas que no se terminan, están latentes”.

Espectros en escena

El 24 de marzo de 2004, el entonces presidente Néstor Kirchner hizo bajar los cuadros de Videla y Bignone. Tal vez ahí se trace el comienzo de una época que puso a los militares en el banquillo con la reapertura de los juicios de lesa humanidad pero también abrió un tiempo en el que se hizo difícil construir información y conocimiento sobre la desaparición por fuera de la narrativa militante-humanitaria, como define Mariana Eva Pérez a la política kirchnerista de derechos humanos.

Con el mismo halo incorrecto que le viene heredado de aquel principado montonero, pero en un registro más cercano al papper que al blog (porque se trata nada más y nada menos que de su tesis doctoral) la autora se interroga en Fantasmas en escena. Teatro y desaparición (Paidós/2022), por la representación de la desaparición de personas en el teatro durante el período 2001-2015.

Elige hacerlo a contrapelo de un análisis de los discursos de los organismos de derechos humanos y su relación con el Estado (tema que sin llegar a ser tabú le resulta difícil de abordar) y a partir de cierto boom de la mano de Teatro x la Identidad; se pasea entre las bambalinas para buscar los nuevos sentidos, lo performático, las estrategias de representación de militantes, detenidos-desaparecidos, los vínculos familiares que se recrean, los perfiles de los represores, los duelos inconclusos, las víctimas infantiles hoy adultas y sobre todo los fantasmas que también aparecen en escena.

En el libro se analizan cuatro obras: Un mismo árbol verde, de Claudia Piñeiro; Los murmullos, de Luis Cano; La Chira (El lugar donde conocí el miedo), de Ana Longoni, y Luisa se estrella contra su casa, de Ariel Farace. Todas estrenadas en la ciudad de Buenos Aires.

La autora indaga de forma exhaustiva el modo en que se han abordado las desapariciones forzadas en las artes escénicas. Nos habla de distintos tipos de puestas: las realistas (donde los desaparecidos están ausentes) y las no realistas (donde aparecen como fantasmas) que son las producciones que le resultan más interesantes porque se animan a explorar la condición fantasmal del desaparecido.

A lo largo de unas 300 páginas desarrolla conceptos como “dramaturgia espectral”, “narrativas de la ausencia” y “narrativa militante humanitaria” y apoyada en los estudios de Pilar Calveiro sobre el “poder desaparecedor” y el terrorismo de Estado abre la posibilidad de pensar a la desaparición como biopolítica.

“Foucault acuñó la noción de ‘biopolítica’ para referirse a una tecnología específica del poder, que rebasa la aplicación de técnicas ‘anatomopolíticas’, sin prescindir de ellas. Si las técnicas anatomopolíticas se descargan a nivel del cuerpo del individuo, con un propósito disciplinario, la biopolítica supone un ejercicio de poder masificador que se dirige no ya al ‘hombre/cuerpo’ sino al ‘hombre-especie’, al nivel de la población, considerada como problema político y en consecuencia objeto de regularización y normalización. En esta línea, Schindel afirma para el caso argentino: ‘La dictadura no fue sólo un régimen represivo, destinado a perseguir, prohibir y censurar. Se trató de un proyecto dotado también de positividad, que se propuso modelar, reconstruir, reorganizar la sociedad argentina’”.

Lo inquietantes es que el tema de las niñas y los niños, víctimas infantiles del terrorismo de Estado, haya sido tan poco revisitado (vale mencionar que existe hoy un trabajo del Sitio para la Memoria Ex Olimpo donde se problematiza la trayectoria de niñes y adolescentes en el marco del dispositivo concentracionario). Y es donde pocos han mirado que Mariana pone el foco como parte del análisis de su objeto de estudio, pero también como una reflexión política a la ausencia del Estado:

“No hubo una política de ocuparse de esa niñez, como no lo hay en la actualidad con los huérfanos y huérfanas de los femicidios. No hay una política organizada y sostenida de ver qué pasa con esos niños y niñas que les mataron a la mamá y el papá está en la cárcel por haberla asesinado. No se aprendió nada del último proceso productor de huérfanos en masa que  es la dictadura. Este me parece que es el actual”.

En cambio sí ha sido la ficción la que se nutrió en estos años del universo de la infancia para narrar las dimensiones de la dictadura militar. Laura Alcoba en La casa de los conejos , Julián López en Una muchacha muy bella, Benjamín Ávila en su película Infancia clandestina, el mismo Patricio Pron en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, entre otros. Y por supuesto piezas del teatro, que Mariana Eva Pérez conoce tanto por dramaturga como por investigadora, en este caso, de la narrativa teatral.

Por eso me detengo en la obra La Chira de Ana Longoni, que es una propuesta teatral que gira en torno al exilio, los desaparecidos y los sobrevivientes. Pero sobre todo porque aparecen en escena adolescentes lo que ubica en el centro aquello que la autora plantea como dramaturgias de las víctimas infantiles (y porque hace un año atrás cuando me devolvió sus respuestas acerca de post memoria y post hijismo dos temas que no esperaba profundizar en aquel intercambio se coló la trama de esta obra).

“La Chira. (El lugar donde conocí el miedo) se adentra en la experiencia propia de aquellos niños para mostrar diversos modos de afectación directa y la persistencia de los efectos siniestros del terrorismo de Estado, y si bien reproduce el esquema familista, privilegia los lazos fraternos, horizontales”, escribe Mariana que ya se sabe tiene (¿y acaso quién no?) una relación compleja con su hermano recuperado.

Acá son cinco hermanos y primos en el exilio en Perú que se reúnen en una fiesta de Halloween. Cuatro están vivos, el quinto es “el muerto” o un desaparecido. El texto narrativo de esta obra la lleva a discutir el abordaje en clave generacional de las producciones “de hijos” y a preguntarse: ¿Cómo se relacionan lo espectral y la herencia cuando el vínculo con el desaparecido no es filial? ¿Cómo se hereda a un hermano? ¿Qué forma asume la transmisión generacional fraterna?

“La obra cuestiona el enfoque filial. El adolescente no es el niño, está en un lugar muy incómodo, liminal, difícil de categorizar”, dice la autora.

“Las dramaturgias no realistas exploran otras clases de estrategias. Las dramaturgias que hemos llamado espectrales ponen en escena al desaparecido como un personaje fantasmal pero presente, destinado a ser encarnado por un actor, es decir, a tomar cuerpo. De acuerdo a su condición espectral, performa esa acción típica del fastasma para que la que no disponemos de un verbo en español que equivalga a hanter en francés o to haunt en inglés. Hemos usado en ocasiones el término ‘asedio’, siguiendo la traducción derrideana, pero quizás la palabra ‘aparición’ tenga la virtud de referirse no solo al modo de manifestarse de los fantasmas sino también de presentarse como el reverso de la des-aparición. Los desaparecidos aparecen en escena bajo la forma de espectros”.

Al libro, que es su tesis doctoral, lo escribió mientras vivía en Alemania y aunque funciona como el anverso del Diario de la princesa montonera ambas escrituras avanzaron casi en simultáneo, por carriles paralelos pero contrarios y a su modo dialogan entre sí. Tal vez porque los dos encarnan las diferentes caras que conviven en la autora: la académica y la grotesca.

Al llegar a la última página del Diario de la princesa montonera Mariana cuenta la defensa de su tesis ahora libro. Enfundada en un little black dress (ese vestido negro y cómodo que nunca le debe faltar a una chica), con pañuelo verde en la muñeca izquierda y aros de araña porque era 31 de octubre, Halloween, y un capítulo de la tesis (el de La Chira, obra de Ana Longoni) es sobre la dimensión fantástico-espectral de la desaparición. También cuenta que en lugar de birrete posó para las fotos con sombrero de bruja.

La releo a la luz de su tesis y se me da por imaginarla saliendo a la calle. Tocando puertas –¿Trick-or-treat?– y cazando fantasmas. Reunida siempre entre los vivos pero haciendo hablar a los muertos.

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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