Argentina, 1985 llegó a Amazon Prime Video (lo que también significa que ya puede descargarse, para aquellos que entendieron que es una estafa pagar cuatro, cinco o más plataformas de streaming). Lo que no significa que no siga proyectándose en los pequeños cines durante una o dos semanas más.

Asistir al cine para ver esta película de Santiago Mitre –guionada por Mitre y Mariano Llinás– fue una experiencia que no se repetía desde los 80, cuando se estrenó primero un documental de reafirmación alfonsinista, La república perdida, y luego con La historia oficial (Luis Puenzo, 1986), que ganaría el Oscar a mejor película extranjera. La sala de cine recuperaba ese espacio casi sagrado de consagración cívica. Como en la iglesia, la Historia, ese territorio que hasta no hace mucho era una disputa política, volvía a hacerse presente en una sala de cine. El público aplaude, vocifera, se siente interpelado y lanza consignas y proclamas que manifiestan tanto sus ideas como su experiencia política. Allí, en el teatro en penumbras, la Historia gana un cuerpo y una voz que también pone el espectador.

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Creo que en ese aspecto que atañe al film como fenómeno estético y político, hay una riqueza particular: no sólo recupera uno de los hechos históricos que fundó la democracia en Argentina –el Juicio a las Juntas militares de la última dictadura–, sino que también vuelve a desplegar el “relato”, la estrategia discursiva con la que se consolidaría esa democracia, es decir, la nueva república –porque la democracia en sí no había sido hasta entonces un valor deseable en la constante lucha de clases nacional.

Para que una nueva era pudiera comenzar en la política argentina fue necesario que se entendiera la era oscura que se había vivido durante el maldito Proceso de Reorganización Nacional. Y ése era un requisito ecuménico, universal. Por eso (cuidado, acá hay un spoiler: advertencia emitida para el etéreo espectador que desconoce ese fragmento de historia nacional), en este doble nivel de análisis –lo fílmico y lo político– es importante que el personaje de Peter Lanzani, el fiscal Luis Moreno Ocampo, que proviene de una familia ligada a los militares y la rancia clase media acomodada, perciba que es importante conmover y convencer a su madre de que la runfla militar que torturó embarazadas y cometió las atrocidades expuestas en el Nunca más merece la condena y el oprobio.

En ese sentido, el carácter “ecuménico” de Argentina, 1985 es ejemplar para la discusión política actual, desarticulada y disuelta en la división imperante.

En 1977, a un año del golpe cívico militar, Rodolfo Walsh lo había entendido muy bien en su “Carta abierta a la junta militar”. Recién en el punto cinco, luego de detallar la política criminal y fratricida del Golpe, señala: “En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Dice Walsh –asesinado días después de hacer pública su carta– en su segundo punto: “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de  concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio”.

Es decir, Walsh sabía que el carácter ecuménico de su mensaje tendría lugar sólo si lo anteponía a lo que consideraba el mayor de los crímenes de esa dictadura (“la miseria planificada”, la masacre económica, que se extendería hasta el presente), el paisaje de una atrocidad sin fin sobre el débil cuerpo humano que todos compartimos. La historia hecha carne, cosas que Walsh conocía por su catolicismo.

Pospolítica

Argentina 1985 es de esas películas que, como Titanic, todos saben cómo termina. Sin embargo, justamente como Titanic, nos intriga más cómo se llega a ese final que el desenlace mismo. Sólo eso: una película cuya intriga está planteada a partir de cómo se realiza su narrativa, la vuelve no sé si “buena”, pero sí inteligente. La película que hoy puede verse en Prime Video nos trae de nuevo el juicio a las Juntas de la última dictadura a partir del juicio que llevaron adelante los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo, y nos trae también uno de los núcleos de la política democrática desde el 10 de diciembre de 1983 hasta ahora.

Por mi parte, así como vi que también hizo Leandro Arteaga en su crítica publicada en Rosario 12, no pude evitar vincular Argentina 1985 con otra película de Santiago Mitre de 2017 que se llama La cordillera, en el que Ricardo Darín interpreta a un presidente que me atrevería a llamar del “posperonismo” o un presidente de “la pospolítica”, me refiero a un tipo de política que funciona ya por fuera de los partidos, que tiene su cauce institucional, pero se articula en un ámbito privado, ajeno al deseo de la mayoría o las masas. De hecho, la primera escena muestra a un cadete que entra a la Casa Rosada a primera hora y, al dejar su recado a los policías que lo reciben, hace el típico comentario antipolítica, señalando a la casa de gobierno como a una cueva de vagos.

Argentina 1985 es todo lo contrario, todo está vivo y activo y, mejor aún a los fines dramáticos, todo está en peligro cuando está comenzando.

El pasado de Argentina 1985 es un pasado en el que los monstruos eran identificables, un pasado en el que lo nuevo estaba ya en pie y lo viejo estaba muriendo, para refritar la consabida cita. Aunque también lo nuevo era presa de ese pasado donde “la miseria” había sido “planificada”.

De eso charlamos hace un par de semanas con Leandro Arteaga en Realistas, nuestro programa de radio, de lo que Argentina 1985 cumple en el cine y, también, cumple en la política. Para eso contamos con respuestas que nos dio Mariano Llinás, el guionista de la película.

Recuerdo las postrimerías del año 1983 –que había durado 7 años de dictadura– en el cine Águila de San Nicolás de los Arroyos, cuando fuimos a ver La república perdida. Poco importan a esta altura las convicciones de entonces y las de ahora. Poco importan acaso si esas convicciones se disolvieron en sus derivas políticas o sus derivas económicas –la dictadura primero y el menemismo después siguieron matando y desapareciendo personas con sus políticas económicas–, importa, de aquí en más, esa deriva ecuménica en la que todos aspiramos a una lengua común para nombrar al Mal.

 

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

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