“This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper”
T.S. Eliot, “The Hollow Men” (1925)
Nos despedimos del 2024 con una elegía a las catacumbas en base a dos series estrenadas entonces: Fallout y Silo, y el film Heretic, además del acto de justicia perpetrado por Luigi Mangioni contra uno de los criminales a cargo de la máxima aseguradora de salud de Estados Unidos: era hora de volver a la cueva y ser instruidos “a viva voz” sobre lo que vendría (todos significados tomados del concepto en el término griego “catecúmeno”). Las cosas no cambiaron mucho desde entonces, sólo que se sumó una nueva serie para pensar este momento que se llama Pluribus.
A ver, que se haya estrenado una serie pergeñada por Vince Gilligan, creador de Breaking Bad y Better Call Saul, no significa que no se hayan publicado unos libros maravillosos a través de los cuales leer nuestro tiempo, desde El temblor de las ideas (buscar una salida donde no la hay) de Diego Sztulwark, una pequeña novela gótica escrita en el norte santafesino y ambientada en la Segunda Guerra, el podcast Apóstoles, en el que Martín Rodríguez y Juan Manuel Strassburger saldan cuentas con “el rock y la mitología de los setenta: un viaje al origen del fuego”. o Trazos para una teología política descolonial, de nuestra Silvana Rabinovich, que si bien tiene ya un par de años, es un material inevitable para escrutar la belleza de ese judaísmo esencial del que está hecha la modernidad reciente y su reverso siniestro en Gaza (termina con una larga entrevista a Enrique Dussel, autor de la ilustración que está en la tapa del volumen). Hubo un libro de Ezequiel Gatto sobre el futuro, un libro de Bifo Berardi sobre Gaza, uno de Giuliano da Empoli sobre los depredadores del tecnofeudalismo actual, un editorial del colectivo Crisis sobre la posdemocracia, hubo una canción de mi hijo sobre Rosario que me conmueve cada vez que la escucho… Hubo mucha tinta y conversación sobre la época, pero acaso una sola serie que resume en términos del pop la intriga de la extinción que estos tiempos anuncian.

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Pluribus se estrenó en AppleTV el 7 de noviembre pasado y el último episodio, el 9, se conoció en Navidad (como ya escribimos acá, hay formas de sortear el pago de las infinitas plataformas que propone el mercado). Una señal estelar es detectada por astrónomos que descubren en ella una cadena de ADN, que no es otra cosa que una suerte de virus que se expande por toda la humanidad y deja sólo 12 personas inmunes, una de ellas es Carol Sturka (Rhea Seehorn, para quien Gilligan pensó el personaje mientras rodaban aún Better Call Saul, hace más de 5 años), autora de una saga de novelas de piratas muy vendidas que detesta a sus lectores. Sin embargo, esta suerte de humanidad posesa convertida por el virus espacial no es hostil. Sí, las cosas funcionan más o menos como Invasion of the Body Snatchers (La invasión de los usurpadores de cuerpos, Don Siegel, 1956, hay otras versiones, incluso una del sobrevaluado Abel Ferrara), sólo que esta mente colmena no es hostil, no sólo pretende que los immunes estén bien, sino que no dudan en usar todos los recursos civilizatorios para mantenerlos a salvo y, además, serían incapaces de dañar un ser viviente, se trate de un insecto o una maldita manzana en un árbol.
La máquina absurda
La conexión instantánea de todas las mentes humanas (cualquiera está capacitado para volar un avión o practicar una cirugía a corazón abierto) llevó a los hermeneutas más apresurados a leer alegorías en torno a la internet, la inteligencia artificial y otras maquinaciones. Adam Kotsko, nuestro teólogo de cabecera, en cambio, se entusiasmó menos en esas elucubraciones: “creo que Gilligan tiene asuntos más importantes que atender que una alegoría «sacada de los titulares» sobre cómo no deberíamos permitir que la IA nos robe nuestra humanidad. En definitiva, esta serie trata sobre cómo lidiamos con el hecho de que lo que consideramos nuestro «yo» es la propiedad emergente de mil capas de máquinas de Rube Goldberg (esos aparatos que mueven infinidad de poleas y piezas de dominó para encender un velador) ensambladas por un mecanismo de selección impersonal que solo busca perpetuarse.”
Si hubo un desarrollo de la ficción en torno al futuro ha sido espiralado y errático, de las distopías en vías de realización por la élite tecnofascista actual (tal como lo pensó Michel Nieva) a las alternativas descartadas —“la moira de los caminos no tomados de una elección”, la definición es de Paul Ricœur— como en la señera El hombre en el castillo —dejemos de lado la extensa adaptación a la pantallita— o las series Fringe o Counterpart, hasta las catecúmenas ya señaladas. Pero en todos esos casos, son ficciones que responden, como lo prueba la excepcional segunda temporada de Fallout en curso, a lo que el hermano Chris Hedges escribió en diciembre de 2024 cuando Trump ganó las elecciones: “Donald Trump es un síntoma de nuestra sociedad enferma. No es su causa. Es lo que vomita la descomposición. Expresa un anhelo infantil de ser un dios omnipotente. Este anhelo resuena en los estadounidenses que sienten que han sido tratados como desechos humanos. Pero la imposibilidad de ser un dios, como escribe Ernest Becker, conduce a su oscura alternativa: destruir como un dios”. Ficciones que responden a las “pasiones tristes”, al dios que destruye, al capitalismo que sólo puede vender un fin del mundo (Fallout es letalmente clara).

Sin embargo, Pluribus tiene un extraño punto de partida. Si bien cualquier cinéfilo reconoce el origen en Invasión de los usurpadores de cuerpos, el film de 1956 estaba ferozmente influido por las utopías hollywoodenses de la Guerra Fría en las que los cerebrales seres del espacio exterior no eran otra cosa que los pinkos (el término aparece en Fallout), los “rojizos”, los “rosáceos” comunistas de entonces, imaginados como una mente colmena que llegaban para arrebatar a los idílicos pobladores de una comunidad capitalista del medio oeste estadounidense su individualidad y su sentido de pertenencia. Pero esta suerte de virus alienígena que toma el control de la humanidad en Pluribus no es de naturaleza “hostil” —otra vez el problema de las viejas palabras: el latino hostis, del que deriva “hostil” y “huestes” (ejército) es el enemigo en tanto “público”, no personal— sino amigable y sensible: no duda un segundo en poner todos los recursos de la civilización al servicio de uno de los doce —sí, 12— inmunes al virus de “la unión” (the Joining).
Amar al sociópata
Harto de lidiar en Breaking Bad y Better Call Saul con héroes villanos (recordemos que el primer libro de Kotsko conocido en español trataba sobre por qué nos encantan los sociópatas), Gilligan pensó en algo así como su antítesis y para ello nos ofrece una serie que durante gran parte del tiempo tiene como única protagonista a la actriz total de nuestra era: sí, blanca, pero “fallida”, algo del lesbianismo de su personaje no termina de cuadrarle y por éso el personaje de sus novelas súper vendidas es un hombre y no la mujer con la que sueña y “la unión” le acercó (Karolina Wydra: mujeres que sólo existen en sueños y que la serie se encarga de convertir en soñadas, mujeres que pueden autorreproducirse y nada tienen que hacer con los paupérrimos ejemplares masculinos de la contemporaneidad), y algo de sus novelas súper vendidas no termina de cuadrarle y por éso detesta a sus lectores. Y no es una lesbiana súper cool de Nueva York, sino de Albuquerque, Nuevo México, el fin del mundo. Y ése pobre resto de ser humano se propone como el último bastión, como la salvadora de la humanidad… ¿cómo no creerle? Pero, sobre todo, cómo no creer también que la causa por la que lucha —que vuelvan las diferencias de clase, las guerras, las masacres raciales que erigieron a Estados Unidos— debería ser despreciable.

Hay varias claves en la serie y guarda, acá hay spoilers (recuerdo al lector, que el estúpido término spoiler referido a una película nació recién en 1982): primero, el virus que generó la “mente colmena” no puede dañar ningún ser vivo, lo que incluye el reino vegetal, por lo que la humanidad (en tanto unos ocho mil millones de seres humanos) va a extinguirse en unos 10 años, mientras tanto, su misión es construir una antena gigante capaz de transmitir el virus por el espacio como lo han hecho ya desde unos 6 mil años luz o algo así y, segundo, todo ese “acompañamiento” que “los otros” (la mente colmena) le hacen a los inmunes (“los 12”) no es más que un artificio de identidad y lo demuestra la “unión” de Kusimayu en el episodio final: una aborigen peruana que no oculta su felicidad por unirse a “los otros”, pero ni bien lo hace desaparece toda la identidad originaria como si se tratara de un simulacro. La elección —una aborigen peruana de una comunidad en el valle andino— no podría ser más específica para un showrunner como Gilligan (el mismo Kotsko señaló la paradoja del “blanco más listo” para el caso de Walter White —se llama white: blanco— en Breaking Bad). Y la conversión de Kusimayu a la mente colmena sucede mientras el testarudo personaje Manousos Oviedo (Carlos Manuel Vesga) hace el camino de los migrantes latinoamericanos hacia Estados Unidos.





En otras palabras, por muy universalistas que el marxismo o el catolicismo paulino nos haga, hay un resto de identitarismo que nos encuentra en el folklore y las costumbres (que no son lo mismo) y nos espanta en ese episodio final de Pluribus: algo de lo que somos nos busca en el pasado y nos persigue en el futuro.
La verdad revelada
En el episodio 6 de Pluribus (no lo dije hasta ahora, pero e pluribus unum fue el lema de las 13 colonias originales de EEUU —aquellas que en la ficción de El cuento de la criada volvían a ser “Gilead”—: “de todos, uno”) Carol Sturka (Rhea Seehorn) descubre un secreto digno de revelación: no lo diré directamente, pero implica que la humanidad, el conjunto de los seres humanos que son parte de “los otros” en la ficción de la serie, tienen los días contados debido a que no pueden agredir a ninguna especie viviente (animal o vegetal). Pero la “revelación” fundamental —recordemos por favor que en el griego en boga durante el nacimiento del cristianismo el término para “revelación” era “apocalipsis”— de Carol Sturka tiene que ver con la antropofagia, cosa que va a discutir con uno de los inmunes que se instaló en Las Vegas: la intrascendencia de esa “revelación”, de esa “verdad”, me recordó mucho lo que Ricœur decía de los mártires —en el original girego, mártir significa testigo—: su verdad está menos en lo que tienen para decir que en lo que sacrifican.


Creo que no es menor señalar que en el tiempo que tardé en escribir estas líneas se produjo el ataque de EEUU en territorio venezolano y la captura de su presidente —el estúpido déspota que decía que hablaba con un pajarito que era Hugo Chávez y terminó siendo un agente de la CIA—. El mismo Donald Trump evitó en sus declaraciones dar rodeos y, en lugar de apelar a las mentiras más renuentes (“democracia” y sus trilladas amenazas), dijo que Venezuela pagaría con su petróleo la operación militar desplegada en el Caribe. “Toda la tradición de izquierda que consiste en «esclarecer» los verdaderos motivos de algo (en este caso el petróleo) se choca contra un tipo como Trump que te dice en la cara que va por el petróleo. Pienso que eso exige un giro estratégico total, político y comunicacional”, puso en Twitter Ezequiel Gatto. De nuevo: vamos hacia una literalidad letal, sin metáforas, donde lo que “es” sucede sin mediaciones, y creo que allí reside el carácter revolucionario de Pluribus: si Breaking Bad nos había enseñado que la droga no es otra cosa que el capital, Pluribus nos viene a decir que el capital es la “literalidad” final del capital en la que vivimos: no existe un pasado en el que suceda lo que hoy nos destruye.
En ese punto nuestra serie produce un vacío de futuro digno de los maravillosos y malditos tiempos que vivimos.

Carol (Rhea Seehorn) lee “El lado izquierdo de la oscuridad”, de Ursula K. Le Guin, mientras es seducida por “los otros”: “la” novela feminista de la ciencia ficción.