Durante largos meses y hasta ahora, mientras la cuarentena y el aislamiento se endurecía y relajaba de acuerdo a las cifras de la pandemia en Rosario, la ciudad se inundó de un humo denso, que se coló a la madrugada en cada dormitorio e hizo despertar a más de uno en medio de una sofocación de pasto y animales quemados que se colaban en la garganta y no podía disipar el aire helado de un invierno seco y frío que ingresaba por la ventana abierta. Acaso la excepción de la pandemia de covid-19 me permita asociar el hedor sofocante de las quemas en las islas con los olores que registró Jorge Semprún en su memoria del campo de concentración de Buchenwald: ¿podían no saber los vecinos de Buchenwald –en el límite este de Alemania– que esa pestilencia inmunda que respiraban de vez en cuando era la de los cadáveres incinerados de las víctimas del campo nazi? Sí, lo que se quema allá en las islas es mucho más que pasto. Un olor puede hacerte viajar al pasado, lo mismo que un paisaje. Vi estos días ese horizonte de fuego lanzando volutas negras de humo allá en la isla: el fuego que devora la isla, el mismo horrible humo con el que mastico la cena cada noche. Hay algo de la historia que se aviva con las llamas: los veranos en que cruzaba al otro lado a bañarme en el río. Mucho más que recuerdos, toda mi infancia arde allá enfrente, en la otra orilla.

“Últimamente –me dice la escritora Paula Rodríguez– estoy citando mucho el libro La guerra no tiene rostro de mujer. Ya hasta se me vuelve un cliché, pero no puedo evitarlo. Lo leí hace dos veranos y es uno de los libros que más me impactaron en la vida. Allí las ex combatientes del Ejército Rojo hablan por primera vez, muchos años después de la guerra. Son relatos tremendos. Está el horror pero también una belleza increíble. Ellas cuentan lo que pasaba con las personas y también con los árboles, la tierra, los pájaros. Una de ellas dice algo hermoso, dice que la guerra terminó cuando volvieron los ruiseñores”.

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Guiones

Hace casi 45 años George Lucas y Steven Spielberg conversaron sobre los libretos de las películas que estaban a punto de dirigir. Al parecer, hubo un registro de esa charla.

Quisiera explicar esa imagen para explicar la clase de horror que contemplamos en Rosario al otro lado del Paraná, uno de los ríos más caudalosos de América (hoy en la altura más baja de toda su historia): una cortina rojiza de fuego y humo alborotado, que se alza en el cielo nocturno y dibuja sobre él un firmamento espantoso de volutas negras y cargadas de nubes que, al amanecer, descienden sobre la ropa tendida como gusanos de cenizas grises.

“La guerra terminó cuando volvieron los ruiseñores” es mucho más que el fin de la guerra, es el reinicio de la vida. Y ese reinicio, para el caso que me ocupa ahora, es mucho más que el fin de los incendios intencionales en las islas.

Cuando pensaba cómo narrar este discreto infierno del fuego que prenden los ganaderos y se consume la riqueza de los humedales del delta del Paraná le escribí a un amigo que hace REA conmigo para terminar de redondear cierta “imagen” final, distópica y apocalíptica que ronda ese horizonte incendiario que se multiplicó en fotografías en las redes sociales estos últimos días. Porque “ver es haber visto”, como reza la lección de Cesare Pavese en Feria de agosto, se me ocurrió que ese paisaje en llamas reproducía en el presente algo de lo que ya habíamos sido advertidos en  la literatura.

“La guerra terminó cuando volvieron los ruiseñores”, como me dijo Paula Rodríguez, me recordó que las cosas no sólo terminan cuando se decreta que terminaron, sino que ese final es un punto de suspenso –acaso como el que traerá la vacuna o un tratamiento efectivo para la pandemia del covid-19. Que las horas, los días, los meses o los años siguientes de un final lo multiplican y lo ritualizan, y que sólo la voz de un relato puede hacer cierto ese final. Es decir, puede enseñar eso que le puso fin justamente porque no pretende enseñarnos nada, sino una particular vivencia que transformó una vida y sigue ardiendo cuando los años apagaron todas las llamas.

La especie solitaria

La naturaleza es una utopía. El romanticismo europeo no sólo la puso en imágenes tremendas, sino que dotó a esas imágenes de miedo y asombro, de escabro –como definió Mark Fisher lo eerie–, y nos donó una interpretación de la modernidad bastante terrible: estamos separados y quebrados por esa división entre lo natural y la cultura.

Eso me dice Gabriela Cabezón Cámara cuando le pregunto por las utopías que se queman en el incendio de las islas: “Esta idea de modernidad, esta idea de que todo lo otro es objeto, de que los únicos sujetos somos nosotros y podemos disponer de todo lo otro que hay en el mundo como si casi todo lo otra fuera recurso, está perimida y creo que la pandemia lo dejó bastante claro, por esta cuestión de que la zoonosis se origina por este avasallamiento de las zonas naturales creo que el cambio climático que lamentablemente avanza a pasos agigantados lo deja también clarísimo, esa modernidad está en crisis y de una manera desquiciada y desquiciante, de estar en crisis porque ha puesto en crisis al mundo entero y el mundo no somos solo nosotros. Esta modernidad tiene una idea de que podría haber una humanidad sin mundo”.

A principios de los 50, me dice mi amigo, Clifford D. Simak, un humilde cronista radicado en Minnesota, en el medio oeste estadounidense, publicó una fábula de ciencia ficción –género dominante por su temática y su precipitado político entonces– que tituló Ciudad y reunía varios cuentos en torno a una civilización de perros que intentaban contar su historia y origen y debatían si el hombre había existido o era sólo un mito fundacional. Esa serie de cuentos, según confesaría el autor, partía de un interrogante personal: ¿no hubiera sido mejor el hombre si estuviera acompañado de otra especie? El buen Clifford pensaba en su perro, al que había perdido un año antes de escribir esa colección de historias y por el que se había sentido más próximo a ese otro reino al que los humanos consideran una “utilidad”.

Una civilización construida sobre el espíritu depredador de su especie, sin otra compañía que el dictamen de una conciencia arrasadora: “Tómalo”, u “Olvídate de los ruiseñores”.

¿Qué utopías consume este fuego, qué fabulas terminan con él, qué cosas ya no van a contarnos esas “cosas que perdimos en el fuego”? Por eso me parecía importante que sean escritoras las que me contaran sobre esto.

Distopía acuática

Claudia Aboaf responde a la inquietud que le planteo y aclara que no desconoce aquello que sucede por estos días en el Litoral. No me sorprende que no precise una imagen de esas que aún no salieron en tapa de los diarios nacionales, pero mañana o pasado estarán en las publicaciones internacionales, porque Aboaf es una autora cuya obra dibuja distopías ecológicas como reflejos en el agua. Tanto su novela El rey del agua como El ojo y la flor toman al territorio de lo líquido como algo más que un objeto. El agua es un valor peligroso y a la vez preciado: se contamina y esconde, borra cuando sube, desnuda cuando la cuenca baja. Entonces, ¿qué es para ella este escenario aterrador al que asistimos? Y sobre todo: ¿cómo sería narrarlo cuando la escena ya parece de fábula?

“La ficción apocalíptica es, en esta realidad que se desmorona, un cuento de hadas, claro que todo cuento de hadas es también una pesadilla de la que queremos despertarnos pero sin cambiar nada. La pandemia es el resultado de nuestro movimiento que viene del pasado y va hacia el futuro. En clave utópica podemos ver el virus como un intercambio de material genético celular sin fronteras. Uniones simbióticas de distintos linajes”, dice.

Las islas vuelven a arder y la quemazón que huelo mientras escribo lo confirma. Otra vez el Monumento a la Bandera se ve tapado por un remolino de humo y la franja anaranjada se enciende en la otra orilla del Paraná. Este jueves, un rato antes de esta postal repetida, la quema del humedal alcanzó la tapa del periódico inglés The Guardian. En una nota que firma el autor argentino Uki Goñi leo que en lo que va del año se quemaron cerca de 500 kilómetros cuadrados (casi tres veces el tamaño de Rosario que es de 178 kilómetros) sólo en las islas que van desde San Lorenzo hasta Villa Constitución, es decir, la franja que ocupa el “gran Rosario”.

Paraísos, infiernos, desiertos, montañas, lagos, mar. El río y las islas. ¿Cómo nos definen los territorios que habitamos? ¿Cómo poner la mirada en el entorno que no es entorno y escribir desde ahí? En una relación orgánica con eso que llamamos ambiente o paisaje. ¿Se puede pensar otros mundos posibles no sólo desde la ficción sino desde los lugares donde estamos?

Para María Belén Longo –abogada y escritora– la literatura es lo menos ficcional que nos rodea. En su novela Donde mueren las mariposas (obra ganadora del concurso de Futurock) ella quiso darle espacio de representación al vínculo con los elementos naturales. Por eso, Laura, la protagonista del policial, tiene muchos problemas para relacionarse fluidamente con los seres humanos, sin embargo, su contacto más íntimo y libre lo mantiene con las plantas. “En su vida, la naturaleza no es controlada, no hay un deseo de manipulación, sino de compañía. Creo que, en el contexto de lo que la novela me permitía, traté de incorporar un modo de relación posible con los objetos, sobre todo con la naturaleza, que en nada se asemeja a la explotación del capital”, cuenta.

Todo lo contrario a lo que pasa en ese terreno que los rosarinos llamamos “la Isla”, ese mosaico conformado por cuatro unidades de paisajes de humedales diferentes. Ese terreno que vemos prenderse fuego es pura vida. Cohabitan diferentes tipos de flora (desde árboles y pastizales a plantas acuáticas) y de fauna (50 especies de mamíferos, 260 de aves, cerca de 300 de peces, 27 de anfibios y más de 30 de reptiles).

De este lado del río, en la ciudad, invade el humo, pero del otro, en el humedal, el suelo es el que cruje. Ahí, el agua se contamina, los animales mueren, sino por el fuego, por la saña de quienes los persiguen en la huida: un puma escapó del fuego y lo mataron a palazos unos baqueanos, un pájaro voló de las islas a Rosario y murió de un tiro.

Derechos ignorados

La autora Selva Almada, que es entrerriana y ahora vive en las afueras de La Plata a unas casas de distancia de la de la escritora Gabriela Cabezón Cámara, dice que “quiere pensar en el incendio premeditado de las islas del Paraná antes como ciudadana que como escritora”.

“Me parece una causa urgente, a la que hay que ponerle la cabeza y el corazón aquí y ahora, más allá de que con el tiempo pueda trasladarse a la literatura, a mi trabajo concreto con la ficción. Lo que está pasando en las islas es un ecocidio y cuesta comprender tanta grosería y falta de empatía justamente en medio de una pandemia mundial que también es consecuencia de la manera indiscriminada en que estamos yendo desde hace añares por encima de los recursos naturales del planeta. ¿No es suficiente prueba de que estamos haciendo las cosas muy mal? Arrasar con las islas para que en esa porción de terreno pueda desarrollarse el negocio ganadero, avasallar la flora y la fauna solamente pensando, una vez más, en la riqueza concentrada en manos de unos pocos”, dice Selva Almada, quien el año pasado publicó  un libro en la Editorial de la provincia de Entre Ríos. “Es un libro para les niñes de la provincia, para ser distribuido en las bibliotecas escolares. Lo pensamos creyendo en el derecho a la lectura. Pero no podemos pensar los derechos como compartimentos estancos: les niñes tienen derecho a la lectura, a la educación, pero también a la salud, a la alimentación equilibrada, a una vida libre de agrotóxicos. Entonces: ¿por qué un Estado en la figura de un gobernador como Gustavo Bordet contempla un derecho pero ignora los otros?”.

Durante el mes de julio asistí a unos encuentros virtuales que organizó el escritor Agustín González para acercarnos al pensamiento ecologista de Marguerite Yourcenar. A partir de algunos textos de la autora francesa –correspondencia, entrevistas, ensayos, discursos y hasta recetarios– se intentó alcanzar cierto pathos contemporáneo, cierta ética o criterio moral que Yourcenar mantuvo hasta el final de sus días hacia otros seres vivos. Un mundo donde todo objeto viviente, árbol, animal fuera sagrado y jamás destruido, salvo con aflicción y en caso de absoluta necesidad”, escribió.

Hubo encuentros en que lo ominoso de las noticias (quemas de pastizales, avance del covid-19 en el país, acuerdos de exportación de chanchos a China) se mezcló con el pensamiento antiespecista de la autora y su inquietante actualidad. Pero la idea de Yourcenar de que no sólo importa la razón del sujeto de la acción, sino el sentir y las capacidades afectivas, la empujó a escribir textos algo más optimistas en relación al porvenir: “Nunca será demasiado tarde para tratar de actuar correctamente, mientras haya en la Tierra un árbol, un animal o un ser humano”

“Explotamos los cuerpos en todas sus formas, son crímenes sexuales, ecológicos y políticos. Y los cuerpos entretejen vínculos de poder.  Por ejemplo, contra  los cuerpos de agua, como los ríos que creemos dominar como si retuviéramos el agua dentro de una copa sostenida por nuestra mano. La naturaleza violada parece el permiso para continuar con todas las violaciones reiteradas. El Delta es un paisaje fluvial saqueado y las quemas de pastizales en las islas son mayormente una práctica para la explotación animal, dice Aboaf.

Me pregunto sobre lo predador del sistema capitalista sin poder separarlo de su esencia patriarcal. Porque, acaso y como lo plantea Rita Segato, esa violencia sobre los cuerpos trae la misma voracidad que se aplica a los territorios, a la soberanía. ¿Cómo llegamos adonde estamos? ¿Cómo es que hicimos de este presente algo horrible y mezquino?

Para Longo, nada se puede pensar sin remitir al libro Calibán y la bruja, de Silvia Federici, que vincula la propagación del capitalismo rural con la “Caza de brujas”.

Entre otras cuestiones, Federici expone allí el modelo de tratamiento de las tierras impuesto por el capitalismo rural, que además de conducir al crecimiento de la pobreza, el hambre y la dislocación social, sirvió para transferir el poder en manos de una nueva clase de “modernizadores” que veían con miedo y repulsión las formas de vida comunales, típicas de la Europa precapitalista.

“Entonces, si se tiene en cuenta el contexto social en que se produjo la caza de brujas, el género y la clase de los acusados y los efectos de la persecución, podría concluirse que esta guerra contra las mujeres en Europa, fue un ataque a la resistencia que se opuso frente a la difusión de las relaciones capitalistas, donde los cuerpos, expropiados de sus poderes sexuales y reproductivos fueron transformados en recursos económicos”, dice Longo.

¿Por qué la mujer representó un gran peligro para la consolidación del capitalismo? ¿Es tal vez más proclive a la insubordinación? ¿Tenía acaso la capacidad de vislumbrar las catástrofes?

“¿Los hashtags que dicen ‘nos salvamos todos juntxs, o no se salva nadie’ podrán perforar el blindaje individual?”, se pregunta Aboaf y dice:  “Después de todo la utopía es una necesidad humana. El feminismo es el ojo abierto de las minorías subjetivas, es el mismo ojo del ecologismo. Es el mundo roto de las relaciones, todas las relaciones frustradas: con las plantas, los animales, con la Natutaleza, con la tecnología. Y el neoliberalismo es opuesto a la colectividad. Y esto incluye la relación interespecies”.

Las mujeres a las que quise hacer estas preguntas no sólo abordaron el tema de forma directa en la charla virtual y privada de cierto saber sobre la escritura, también supieron desplegar su universo de ficciones en ese límite en el que vislumbramos algo de lo que sucede en el universo de la fábula. Hay algo indómito en la ficción: el modo en que se elaboran argumentos que no caben en el terreno de la episteme (el saber argumentativo propio de la academia) sino el de la gnosis, el golpe de una saber empático, casi inmediato, que no sólo genera conocimiento, también eso que convierte al conocimiento en un arma de construcción masiva: comunidad. Tal vez ese lazo, el de la comunidad, sea el único que pueda desactivar ese horizonte incendiario en el que nos consumimos cada noche desde este lado de la orilla.

 

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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