En “Derecho de piso”, uno de los cuentos de Rocanrol (Beatriz Viterbo, Rosario, 2006), Osvaldo Aguirre nos presenta a su narrador: un novato en la redacción de la sección Policiales de un matutino de Rosario que va a recoger información sobre un dato que el área de prensa de la Policía ya le pasó a su jefe de sección: habían matado a un tipo en una de las villas de la ciudad, a la que describe como “una hilera de casas sumida en el silencio de un anochecer de domingo”. Y enseguida agrega: “Era un silencio que parecía lleno de cosas por manifestarse, pensó. Pero no podría escribir esa frase.”

La maestría del relato no está sólo en esa escena que describirá a continuación, el ambiente opresivo y vacuo de las redacciones, ni en el encuentro con ese submundo de la pobreza, ni siquiera en la pregunta que se hace el cronista: “¿Qué hago acá?”, sino en su dominio de ese vacío –tan ajeno a la vacuidad del mundo jerarquizado de las redacciones– que devela el crimen y su traslación a la narrativa periodística y, también, en el dibujo de un recorrido introspectivo que lleva al personaje a decirse, por ejemplo: “El periodismo rechaza el pasado, lo niega, es el borrador de la historia, no la primera versión sino la destrucción de la historia”. (No está de más agregar que ese relato es también la génesis de un libro magistral de Aguirre que tiene esa frase como guía: Notas en un diario, ganador del concurso de la EMR de literatura 2006 en la categoría no ficción.)

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Esa diferencia entre barruntar y borrar (eliminar); entre borrador y borradura es también la diferencia de la escritura –no digamos la literatura, para no complicarla–. Allí donde cierto periodismo busca “hechos”, información, datos que corroboren un relato que al fin y al cabo no le pertenece –porque pertenece a una narrativa hegemónica del poder, como el discurso oficial de la policía; o el discurso editorial del diario–, la escritura viene a crear un suspenso sobre esa borradura, viene a poner esa frase que en el diario “no podría escribir” –como dice el personaje de “Derecho de piso”. Es decir, la escritura viene a echar un borrador sobre la borradura. Y todo borrador es tentativo, cada afirmación debe pagar primero un derecho de piso. 

En la novela Pobres corazones, la escritora rosarina nacida en Santa Fe Melina Torres comienza infringiendo el decálogo de Carlos Gamero para el policial argentino (“El crimen lo comete la policía”, “El propósito de la investigación policial es ocultar la verdad”, etc.). Y lo hace con convicción y eficacia. Silvana Aguirre y Ulises Herrera, los protagonistas, son policías de la provincia de Santa Fe. “La primera pareja LGBTIQ de la literatura negra argentina”, según la misma autora dijo en algunas entrevistas.

A diferencia de Daniel Arnaut, el protagonista de “Derecho de piso”, que no sabe muy bien qué está haciendo con su libreta y su grabador en esa villa donde nadie está dispuesto a contarle nada, Silvana Aguirre sabe qué hacer, quién es y dónde está porque es policía. Y es policía porque se crió con su abuela y era demasiado pobre para estudiar abogacía en Rosario, donde la costanera norte ostenta la riqueza fraguada con sangre en los barrios de la periferia, donde rige la ley del narco. Y así.

Que los policías Ulises Herrera y Silvana Aguirre sean el trolo y la torta no es un dato menor en la novela. Porque son justamente esas subjetividades las que moldean gran parte de la trama haciendo cuerpo en los diálogos cómplices que mantienen y que no escatiman en buenas dosis de humor y de sarcasmo.

Pobres corazones es de algún modo la versión engordada de Ninfas de otro mundo, un libro compuesto por tres piezas literarias que la autora publicó en 2016 a través de la editorial local Iván Rosado. 

El personaje de Silvana Aguirre se nutre de su apetito por las puteadas, por las rubias pechugonas y, también, de la figura del buen salvaje aplicado a la policía: en el fondo persigue la verdad y la justicia; incluso aplicado a la ciudad de Rosario: en el fondo es buena, los comederos de barrio Agote son su quintaesencia, lo mismo que el tráfico de porciones de lípidos y grasas trans en San Martín y Amenábar; pero resulta que ahora hay mucha gente que usa Crocs y cosas así. 

Melina Torres observa cómo la ciudad mutó en los últimos años. No sólo en su estructura arquitectónica sino también en sus vínculos y en su tejido social. El proceso de gentrificación que se vivencia desde hace 15 años, donde las barriadas crecieron y se pauperizaron al mismo ritmo que se erigieron las moles de alta gama en la costa, sobre un río que hoy luce empequeñecido y exhibe a su modo el desguace de la ciudad. 

Esta transformación de la fisonomía rosarina es la imagen con la que abre la novela: “Las dos torres de enfrente incrustadas sin pudor en el paisaje, que desentonaban como implante nuevo en una dentadura gastada… Frente al río, una vista robada y de postal”. 

Silvana Aguirre sigue dos pulsiones irrefrenables: la amalgama de justicia y verdad que estaba en la base de construcción del personaje de Sérpico (como resumen atolondrado del detective del policial noir), y la del deseo, que creará, entrada ya la trama, la dicotomía central de la historia. 

La novela comienza con la llegada de Aguirre (que trabaja en la Dirección Provincial de Análisis Criminal de Santa Fe) a la zona de edificios suntuosos que miran al río por una denuncia de robo. La víctima es un abogado poderoso, la acusada es su mucama. Pero enseguida hay un giro en la historia que nos dice que Aguirre no llegó hasta ahí por casualidad sino por necesidad o, mejor dicho, on demmand. Es que la mujer del abogado declara ante ella que vive secuestrada y que es maltratada por su pareja, por lo tanto, el robo no es más que una cortina de humo para que la policía pueda ingresar a su departamento de alta gama. Y no cualquier agente, sino una mujer con las agallas de Aguirre para defenderla como víctima de violencia de género. Casi al mismo tiempo, en la otra Rosario, la de los barrios pobres, sucede un asesinato con tinte mafioso. Y aunque a simple vista los dos hechos no tengan nada que ver, estos cabos sueltos van a terminar entrelazándose para dejar a la vista las costuras, como esos contrastes que también hacen a la ciudad: en una punta cocinan la droga y en la otra la distribuyen, la consumen o lavan los activos que deja el negocio. 

Aguirre llega hasta la zona del Puerto Norte rosarino enviada por el agente Gambartes. El apellido nos deja hacer (¿porqué no?) una asociación con el artista plástico (Léonidas) integrante del Grupo Litoral y cultor de los payé de cromo al yeso. En las culturas americanas el término payé caracteriza a quienes cuentan con una capacidad innata de curar males –ya sea a través de la utilización de una medicina ancestral o de rituales mágicos o religiosos–. Y hay algo de esa magia que aparece como una capa subterránea del relato, que aunque no toma la fuerza de ser una primera línea narrativa se intuye la importancia que la autora quiere darle. “La cara del diablo”, le llama a ese mal que aqueja a los pibes y pibas de los barrios más pobres, aquello que las viejas curanderas hacen fuerza por quitar con todo lo que tienen a la mano. Pero que en el fondo, saben, es imposible de sacar: no hay yuyos ni gualichos que puedan con esa maldición que se mete en los cuerpos junto con las drogas, que está engarzada en una pobreza estructural y está blindada por el poder político y policial. 

La protagonista femenina, Aguirre, invita. No se trata acá de la blonda detective que está sola y quiere brillar en su carrera a lo Stella Gibson en The Fall. Tampoco de la periodista  femme fatal que encarna Verónica Rosenthal en la saga policial del escritor Sergio Olguín. Aguirre se hizo de abajo, a falta de madre la crió su abuela, quiso estudiar abogacía pero no pudo, y como tenía que parar la olla se metió en la carrera de policía. Es honesta, tiene tanto carácter como olfato y “una entereza a prueba de coimas”. Con los malos muestra su peor cara, es desbocada, y cuando habla parece que ladra. ¿Será por eso que termina siendo amiga de un perro y de la empleada de una veterinaria?

Su afinidad por las herramientas, la poca dedicación a la hora de elegir qué ropa ponerse, dan idea de una Aguirre más bien masculinizada. Y quizás ahí anide la estrategia de la narradora para mostrar la disciplina y rudeza puestas al servicio de la investigación. Es la figura femenina de la mujer que se desapega de su cuerpo (lleva al límite los dolores físicos cuando se lesiona corriendo, se resiste al reposo y procastina los controles médicos de rutina) para dar con la verdad que busca. 

Además, hay en el personaje un placer pero también cierto desborde a la hora de comer, casi como la Kate Winslet de Mare of Easttown. Es que Aguirre investiga y engulle a la par. Se pierde por un asado de tira, le agrega aderezos a aquello que ya los tiene, se atraganta con carbohidratos, se come un choripán adentro del auto, se engrasa y por último se chupa los dedos para seguir deglutiendo.  

Aguirre nos somete a un contrarrecorrido turístico de la Rosario que se esfuma y cristaliza como esa figura del buen salvaje pero aplicado a la ciudad: la urbe proletaria que sobrevive a la posdictadura en sus comederos y el dibujo de sus barrios en los que subsiste un proletariado preperonista, atractiva a la foraneidad porteña, la novela deja ver una ciudad opulenta y rota, con contrastes de novela. 

Las calles de Pichincha con guirnaldas de bombillas que cruzan las veredas, cerveza artesanal y aguas perfumadas en frascos de mermelada (hay un tal Gastronomía Honesta que suele elegir Herrera y al que Aguirre nunca quiere volver) versus los locales que sobreviven a fuerza de historia y platos caseros: el bodegón La Bella Napoli, en barrio Agote, las pizzerías emblemáticas de la zona sur, Santa María y Lido, y la clásica sandwichería del centro, Monreal.  Y también sobrevuela el recuerdo de una Rosario imaginaria que ya no está donde aparece Space, el boliche de los 80 de barrio Echesortu, o un sótano en una cortada donde la cerveza corría de mano en mano y se la tomaba compartida, directo del pico (primero Zepellin y luego Berlín).

Incluso la narradora agrega un bonus track: la música es otro de los recorridos paralelos al de la gastronomía que propone la autora (que de hecho se tomó el trabajo de hacer una playlist de la novela) donde aparecen desde Fito Páez, Vilma Palma e Vampiros, hasta Madonna, ABBA, Sergio Denis y Adele. 

Resolver el enigma es una parte importante del atractivo de la novela. Pero capítulo a capítulo lo que capta más la atención por el despliegue que se le dedica son las historias y, de alguna forma, la gran historia puede que sea la de la amistad que encarnan los dos protagonistas: Aguirre y Herrera.  

Si en la vida no hay amores felices, en el policial viciado de realidad que es el género noir, la felicidad es un fracaso. Por eso en la última página el lector sabe que ese buen salvaje policíaco es también un buen salvaje urbano: descubrirá que sus puteadas eran un estado natural, y que lo que la prensa suele decir de la ciudad es también una verdad a medias. Como dijo el personaje de “Derecho de piso”: eran unas puteadas llenas “de cosas por manifestarse”, pero la autora no pudo escribir esa frase.  

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APOSTILLA: Las Crocs

por PM

“Recordó la conversación con Herrera sobre lo inapropiado de usar Crocs en Rosario, donde en verano llega a escalar los 42 grados de sensación térmica, por más agujeritos que tuvieran.” Así se expide Melina Torres o su narrador sobre ese calzado nacido en Boulder, Colorado, en 2002.
Antes de dedicarnos a ese horrible sueco hecho en células de croslite, un material que no es caucho pero tampoco plástico, que repele los hongos, aísla del frío y el calor y se amolda al peso del cuerpo, quisiera dedicarle un párrafo al calzado argentino y, sobre todo, al calzado que se consigue en esta horrible ciudad homogénea en la que toda la indumentaria está a merced de un único y estúpido capricho. También, a la ligereza de esa afirmación que es un guiño y un sobreentendido según el cual habría una esencia rosarina cuyas raíces incluso subsisten en algunos comederos de barrio Agote donde la comida es mala y, encima, es poca, para citar el viejo chiste.
Las Crocs originales –porque hay muchos modelos– tenían como finalidad su uso en la playa. No sólo eso, debían ser usables con el pie desnudo. Su liviandad no debía evitar su comodidad y su capacidad de amoldarse al pie, por lo que se convirtieron en un calzado muy apropiado para personas que debían alternar en su trabajo los largos ratos de pie, el quitárselas para descansar y el volver a colocárselas para asistir a una nueva demanda. Por eso se popularizaron entre médicos y enfermeros en las guardias.
A fines de los 90 en Argentina, Frabidel Group SA, que fabricaba las alpargatas Sorpasso para hombres y Tracy para damas, dejó de usar caucho en las suelas y las reemplazó por el más burdo plástico, que no se moldea bajo el peso del cuerpo humano y ofrece resistencia a la deformación de los pies más delicados, dejando a su clientela a merced de un producto que no sólo era incómodo e imposible de soportar largas caminatas, también resultó frío en invierno y muy caluroso en verano. 
Lo mismo puede decirse del botín Industrial o algunos modelos de la línea Boris, que reemplazaron el caucho y el cuero por material artificial que dificulta la respiración del pie y crea en el interior del calzado una pequeña caldera que puede llegar a convertir un pie en una bola de fuego.
Es muy fácil señalar una moda o un diseño y juzgarlo por su aspecto. Las marcas alternativas a Crocs en Argentina continúan el criterio de las Sorpasso, que eran un calzado maravilloso hasta que reemplazaron el caucho por polietileno expandido; ninguna logra lo que se le pide a un calzado de verano: aislar del calor, sostener el cuerpo y dejarnos llegar a cualquier parte caminando. 
Las Crocs pueden ser feas, pero no se popularizaron sólo por cuestiones de marketing o comerciales, sino por el vacío enorme que creó la industria del calzado en Argentina en pos de abaratar costos.
Las desaparecidas Sorpasso con suela de caucho. A la izquierda, unas gastadas alpargatas Rueda.
mamografia
Sobre los autores:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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