Pasaron más de cincuenta días desde que se decretó el aislamiento social y obligatorio. La cuarentena modificó las rutinas de trabajo y los espacios de escritura y lectura para la gran mayoría. Al conocer la experiencia de algunxs escritorxs de la ciudad, intentamos repensar y repensar(nos), no con el objetivo de encontrar un pensamiento conclusivo, sino una forma de pensar con otrxs la cotidianidad de los días.

Escribir es un oficio, y en un contexto de encierro, las rutinas fueron modificadas. Algunos de estos escritores y escritoras, son docentes y llevan adelante talleres literarios presenciales. Principalmente, el gran cambio en estos tiempos, cuentan, es haber pasado de las clases presenciales a las virtuales.

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Revisaba mi correo desde 2023 hacia atrás cuando apareció un antiguo mensaje de un amigo, periodista y escritor, en el que me invitaba a escribir sobre cómo me imaginaba el mundo post pandemia.

En este sentido, María Belén Campero dice: “Desde 2010 la mayor parte de mi trabajo transcurre en mi casa, con el comienzo de la cuarentena he tenido que trasladar los talleres presenciales al formato virtual. Esto implicó, por un lado, la elaboración de un material apto para compartir durante el taller y la búsqueda de plataformas digitales accesibles a todxs y apropiadas para esta actividad”. De la misma manera, Maia Morosano cuenta que con la cuarentena tuvo que modificar sus talleres de escritura, crear aulas virtuales y pasar las clases a video conferencia. “Lo venía haciendo con algunas clases a distancia pero pasar todos los talleres me significó varias semanas de un dolor de cabeza constante y agudo, cosa que yo desconocía. Siempre me jacté de que nunca me había dolido mucho la cabeza, tampoco tuve nunca problemas con mi hígado, ambos fallaron un poquito en esta cuarentena”.

Por su parte, Javier Núñez menciona: “El oficio puro –la práctica de la escritura en sí– siempre fue una actividad solitaria, en ese aspecto siento que no cambió nada. Lo que sí se alteró fueron las relaciones sociales en torno al oficio: contactos con colegas, editores, lectores, etcétera. Ahora todo está mediado por la tecnología, siempre. No hay cara a cara ni siquiera entre gente cercana. Lo mismo pasó con el taller, que mutó a un espacio de encuentro virtual, lo que implicó un reaprendizaje de dinámicas y relaciones. Incluso con los grupos que ya nos conocíamos, costó romper cierta rigidez en los encuentros por videoconferencia. Hubo quienes consiguieron adaptarse y otros que no”.

Pablo Colacrai, que coordina el taller Alma Maritano, dice que se modificó su rutina y en ese sentido, todo. “Para mí, el tiempo para escribir era la mañana, en un bar, mientras mi hijo estaba en el jardín. Ahora ya no hay bares, ni jardín, así que tampoco hay mañanas. En las últimas semanas estoy intentando quedarme un rato más a la noche, cuando ya todos están durmiendo. Pero llego muy cansado y apenas si puedo tomar algunas notas para cuentos que, con suerte, escribiré más adelante”.

Rocío Muñoz Vergara agrega que nada relacionado con su oficio permaneció igual. “Para empezar, los talleres de creación literaria que coordino (tengo cuatro grupos) se virtualizaron, y eso lo vuelve todo más difícil porque la vinculación directa, la cercanía, es fundamental para el espacio. Se escribe en soledad pero se comparte en grupo. El espacio comunitario de encuentro y de convivencia es crucial en mi modo de hacer taller. Las plataformas virtuales no pueden paliar la necesidad de juntarse, de tener a la otra persona, su presencia corporal, ahí al lado. La coordinación se me complica además por las continuas interferencias –pan nuestro de cada día en estos tiempos– de la virtualización. Sin embargo, y eso es muy lindo, la gente está escribiendo cosas increíbles, los espacios se sostienen y se reinventan de un modo que no deja de maravillarme. Las clínicas de escritura las estoy dando por Whatsapp y tampoco es lo mismo”.

Además, Wachi Molina, que es profesor e investigador, dice: “Volver a una modalidad de trabajo domiciliario en investigación, en lo personal, me angustia mucho, porque se hace muy difícil cortar cuando tenés tu trabajo separado del domicilio y podés ir y venir. Entiendo que el capitalismo en su modalidad 24/7 está de festejo con la cuarentena para quienes pueden hacer home office. Siempre trabajaba un poco en casa y un poco fuera de ella durante la semana. Era un equilibrio feliz, porque me permitía cortar cuando había que hacerlo y no salir incluso hace difícil concentrarme. En mi caso, es un obstáculo. Por otro lado, la organización de clases virtuales me demanda un tiempo muy importante. Cargar materiales, digitalizarlos, escribir las clases se ha convertido en algo en lo que paso días enteros sentado. Además, me resulta muy difícil leer. No me concentro, justamente, por esa imposibilidad de despejar un rato la cabeza que me permitían mis paseos diarios por el parque cuando no teníamos esta situación que para mí no tiene nada positivo: es un desastre (y utilizo un eufemismo). Todos los intentos por hacerme romantizar la cuarentena y creer en una revolución posible para poder sostenerla, conmigo han fracasado hasta ahora. No me como el discurso de la guerra ni de la gesta patriótica: el coronavirus es un desastre biológico que ha complicado nuestras vidas en todos los niveles y no veo nada positivo en eso, incluso me cuesta imaginar cambios sustanciales en nuestras formas de vida pospandemia. Ojalá el tiempo me permita ver otras cuestiones y me demuestre lo contrario”.

Por otra parte, Morena Pardo no es nada metódica ni rigurosa con la escritura. “En general esa dinámica tiene mucho que ver con cómo y qué esté leyendo, o de si estoy participando de algún taller. Eso fue algo que de cierta forma modificó la cuarentena: la idea de arrancar algún taller literario nuevo. La postergué para cuando pase (aunque estimo que la mayoría deben seguir funcionando). Pero aproveché algo muy interesante que habilitó esta obligatoria mudanza masiva a la modalidad virtual, y fue participar de un taller de dramaturgia que normalmente se dicta en Buenos Aires y del cual probablemente nunca me hubiera enterado ni hubiera podido hacer en otras circunstancias. Ese espacio me llevó a instancias de escritura muy interesantes que antes no había transitado y que tienen que ver con el universo teatral en sí mismo, pero sumé herramientas muy valiosas para poner en práctica en otros tipos de escrituras literarias”.

Melina Torres relata que lo que modificó es la cantidad de horas que le puede dedicar a la escritura. “Ahora también me dedico a manchar obsesivamente pantalones con lavandina y a hacer una suerte de maestra primaria con la misma templanza del increíble Hulk. Pero lo cierto es que la cuarentena no me modificó en casi nada, siempre hablando en relación a la escritura, claro”.

Tomás Boasso le dedica más tiempo a la música, que es su oficio, y a pensamientos que están atravesados por sensaciones y emociones distintas a la cotidianidad en la que venía. “Eso hace que se modifique todo lo que hago, sea escritura o música”, dice.

¿Se escribe más o menos?

Debido a las rutinas modificadas, en su gran mayoría lxs escritorxs escriben menos que antes de la cuarentena. Es el caso de Pablo Colacrai. “En parte por lo que decía antes, en parte porque por suerte pude seguir con los talleres en forma virtual, así que prácticamente no tengo tiempo libre. La primera semana me agarró con un cuento casi terminado. Eso lo pude hacer. Pero para empezar algo nuevo necesito una energía que estos días no estoy encontrando”, dice.

Maia Morosano también escribe mucho menos. “Creo que es porque estoy sobrepasada de trabajo, en estos momentos tengo, además de los talleres de escritura, varios cursos de secundaria. Darles lengua y literatura online, corregir trabajos y adaptar lo que pedagógicamente hacíamos de otra forma también me significó una energía muy grande que me dejó knock out para el costado creativo. Sigo con mis diarios, algunas recomendaciones de libros y alguna que otra crónica que hasta ahora no he mostrado a nadie”.

Asimismo, Rocío Muñoz Vergara tampoco ha escrito casi nada. “Aunque por suerte los últimos días vengo remontando un poco. Hay algo de silencio en todo esto, es como un tiempo sin tiempo”.

“Podría decir que escribo igual que antes a pesar de tener menos tiempo. La hiperocupación a causa de la precarización laboral a la que nos expuso el macrismo hizo más breve mi posibilidad de escribir, no voy a culpar a la cuarentena por eso”, dice María Belén Campero.

Melina Torres escribe como siempre pero en menor cantidad de tiempo. “La llegada del virus, o la cuarentena me agarró muy enfocada en un proyecto de escritura y si bien los primeros días fueron relativamente desestabilizadores a la semana ya estaba en marcha”, menciona.

Tomás Boasso escribe más o menos lo mismo que antes, dice que es difícil medir en cantidad. “Sí veo que le dedico más tiempo a lo ya escrito, a lo que necesita trabajo para moldearse”.

Por otro lado, Javier Núñez puede escribir un poco más. “Creo que un poco más. Aunque sigo trabajando desde mi casa, me refugié en la escritura de una novela y eso me permite escribir de forma más constante y sostenida. Por otro lado, supongo que la modalidad de home office me permite sacarle más partido a los huecos del trabajo diario, que en la oficina suelen estar llenos de otras distracciones”.

Wachi Molina afirma que es lo único que puede hacer porque es su pasatiempo. “Siempre me ha ocurrido que en momentos intensos, la escritura se convierte en mi modo feliz de pasar el tiempo, de ocuparme en algo grato que me permita resistir a un tiempo horrible y sobrevivirlo”, sostiene.

La escritura que acompaña

En relación al tiempo dedicado a la escritura también está el dedicado a la lectura. ¿Qué autores y autoras, relatos o ficciones encuentran para acompañarse en el transcurso de la cuarentena? ¿Leen más o menos? Además, una idea que circuló es que al no encontrar autores y autoras en las bibliotecas que hayan pasado por algo así, se hacía difícil leer los que había. Pero, ¿será así? ¿Qué piensan estos escritorxs al respecto?

Morena Pardo menciona que casi nunca piensa en lo que pasó o no el escritor o escritora de una obra para disponerse a leerla, así que eso no le impidió nada. “Hice una pila de libros con los pendientes de mi biblioteca (eran muchos), en un orden que me pareció interesante, complementando y oponiendo tonos y temáticas, y la fui leyendo. Las primeras dos semanas leí mucho, y por ende mucho más que en la cotidianidad pre-covid-19. Después empecé a dedicar tiempo a otras cosas y bajé un poco la frecuencia. Encuentro que las horas se escurren muy rápido en este nuevo tiempo. Arranqué leyendo The Bell Jar, de Sylvia Plath, después leí La Doble, de Paula Jiménez España, y después Los Asquerosos, de Santiago Lorenzo. Este último fue el que quizás me suscitó más paralelismos con la situación de cuarentena porque trata de un prófugo que está voluntariamente aislado en un pueblo abandonado en España. La cuestión de cierta naturalidad y cierta amabilidad en la adaptación a un nuevo escenario, cierta disposición del cuerpo y la psiquis a un nuevo tiempo, a nuevos consumos, a cierto despojo, me pareció muy interesante. Ahora estoy con La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. En el medio voy leyendo cosas de la obra reunida de Mirta Rosenberg y El pájaro rojo, de Mary Oliver”.

Asimismo, a Javier Núñez nunca se le ocurrió plantearles condiciones a los autores. “A priori no me importa si vivieron pandemias, guerras mundiales o exilios, por decir, salvo que tenga relación directa con la obra. Pero supongo que tiene que ver con que no voy a la literatura, hoy, a buscar respuestas sobre esto que está pasando en este momento. Cuando empezó venía terminando El entenado, de Saer. Después leí El país del diablo, de Perla Suez; una novela de aventuras de Wilbur Smith, un volumen de La torre oscura, de Stephen King y ahora estoy con It, también de King. Siento que a medida que fue avanzando la cuarentena me amigué cada vez más con las novelas largas y la literatura popular”.

Melina Torres es lectora de novelas negras y entre el universo del hampa y ella hay un mundo de diferencia y no por eso deja de leerlas. “Lo que sentí las dos primeras semanas es la necesidad de pasar por lecturas que me habían gustado mucho, es decir, no quise avanzar en nada nuevo. Por eso agarré a tres escritoras: Natalia Ginzburg, Elena Ferrante y Virginia Higa. Después sí comencé con lo que tenía: Mosca blanca, mosca muerta, de Ana Ojeda; Cuantas aventuras nos aguardan, de Inés Bortagaray, y La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti. Apenas empezó lo del delivery de librerías encargué en lo del Nata (Oliva libros) Zona caliente, de Charles Williams y, en librería Arde, encargué La parte enferma, de Cecilia Ferreiroa. Es lo que estoy leyendo en este momento. Creo que los deliveries de libros y de helados son imprescindibles”, menciona.

El plan de lectura de María Belén Campero es siempre por placer, incluso cuando se trata de lo laboral. “Ahora leo cuentos, aunque sea uno por día, hago un hueco para eso a la mañana y guardo todo lo que me deja esa brevedad para protegerme de lo que pueda venir. No me gusta pensar la lectura en cantidad, porque en ese acto la saco del lugar de disfrute, noto que estos días lo que leo me atraviesa con más intensidad”, expresa.

Tomás Boasso encontró los ensayos de Fabián Casas, que le gustaron mucho, compilados por Leila Guerriero, que supo elegir los mejores; incluso terminó de leer el libro y le quedó un vacío. “Además, leo los poemas de mis alumnas y alumnos del taller que coordino. Y me acompañan las letras de las canciones del disco nuevo de los Strokes”.

Wachi Molina no puedo leer más que los autores indispensables para su trabajo. “Me acompañan los recuerdos de algunas lecturas, como El Decamerón, de Boccaccio, que desde hace unos años, y no solo por la pandemia, me persigue con su insistencia en el camino. De hecho, empecé a escribir hace un tiempo un “Fiestomerón”, que espero terminar alguna vez. Es mi lectura libre y feliz también en esta cuarentena, más intensa que nunca”.

Pablo Colacrai coincide que lee menos, también. “Al principio casi nada, porque usé el poco tiempo disponible para terminar de corregir ese cuento que mencioné antes. Después empecé a leer un poco más. La cuarentena me agarró leyendo el libro de (Beatriz) Vignoli, Nadie sabe dónde va la noche. Cuando lo terminé, como no leo en digital, tuve que recurrir a libros que tenía en mi biblioteca y que todavía no había leído. Encontré De mujeres con hombres, de Richard Ford, Las aventuras de la China Iron, de (Gabriela) Cabezón Cámara, y Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, que lo había comprado hacía varios años y lo había olvidado por completo. Hay más libros sin leer en la biblioteca, sin embargo, cuando abrieron las librerías hice un pedido casi urgente, como si tuviera abstinencia. Ahora estoy con Leyenda negra, de (Osvaldo) Aguirre. Lo que sí hice, en algún momento (la cuarentena ya lleva mucho tiempo), fue releer. En ciertas noches que no tenía ganas de leer algo nuevo volví a los cuentos de Borges, de Bradbury y de Schweblin. La relectura es algo que disfruto muchísimo. La cuarentena sirvió para que me reencontrara con esa práctica”, dice.

Por su parte, Maia Morosano ha releído muchísimo. “Mariana Enríquez, María Elena Walsh, tenía pensado continuar con unos ensayos sobre su obra. También he escuchado muchas lecturas, por Spotify o las de mi compañera, solemos leer juntas a la noche. Ahora que me doy cuenta que he escuchado más de lo que he leído”, afirma.

Rocío Muñoz Vergara curiosamente, lee mucho menos sola y mucho más acompañada. “Acá en casa, sin parar, ciencia ficción, literatura fantástica, terror, vamos mutando. Creo que todo esto nos agarró terminando Nuestra parte de la noche, de Mariana Enríquez, y eso nos llevó a Cliff Barker, y después a Wells, y después a Gogol, y después medio que perdí la cuenta. Ahora por ejemplo estamos con Ibsen. Por su parte, mi padre me está leyendo por Whatsapp La dalia negra, policial negro, como una hora al día me lee, hacía mucho que no leíamos juntos y ahora estamos súper enganchados, y después los grupos de lecturas colectivas que armaron los talleres: los Nueve cuentos, de Salinger, a los que siempre da gusto volver, El beso de la mujer araña, La peste, Los vigilantes, de Diamela Eltit, etc. Yo por mi cuenta, sobre todo teoría en relación con la tesis, pero siempre voy picoteando lecturas y en cuanto a encerrarse en casa, el otro día descubrí por ejemplo un cuento de Tieck que se llama “Las cosas superfluas de la vida” y me divertí muchísimo. Es una pareja muy pobre que se encierra en su casa y se va desprendiendo de todo lo que tiene, escalera de la casa incluida y convertida en leña, porque sostienen que con su amor es suficiente”, cuenta.

Otras lecturas y otros géneros

Más allá de la lectura de ficción, en estos tiempos están muy presentes en distintos medios las crónicas que cuentan experiencias personales sobre el contexto que se vive. Además, las series y películas están siendo una gran compañía, como también la música. Estos escritorxs, ¿qué consumen en esta cuarentena que no sea literatura pero les resulta una experiencia similar?

Morena Pardo cree que es interesante este vuelco de muchos escritores y escritoras (y cineastas y artistas de varias disciplinas) a estos diarios de cuarentena o reflexiones en forma de ensayo que les han propuesto algunos medios o portales. “En muchos casos me resultó una lectura muy disfrutable y muy potente, sobre todo de quienes no acostumbramos o no tenemos la oportunidad de ver escribiendo por fuera de sus libros publicados. Hay que ver si eso es o no literatura igual. Pero va por ahí. También estuve leyendo textos sugeridos por el taller de dramaturgia y los ejercicios de lxs compañerxs y también fue una gran experiencia lectora”, cuenta. Las lecturas de María Belén Campero son filosóficas, artículos y libros. “Siempre el mismo criterio, si no me gusta no lo leo. Necesito que los textos me sorprendan y hay algo, también, en relación a la música, a la poesía que si no me llama me expulsa”.

Sobre lecturas filosóficas, Rocío Muñoz Vergara dice que, pandemia de por medio, ya no sabe qué es y qué no es literatura. “Me sentía medio perdida y volví a mi querido Derrida, concretamente a un libro que yo quiero mucho que es El animal que estoy si(gui)endo, es decir que estoy siendo y que estoy siguiendo al mismo tiempo, y fue como volver a casa, siendo que supuestamente ya estaba en casa, pero ahí, con Derrida, estoy realmente reconfortada, acurrucada o agazapada en su escritura animal”.

Javier Núñez lee algunos de los artículos y textos sueltos que se producen a partir de esto (los “Diarios” de la pandemia que propuso el CCK, algunos textos de las bitácoras de REA y cosas que le llegan recomendadas) pero muy poco. “Trato de ir para otro lado para no sentir que el virus es todo lo que hay”, dice.

A Melina Torres le gustan mucho las crónicas. “Pero si pepito o fulanito me va a contar lo mismo que me pasa a mí: que no puede salir, que no se qué con les vecines, me importa un rábano. Me gustaron un par de notas de Anfibia, una nota de Makovsky que habló de otra epidemia y cómo lo llegó a relacionar, me divertí cuando Vir Giacosa contó que salió con el hijo a tirar la basura y el pibe por poco chupó el picaporte. Me gusta leer algo que me entretenga si estamos en la misma situación. También me gustan algunos posteos de Facebook que hablen de la pandemia pero al sesgo, como los relatos breves que hace la escritora Ale Zina en su cuenta personal. Me interesa el humor gráfico como el de Iñaki Echeverria que en un dibujo resuelve el mundo o el de Tute con las parejas”. También sigue al humorista Maxi Sanguineti y los posteos de Gente Rota.

Tomás Boasso escucha la canción “Ode to the Mets” leyendo la letra. “Las letras de las canciones son literatura, y vos me preguntás qué leí que no sea literatura. Además, la emoción que siento con esa canción es superior a cualquier novela o lo que sea considerado literatura. Así que la verdad que ni idea, qué cosa escrita no sería literatura?”, se pregunta.

Pablo Colacrai no suele leer nada que no sea literatura y en estos tiempos sin tiempo, mucho menos.

Wachi Molina estuvo leyendo mucho sobre La isla de los muertos, la pintura de Arnold Böcklin. “Es una pintura que ejerce siempre una fascinación sobre mí y tiene una historia por detrás muy cautivante. Así que me puse a leer sobre ella. Artículos, libros, biografías de su autor. Es lo poco que leí. Sí estuve muy entusiasmado con las nuevas temporadas de La Casa de las Flores y de La Casa de papel, además de una serie rusa que se titulaba Mejores que nosotros, una especie de reversión de Yo, robot, de Isaac Asimov. Ahora me doy cuenta de que las primeras series son dos casas, bien distintas, pero que ejercieron en mí una fascinación que me mantuvo noches sin dormir (miro series, en teoría, antes de dormir; cuando me imantan, no duermo, claramente, y me paso la noche mirando toda la temporada como en estos casos: es lo más semejante a mi relación con la experiencia de leer literatura que a mí me convoca)”, menciona.

Maia Morosano lee o escucha noticias que la tienen embobada, admirada, a veces horrorizada que es otra forma de la admiración. Y sostiene: “Muchas veces leo titulares como si estuviese leyendo títulos de libros o capítulos de novelas. Siento que me he convertido en una niña o en una extraterrestre, me parece estar habitando un mundo nuevo”.

Actualidad e información

Cómo informarse, de qué manera, cuántas veces al día, y para qué son otros interrogantes que nos hacemos para saber qué pasa en la actualidad. Pero, también, pueden ser contraproducentes. En este sentido, para María Belén Campero la actualidad es muy demandante. “Tenés que ser productiva y estar en calma, tenés que ser rigurosa con la rutina, acompañar a les hijes con las tareas, desinfectar y limpiar todo varias veces, saber y entender lo que pasa, estar muy atenta porque el virus puede estar en cualquier parte. Yo trato de ser menos exigente, aunque soy –siempre lo fui– muy obediente y eso me juega en contra. Mis amigas son el canal de información en el que más confío, tenemos un grupo Whatsapp que se llama Militancia silvestre, compartimos lecturas, podcasts, opinión, de todo. Es un espacio de sostén y amor permanente. Después leo los diarios, los abro todos a la vez y me divierto (me enojo, también) analizando cómo informa cada uno sobre el mismo tema”.

Melina Torres cuenta: “Como buena negadora de la realidad decidí no ver televisión ni abrir portales de noticias más que una vez al día. Me informo por personas que considero que no han perdido aún la cordura, como mi amigo Pablo Cz a quien llamo por teléfono fijo y me da el parte semanal y hasta el pronóstico del tiempo de la semana entrante. Además soy parte de una grupa de Whatasapp de amigas (las silvestres) donde convivimos bien todos los estereotipos: la obsesiva, la paranoica, la borracha, la melancólica, la que va a matar a algune vecine, la sindicalista, la que quiere por cualquier motivo salir a la calle. Me siento representada por ellas porque creo que soy un poco todo eso junto. Ellas suelen compartir las noticias relevantes, tiran buena data y las fotos que hay que ver de Santi Cafiero. No necesito más. En internet siempre busco lo mismo: cosas de decoración para la casa y con la pandemia ese rasgo se acentuó”.

Desde el día que se decretó el aislamiento, Morena Pardo decidió no consumir noticias porque le generaba mucha ansiedad el exceso de información y no le sumaba nada. “No veo un noticiero desde entonces. Sólo prendo la tele para ver los anuncios del presidente. Una vez por semana chequeo algún diario en versión digital o portal. Encontré que la información necesaria o esencial llega de una forma u otra, sin buscarla. Además de que trabajo en un medio del estado por el cual también estoy al tanto de lo importante. Miro los informes de John Oliver y sigo algunos diarios de cuarentena que me parecen interesantes (como los que planteó la web del CCK en la pluma de Martin Kohan, Mariana Enríquez, Gabriela Cabezón Camara y Camila Sosa Villada). También leí algunos artículos de opinión que me pasaron y ensayos. Escucho los podcasts de siempre, que es más que nada uno sobre cine y algunos específicos que me compartieron. Lo que más busco en internet son sin duda películas para ver o bajar”, dice.

También los primeros días de la cuarentena Tomás Boasso estuvo muy pendiente de las noticias y eso lo angustió, así que ahora no pone un noticiero más que cinco minutos. “Te enterás de cuántos contagiados, cuántos muertos, si hay que usar barbijo, y apagás. Lo que más busco en internet estos días, casi lo único, te diría, es el disco nuevo de los Strokes. Abro Youtube, tecleo la “t” y ya me sale The New Abnormal, hago click. Ya lo escuché mil veces, estoy obsesionado”.

Adhiriendo a lo que se mencionó anteriormente, Javier Núñez se informa apagando el televisor, ignorando las redes, bajando la sobrecarga informativa. “Leo titulares de algunos diarios, una o dos notas que me llaman la atención y muy poco más. Lo difícil no es estar al tanto de lo que ocurre, sino desligarse un rato: uno prende el televisor, la radio, mira las redes o Whatsapp y todo lo que pasa tiene que ver con esto. Así que más que buscar la información busco cómo escapar de la sobreinformación. En cuanto a internet, lo que más busco no tiene nada que ver con lo que pasa sino con lo que trato de escribir”, cuenta.

Por su parte, Pablo Colacrai escucha un poco de radio a la mañana. Algún noticiero por televisión a la noche y no mucho más. En Internet no suele buscar nada. Pero eso no tiene que ver con la cuarentena. En general, es de consumir muy pocos medios. A veces, como mucho, espía alguna nota que alguien recomienda en Facebook. Wachi Molina lee los diarios (hace salpicón de la mayoría) por la mañana y después entra para pispear solo titulares. Se informa mucho por televisión y por las redes sociales, por lo general.

Para Maia Morosano informarse es lo que le resulta más difícil. “A veces pongo la televisión justamente para desinformarme, para observar como niña o extraterrestre las noticias que algunos canales sacan pero eso lo veo más como literatura. Escucho todos los comunicados del presidente y algunos del Ministerio de Salud pero el que más me informa es mi hermano, hablo con él, le pregunto, es médico y es muy racional y tranquilizador, sin embargo, a veces se le escapa un tono preocupado y me agarra un no sé qué.

A Rocío Muñoz Vergara la informa sobre todo la gente con la que va hablando. “Me cansa mucho la prensa en relación con el corona, me cansa y me aburre. Me voy informando someramente de lo esencial nomás, no sea que me agarren sin barbijo, o cosas así”, dice.

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Paula Turina

Es Comunicadora Social, egresada de la Universidad Nacional de Rosario. Adscripta en la cátedra de Periodismo Digital. Asiste al taller literario “Alma Maritano” coordinado por el escritor Pablo Colacrai. Algunos de sus cuentos trabajados en ese taller se publicaron en la contratapa del suplemento Rosario 12 de Página 12. Participó en la antología “Yo quería ser manzana”coordinado por la escritora Maia Morosano. […]

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